CONFLICTO ENTRE NOSOTROS
Noah
El aire de la madrugada era denso, mezclado con humo de cigarrillos, risas descontroladas y música que hacía temblar las paredes. Pero en ese instante, todo a mi alrededor se desdibujaba. La cabeza me daba vueltas y el cuerpo no me respondía como quería.
—¡Noah! —escuché la voz de Richard, alarmada, como si apenas cayera en cuenta de lo que pasaba—. ¡Mierda, te dieron algo!
Intenté hablar, pero la lengua se sentía pesada. El mundo giraba, la música se volvió un murmullo lejano y un sudor frío me empapó la frente.
Richard me sostuvo antes de que me fuera de bruces al suelo. Lo vi intercambiar miradas rápidas con Jeremy y Mónica; dejaron de reír al instante.
—¡Salgamos de aquí ya! —ordenó Richard, con ese tono que casi nunca usaba: el de hermano mayor que por fin entendía la gravedad.
Nos abrieron paso a empujones, esquivando cuerpos sudados y eufóricos que bailaban sin freno. Salimos a la calle, donde el aire fresco me golpeó la cara y me hizo temblar.
—No puedo llevarte así a casa —murmuró Richard mientras me acomodaba en el asiento trasero—. Papá nos mata... a los dos.
Encendió el motor con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Jeremy y Mónica subieron en silencio, intercambiando miradas de angustia.
—¿A dónde vamos? —preguntó Jeremy, intentando mantener la calma.
Richard pensó un segundo. —A un hotel. Uno discreto. Necesitas dormir esto, sudarlo... y mañana vemos cómo lo arreglamos. Drogas no; eso... eso no lo perdonaría papá.
El coche avanzaba por las calles silenciosas y yo, entre el mareo y el miedo, entendí que esa noche iba a cambiarlo todo.
El hotel era de esos lugares discretos donde nadie hace preguntas. Richard dejó el auto encendido un momento y corrió a recepción. Mónica me sostuvo la cabeza mientras yo trataba de no cerrar los ojos, y Jeremy murmuró:
—Viejo... estás hecho un desastre.
Cuando Richard volvió con la llave, casi me cargaron hasta la habitación. Apenas crucé la puerta, el mareo se volvió insoportable. Me zafé de los brazos de Richard y corrí... o eso creí... al baño.
—¡Quita, quita, quita! —balbuceé mientras empujaba a Jeremy por accidente.
Me incliné sobre el inodoro y todo salió disparado: el alcohol, lo que fuera que me habían dado y hasta lo que no recordaba haber comido.
—¡Santo cielo! —dijo Richard, tapándose la nariz—. ¡Creo que vomitó el alma también!
Me dejé caer en el suelo frío del baño, sudando a mares, y empecé a reír como un idiota.
—¡Ey! ¿Sabes qué, Richard? ¡Tú... tú eres Batman! Y Jeremy... Jeremy es... ¡un unicornio! —solté entre carcajadas, señalándolos como si acabara de descubrir un gran secreto.
—Está diciendo incoherencias —rio Mónica, nerviosa, pero aliviada de que al menos reaccionara.
—¡Unicornio! —repetí, muerto de risa, antes de quedarme con los brazos abiertos en el piso, como si el baño fuera mi reino.
Richard se agachó, me puso un trapo húmedo en la frente y suspiró:
—Genial. El heredero Benedetti hecho mierda, llamándome Batman. Esta noche es gloriosa.
Jeremy soltó una carcajada, contagiado. —Al menos no nos llamó " papá " o " mamá ".
Entre bromas, lograron llevarme a la cama. Richard abrió las ventanas para que entrara aire, me dio más agua de la que hubiera querido, y Mónica buscó algo en la televisión para distraernos.
Mientras el sueño y el cansancio me arrastraban, los vi ahí, sentados cerca, velando porque estuviera bien. A pesar de todo, no pude evitar sentirme afortunado de tenerlos conmigo.
El cuarto seguía dándome vueltas cuando el celular vibró sobre la mesita. Ese sonido retumbó como un trueno.
Extendí la mano temblorosa, lo tomé y ahí estaba: Mika. Un mensaje. " Lo siento, Noah. Quiero hablar ."
Las palabras se me clavaron en el pecho. Ni el alcohol ni lo que fuera que me metieron en la bebida pudieron bloquear ese golpe.
—¡No! —saltó Jeremy al ver que yo intentaba abrir el chat—. ¡Ni se te ocurra escribirle ahora!
—Viejo, suelta el teléfono —ordenó Richard, agarrándome el brazo—. Estás hecho un desastre. Lo último que necesitas es meterte en ese lío.
Pero yo, terco, empecé a forcejear.
—¡Es que no entienden! —grité, con la voz quebrada—. ¡Mika me tiene vuelto loco, carajo! ¡No sé qué hacer!
El nudo en la garganta se rompió. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la voz se me quebró. Solté el teléfono al piso y me cubrí la cara con las manos, vencido.
—La odio... pero la quiero. ¡Y no sé si la quiero o la odio más porque la quiero! ¡Y no quiero quererla! —dije entre sollozos, sin importarme que me vieran así.
Mónica se agachó y me abrazó fuerte. Jeremy se sentó al borde de la cama y me dio una palmada torpe en la espalda. Richard se dejó caer en la silla, frotándose la cara con las manos.
—Hermano... —dijo, más sereno—. Mañana lo vemos. Por favor, no la contactes ahorita. No estás bien, y no vale la pena que luego te arrepientas de algo que escribas.
Asentí, derrotado, y dejé que el cansancio me venciera. Entre la confusión, el dolor y el agotamiento, el sueño al fin me arrastró.
Amanecer — Hermanos Benedetti
El sol empezó a colarse por la ventana del hotel cuando el maldito dolor de cabeza me despertó. Tenía el cuerpo pesado, la boca seca y la mente hecha un lío. Me froté los ojos, intentando recordar... y entonces lo vi: Richard sentado al borde de la cama, con cara de pocos amigos.
—Noah... —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Qué mierda pasó anoche?
Cerré los ojos, con ganas de desaparecer.
—Me pasé, lo sé... Lo del trago, lo de Mika... todo fue un asco —murmuré, sin valor para mirarlo.
Richard soltó un suspiro largo, cargado de impotencia.
—Hermano, joder... —dijo, dejando caer las manos—. Me dolió verte así. Te juro que pensé que eras un idiota solo porque eras el consentido de mamá y papá. Pero ahora entiendo.
Lo miré, confundido.
—¿Entiendes qué?
—Que uno se puede romper así... cuando de verdad siente algo por alguien —admitió, bajando la voz—. Si una chica que me gustara tanto me dijera que solo quiere un rato, un encuentro de una noche... que no soy más que un capricho... también me haría mierda.
Me reí, amargo.
—Los Benedetti somos unos imbéciles cuando nos enamoramos, ¿eh?
Richard dejó escapar una sonrisa, sin sarcasmo.
—Sí, viejo. Lo somos. Pero aquí estamos: para aguantar los golpes. Y.… para no volver a vernos como rivales.
Nos quedamos en silencio. Luego me dio un puñetazo suave en el hombro y me revolvió el cabello.
—Tienes que aprender a escoger mejor a las chicas, Noah. Aunque... bueno, el corazón no pregunta.
Asentí, sintiendo ese alivio raro, como si me quitara un peso del pecho.
—Gracias, Rich... por quedarte conmigo anoche.
—Siempre, idiota. Somos hermanos.
⚙ Regreso al trabajo — El ojo del padre
La oficina de mi padre era impecable: orden, precisión, el sonido de teclas, teléfonos al fondo, empleados yendo y viniendo. Y yo, Noah Benedetti, fingiendo que la cabeza no me retumbaba como un tambor.
—Hijo, ¿estás bien? —preguntó papá sin levantar la vista de su laptop, pero con ese tono que usaba cuando ya sabía la respuesta.
—Sí, claro, papá. Todo bien... solo un poco cansado por el viaje —mentí, tragando saliva; el sabor amargo de la cruda me estaba matando.
Papá cerró la laptop, entrelazó los dedos y me miró, clavándome esos ojos que parecían leerme el alma.
—Mmm... cansado —repitió, como saboreando la palabra—. ¿Cansado de qué? ¿De la oficina o de algo que bebiste anoche?
Me reí, nervioso.
—Papá... solo tomé un poco. No te preocupes, no pasó nada grave.
—¿Un poco? —arqueó una ceja, con esa mirada de "no me tomes por idiota"—. Vamos, Noah. Soy tu padre. Fui joven; sé esa cara de cruda a kilómetros.
—Ya lo superé, estoy bien —levanté las manos, rindiéndome a medias.
—Ajá. Ven —dijo, poniéndose de pie—. Vamos a comer algo. Un buen plato de pasta y un espresso italiano para revivirte.
En la cafetería del edificio pidió por mí: pasta al pomodoro, pan, agua mineral y un café fuerte. Me lo puso delante y se cruzó de brazos, esperando que comiera.
—Papá, en serio, no estoy tan mal...
—Noah: tienes el estómago vacío, el alma golpeada y la cabeza hecha polvo. Hazme el favor de comer y luego hablamos del proyecto.
Empecé despacio. El primer bocado me costó, pero poco a poco volví a sentirme humano.
—Gracias, papá —dije, con más gratitud de la que solía mostrar.
Él asintió y me dio un golpecito en el hombro.
—No pasa nada, hijo. Solo... aprende. Y cuida tu cabeza y tu corazón. Eso es lo único que un Benedetti no puede perder.
Confesiones entre pasta y café
El aroma del pomodoro y el café llenaba el comedor. Yo recuperaba el color a medida que comía. Frente a mí, mi padre me observaba en silencio, como midiendo el momento para abrirse.
—Noah —dijo al fin—. ¿Sabes? Tú me recuerdas mucho a mí cuando tenía tu edad.
—¿A ti? —pregunté, sorprendido.
—Sí. En la universidad yo era... un desastre. Mujeriego, fiestero, el alma de cada reunión. Y no me malinterpretes: no era por valiente, era porque no sabía qué quería. Bebía, fumaba... probé cosas que nunca debí probar.
Lo miré, atónito.
—¿Drogas?
—Sí —asintió, serio—. Y más de las que puedo nombrar sin que tu madre me mate si se entera de todo.
Llegó un punto en el que no reconocía quién era frente al espejo.
Mis padres... tus abuelos... intentaron todo.
Al final tuvieron que internarme para limpiarme.
Fue el peor y el mejor momento de mi vida.
—¿Y cómo saliste de eso?
Sonrió con ese gesto que solo tiene un hombre enamorado.
—La conocí a ella. A tu madre. La vi en la biblioteca de la universidad: entre libros y apuntes, con el cabello suelto, sus lentes... concentrada como si el mundo no existiera. Y yo... yo quise ser parte de ese mundo.
Tragué saliva, con un nudo raro en la garganta.
—¿Y fue fácil?
—No —rio suave—. Me rechazó tantas veces, hijo... Yo era todo lo que ella detestaba. Pero fui paciente. Cambié. Dejé atrás las fiestas, las drogas, el alcohol. Porque sabía que si no lo hacía, la perdía.
Hubo un silencio cómodo, cargado de respeto.
Mi padre miró mi plato y se inclinó un poco hacia mí, práctico, como siempre.