CONFLICTO ENTRE NOSOTROS #3
—¿Y cómo lo hiciste? —pregunté, con la voz más baja de lo normal.
Eric exhaló, tranquilo.
—Trabajando en mí. Sin atajos. Sin máscaras. Me equivoqué muchas veces, pero tuve que decidir qué tipo de hombre quería ser... y sostener esa decisión todos los días, incluso cuando era incómodo. Eso es lo que te da claridad.
Se giró hacia mí, firme.
—Lo tuyo con Mika, lo de papá, el trabajo... todo eso se acomoda mejor cuando tú no te traicionas. Cuando no haces cosas solo por llenar un hueco. Aprende a escucharte, Noah. Y aprende a respetarte.
Sus palabras me cayeron como un golpe limpio. De esos que no duelen... pero despiertan.
—Gracias, Eric —murmuré.
Él soltó una sonrisa corta.
—Para eso estamos los hermanos. Ahora ve a dormir, antes de que Jeremy te grabe roncando y lo suba a las redes.
Reímos y regresamos. Me acomodé... y dormí tranquilo.
Cierre de la noche
Esa pijamada no fue solo una velada de películas. Fue una tregua. Un respiro. Un momento de conexión que no sabía que necesitaba. Y aunque los "fantasmas" de la pantalla rondaran mi mente... esa noche me sentí protegido.
El amanecer en el Castillo Benedetti era de cuento. El sol se colaba entre las cortinas, bañándolo todo de un dorado cálido. Me incorporé aún cansado: del trabajo, de la noche, de los sustos.
Bajamos a desayunar. El comedor olía a café recién hecho, croissants, frutas frescas y ese toque italiano que ni en sueños imaginé probar en un desayuno. Papá estaba ahí, serio, pero con ese brillo de orgullo en los ojos.
—Noah, hijo, ya deja de pensar tanto en el código —dijo mientras cortaba un trozo de pan—. Lo que hiciste fue impecable. El sistema está blindado. La app está lista para salir al mercado. Relájate. Disfruta el viaje.
Sentí que me quitaban un peso de encima.
—Gracias, papá. De verdad quería que estuviera perfecto.
Él sonrió.
—Y lo está. Por cierto: tienen un chofer a disposición. Hoy no quiero que se encierren. Italia es para conocerla, no para vivir pegados a una pantalla.
Acepté, porque... ¿Cómo decir que no? Salimos. El día estaba hermoso: vida en cada calle, historia en cada piedra.
En una plaza llena de artistas callejeros y puestos de recuerdos, se me ocurrió:
—Jeremy, Mónica... ¿por qué no aprovechan y tienen una cita? Están en el lugar más romántico del mundo.
Se miraron y sonrieron, aceptando sin dudar. Se alejaron tomados de la mano, dejando tras ellos esa risa cómplice de los que empiezan a vivir algo bonito.
Yo me senté en una banca, viendo pasar gente, escuchando italiano por todos lados, sintiendo por fin una paz que me hacía falta.
Entonces una voz temblorosa me interrumpió.
—¿Disculpa...? ¿Hablas algo que no sea italiano?
Volteé. Ojos grandes, claros, nervios y tristeza. Era una chica preciosa, distinta.
—Sí, claro. ¿Te pasa algo?
Soltó un suspiro de alivio.
—Me perdí. No encuentro a mis padres y no sé qué hacer.
Intenté tranquilizarla.
—No te preocupes. Quédate conmigo aquí. Seguro aparecen pronto.
Se sentó a mi lado, todavía tratando de calmarse.
—¿De dónde eres?
—De New Jersey... bueno, estamos de vacaciones aquí en Italia. ¿Y tú?
—También de New Jersey —dijo, sorprendida—. ¿En serio? Qué pequeño es el mundo.
Le sonreí, igual de impactado.
—Mucho gusto... soy Noah.
—Leah —respondió, dibujando por fin una sonrisa—. Qué raro que no nos hayamos visto antes, ¿no?
Y empezamos a hablar. Como si el destino hubiera querido cruzarnos justo ahí.
Leah tenía esa forma de hablar que hace que el tiempo se afloje. Me contó de su escuela, de que quería ser fotógrafa, viajar por el mundo. Yo le hablé de mi app, de mi familia, de lo bien que se sentía empezar a entenderme con mi padre. Nos reímos como si fuéramos viejos conocidos.
Hasta que un rugido interrumpió la plática.
Leah se tapó la cara, muerta de pena.
—¡Ay no! ¡Qué vergüenza! —rio—. Fue mi estómago. No he comido nada desde el desayuno.
Yo solté una carcajada.
—Tranquila. Si no me dices, pensé que un león andaba suelto por aquí.
Se rio también, roja como tomate.
—¿Qué te parece si vamos a ese café de la esquina? —señalé un lugar acogedor, con mesas hacia la plaza—. Desde ahí puedes ver a todos. Si tus papás aparecen, los vas a notar.
Leah dudó, pero su estómago volvió a " opinar ".
—Creo que ya decidió por mí —dijo riéndose.
—Perfecto. Yo invito.
Nos sentamos en una mesa con la mejor vista. Pedimos dos capuchinos y paninis. Entre bocados y risas, me di cuenta de que cada palabra suya me interesaba más de lo normal.
—Gracias por esto, Noah... en serio. No sé qué hubiera hecho si no te encontraba —dijo con gratitud.
—Para eso estamos los héroes anónimos de vacaciones.
Lo que empezó como un gesto se volvió... otra cosa. Un cosquilleo raro. Una calma extraña. Como respirar después de aguantar el aire demasiado tiempo.
Hasta que llegaron dos adultos a la mesa: sus padres. La madre, preocupada. El padre, agradecido.
—¡Mamá! ¡Papá! —Leah se levantó—. Estoy bien. Él me ayudó.
El papá me estrechó la mano.
—Gracias, muchacho. No todos se detienen a ayudar.
Y se me cruzó una idea que, por loca, me dio risa... pero la solté igual.
—Disculpen... sé que suena atrevido, pero ¿les molestaría si Leah nos acompaña a conocer algunos lugares? Mis amigos están conmigo. Así se distrae y no anda sola.
La mamá me miró con ese "¿y tú quién eres? ". El papá sonrió, como entendiendo la intención.
—¿Y tus amigos estarían con ustedes?
—De hecho... ahí vienen —dije justo cuando Jeremy y Mónica aparecieron, saludando como si llevaran siglos planeando la escena.
—¡Noah! ¡Te encontramos! —gritó Jeremy, dándome una palmada—. ¿Y quién es la señorita?
—Ella es Leah. Y ellos son mis amigos: Jeremy y Mónica.
La mamá seguía dudando, pero el papá zanjó:
—Creo que a Leah le vendría bien un rato con chicos de su edad. Italia es para disfrutarla, ¿verdad, hija?
Leah sonrió como nunca.
—Gracias, papá.
—Pero con cuidado —advirtió la madre—. Mañana a primera hora la quiero de regreso.
—Por supuesto, señora —respondí con esa seriedad que solo uso cuando quiero quedar bien.
Y así, sin planearlo, el día cambió por completo.
Salimos los cuatro a recorrer Roma. Jeremy soltaba chistes, Mónica llevaba el mapa como guía profesional, y Leah caminaba a mi lado... y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, me costaba apartar los ojos.
Mónica se adelantó con Leah y empezaron a hablar como si fueran amigas de toda la vida.
Jeremy se me acercó y me dio un codazo.
—Viejo, explícame algo... ¿Cómo rayos te dejo solo cinco minutos y ya tienes otra chica pegada a ti como si fueras un imán?
Me reí.
—No es lo que piensas. Estaba perdida. Solo quise ayudar.
Jeremy alzó una ceja.
—¿Y casualmente se rieron, se miraron como si el mundo se detuviera y ahora caminan como si hubieran nacido para esto? Venga, Noah... sé reconocer cuando alguien empieza a gustarte.
Suspiré.
—Es... diferente. Con Mika fue intenso, conflictivo. Esto... se siente como paz. Como respirar después de aguantar el aire demasiado tiempo.
Jeremy me miró, sorprendido por mi seriedad.
—Vaya... eso sí que no me lo esperaba.
Observamos a Mónica y Leahhh caminando adelante, riéndose.
—¿Y ahora qué? —preguntó Jeremy con sonrisa pícara—. ¿Qué sigue, galán?
—Ahora... solo quiero disfrutar el día. Sin líos. Sin dramas. Solo... un buen día.
Seguimos caminando, cuatro jóvenes explorando Roma como si el mundo fuera nuevo. Y para mí... lo era.
Mónica, con esa chispa suya, soltó de pronto:
—¡Ey! ¿Y si terminamos el día en la playa? ¡Las playas italianas son famosas por algo, ¿no?!
Jeremy y yo nos miramos como si acabara de inventar el siglo. En menos de nada compramos toallas, bloqueador y bebidas, y el chofer nos dejó en una playa de postal: arena dorada, agua cristalina y cielo pintado.
Las chicas fueron a cambiarse. Jeremy y yo nos quedamos en shorts. Me estiré al sol... y entonces escuché risas.
Mónica y Leahhh venían caminando hacia nosotros.
Mónica llevaba un bikini rojo que resaltaba su figura atlética, con esa sonrisa traviesa que la caracteriza. Leah llevaba uno azul con flores, sencillo, pero... no sé... la hacía ver dulce y peligrosa al mismo tiempo.
Jeremy se quedó viéndolas como bobo.
—¡Hey! —Mónica le dio un codazo—. ¡Yo también estoy guapa, ¿o no?!
Jeremy reaccionó, avergonzado.
—¡Claro que sí, preciosa! ¡Estás fabulosa, sexy, maravillosa! —y empezó a llenarla de besitos mientras ella reía.
Yo me rasqué la nuca, torpe.
—Te ves... bonita con ese traje de baño, Leah.
Leah arqueó una ceja.
—¿Solo bonita?
Me encogí de hombros, fingiendo calma.
—Bueno... tú también podrías decirme que me veo bien, ¿no?
Leah soltó una risita.
—Está bien... —me recorrió de arriba abajo—. Te ves bien con ese físico que traes.
Sentí que me ponía rojo.