Mierda, me enamoré de ti 30 DIAS DE ABSTINENCIA
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30 DIAS DE ABSTINENCIA

Noah

La noche estaba cargada de electricidad.

Las luces del campo iluminaban los rostros de mis compañeros, del público expectante y de las porristas que se movían al ritmo de los tambores con una energía que contagiaba.

Mi corazón latía a un ritmo que no podía controlar, y no era solo por el partido...

era por todo. Por la presión de ser el nuevo quarterback estrella, por esa rutina impecable que Sara lideraba como la gran capitana que es, y porque cada vez que lanzaba un pase a Jeremy y lo veía volar por el aire atrapando el balón como si fuera lo más fácil del mundo... sabía que esta noche podía ser nuestra.

Jeremy se volteó hacia mí después de un touchdown y me lanzó una de esas sonrisas que dicen "lo tenemos, hermano".

Yo asentí, limpiándome el sudor de la frente, mientras el rugido de las gradas llenaba el aire.

Entre todo el barullo, entre los gritos y la música, mis ojos buscaron y encontraron a Leah.

Ahí estaba, con ese uniforme que no tenía nada que ver con el de Mika.

Leah no solo animaba, iluminaba. Su risa, su forma de aplaudir...

todo de ella me hacía querer ganar este partido por algo más que el simple trofeo.

Los pases se sucedieron: uno, dos, tres.

Un pase largo a Jeremy que nos colocó a metros de la zona de anotación.

La adrenalina nos consumía y el público estaba de pie, vitoreando cada jugada.

Sara, desde el borde del campo, gritaba el clásico "¡Vamos, chicos, ustedes pueden!

" mientras alzaba los pompones y lideraba la coreografía que hacía que incluso los que no sabían nada de fútbol sintieran el fervor de la victoria acercándose.

Y ahí estaba yo, entre el deber del juego y el caos que había dentro de mi cabeza.

Porque mientras el cronómetro bajaba, y el marcador nos favorecía, solo podía pensar en cómo después de este partido tenía que cumplir mi promesa: treinta días de abstinencia.

Treinta días sin dejar que mis impulsos por Leah me distrajeran, treinta días para probar que podía enfocarme, ser mejor, ser digno del respeto de todos... y de mí mismo.

Pero la noche apenas comenzaba.

El silbato sonó. Era la última jugada. El tiempo se escurría como arena entre los dedos: 10... 9... 8... Jeremy se alineó a mi derecha, con esa mirada que solo un verdadero amigo lanza antes de intentar lo imposible. Sabíamos qué teníamos que hacer. Ni lo hablamos. Solo nos entendimos.

El balón cayó en mis manos, frío, duro. Corrí hacia un lado esquivando a un rival que intentó derribarme. Todo el campo se convirtió en un túnel: gritos, luces, el rugido de la banda... y allá al fondo, Jeremy. Corría como si el mundo dependiera de ello.

5... 4...

Lancé el balón. Un pase perfecto. El tipo de pase que en los entrenamientos no siempre sale, pero esa noche, sí. Vi cómo el ovoide cortaba el aire, mientras las gradas parecían detenerse, como si todos contuvieran la respiración.

3... 2...

Jeremy saltó. Sus manos atraparon el balón como si siempre hubiera estado destinado a ello. Sus pies cayeron en la zona de anotación justo cuando el silbato final marcaba el fin del partido.

¡Touchdown!

La explosión fue inmediata. Gritos, saltos, abrazos. Yo estaba tan en shock que me quedé un segundo inmóvil, mirando cómo Jeremy alzaba el balón al cielo, como un trofeo improvisado. Luego corrí hacia él, y lo envolví en un abrazo mientras todo el equipo nos rodeaba, saltando como locos.

En la banda, vi a Sara y las porristas festejando, y por un segundo... ese segundo que no debía importar... vi a Mika con una expresión que no supe leer del todo. ¿Orgullo? ¿Envidia? ¿Rabia? Y al lado... Leah. Ella solo sonreía, y esa sonrisa se me quedó grabada como fuego.

La entrega de trofeos fue un caos hermoso.

Las fotos, los vítores, la banda tocando a todo volumen.

Pero por dentro, en medio de todo eso, yo sabía que mi verdadero partido apenas comenzaba.

Porque ahora venían los 30 días. Treinta días donde debía probarme que podía ser el Noah que quiero ser.

Treinta días para demostrar que puedo con el juego... y con mi propio corazón.

Esa noche, mientras caminábamos de vuelta al vestidor, Jeremy me pasó un brazo por los hombros. —Viejo... ese pase fue de otro mundo. ¿Lo sentiste? Fue como... como magia. Asentí, sonriendo. —Lo sentí, hermano. Lo sentí todo.

Pero por dentro, yo sabía que el pase más difícil no había sido ese. El verdadero pase sería esquivar lo que mi cabeza y mi corazón empezaban a jugar en mi contra... por Leah.

El vestidor olía a sudor, pasto y victoria.

El eco de los gritos aún flotaba en el aire.

Las duchas se encendieron, las bromas volaban de un lado al otro como los balones en el partido.

Jeremy no paraba de contar, exagerando, cómo atrapó ese pase " en cámara lenta, como en las pelis ".

Yo me reía, porque en el fondo, tenía razón. Fue épico.

Me senté en el banco, con la toalla en el cuello, respirando hondo. Tenía el pulso acelerado todavía. No por el partido. No por el pase. Por ella. Por cómo Leah me había mirado, por esa sonrisa que hizo que todo el estadio desapareciera por un segundo.

Jeremy se sentó a mi lado, dándome un codazo.

—Noah, no sé si estás pensando en el pase o en la nueva.

Porque hermano... te vi en la cancha, pero después de ese touchdown, tus ojos no estaban en el balón.

Yo solté una carcajada, negando con la cabeza.

—Déjalo, Jer. Solo fue un gran partido. —Nah.

… fue algo más. Se te nota, y mira que no soy poeta.

Cuando salimos del vestidor, las luces del campo seguían encendidas. Afuera nos esperaban algunas familias, amigos, el pequeño grupo de porristas que seguía celebrando, y.… allí estaba. Leah, con Mónica, ambas riendo por algo que no escuché.

Me acerqué, y cuando Leah me vio, sus ojos brillaron de una manera que hizo que el mundo se apagara de nuevo. —¡Noah! Ese último pase... wow. ¿Eres de verdad o un invento del fútbol? Sonreí, algo nervioso. —Si soy un invento, ojalá me sigas creyendo, porque contigo cerca, me sale mejor jugar.

Ella se rio, y esa risa, Dios... esa risa vale más que el trofeo.

Mika pasó a unos metros, con esa mirada que podría incendiar el estadio. La vi, la sentí. Quiso lanzar alguna frase venenosa, pero Sara se le adelantó, jalándola del brazo y diciéndole algo al oído que la dejó callada. Gracias, Sara, pensé.

El papá de Jeremy nos esperaba en el auto. Era hora de volver a casa. Cuando me despedí de Leah, nuestras manos se rozaron sin querer, y fue como un chispazo. —Nos vemos el lunes —le dije. —Nos vemos, quarterback.

Y en el camino de vuelta, mientras Jeremy no dejaba de hablar del partido, yo solo pensaba en ese roce de manos, en esos 30 días que acababan de empezar, y en lo mucho que me iba a costar no rendirme a lo que sentía por ella.

—Nos vemos, quarterback —dijo Leah, con esa sonrisa que me desarma, mientras nos despedíamos.

En el auto, Jeremy seguía lanzando comentarios sobre el partido, pero yo iba en silencio. Las luces de la ciudad pasaban como destellos, igual que los recuerdos de ese roce de manos con Leahh, de su voz, de cómo dijo "quarterback" como si yo fuera algo más que el chico que lanza el balón.

Al llegar a casa, me quité los zapatos casi sin ganas y subí directo a mi cuarto.

El cansancio del partido no era nada comparado con el cansancio mental que traía.

Cerré la puerta y me dejé caer en la cama, boca arriba, mirando el techo.

Treinta días... ¿En qué momento se me ocurrió que eso era buena idea?

Treinta días sin ceder al impulso, al deseo, a la tentación.

Treinta días de abstinencia. Y recién iba comenzando.

El crujido de la puerta me sacó de mis pensamientos. —¿Hijo? ¿Puedo pasar? —La voz de mi mamá, suave, como siempre. —Claro, ma.

Se sentó a los pies de mi cama, mirándome con esa expresión de quien no necesita palabras para saber que algo te pasa.

—Te vi en el partido. Brillaste. Y ahora, mírate...

¿en qué piensas, mi campeón? Suspiré, llevándome las manos a la nuca.

—En todo, ma. En que ganamos, pero igual me siento como si estuviera perdiendo.

—¿Por Leah? —preguntó, y yo levanté una ceja, sorprendido.

—¿Tan obvio soy? Ella sonrió, acariciándome el pie como cuando era niño.

—Noah, soy tu madre. No necesito ser detective.

Me senté, pasándome la mano por el cabello.

—Hice una promesa ridícula... Treinta días sin meterme en más problemas, sin líos amorosos, sin tentaciones.

Quiero centrarme, ¿sabes? Pero cada vez que la miro, se me olvida todo.

Mi mamá rio bajo, como quien comprende más de lo que dice.

—Eso no es ridículo, hijo. Eso es madurez.

Solo recuerda: el autocontrol no significa que apagues lo que sientes, sino que lo entiendas, que lo dirijas.

Me quedé callado, dejando que sus palabras calaran. Ella se levantó, me dio un beso en la frente y caminó a la puerta. —Buenas noches, mi quarterback. Descansa, mañana será un día más cerca de cumplir esos 30.

La vi salir y cerrar la puerta. Volví a acostarme, esta vez sonriendo un poco. Tal vez, solo tal vez, sí podría lograrlo.

Desperté con el aroma del café y las tostadas.

El sol apenas se colaba por las cortinas.

Mi madre, como siempre, estaba abajo haciendo del desayuno algo especial aunque fuera un simple sábado.

Bajé las escaleras descalzo, despeinado, y con ese desgano de quien sabe que el fin de semana no significa descanso.