Mierda, me enamoré de ti CONFLICTO ENTRE NOSOTROS #2
38%

CONFLICTO ENTRE NOSOTROS #2

—¿Ya acabaste? Porque hay trabajo que hacer. Vamos.

Conflictos entre nosotros — El primer ataque

Nunca creí que esa jornada en la empresa de mi padre fuera a terminar así: con el corazón en la garganta y un ejército de adultos mirándome como si yo fuera el único capaz de salvar el día.

Estábamos terminando de comer cuando una asistente irrumpió, pálida.

—Señor Benedetti... es urgente.

Mi padre y yo nos levantamos de inmediato. Al entrar a la sala de juntas, supe que era grave. Los monitores mostraban líneas de código que no deberían estar ahí. Los expertos de ciberseguridad sudaban frío.

—¿Qué sucede? —preguntó mi padre, directo.

Yo miré la pantalla. No necesitaba explicación: lo vi en segundos.

—Alguien está intentando derribar el sistema. No están robando información: buscan abrir puertas traseras. Y lo peor... entraron por el módulo de estadísticas. El que corregí anoche.

Sentí el calor subirme desde el estómago. La adrenalina me encendió la sangre.

—¿Puedes detenerlo? —preguntó papá, mirándome como si de verdad creyera en mí.

—Sí. Necesito acceso directo al servidor central y que nadie me interrumpa.

—Es tuyo.

Me lancé al teclado. Al principio me temblaban los dedos, pero luego todo tomó ritmo: aislé el sistema, levanté un muro de encriptación y armé un señuelo que imitaba la app... una trampa vacía.

Vi cómo el intruso mordía el anzuelo.

—¡Lo tengo! —solté, sin poder evitar una sonrisa—. Cerré la puerta. Pero este módulo... lo voy a reescribir desde cero. Esto no vuelve a pasar.

Cuando levanté la vista, todos me miraban. Mi padre me puso una mano en el hombro.

—Orgulloso de ti, hijo. Pero quiero ese nuevo módulo para ayer.

—Lo tendrás, papá.

Y mientras la tensión se diluía en la sala, supe que había dado un paso grande. No solo en el trabajo. En lo que soy.

Después del ataque no hubo respiro. Me metí de lleno en el rediseño: aislé cada línea, reforcé algoritmos como un arquitecto desesperado por blindar su castillo antes de la próxima tormenta.

De pronto, tocaron la puerta. Era Eric.

—Hey, campeón, ¿Cómo vas? —dijo con esa calma suya.

—Cansado, pero no pienso parar hasta dejar esto impecable.

Eric se acercó y se sentó a mi lado, mirando la pantalla como si pudiera entenderla. Su mundo era el de la administración y los números grandes, pero siempre mostraba interés por lo mío.

—Papá está orgulloso de ti, ¿sabes? —comentó, dándome una palmada suave en la espalda—. Y yo también. No es fácil lo que acabas de hacer.

Me giré, sorprendido. Eric no soltaba palabras vacías.

—Gracias, Eric. En serio.

Hubo un silencio cómodo. Y entonces lo dijo:

—Te cuento algo, pero queda entre nosotros.

—Claro.

—Voy a pedirle matrimonio a Giulia.

Casi me caigo de la silla.

—¡¿En serio?! ¡Eso es increíble!

Eric sonrió, como solo sonríe alguien que ya encontró su lugar.

—Sí. Llevamos tiempo juntos y.… es el paso correcto. He esperado el momento indicado y siento que es ahora.

Lo admiré, de verdad. Mi hermano mayor, con un rumbo. Y yo... intentando ordenar mi vida entre código y emociones rotas.

—¿Y ella qué espera? ¿Lo sabe?

—Noah... cuando encuentres a alguien que de verdad te complete, no tendrás que preguntártelo. Lo sabrás.

Sus palabras quedaron flotando mientras se levantaba.

—Te dejo trabajar. Pero prométeme que cuando acabe esta locura del módulo, celebramos juntos.

—Trato hecho.

Lo vi salir y volví al monitor... pero el código ya no era lo único en mi cabeza. Tenía el estómago hecho un nudo.

Respiré hondo y lo llamé antes de que se fuera del todo.

—Eric... hay algo que tengo que decirte.

Se giró, serio.

—Dime, Noah.

Tomé aire. Cómo odiaba esto.

—Giulia... anoche, después de la cena... ella intentó... intentó acostarse conmigo.

El silencio fue brutal. Eric no parpadeó. No se movió. Solo me miró, procesándolo.

—Yo no lo busqué, Eric —dije rápido, con el corazón golpeándome—. Lo juro por mamá. La rechacé en cuanto entendí.

Pasaron segundos que se sintieron como años. Entonces Eric asintió, despacio.

—Gracias por decírmelo, Noah. Gracias por ser honesto.

Se frotó la cara con las manos. Y lo vi: dolor, decepción, furia contenida.

—Voy a terminar con ella. Estaba a punto de pedirle matrimonio, hermano. Y ella...

No terminó la frase. No hacía falta.

—Lo siento mucho, Eric.

Me abrazó. No era algo habitual, pero lo hizo.

—No tienes por qué pedir perdón. Lo importante es que me lo dijiste. Eres un buen hermano, Noah. Y yo... yo fui un idiota por no darme cuenta antes.

Cuando se fue, cerré los ojos un segundo. El peso seguía ahí, pero al menos había hecho lo correcto.

Volví al módulo. El monitor reflejaba mi cara cansada, con ojeras de no dormir. Los dedos se movían casi en automático. Quería perderme en el código, borrar de mi cabeza todo lo que acababa de pasar.

Y entonces sonó el maldito teléfono.

+01... El prefijo de casa.

Se me revolvió el estómago. Mika.

Lo dejé sonar. Una vez. Dos veces.

A la tercera... contesté.

—¿Qué quieres? —mi voz salió seca, áspera.

Del otro lado, su respiración.

—Noah... yo... quería hablar contigo.

—¿Ahora quieres hablar? ¿Ahora que estoy a miles de kilómetros, Mika?

—Por favor, no empieces así...

Sentí la rabia subirme directo a la cabeza.

—¿Cómo quieres que empiece? ¿Quieres que actúe como si nada? ¿Como si no hubieras jugado conmigo, como si todo estuviera bien?

—¡Yo no jugué contigo! —se defendió, la voz empezándole a temblar—. Yo solo... tenía miedo, ¿ok? Miedo de sentir algo real.

—¿Y por eso preferiste hacerte la que no le importa nada? " Amigos con derechos ". ¡Qué gran idea, Mika!

—¡Noah, basta! Tú no entiendes...

—No, no entiendo —escupí—. Lo que entiendo es que mientras yo pensaba en ti, mientras yo rompía con Sara por ti, tú... tú estabas besando a otro tipo.

Hubo silencio. Luego un suspiro.

—Lo siento, Noah.

Me quedé quieto. Esas palabras que había querido escuchar... y ahora ya no servían de nada.

—Ya es tarde para eso, Mika.

—Noah...

—Adiós, Mika.

Colgué.

El teléfono quedó temblando en mi mano. El corazón me latía a mil, las manos me sudaban. El módulo seguía ahí, esperándome. Pero... ¿Cómo demonios iba a concentrarme si todo estaba hecho pedazos?

Me quedé unos minutos mirando el teléfono apagado, oyendo en mi cabeza ese " lo siento " como si fuera un chiste tardío.

Me incliné en la silla y me cubrí la cara con las manos. La mente me traicionaba, poniéndome escenas de lo que fue... y de lo que pudo haber sido.

Golpearon la puerta.

—¡Viejo! ¿Todo bien? —era Jeremy.

—¿Noah? ¿Podemos pasar? —añadió Mónica, con ese tono dulce que usaba cuando quería que aceptara ayuda.

Abrí sin decir nada. Entraron con la preocupación pintada en la cara.

—¿Necesitas ayuda con el proyecto? —preguntó Jeremy, echándole un ojo al monitor lleno de códigos.

—No... gracias. Solo necesitaba despejarme.

Sonreí, pero sabía que no engañaba a nadie.

—Entonces vámonos al castillo —propuso Mónica, guiñándome un ojo—. Tu papá dijo que nos esperaba para cenar y para que conozcamos el lugar, ¿no?

Asentí, recogí mis cosas y salimos. El auto avanzó en silencio hasta que, a lo lejos, apareció el " castillo ".

Me quedé sin palabras.

—¡No jodas! —murmuró Jeremy.

—¡Es un castillo real! —dijo Mónica, apretándole el brazo.

Yo mismo tuve que frotarme los ojos. Sabía que mi padre tenía propiedades aquí, pero jamás imaginé algo así.

En la entrada nos esperaban Richard y Eric.

—Bienvenidos al Castillo Benedetti —bromeó Richard, haciendo una reverencia exagerada.

—Vamos, les mostraremos todo —añadió Eric, más formal, pero con una sonrisa que me hizo sentir en casa.

Nos enseñaron salones enormes, jardines, pasillos interminables. Me asignaron una habitación en la torre oeste, con ventanales hacia el campo. Jeremy y Mónica quedaron en habitaciones contiguas, igual de increíbles.

Ya de noche, alguien propuso pijamada en uno de los salones, con pantalla gigante.

—¡Películas de terror! —gritó Richard, trayendo un balde de palomitas.

—Sí, sí... terror —dijo Eric, rodando los ojos, pero riendo.

A todos les fascinó la idea... menos a mí.

—¿No hay comedia o algo más... relajado?

—¡Vamos, Noah! No seas gallina —se burló Jeremy, dándome un codazo.

—Oye, no es gallina, es sensible —rio Mónica.

Al final ahí estábamos: los cinco en el suelo, con cobijas y cojines, viendo cómo una sombra espectral devoraba a los protagonistas. Yo fingía estar concentrado, pero el corazón me iba a mil.

—¿Seguro que no quieren cambiarla? —susurré. Nadie me peló.

La noche avanzó entre gritos, risas y sustos... y, por un rato, olvidé a Mika, olvidé el trabajo. Solo fui Noah: un chico compartiendo una velada con gente que de verdad me quería.

La película terminó entre carcajadas nerviosas y bromas sobre quién iría al baño sin encender la luz. Jeremy no dejaba de molestar, diciendo que yo soñaría con fantasmas, y Mónica le seguía, lanzándome un cojín a la cara.

—¡Ya, ya! —reí, rendido.

Cuando las luces se apagaron y el salón quedó en silencio, todos empezaron a dormirse... pero yo no pude.

Salí al balcón del pasillo. El aire fresco de Italia se sentía como bálsamo. Miré las luces a lo lejos... y escuché pasos.

Era Eric.

—Noah, ¿no puedes dormir?

Negué, encogiéndome de hombros.

—No después de esa peli... y de todo lo que tengo en la cabeza.

Eric se apoyó en la baranda.

—¿Quieres hablar?

Suspiré. —A veces pienso que me complico demasiado la vida. Lo de Mika, lo del trabajo, lo de papá...

Eric me miró serio, pero sin juzgar.

—Mira, Noah. Yo era igual. Me presionaba por todo. Me exigía perfección, me tragaba el orgullo y después explotaba por tonterías. Creía que ser fuerte era no mostrar nada... hasta que me di cuenta de que eso solo te quiebra más por dentro.

Hizo una pausa, mirando las luces a lo lejos, como si repasara su propia historia.

—Aprendí a poner límites. A escoger mis batallas. A aceptar cuando algo me superaba y pedir ayuda sin sentirme menos por eso. Y también aprendí a dejar de competir contigo y con Richard por atención o por aprobación. No vale la pena, Noah. Te deja vacío.

Lo miré, sorprendido. Eric rara vez hablaba así.