Mierda, me enamoré de ti SINSERIDAD DE MIERDA #2
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SINSERIDAD DE MIERDA #2

—¡Sí! ¿Les conté cuando Cale se quedó encerrado en el baño de la biblioteca y tuvo que gritar en latín para que lo rescataran?

Cale se rio entre dientes.

—Era italiano antiguo, idiota. Y fue porque tú cerraste la puerta.

Las palabras flotaban, las bromas buscaban hueco. Pero los chicos, aunque escuchaban, no podían desprenderse del nudo en la garganta.

Yo no podía más. La miré. Sara estaba al lado mío, su mirada fija en el cristal, los ojos perdidos en el horizonte. Ni una palabra. Ni un gesto. Y eso me dolía más que cualquier golpe.

—Sara... por favor. Lo siento. Lo siento tanto.

Nada. Su silencio era el castigo más duro.

Me acerqué un poco, bajando la voz, rogando con el alma.

—No fue mi intención. No debí perder la cabeza así. Por favor, mírame.

Pero ella no lo hizo. Seguía viendo la ventana, como si el mundo estuviera allá fuera, no aquí conmigo.

La desesperación me quemaba por dentro. Y entonces lo supe: solo había un idioma que nos pertenecía a los dos. El idioma que hablábamos cuando éramos nosotros.

Me incliné y susurré, con el corazón en cada palabra:

—Mi dispiace. Sono stato uno stupido. Non volevo ferirti. Ti prego, perdonami. (Lo siento. He sido un idiota. No quería herirte. Por favor, perdóname.)

La vi respirar hondo. Y al fin, al fin me miró. Esos ojos suyos llenos de nostalgia, de desilusión... pero también de amor. Ese amor que no sabe irse aunque el mundo intente romperlo.

No dijo nada. No hacía falta. Tomó mi mano, y en ese gesto estaba todo: el perdón, el cariño, la promesa de que aún estábamos de pie.

Yo cerré los ojos, aliviado.

—Grazie. Grazie per non lasciarmi solo. (Gracias. Gracias por no dejarme solo.)

El coche siguió su camino. Y yo supe que ese fin de semana, en ese otro castillo, haría todo por encontrar la paz que ambos necesitábamos.

Las ruedas crujieron al girar en el camino de grava.

El aire se llenó del aroma a pino, tierra húmeda y lago.

Allí estaba: el otro castillo. No tan imponente como el principal, pero igual de majestuoso a su manera.

De piedra gris, con ventanas grandes y viejas, rodeado de un silencio que casi dolía.

Y detrás, el lago. Un espejo inmenso de agua calma, abrazado por la naturaleza.

El coche se detuvo. Richard bajó primero, estirando los brazos, respirando hondo.

—¡Aquí estamos! El reino de la paz. Nada de fiestas, nada de peleas, nada de Leah.

Cale sonrió leve, aprobando la elección.

—Por fin un lugar donde podamos recomponernos.

Los chicos bajaron uno a uno. El aire fresco, el canto de los pájaros, el crujir de las hojas. Todo parecía decirnos que sí, que aquí las cosas podían empezar a sanar.

Yo miré a Sara mientras bajaba del coche. El viento movía su cabello, el lago se reflejaba en sus ojos. Y sentí que esa era mi oportunidad de empezar de nuevo.

Mika y Mónica caminaron juntas hacia la orilla, dejando atrás el peso del viaje. Jeremy, con las manos en los bolsillos, contemplaba el agua, su propio reflejo diciendo más de lo que sus palabras podrían.

Richard, como siempre, buscó encender la chispa:

—¿Plan para hoy? Caminar, respirar aire puro, y esta noche... fogata junto al lago. Prometo: ni una copa de más. Palabra de Benedetti.

Hubo un murmullo de aprobación. Porque en el fondo, todos queríamos lo mismo: un respiro.

Yo me acerqué a Sara, despacio, sin romper la calma.

—Gracias —le susurré, esta vez sin idioma que nos separara. Solo la verdad—. Gracias por estar.

Ella me miró, y en su silencio estaba la promesa: Haz que valga la pena.

El castillo abrió sus puertas y, por un momento, el mundo volvió a ser un lugar donde todo era posible.

La tarde se deslizó entre nosotros como un bálsamo. El aire fresco, el canto de los pájaros, el crujir de las ramas bajo nuestros pasos: todo parecía diseñado para recordarnos que la paz aún era posible.

Caminamos hacia el lago. El agua brillaba bajo el sol, quieta, serena. Los árboles formaban un marco verde que hacía del lugar un cuadro vivo.

Mika y Mónica se descalzaron y caminaron por la orilla, dejando que el agua les acariciara los pies. Jeremy, con las manos en los bolsillos, iba unos pasos detrás, como si intentara encontrar su lugar de nuevo. Cale, siempre sereno, admiraba el paisaje en silencio.

Richard, fiel a su estilo, trató de romper lo que quedaba de hielo:

—¿Saben qué es lo mejor de este lugar? Que si gritas... no hay nadie para oírte.

Y lo demostró, lanzando un grito al aire que se perdió entre los árboles.

Reímos. Quizá por la tontería. Quizá porque hacía falta reír.

Caminamos un poco más, dejando que el viento hiciera lo suyo: llevarse un poco de lo que dolía.

Cuando el sol empezó a caer, Richard tomó la iniciativa de nuevo.

—Fogata junto al lago, señoras y señores. Vamos a cerrar este día como se debe.

Juntamos leña, piedras para el círculo. Entre bromas tímidas y miradas que empezaban a atreverse otra vez, el fuego nació y creció, iluminando los rostros con destellos dorados.

El calor de las llamas parecía fundir lo que quedaba de tensión. Jeremy se acercó a Mónica. Mika se sentó junto a Cale, por primera vez en calma.

Y yo... yo me senté junto a Sara, sin rozarla aún, respetando el espacio que aún era necesario, pero dejando que el fuego nos envolviera a los dos.

Las llamas crepitaban. El lago reflejaba la luz danzante. Y por un momento, fuimos solo eso: un grupo de amigos intentando volver a ser lo que eran.

Richard, mirando el fuego, levantó la voz:

—Que esta noche quede como el comienzo de algo mejor. Y que el pasado... bueno, que el pasado se queme con estas llamas.

Y el grupo, asintió como uno solo.

Yo miré a Sara. Sus ojos brillaban por el fuego y por algo más. Y en ese reflejo, supe que el perdón era un camino, no un instante. Pero estaba dispuesto a recorrerlo.