VACACIONES DE VERANO #5
La comida fue un desfile de pastas, pizzas artesanales, mariscos frescos. El sonido de las risas, las anécdotas de Eric en la universidad, los chistes malos de Jeremy, la complicidad de Mónica, todo se sentía... Bien.
Y sin embargo, el celular en mi bolsillo ardía. Como si el mensaje de Mika estuviera ahí, esperando romper la magia.
En un momento, me levanté y salí a la terraza. Miré la ciudad iluminada, el reflejo de las luces en el río. Saqué el teléfono. El mensaje seguía allí.
Mika: Lo siento. No debí hacer lo que hice. Perdona.
El pulgar flotó sobre el teclado. Pensé en todo: en lo que sentí, en lo que pasó, en lo que podría pasar. Respiré hondo. Y apagué el celular. No esa noche. Esa noche era mía.
Cuando volví a la mesa, papá me miró y dijo:
—Figlio, parece que algo pesa en tu cabeza.
Le sonreí, genuino.
—Nada que no pueda soltar esta noche.
La cena siguió, entre promesas de recorrer más de Roma, planes de visitar Florencia y Venecia, y una felicidad sencilla que, por fin, no tenía sombras.
Después de la cena, Richard no tardó en soltar su plan con esa sonrisa de hermano mayor que busca meterte en problemas pero que, en el fondo, solo quiere compartir el desmadre.
—Oigan, ¿qué tal si esta noche los llevo a una de las fiestas de mi universidad? Nada de esas cenas familiares aburridas... Vamos a que vivan el verdadero espíritu italiano.
Jeremy, obvio, fue el primero en gritar:
—¡Sí, carajo, eso quiero!
Mónica levantó una ceja, divertida.
—Si no me dejan fuera, me apunto.
Eh... Tío. Una parte de mí quería seguir con la tranquilidad de la noche. La otra... bueno, ¿cómo decir que no?
—Vale. Pero no me pongas en aprietos, ¿sí?
La casa donde se hacía la fiesta parecía sacada de una película: luces de neón, música a todo volumen, gente por todos lados, el aroma a alcohol mezclado con perfume caro y cigarrillos.
Richard nos presentó como sus invitados VIP.
—Son mis hermanos y su crew. Trátenlos bien.
Entre la multitud, Jeremy ya estaba bailando. Mónica, imposible no destacar, era el centro de un pequeño círculo de chicos que querían invitarla a bailar.
Y yo... yo trataba de disfrutar, pero el ambiente me pesaba un poco. Las copas iban y venían, y Richard se acercó a mí con un vaso.
—Vamos, Noah. Solo una. Relájate.
La probé. El sabor fuerte del licor me quemó la garganta. No era mi mundo, pero tampoco quería parecer el niño bueno que nunca se divierte.
Una chica de cabello castaño rizado y ojos verdes se acercó, sonriendo.
—¿Eres el hermano de Richard? Soy Giulia. —Su acento italiano era música.
—Noah.
—¿Bailas?
No había escapatoria. Me dejé llevar a la pista.
La noche avanzaba. Entre baile y baile, entre el calor del lugar y las risas, entre las copas que Richard no dejaba de ofrecerme, el Noah que solía controlar todo empezó a aflojar un poco.
Jeremy pasó a mi lado y gritó por encima de la música:
—¡Hermano, esto es vida!
Yo sonreí, pero en el fondo... algo me decía que esa noche podía salirse de control si no pisaba el freno.
Y ahí estaba el dilema. La mirada de Giulia. El calor de la música. La libertad de estar lejos de casa. Pero también el peso de lo que había aprendido, lo que había trabajado para construir.
Respiré hondo. Entre todo el ruido, supe lo que debía hacer.
—Gracias por el baile, Giulia. Necesito un respiro.
Salí al jardín de la casa, dejé que el aire fresco me despejara la mente. Saqué el teléfono, no para mirar mensajes, sino como un recordatorio de quién era yo. El Noah que tenía metas. El que no necesitaba perderse en una fiesta para sentirse alguien.
Richard apareció, riendo.
—¿Ya te cansaste, pequeño Benedetti?
—No es lo mío, Rich. Pero gracias por traerme.
Richard se apoyó en el muro.
—Sabes... a veces envidio eso de ti. Esa claridad.
Nos quedamos ahí, los dos, hermanos en silencio, viendo la noche romana pasar.
Richard me dio ese consejo que, aunque bien intencionado, encendió la chispa que faltaba:
—Noah, no todo en la vida son responsabilidades, metas y reglas. A veces hay que dejarse ir. Eres joven, hermano. ¡Vívelo!
Le sonreí. Quería hacerle caso... un poco. Me ofreció otro vaso. Lo tomé sin pensar, confiando en él. Lo que ninguno de los dos supo fue que alguien más había "mejorado" esa copa antes de que llegara a mis manos.
El primer trago quemó, pero después... Todo se volvió más brillante. La música, más intensa. La risa de la gente, como un eco lejano. Mi cuerpo, Liviano, libre.
Giulia regresó, y esta vez no pidió permiso.
—Bailas conmigo hasta el final.
Y me dejé llevar.
Hubo besos. Impulsivos. Torpes. Con esa electricidad que te enciende el juicio y te apaga el sentido común. Por un momento, el mundo fue solo ritmo y respiración.
Y justo ahí, en el borde de cruzar una línea que no era yo, me golpeó la realidad como agua fría: la imagen de mi madre. El rostro de mi padre orgulloso. El recuerdo de mis promesas. Y hasta el eco de Sara y Mika como advertencias distintas, pero igual de claras.
Me aparté.
—Giulia... No puedo.
Ella me miró, sorprendida, casi ofendida.
—¿Qué?
—Lo siento. No soy este tipo de chico.
Me alejé tambaleando. El efecto de lo que bebí empezaba a darme una resaca moral antes de tiempo.