ENAMORAMIENTO
Noah
Nunca pensé que un viaje pudiera cambiar tanto mi forma de ver las cosas.
Leah... Leah apareció como una brisa fresca entre tantas tormentas.
Desde que la conocí en aquella banca de la plaza, algo en mí hizo clic.
No sé cómo explicarlo, pero esa tarde, entre sus risas y la manera en que su mirada se perdía en las calles de Italia, me di cuenta de algo claro: estaba empezando a enamorarme.
La noche cayó sobre el castillo como un manto pesado.
Después de la velada con las películas de terror — que, por cierto, me dejaron más nervioso de lo que admito —, me dirigí directo a mi habitación.
El eco de mis pasos se mezclaba con el murmullo del viento, hasta que sentí que alguien me seguía.
Me giré bruscamente, preparado para enfrentar a quien fuera, y entonces la vi: Leah. Tan frágil y a la vez tan valiente.
—Noah... ¿puedo... puedo dormir contigo esta noche? —dijo con un hilo de voz—. Este lugar es enorme, no lo conozco y.… no creo que pueda pegar el ojo.
Me quedé congelado. No porque no quisiera, sino porque el simple hecho de imaginar tenerla tan cerca me desarmaba. Pero asentí. Claro que asentí. Porque, de alguna manera, sentía que debía protegerla.
Ya en la habitación, intentamos acomodarnos en la cama. Su aroma, su respiración cerca... por más que me repetía que debía calmarme, mi cuerpo me traicionaba. Y para mi mala suerte, Leah lo notó.
—Vaya, Benedetti... ¿tan fácil te descontrolo? —me dijo entre risas suaves, intentando quitarle peso al momento.
Sentí que me ardía la cara de vergüenza, pero ella, con esa dulzura rota que llevaba consigo, continuó:
—Mira, Noah... no quiero que pienses que no me siento a gusto contigo, pero hay cosas... que todavía me pesan.
Y ahí, con la luz de la luna colándose por la ventana, Leah me abrió su corazón.
Me habló de aquel exnovio, de la traición de su mejor amiga, de la trampa que casi terminó en algo terrible.
Del bullying que la convirtió en un fantasma dentro de su propia escuela.
Y de cómo este viaje era el intento desesperado de sus padres por ayudarla a respirar.
Mientras hablaba, la rabia crecía dentro de mí. La atracción, ese deseo que me quemaba minutos antes, se disipó por completo. Lo único que sentía era la necesidad de cuidarla, de ser su refugio, de asegurarme de que nadie volviera a hacerle daño.
—Leah, te lo juro... nadie va a lastimarte mientras yo esté cerca —le susurré, apartándole un mechón de cabello del rostro.
Nos quedamos así, compartiendo el calor de la compañía, sin cruzar una línea que ella aún no estaba lista para cruzar. Y en ese instante entendí algo importante: enamorarse no era solo deseo. Era querer cuidar, querer sanar. Y Leah... ya se había metido bajo mi piel.
La noche avanzó entre silencios que decían más que mil palabras. Leah y yo, acostados uno junto al otro, compartiendo el mismo espacio, la misma respiración... el mismo peso emocional. Porque aunque sus heridas no eran las mías, en ese momento las sentí propias.
El castillo estaba en calma, pero mi cabeza no lo estaba.
Pensaba en todo lo que me había contado.
Me quedé despierto, escuchando cómo su respiración se volvía lenta hasta que finalmente se durmió.
Me quedé observándola, con la luna iluminando apenas su rostro.
Ahí estaba: la chica que, sin buscarlo, me había robado el corazón.
Dormí apenas un par de horas. Cuando el amanecer comenzó a pintar de dorado las paredes de la habitación, fue su voz suave la que me devolvió al mundo.
—Buenos días, Noah... —susurró, aún medio dormida, con una sonrisa que me desarmó.
—Buenos días, Leah... —respondí, intentando sonar tranquilo, aunque el corazón me latía como loco.
Nos quedamos un rato sin movernos, como si el tiempo nos diera una tregua.
—Gracias por anoche —dijo mirándome a los ojos—. Gracias por ser tan tú.
Solo sonreí y tomé su mano, sin atreverme a decir lo que realmente pensaba.
Nos levantamos y nos arreglamos. Antes de salir, se giró hacia mí.
—Hoy es un nuevo día, Noah. Vamos a aprovecharlo.
Bajamos juntos al comedor del castillo, donde ya estaban Jeremy, Mónica, Richard y mi papá. Nadie dijo nada, pero las miradas cómplices no faltaron.
El desayuno transcurrió entre risas y café italiano. Mi papá anunció una excursión por el campo. Yo apenas escuchaba: solo pensaba en cómo acercarme a Leah sin presionarla, sin romper lo frágil que era lo que estábamos construyendo.
El sol ya estaba alto cuando el guía nos llevó por senderos que parecían sacados de una postal. Campos, arroyos, árboles antiguos. Jeremy y Mónica iban adelante; Leah y yo caminábamos a nuestro ritmo.
—¿Te pasa algo, Noah? —preguntó con una sonrisa.
—Creo que este lugar te hace ver aún más bonita —dije sin pensar.
Ella se sonrojó y me empujó suavemente el hombro.
—Cuidado, Benedetti. Así empiezan las historias que se cuentan en los libros.
El camino nos llevó a un lago escondido. El agua invitaba.
—¿Nos metemos? —le propuse.
No tardó en aceptar. Nadábamos, reíamos, nos salpicábamos como niños. Cada roce era electricidad. Cada mirada, una promesa muda.
En un momento quedamos muy cerca, flotando.
—No te creas que me dejas sin palabras —dijo, lanzándome agua.
La atrapé entre mis brazos. Nos quedamos así, tan cerca que nuestras risas se apagaron. Sentí el impulso de besarla... pero no lo hice. No quise correr. Quise quedarme ahí.
Salimos del lago y nos tumbamos en la hierba. Jeremy y Mónica llegaron bromeando.
—Gracias por este momento, Noah. Eres... diferente —me dijo Leah.
Y esas palabras me acompañaron el resto del día.
El regreso al castillo fue tranquilo. Al entrar, vimos a sus padres. La tensión apareció, pero mi papá intervino con elegancia. La cena terminó siendo cordial.
Más tarde, en los jardines, Leah me agradeció por todo. Caminamos hasta el auto.
—Gracias por hoy —dijo, tomándome la mano.
La vi irse con el corazón apretado.
Esa noche pensé en ella hasta quedarme dormido.
El regreso, la escuela, la sorpresa de verla ahí... el choque con Mika. Todo se mezcló. Leah estaba ahora en mi mundo. Y Mika no lo iba a aceptar.
El entrenamiento, las miradas, la tensión creciente. El partido que se acercaba.
Y mientras el sol caía sobre el campo, supe algo con claridad: el siguiente día no solo iba a definir un partido. Iba a cambiarlo todo.