Mierda, me enamoré de ti VACACIONES DE INVIERNO
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VACACIONES DE INVIERNO

Noah

Nunca me ha gustado despedirme de mi mamá.

No porque no quiera irme —que sí quiero, y mucho—, sino porque hay algo en su forma de mirarme antes de soltarme que me deja ese nudo en la garganta, ese que ni el frío del aeropuerto consigue congelar.

Me abrazó fuerte, como si pudiera protegerme de todo lo que está por venir, y me dijo al oído:

—Cuida a tus amigos... y cuídate tú, ¿sí?

Asentí, sin poder decir mucho más. Si abría la boca, capaz que no subía al avión.

El resto fue el caos de siempre: mochilas, maletas, boletos que uno jura haber metido en el bolsillo correcto pero nunca está, y la vocecita de Jeremy diciendo:

—¡Última llamada para los guapos de la banda!

Eso hizo que Mónica se riera, esa risa que hace que Jeremy la mire como si hubiera ganado la lotería.

Subimos al avión y buscamos los asientos como si fuéramos un equipo de exploradores.

Mika se acomodó junto a Cale, su hermano, ese que parece el doble maduro del grupo, aunque no se salve de las bromas de Jeremy.

Jeremy y Mónica, por supuesto, cayeron juntos; ni de broma los separas, y menos ahora que no hay maestros vigilando.

Y Sara... Sara se sentó a mi lado, como si eso hubiera estado decidido desde antes que compráramos los boletos.

Nos pusimos cómodos mientras el avión rugía al arrancar, y entonces empezó el cotorreo:

—¿Primera parada? —preguntó Sara, con esa sonrisa que siempre parece esconder un plan.

—Donde haya pizza —dijo Jeremy desde el otro lado del pasillo—. ¡La prioridad es la comida!

—Prioridad es no perdernos esta vez —saltó Mónica, dándole un codazo disimulado.

—¿Qué fiestas nos tocarán? —Mika, que apenas hablaba, parecía ya imaginar las luces y la música.

—¿Qué retos? —agregó Cale, alzando una ceja, como diciendo no quiero terminar rescatándolos de algo raro.

Yo los miré a todos y, por un segundo, se me olvidó el miedo al despegue. Estábamos juntos, listos para lo que viniera, y eso bastaba.

Mientras el avión cortaba las nubes, me recargué en el asiento y cerré los ojos. Italia nos esperaba. Y algo me decía que estas vacaciones de invierno iban a ser todo menos frías.

El avión tocó tierra y, por un instante, el mundo dejó de temblar. Afuera, el cielo de Italia nos daba la bienvenida con ese gris frío de invierno que parecía más elegante que el de casa. Cuando bajamos, un viento helado nos despeinó y nos recordó que no todo iba a ser fácil.

Caminamos entre el bullicio de la terminal hasta que lo vi. Ahí estaba mi papá: traje impecable, abrigo largo, postura de hombre que podría dirigir un imperio o detener el tráfico con una mirada. Pero esa fachada se quebró apenas sus ojos encontraron los míos.

Vi cómo su gesto serio se suavizaba, cómo esa media sonrisa que pocas veces muestra se le escapaba. Se acercó y, por un segundo, creí que iba a darme un abrazo de esos que solo se ven en las películas. Pero no. Él es así: firme, contenido, y sin embargo, sus ojos decían más que mil palabras.

—Hijo —dijo, con esa voz grave que siempre parece una orden—. Bienvenido.

Asentí, porque tampoco soy bueno para las escenas.

A mi lado, Sara y Mika parecían repasar mentalmente todo lo que habían hecho mal la última vez.

La primera vez que las conoció, lo dejaron en caos: un par de tormentas con sonrisa dulce.

Ahora, su mirada pasó por ellas y noté el brillo de la sorpresa.

—Veo que el caos sigue contigo, Noah —comentó mi papá, esta vez con un dejo de humor que solo yo entendí.

Sara le dedicó un saludo educado, una inclinación de cabeza casi ensayada. Mika, con esa mezcla de timidez y firmeza, apenas murmuró un " buenas tardes".

Cale, siempre el caballero, dio un paso al frente.

—Señor Benedetti. Gracias por recibirnos. Es un honor.

Mi papá lo observó y le estrechó la mano con firmeza.

—El honor es mío. Espero que disfruten Italia.

Detrás, Jeremy y Mónica saludaron con sonrisas abiertas. Y entonces, como un torbellino, Richard apareció. Siempre con esa energía que no sabe de límites.

—¡Por fin! ¡Llegaron! Ya tengo el itinerario armado: fiesta mañana, tour por el centro el sábado, y el domingo otra fiesta. Esta vez nada de trabajo, hermanito, ¿eh? ¡Nada de meterte a la oficina con papá! Vinimos a divertirnos, no a hacer planes de negocios.

Mi papá levantó una ceja, divertido.

—Richard tiene razón. Esta vez... vacaciones son vacaciones.

Miré a mi alrededor: las caras de mis amigos, la elegancia de mi padre, el entusiasmo de mi hermano. El aire olía a promesa, a problemas buenos, a historias por escribirse. Italia nos esperaba. Y esta vez, no íbamos a defraudarla.

Ahí estaba la camioneta. Elegante, negra, impecable... y más pequeña de lo que cualquiera hubiera imaginado para un grupo como el nuestro. Vi la cara de mi papá, ese gesto de "¿en qué estaba pensando? " que rara vez se le escapa.

—Parece que subestimé el tamaño del grupo —dijo, mientras revisaba las maletas, como si eso pudiera resolver algo.

Richard, por supuesto, lo tomó como un reto.

—¡No pasa nada! ¡Todos arriba! Esto es parte de la aventura, ¿o no?

Y ahí empezó el caos.

Mika terminó sentada sobre Cale, quien, fiel a su estilo, ni se quejó, solo trató de hacerse espacio para no aplastarse contra la puerta. Mónica, entre risas, terminó sobre Jeremy, que parecía encantado con la situación. Y yo... bueno, Sara acabó en mis piernas.

El aire en la camioneta era una mezcla de perfume de aeropuerto, frío de invierno y el inevitable calor de estar todos apretujados.

Mi papá al volante, serio pero concentrado en no matarnos en el primer giro.

Richard de copiloto, poniendo música a todo volumen, porque claro, "el ambiente es lo primero".

Y ahí estábamos. Sara y yo.

Ella miraba por la ventana como si eso pudiera alejarla del desastre en el que estaba metida. Yo, en cambio, no podía dejar de notar lo cerca que estaba. Su cabello, el perfume suave, ese calor que se colaba entre los abrigos.

—Noah... —dijo sin mirarme, la voz firme, como si hablara consigo misma más que conmigo—. Esto no significa nada, ¿ok?

Yo sonreí. Esa sonrisa que no puedo evitar cuando la vida me pone en estas situaciones.

—Claro que no, Sara. Solo eres la afortunada pasajera que le tocó el mejor asiento de la casa —susurré, bajando un poco la voz, lo suficiente para que solo ella lo oyera.

La vi tensarse, pero también vi cómo se le escapaba una media sonrisa, esa que luchaba por no salir.

—No empieces, Noah. Sabes que esto no está bien.

—¿Qué no está bien? ¿Que estemos en el mismo espacio o que sigamos teniendo esta conexión?

Sara se giró apenas, lo justo para mirarme a los ojos.

—Tienes novia. O tenías. O lo que sea. Pero esto... esto no es lo que deberíamos estar haciendo.

Me encogí de hombros, rebelde, como en los viejos tiempos.

—Solo estoy siendo amable con una amiga. ¿O acaso está prohibido ahora?

Ella suspiró, tratando de volver a ignorarme, pero el rubor en sus mejillas la delataba. Afuera, el paisaje de Italia desfilaba mientras la camioneta se sacudía por el camino. Dentro, la tensión crecía, como si el aire se hiciera más denso a cada kilómetro.

Mientras Richard coreaba la canción de moda a todo pulmón, yo solo pensaba en una cosa: estas vacaciones iban a ser más complicadas de lo que creí.

Mientras subíamos las maletas y Richard seguía con su entusiasmo imparable, el celular empezó a vibrar en mi bolsillo. Llamadas perdidas. Leah.

"Noah, contéstame, por favor." "¿Dónde estás? ¿Por qué no dices nada?" "Necesito hablar contigo. Llámame cuando veas esto."

El nombre de Leah brillaba en la pantalla como un recordatorio de lo que había dejado atrás... o de lo que aún no había terminado. Miré el teléfono un momento, dudando. Pero no contesté.

Guardé el celular en el bolsillo con un suspiro. Aún podía escuchar a Richard gritar desde el vestíbulo:

—¡Dos horas, equipo! Hoy se empieza la fiesta, y aquí nadie vino a dormir, ¿eh? ¡Esto es Italia!

Y mientras la música ya se oía desde el salón principal, supe que lo que me esperaba iba a ser cualquier cosa menos tranquilo.

El pasillo del castillo estaba en penumbra, solo iluminado por la luz cálida que se colaba de las habitaciones. Iba camino a mi cuarto cuando vi a Richard y Cale parados frente a una puerta entreabierta, con la cabeza asomada como si estuvieran viendo un espectáculo de primera fila.

Me acerqué despacio, levantando una ceja.

—¿Qué pasa?

Richard apenas movió un dedo a los labios, pidiéndome silencio. Cale, que siempre parecía más centrado, estaba igual de clavado mirando.

—Shhh, hermano. Solo... disfruta el momento —susurró Richard con esa sonrisa de tipo que ya está armando un plan.

No pude evitar mirar. Y ahí estaba Sara, de espaldas, cambiándose de ropa, ajena a la escena, la puerta abierta como si estuviéramos en un maldito reality show. Su cabello caía en cascada sobre los hombros, el movimiento lento, casi hipnótico.

Un calor raro me subió por el cuello.

—¡Oigan, ya basta! —dije en un murmullo urgente—. Denle un poco de privacidad, ¿no?

Pero Richard no quitaba los ojos.

—Vaya, vaya... quién lo diría, ¿eh? Tu amiga Sara es toda una sorpresa.

Me tensé. Algo dentro de mí se encendió. Era como si cada mirada de Richard hacia ella me quemara.

—Te estoy diciendo que dejes de mirarla así.

Richard se giró, divertido, alzando ambas manos en falso gesto de paz.

—¿Y eso? ¿Por qué tanto drama? ¿Acaso... te gusta? ¿Por eso no quieres que me acerque?

Sentí cómo la mandíbula se me apretaba, pero intenté jugarla cool.

—No es eso. Es... es que es mi amiga. Y no quiero que empieces con tus jueguitos de ligue.

Richard soltó una carcajada baja, esa que usaba cuando creía haber dado en el clavo.

—Claro. Tu amiga. No sabía que " amiga " ahora significaba "me revienta que mi hermano la mire porque yo quiero que solo me mire a mí".

Cale intervino entonces, quitándose de la puerta como el buen tipo que es.

—Ya, ya. Mejor dejemos que se cambie. Esto se está poniendo raro.

Richard me dio un último codazo cómplice.