Mierda, me enamoré de ti CONFLICTO ENTRE NOSOTROS #4
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CONFLICTO ENTRE NOSOTROS #4

La tarde fue de película: voleibol, mar, risas, golpes de agua, carreras en la arena. Jeremy y Mónica parecían una pareja de comercial. Leah y yo... cada vez con más miradas, más bromas, más roces "accidentales" que me dejaban la piel ardiendo.

Cuando el sol empezó a caer, el mar se volvió dorado, como fuego líquido. Nos tiramos en la arena, jadeando, empapados, felices.

Y pensé: así debería ser la vida. Sin complicaciones. Solo sol, mar.… y alguien a quien mirar y que te devuelva la mirada.

La tarde terminó en postal. Fue Mónica quien soltó:

—¡Hagamos una fogata! ¡Qué mejor cierre!

Entre risas y torpezas la prendimos. Jeremy parecía experto; yo... mejor ni cuento mis intentos.

Nos sentamos en círculo. Las llamas iluminaban el rostro de Leah y no sé si era el fuego o qué, pero se veía más magnética. Yo estaba perdido.

Pasó un rato y apareció el chofer.

—Jóvenes, ya es momento de regresar al castillo.

La realidad nos dio en la cara. Leah tenía que volver al hotel con sus padres. Yo no quería que el día acabara, así que me armé de valor.

—Señora, señor... ¿habría posibilidad de que Leah nos acompañe al castillo esta noche? Mis amigos y yo vamos a hacer una pijamada, películas... cosas así.

La mamá me fulminó.

—No. Apenas se conocen.

Pero el padre sonrió.

—Cariño, para eso es este viaje. Para que Leah conozca gente, se divierta, empiece de nuevo.

Yo cruzaba los dedos detrás de la espalda, como niño.

La madre resopló.

—Está bien. Pero mañana, a primera hora, la quiero de regreso.

Mi sonrisa fue tan grande que Jeremy rodó los ojos.

Ya en el castillo, Richard nos recibió con esa mirada traviesa.

—Bueno, bueno... ¿y esta quién es?

—Richard, te presento a Leah. Se perdió, la ayudé... y pasamos el día juntos.

Richard me dio un codazo.

—Así que héroe, ¿eh? Entonces tendremos segunda sesión de películas de terror, ¿qué opinan?

Sentí que el alma se me caía. Otra ronda de terror.

Leah se giró hacia mí, divertida.

—¿Noah? ¿Todo bien?

—No es que me encanten las de terror...

Ella sonrió, disfrutándolo.

—A mí me fascinan. Y hoy pienso disfrutar cada susto contigo, Benedetti.

Y mientras entrábamos, ya veía mi futuro inmediato: gritos (míos), risas (de ellos) y ese cosquilleo que Leah me estaba provocando.

No sé en qué momento quedé así: el salón iluminado solo por la tele, luces apagadas, cortinas moviéndose por la brisa... y yo abrazado a un cojín como si fuera mi escudo.

Richard, en modo hermano malévolo, puso las películas más tenebrosas. "Clásicos del terror italiano", dijo. A mí me sonó a "vas a gritar como niña en pijamada".

Jeremy y Mónica se reían cada vez que yo saltaba.

—Viejo, no sabía que eras tan valiente —se burló Jeremy.

—¿Y tú por qué no gritas? ¡Ese payaso salió de la nada! —le respondí, intentando recuperar dignidad.

Lo peor era Leah. Disfrutaba mi sufrimiento como un show privado. Me tocaba el brazo antes de cada susto.

—Tranquilo, valiente. Aquí estoy para protegerte —decía, con esa mezcla de burla y dulzura.

Yo me hundía más en el cojín.

Entre película y película, Richard se levantó.

—Voy por palomitas... o por un espíritu errante del castillo.

—¡Richard, deja de joder! —grité, mientras apagaba y encendía luces para asustarnos.

Jeremy lloraba de risa, Mónica lo seguía, y Leah ya estaba a mi lado, con la cabeza en mi hombro, disfrutando el caos.

—Esto es mejor que cualquier película —susurró.

La noche se fue entre saltos, gritos, risas... y esa sensación de que, por fin, no cargaba con el peso del mundo.

Cuando terminó la última película y mi corazón volvió a su ritmo normal, quedamos tirados, exhaustos.

—Noah... eres un desastre con las pelis de terror —dijo Richard.

—Pero un desastre que sabe escoger buenos amigos —respondí, mirándolos... y luego a Leah.

Ella me sostuvo la mirada de esa forma que te borra el mundo.

El salón quedó en silencio tras los créditos. Solo respiraciones, madera crujiente y mi corazón recuperándose.

—Bueno, creo que eso es todo por hoy —dijo Richard, estirándose.

Jeremy y Mónica recogieron cojines y cobijas. Leah seguía pegada a mí, mirándome con picardía.

—¿Ves? No fue tan terrible —susurró.

—Gracias por no reírte tanto de mí —mentí, porque sí se rio.

Y cuando pensé que la noche ya había terminado...

¡PUM!

Un golpe seco retumbó en la puerta.

Nos quedamos congelados.

—¿Qué fue eso? —preguntó Mónica, apretando la mano de Jeremy.

—Seguramente el viento... o un gato... o.… no sé —balbuceé, tratando de convencerme.

Richard se levantó con sonrisa de torturador profesional.

—O tal vez... el espíritu del antiguo dueño del castillo. ¿No has escuchado las leyendas?

—¡Richard, no jodas! —salté.

La puerta se abrió lentamente, chirriando.

—¡Buuuu!

Era el chofer. Con una linterna apuntándose la cara, riéndose como si le hubieran dado un Oscar.

—Perdón, chicos. Solo venía a decir que ya es tarde y que tengan buenas noches —dijo, muerto de risa.

El alivio fue tan grande que terminé tirado en el suelo riéndome como idiota. Leah me miró... y esta vez se rio conmigo.

—Eres único, Benedetti —dijo.

Esa frase se me quedó marcada.

Así terminó la velada: con un susto real, pero de los que terminan en carcajadas... y con la certeza de que esa noche no la iba a olvidar.