VACACIONES DE INVIERNO #3
La cocina parecía un refugio del ruido de la fiesta, pero lo que vi al entrar me dejó claro que el caos también sabía colarse allí. Cale estaba detrás de la barra, serio, mezclando ingredientes como si de eso dependiera calmar los fantasmas que traía desde casa.
A su lado, dos italianas lo rodeaban, lanzándole cumplidos en su idioma, tocándole el brazo, el hombro, entre risas y miradas que buscaban algo más que un cóctel.
—Che bello... guarda che braccia... —decía una, acariciándole el bíceps descaradamente.
—Tu sei il più forte qui... —añadió la otra, rozando sus dedos por su espalda.
Cale sonreía, un poco incómodo, un poco halagado, pero sobre todo agradecido de tener algo — lo que fuera — que lo apartara de los problemas de casa.
Me acerqué, apoyándome en el marco de la puerta.
—Así que aquí estabas. Pensé que te habías perdido.
Cale levantó la vista, relajado.
—Nada de eso. Solo... me ofrecieron ayudar a preparar unos cócteles. Mira —dijo sirviéndome un vaso con el líquido colorido que había armado—. Tienes que probarlo. Es mi creación estrella.
Lo tomé sin desconfiar al principio, porque confiaba en Cale. Lo llevé a la nariz, pero algo en el aroma no cuadraba: era demasiado dulce, demasiado cargado. Y entonces, las risas de las italianas, ese brillo de travesura maliciosa en sus ojos, me pusieron en alerta.
—¿Qué le pusieron? —pregunté, girándome hacia ellas.
Una murmuró algo en italiano, riéndose con complicidad con la otra.
Cale se encogió de hombros, inocente.
—No sé... solo me dijeron cómo mezclarlo.
Entonces caí. Dejé el vaso sobre la barra, firme.
—Cale, no lo pruebes. Ni yo, ni tú. Esto no es solo alcohol.
El rostro de Cale cambió al instante, pasando de la calma a la preocupación.
—¿Qué dices?
—Digo que nos intentaron colar algo en el trago. Mira cómo se ríen —señalé a las italianas, que ya se apartaban, buscando otro lugar donde seguir su juego.
Cale suspiró, pasando la mano por su cara, sintiendo el peso de lo que casi sucede.
—Gracias, Noah. Estuve a nada...
Lo palmeé en el hombro, más hermano que amigo en ese momento.
—Vamos. Antes de que esta noche nos pase factura de verdad.
Y juntos salimos de la cocina, dejando atrás el vaso que podría haber arruinado la fiesta... o algo más.
Volvimos a la fiesta. El aire estaba más cargado, más espeso. Las risas eran más fuertes, las copas se alzaban con menos equilibrio, y el brillo en los ojos de todos hablaba del efecto del alcohol y el descontrol que ya comenzaba a apoderarse de la noche.
Richard estaba en su elemento: subido en la mesa de centro, copa en mano, el rey indiscutible del caos.
—¡Hora del siguiente reto! —gritó, y todos corearon como si lo esperaran con ansias—. Y esta vez... vamos a subir la temperatura.
Yo ya sabía que eso no podía traer nada bueno.
—Escuchen bien —continuó Richard, guiñando un ojo a las chicas—. Aquí tenemos una belleza que ha robado todas las miradas esta noche: ¡Sara!
La gente empezó a gritar, a aplaudir, a hacer ese ruido que solo se hace cuando la fiesta ya ha cruzado la línea. Sara, roja como nunca, levantó las manos para pedir calma.
—No, no, Richard, ya basta...
Pero él no se detenía.
—El reto es este: Sara debe elegir a un chico para darle un beso francés. ¡Que viva la fiesta!
Las risas, los vítores, el ruido. Yo sentí cómo el corazón se me iba a los puños. Miré a Richard, y algo en mí explotó.
—¿Estás loco? —le dije, cruzando el salón hacia él—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Richard se inclinó hacia mí, sin perder la sonrisa.
—Relájate, hermanito. Esto es solo un juego.
—Esto no es un juego para mí.
Me fulminó con la mirada, pero bajó el tono, para que solo yo lo oyera.
—Tranquilo. Confía. Tengo un plan.
—¿Qué plan?
Richard sonrió, el típico brillo de idea loca brillando en sus ojos.
—Sara tiene que escoger a un italiano, ¿no? Pues adivina qué... tú también lo eres. ¿O acaso olvidaste de dónde viene tu sangre?
Me quedé mirándolo, entre molesto y desconcertado. Pero entendí. Richard estaba dándome una salida. Una forma de evitar que otro se llevara ese momento.
Richard alzó las manos de nuevo.
—¡Vamos, Sara! ¡Tu italiano favorito!
Los ojos de Sara buscaron en el salón, incómoda, abrumada... y al final, se cruzaron con los míos. La tensión era un hilo a punto de romperse.
Ella respiró hondo y sonrió, ese tipo de sonrisa que mezcla vergüenza y alivio.
—Noah.
La habitación estalló en gritos y aplausos. Richard alzó su copa, victorioso.
—¡Eso es! ¡Así se juega!
Yo me acerqué, el corazón a mil. Y cuando nuestras bocas se encontraron, el mundo desapareció. Por un instante, todo fue como antes. Como si no hubiera habido distancia, ni rupturas, ni fantasmas. Solo el sabor de lo que habíamos sido.
Cuando nos separamos, el ruido volvió. Las luces, la música, el eco de las voces. Y yo supe que esa noche acababa de cambiarlo todo.
El eco de los gritos aún vibraba en mis oídos. Sara apartó la mirada rápido, como si quisiera escapar de lo que acababa de pasar. El sabor del beso aún estaba en mis labios, pero el sabor que me dejó en el pecho era más difícil de describir.
Los comentarios no se hicieron esperar.
—¡Vaya, Benedetti! Así se hace —dijo uno de los italianos, entre aplausos y palmadas en la espalda.
—El chico juega fuerte —añadió otro, riéndose con complicidad.
Yo intenté mantener la calma, pero mi vista se fue directo a los ojos de Richard, que seguía celebrando como si hubiera ganado un trofeo.
—Tranquilo, hermano. Todo salió bien, ¿no? —me dijo al oído, alzando su copa de nuevo.
Pero dentro de mí, algo hervía. Porque no era solo el beso. Era la forma en que los otros miraban a Sara ahora. Como si el reto la hubiera convertido en un premio, en una meta que todos querían alcanzar.
Jeremy apareció a mi lado, tenso, con la mandíbula apretada.
—Esto ya se está pasando de la raya. Mónica está molesta. Y yo... bueno, ya sabes.
Asentí. Lo sabía. Lo sentía igual.
Y como si el universo quisiera echar más leña al fuego, uno de los italianos se acercó a Sara, con esa sonrisa cargada de intención.
—Brava, bellissima... ¿Un altro bacio?
Ella se encogió, incómoda.
—No, gracias...
Yo di un paso al frente antes de pensar.
—Se acabaron los retos por hoy.
El tipo levantó las manos, burlón.
—Tranquilo, amigo. Solo es una fiesta.
Richard vio el gesto, y por primera vez en la noche bajó el tono.
—Basta ya. Todos. Vamos a calmar las aguas.
Pero la tensión ya estaba ahí, flotando en el aire, como un relámpago a punto de estallar. Las miradas, las palabras no dichas, las copas a medio vaciar... todo era combustible.
Sara se apartó, buscando aire. Yo la seguí, queriendo decir algo, pero sin encontrar las palabras.
Y entonces, como si el destino quisiera recordarme que el caos no venía solo de esta noche, mi celular vibró en el bolsillo. Otra vez. Lea. Otra llamada perdida. Otro mensaje sin abrir.
Y así, entre el fuego de la fiesta y las sombras del pasado, supe que el clímax de esta historia estaba por llegar.
La vibración del celular en mi bolsillo era un latido más fuerte que el de mi propio corazón. Leah. Otra vez. Sentí que todo lo que había tratado de enterrar esa noche volvía a la superficie. La fiesta, las luces, el calor de la gente... todo se volvió un murmullo lejano.
Abrí el mensaje.
"Noah, por favor contesta. Necesito hablar contigo. Esto es importante ."
Levanté la vista y vi a Sara. Estaba junto a la puerta de la terraza, los brazos cruzados, los ojos perdidos entre el bullicio. Su respiración aún agitada por lo que había pasado, por ese beso que no debió ser y que sin embargo había sido.
Me acerqué, dejando el teléfono en el bolsillo, como si pudiera esconder lo que quemaba dentro.
—Sara...
Ella me miró, y en sus ojos no había enojo, ni vergüenza. Había algo peor: dolor.
—Esto se está saliendo de control, Noah. Y no solo lo de la fiesta. Tú... yo... lo que sea que esté pasando.
Antes de que pudiera decir algo, un grupo de italianos, los mismos de antes, se acercaron con sonrisas cargadas y copas en alto.
—Un brindis por la coppia più bella della notte! —gritó uno.
Sara retrocedió un paso, incómoda. Y eso fue suficiente para que el volcán estallara.