Mierda, me enamoré de ti VACACIONES DE INVIERNO #2
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VACACIONES DE INVIERNO #2

—Relájate, hermanito. Si no quieres que alguien intente acercarse a Sara... tal vez deberías dejar de jugar al indiferente.

Y con eso, se fue silbando, dejándome solo frente a la puerta, con el eco de sus palabras y un torbellino en la cabeza.

Me quedé un momento frente a la puerta, con la luz tenue escapando por el borde como un secreto mal guardado. Podía escuchar el sonido suave de ropa moviéndose, el crujir del piso mientras Sara iba y venía dentro de la habitación.

No sé qué fue lo que me impulsó. Tal vez las palabras de Richard, tal vez mis propios pensamientos enredados. Toqué suavemente la puerta.

—¿Sara? ¿Todo bien?

Dentro, un pequeño salto, un leve golpe como de alguien que se sorprendió y casi tira algo.

—¡Noah! Dios, me asustaste...

La puerta, entreabierta, me dejó ver más de lo que había esperado.

Sara estaba frente al espejo, ajustando el conjunto que había elegido para la fiesta.

Un vestido corto, ajustado en el lugar exacto donde debía serlo, con un abrigo ligero que apenas cubría sus hombros, dejando ver la piel que el invierno aún no lograba reclamar.

Las medias oscuras, las botas altas, ese contraste entre elegancia y atrevimiento que no se puede ensayar.

Me quedé quieto. La boca entreabierta. El cerebro en completo caos.

—Wow... —se me escapó sin querer.

Ella se giró, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto automático, sin dejar de sonreír con un toque de vergüenza.

—¿Qué haces ahí?

Yo me apoyé en el marco de la puerta, sin poder quitarle los ojos de encima.

—Solo... vine a ver si estabas bien. Pero parece que... estás más que bien.

Sara rodó los ojos, pero no pudo ocultar ese brillo en la mirada, ese que recordaba tan bien, el de las primeras veces, el de los juegos entre los dos antes de que todo se complicara.

—No empieces, Noah.

—¿Empezar qué? —me acerqué un paso, solo uno, suficiente para hacer que el aire se volviera más denso entre nosotros—. No he dicho nada... aún.

Ella negó con la cabeza, pero la sonrisa traviesa ya estaba ahí.

—Eres el mismo de siempre.

—Y tú —dije, bajando un poco la voz, más grave, más cerca— sigues siendo... increíble.

Por un segundo, el mundo se detuvo. El castillo, la fiesta, Richard, Leah, todo desapareció. Solo estábamos ella y yo, como antes. Como siempre.

Pero Sara respiró hondo, y fue ella la que supo poner el límite.

—Vete a cambiar, Benedetti. La fiesta te espera.

Yo asentí, reculando como quien sabe que el fuego está cerca pero no quiere alejarse demasiado.

—Sí... nos vemos abajo.

Me alejé, pero su imagen se quedó pegada en mis pupilas. Y supe que esa noche, la verdadera batalla no iba a ser en la pista de baile... iba a ser contra mí mismo.

La fiesta estaba en su punto. Las luces de la fraternidad bailaban sobre las paredes como si el lugar respirara música. El aire olía a perfume caro, a alcohol, a esa mezcla de invierno y calor humano que solo las mejores fiestas logran.

Ahí estaban Sara, Mika y Mónica, dominando la pista de baile como si la hubieran construido para ellas.

Sara, con ese conjunto que aún tenía tatuado en la memoria, se movía al ritmo de la música, riendo, brillando.

Mika y Mónica no se quedaban atrás, girando, levantando los brazos, viviendo el momento.

Y los italianos... bueno, los italianos parecían lobos en manada, clavando los ojos en cada movimiento de las chicas, murmurando entre ellos en su idioma, soltando sonrisas y comentarios que no necesitaban traducción para entender el tono.

Sentí cómo la sangre me hervía. A mi lado, Jeremy estaba igual, cruzado de brazos, con esa mirada de si te acercas a Mónica, no respondo.

—Oye, ¿tú también lo ves? —murmuró, sin quitarle los ojos de encima a un par de tipos que parecían demasiado interesados.

Asentí.

—Lo veo. Y no me está gustando nada.

Justo entonces apareció Richard, como siempre, el alma del desastre. Con una bandeja de vasos en las manos, sonriendo como si la noche apenas empezara.

—¡Ah, mis pequeños polluelos celosos! Relájense, hombre. ¡Miren nada más lo guapas que se ven nuestras chicas! Sobre todo Sara... magnífica. Absolutamente magnífica.

Lo miré de reojo, con esa mezcla de hermano mayor protector y chico incapaz de ocultar los celos.

—Baja el tono, Richard.

Él se rio, pasándome un vaso.

—Tranquilo. Solo decía la verdad. Disfruta, hermano. Esta noche es para eso.

Jeremy tomó el suyo sin dejar de vigilar a Mónica.

—Como se acerque uno más, le derramo esto encima.

Richard los miró, divertido.

—Por Dios, ¿quién los invitó, a ustedes o a sus celos? ¡Vamos, disfruten! ¡Esto apenas empieza!

Y se alejó bailando, repartiendo bebidas, saludando, como el rey de la fiesta que era.

Yo volví a mirar a Sara. Se reía, giraba, disfrutaba. Y algo dentro de mí gritaba que esa noche iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.

La música subió de intensidad, el bajo retumbaba en el pecho y las luces giraban como si el mundo estuviera borracho de alegría. Y entonces lo vi. Uno de esos italianos — alto, con camisa ajustada y esa sonrisa de yo consigo lo que quiero — se acercó a Sara.

Le dijo algo al oído. Ella se rio, esa risa incómoda de no querer ser grosera pero tampoco de invitar a más. Mika y Mónica se dieron cuenta, mirándose con esa expresión de esto se va a poner interesante.

El tipo insistió, estiró la mano, ofreciéndose para invitarla a bailar. Sara negó con la cabeza, amable, pero el tipo no parecía entender un no.

Sentí cómo se me encendían las venas. Di un paso al frente, pero Jeremy me detuvo, porque él estaba igual: uno de los amigos del italiano también se acercaba a Mónica.

—Ya basta —dije entre dientes.

Richard apareció como caído del cielo, con su copa en alto, sonriendo como si todo fuera un chiste.

—¡Ey, señores! —dijo en un italiano impecable, pero con ese tono burlón que solo Richard sabe usar—. ¿No ven que estas chicas ya tienen compañía? ¡Sigan su camino, la pista es grande!

Los tipos levantaron las manos, como diciendo tranquilos, y se alejaron, pero no sin mirar de nuevo, no sin dejar esa última mirada cargada que me hizo apretar los puños.

Me acerqué a Sara, que seguía en el centro de la pista, un poco aliviada, un poco molesta.

—¿Estás bien?

Ella asintió, pero su mirada me atravesó.

—Estoy bien. Solo no quiero líos, Noah.

Me encogí de hombros, intentando aflojar la tensión.

—Yo tampoco... pero no voy a quedarme viendo cómo esos idiotas se pasan de listos.

Sara bajó la mirada un segundo, luego me sostuvo la mirada, seria, intensa.

—Tú eres el problema, Noah. Porque cuando me defiendes así... me confundes.

Yo no supe qué responder. Porque tenía razón.

En ese momento, Richard volvió a aparecer, como un torbellino.

—¡Vamos, vamos, mis fieras! ¡Que nadie se amargue! ¡Hora del primer reto! Todos a la terraza en diez minutos. ¡Esta noche apenas comienza!

Y así, la fiesta se transformaba en juego, en prueba, en otra excusa para seguir cruzando límites. Mientras tanto, en mi bolsillo, el celular vibró. Lea. Otra vez. Pero esa noche... esa noche mi caos estaba aquí.

La terraza de la fraternidad era enorme, con vista a toda la ciudad iluminada como un mar de estrellas. El aire frío nos golpeó en la cara, sobrio y directo, como recordándonos que el invierno estaba ahí, aunque dentro reinara el calor de la fiesta.

Richard se subió a un banco, copa en mano, con esa sonrisa que anunciaba desastre divertido.

—¡Bien! ¡Hora del primer reto! Porque no, señores, aquí no se vino solo a bailar. Esta es una noche para los valientes.

Todos se agruparon alrededor, los amigos de Richard, los italianos curiosos, los nuestros. Sara se cruzó de brazos, Mika se reía ya sin saber de qué, Mónica miraba a Jeremy como diciendo no dejes que esto se descontrole.

—El reto es sencillo —continuó Richard, alzando su copa—. Cada pareja debe pasar por el pasillo humano que haremos aquí —señaló entre dos filas de chicos—, mientras los demás los animan... ¡o los ponen nerviosos! Quien no cruce bailando y pasándola bien... ¡bebida doble en el siguiente brindis!

Las risas y los gritos no se hicieron esperar. Los primeros en lanzarse fueron un par de italianos que parecían hechos para ese juego, girando, lanzando pasos, dejando al público aplaudiendo.

Entonces Richard, con esa mirada de no me voy sin meter el dedo en la llaga, apuntó hacia mí y hacia Sara.

—¡Vamos, ustedes! ¡Noah y Sara! ¡Queremos ver cómo se hace de verdad!

Sara abrió los ojos, sorprendida.

—¿Qué? No, no...

Yo sonreí, porque ya estaba decidido. Le tendí la mano.

—¿Qué dices? ¿Viejos tiempos?

Ella dudó... pero al final la tomó. Y bajamos por ese pasillo de gritos y aplausos, ella con la elegancia que la salvaba de todo, yo con la seguridad de quien solo quería estar cerca. Bailamos, nos reímos, y por un momento el mundo era solo eso: música, luces, y el eco de lo que habíamos sido.

Al terminar, el público aplaudió como si fuéramos leyenda. Y cuando nos apartamos, nuestras manos tardaron un segundo más en soltarse.

Richard nos guiñó un ojo, victorioso.

—¡Eso es lo que digo! Así se empieza una noche.

Jeremy y Mónica fueron los siguientes, y entre bromas, empujones y brindis, la noche se volvió un recuerdo dorado, uno de esos que sabes que va a doler cuando termine.

Mientras tanto, mi celular seguía vibrando en el bolsillo. Pero no lo saqué. No podía. Esa noche... esa noche no era de Lea.

La fiesta seguía ardiendo en la terraza, pero yo no podía evitar notarlo: Cale no estaba. No había pasado por el pasillo humano, no había reído con los demás, no se había perdido en la música como todos.

Lo busqué, esquivando grupos que bailaban, parejas que ya empezaban a perderse entre las sombras, amigos de Richard que gritaban brindis en italiano. Lo encontré en la cocina, un espacio que parecía ajeno al caos del resto de la casa.