30 DIAS DE ABSTINENCIA #2
—Buenos días, campeón —dijo mi madre, sirviendo el jugo en un vaso alto.
—Buenos días, ma —respondí mientras me sentaba.
El café estaba humeante y las tostadas doradas a la perfección.
—¿Listo para el entrenamiento? —preguntó, mirándome de reojo mientras se sentaba frente a mí.
—Siempre. Aunque preferiría dormir hasta el mediodía.
Mientras mordía la primera tostada, el teléfono vibró.
Mika. Sabía que ese nombre en pantalla nunca traía calma.
Mika: ¿Ya olvidaste quién te encendió primero?
¿Ahora todo es Leah? Rodé los ojos. Tomé un sorbo de café e ignoré.
Vibró de nuevo. Mika: Cobarde. Al menos responde algo. ¿Te crees mucho por un partido?
Suspiré. No iba a caer. No esta vez. Ni un solo mensaje de vuelta. Treinta días de abstinencia. Treinta días de calma.
Mi madre notó mi ceño fruncido. —¿Mika? —Sí. Mika. —dije entre dientes. —Entonces desayuna bien, porque la energía la vas a necesitar para ignorar esos mensajes y enfocarte en lo que vale la pena.
Días y más días
El sol de la mañana ya estaba alto cuando llegué al campo.
El calor del asfalto subía, y el ruido del equipo ya entrenando se mezclaba con el eco de la música de las porristas.
Ahí estaban. Leah, con su ropa deportiva, cabello recogido pero con esos mechones sueltos que parecían brillar con el sol; su short rojo del equipo y camiseta blanca con el logo de la escuela.
Tenía esa sonrisa auténtica mientras hacía estiramientos junto a Mónica.
Y claro... Mika. Ella no quitaba la vista de nosotros, como un lobo al acecho. Cada vez que veía a Leah reírse conmigo, podía sentir cómo esa rivalidad ardía aún más fuerte.
Jeremy llegó y me dio una palmada en el hombro. —Viejo, parece que el drama de la escuela vino al entrenamiento. —Ya lo noté. —dije, sin quitar la vista de las chicas.
El entrenador silbó. El partido se acercaba, y no podíamos darnos el lujo de distracciones. Pero igual, mientras lanzaba los pases, mientras corría las jugadas, mi vista se cruzaba con la de Leah. Esa mirada que me desarmaba y me devolvía la calma.
Pero Mika, ah, Mika... cada paso que daba, cada movimiento que hacía, estaba cargado de ese veneno silencioso. Y lo peor: no iba a rendirse fácil.
Estábamos en la mitad del entrenamiento cuando el entrenador dio un respiro. El sol quemaba, el sudor corría por la frente y el aire se llenaba del eco de los silbatos y los gritos del equipo. Fue entonces cuando la música cambió. Un ritmo más marcado, más atrevido.
Giré la cabeza y ahí estaba ella: Mika.
Mika se colocó frente a su grupo, moviendo las caderas con esa seguridad que solo ella sabía manejar.
El short del equipo ajustado en el lugar perfecto, el top rojo resaltando su figura.
Los pasos eran firmes, sensuales, estratégicos.
Cada movimiento parecía planeado para que las miradas se clavaran en ella.
Y funcionó.
El campo se llenó de silbidos, aplausos, y gritos de los chicos del equipo. —¡Eso, Mika! —¡Dios mío, qué diosa! —¡Vas a matar al equipo rival antes del partido!
Jeremy, a mi lado, soltó una carcajada. —Viejo, creo que tu abstinencia va a ser difícil con eso enfrente.
Pero yo... no. No era lo mismo. Sí, la vi. Sí, vi cómo todos perdían la cabeza. Pero algo había cambiado en mí.
Mi vista buscó a Leah. Ella sonreía, incómoda, aplaudiendo con el resto, pero sus ojos se desviaban para no mirar demasiado a Mika. No quería que pensara que le afectaba.
Sara aplaudió desde el borde del campo. —¡Bien, Mika! ¡Esa es la energía que quiero en el partido! ¡Todas, atentas! Mañana esto tiene que ser impecable.
Mika terminó su rutina, giró ligeramente la cabeza y me buscó con la mirada. Su sonrisa era como un reto. Como diciendo mírame, sé que no puedes evitarlo.
Yo solo tragué saliva, respiré hondo y la ignoré. Jeremy, notando mi tensión, me dio un codazo. —Tranquilo, Benedetti. A esta guerra le falta mucho.
Y yo lo sabía. El partido estaba cerca, el drama más cerca aún... y esa noche, seguro no dormiría pensando en el juego, en la jugada perfecta... y en lo que Mika estaba planeando.
El entrenamiento terminó, pero el ambiente seguía cargado.
Las risas de los chicos, los comentarios sobre la rutina de Mika, el murmullo de las porristas y el crujir de las zapatillas sobre el concreto.
Yo solo quería largarme al vestidor, ducharme y olvidarme del ardor que me había dejado la mirada de Mika.
Pero claro... el destino no iba a dejarme en paz tan fácil.
Ahí estaban. Mika y Leah. Frente a frente, a escasos metros de la salida del campo.
Mika con los brazos cruzados, esa sonrisa torcida que tanto conocía. Leah erguida, con los ojos bien abiertos, tratando de no dejarse intimidar.
—Vaya, vaya... —dijo Mika, dando un paso hacia Leah—. La nueva estrella también quiere ser el centro de atención, ¿eh?
Leah no se movió. —No busco atención. Solo quiero hacer lo mío y que me dejes en paz.
Un murmullo de las porristas, expectantes. Jeremy y Mónica ya se acercaban, sabiendo que algo se venía.
—¿Dejarte en paz? —Mika se rio entre dientes—. Lo siento, cariño. Pero tú fuiste la que se metió donde no debía.
—¡Ya basta, Mika! —intervine, dando un paso firme entre ambas—. No tienes derecho.
Ella me miró, esa mirada que mezcla deseo y veneno al mismo tiempo. —¿Ah, no? ¿Y desde cuándo la defiendes tanto, Noah? ¿Qué es ella para ti? ¿Un nuevo juguete?
Jeremy me tomó del brazo, como advirtiendo que no saltara a responder como un idiota. Mónica se puso junto a Leah. —Mika, ya es suficiente. Sara dijo que la próxima armaría un informe disciplinario si volvías con estas tonterías.
Mika bufó, lanzó una última mirada a Leah y se apartó, recogiendo su bolso. —Esto no ha terminado —murmuró antes de irse.
Me quedé ahí, respirando hondo, con el corazón acelerado. Jeremy me dio una palmada en la espalda. —Viejo, estás en un campo minado.
Mónica sonrió a Leah, intentando romper la tensión. —Bienvenida al equipo, chica nueva. Así es Mika. Prepárate.
Leah respiró aliviada. —Gracias por estar ahí, Noah.
Yo solo asentí, aunque por dentro... por dentro estaba ardiendo. Esto recién empezaba.
El agua de la ducha cayó sobre mí como si quisiera arrastrar todo: el sudor, la rabia, la tensión que dejó ese choque con Mika.
Cerré los ojos, dejé que el vapor me envolviera y me repetí a mí mismo que debía seguir enfocado.
Salí del vestidor mientras Jeremy se despedía, y entonces la vi.
Leah estaba sentada en un borde del muro, esperándome.
Me acerqué, con el cabello aún húmedo y la mochila colgando de un hombro. —Oye... —dije, sin querer sonar nervioso—. ¿Tienes planes ahora?
Ella negó con la cabeza, curiosa. —¿Por?
—Quiero invitarte a un lugar. Es mi sitio favorito... una cafetería cerca de aquí. Tienen el mejor pastel de chocolate que he probado en mi vida.
Leah abrió los ojos, entre sorprendida y divertida. —¿Pastel de chocolate? Jamás habría pensado que un tipo como tú sería fan de lo dulce.
Me reí bajito. —¿Qué esperabas? ¿Que solo comiera alitas y hamburguesas gigantes?
—Un poco —admitió, riendo también.