VACACIONES DE INVIERNO #4
—¡Ya basta! —dije, alzando la voz, apartándolos de un empujón. El tipo me miró sorprendido, y eso bastó para que el murmullo de la fiesta se volviera silencio.
—Tranquilo, amigo... —respondió el italiano, alzando las manos, pero el tono ya no era amable.
Richard intervino, rápido, poniendo un brazo entre nosotros.
—Noah, cálmate.
—No —dije, con el pecho al borde de explotar—. Esta noche se acabó.
Me giré hacia Sara, que me miraba como si no supiera si abrazarme o empujarme lejos.
—Lo siento. Yo... no puedo seguir aquí.
Y sin esperar respuesta, salí de la terraza, atravesando el salón, dejando atrás el ruido, las luces, la música. Afuera, el aire frío me golpeó como una bofetada de realidad.
El celular volvió a vibrar. Lo saqué, lo miré. Leah. Otra llamada. Otra cadena de errores que no sabía cómo romper.
Me apoyé contra la pared del viejo castillo, cerré los ojos, y supe que esa noche, la verdadera emoción no había sido el beso, ni el reto, ni los celos. El verdadero era lo que venía después: decidir quién era yo en medio de ese caos.
La casa estaba en silencio. Las risas, la música, el caos de la fiesta eran ahora solo un eco lejano. Cada quien se había encerrado en su habitación, buscado el descanso o, al menos, la calma que la noche ya no podía ofrecerme.
Pero yo no podía dormir. No podía dejarlo así.
El beso, las miradas, la tensión... todo era un fuego que me quemaba por dentro.
Salí de mi habitación, el frío de los pasillos del castillo no lograba apagar lo que ardía en mí.
Toqué la puerta de Sara, suave, como si temiera romper el momento antes de empezarlo.
Ella abrió, sorprendida, el rostro cansado pero hermoso bajo la luz tenue.
—Noah... ¿qué haces aquí?
Respiré hondo.
—Necesito hablar. Necesito entender. Necesito... entender en qué momento dejamos de ser esos amigos que nos queríamos tanto.
Ella bajó la mirada, y por un segundo, vi el brillo en sus ojos.
—Noah... esto no está bien. Lo sabes.
—No, no lo sé. Porque nada de esto se siente bien si no estoy contigo.
El silencio entre nosotros era un abismo, y sin embargo, nos acercaba.
Y entonces el celular. Otra vez. Vibrando en mi bolsillo, como un latido que no podía ignorar más. Leah. Otra llamada. Otra verdad pendiente.
Saqué el teléfono. Miré a Sara a los ojos. Ella no apartó la vista.
Contesté.
—Noah... gracias por contestar. Por favor, escúchame... —La voz de Leah temblaba, cargada de culpa—. Lo siento. No quise que te enteraras así. Sí... sí, te fui infiel. Pero no quiero que esto termine así. No por teléfono. Déjame arreglarlo. Por favor.
Yo escuchaba. Pero mis ojos... mis ojos no dejaban de estar en los de Sara. Ella tampoco apartaba los suyos. Un mar contenía sus lágrimas. Un mar que yo ya no quería ver derramarse.
Leah seguía hablando, su voz se volvía lejana, como un eco detrás de un cristal.
—Por favor, Noah. Hablemos. No quiero perderte...
Respiré hondo.
—Cuando vuelva... hablaremos. —Y sin más, colgué.
El silencio volvió a llenarlo todo. Pero ya no era frío. Era fuego.
Me acerqué a Sara, despacio, como quien sabe que está cruzando una línea de la que no hay retorno.
—Eso... eso ya quedó atrás. Quiero volver a empezar. Quiero que volvamos a ser lo que éramos antes de todo esto... antes de Mika, antes de los errores.
Ella intentó hablar, pero su voz se quebró antes de salir. Y entonces fue el gesto lo que habló: ese paso que la acercó, esos ojos brillantes que pedían consuelo, esa respiración contenida que pedía libertad.
Nuestros labios se buscaron. Y esta vez el beso no fue de reto, ni de juego. Fue un beso cargado de verdad, de necesidad, de esa pasión que había estado dormida demasiado tiempo.
Mi mano acarició su mejilla con la suavidad de quien no quiere romper el momento. Su cuerpo tembló bajo el mío, no de miedo, sino de ese torbellino que compartíamos. Las barreras se caían, las distancias se borraban.
La noche nos cubrió y, por un instante, sentí que el castillo mismo era testigo de lo que pasaba entre nosotros.
Entre caricias lentas, miradas que lo decían todo y palabras que ya no necesitábamos decir, me encontré con Sara de nuevo.
Después de tanto tiempo, después de tanto caos.
El calor de su cuerpo fue el refugio que había estado esperando sin saberlo.
La ternura de sus manos me dio una certeza que pocas veces sentí: que al menos esa noche...
el mundo, con todo su desastre, se había quedado afuera.
Cuando el silencio volvió, no fue incómodo. Fue paz. Fue esa calma que uno encuentra solo cuando deja de huir de lo que siente. Sara y yo nos quedamos así, abrazados, sin necesidad de más palabras. Podía escuchar su respiración, el latido de su corazón, el mío respondiendo al mismo ritmo.
No pensé en Leah. No pensé en Richard, ni en los italianos, ni en el desastre que había sido la noche. Pensé en esto. En nosotros. En lo que, por un instante, volvimos a ser.
Y mientras el frío de la madrugada se colaba por las ventanas del castillo, yo supe que pase lo que pase después... esta noche ya nadie nos la podría quitar.