VACACIONES DE VERANO #4
Desperté tarde, después de haberme quedado hasta el amanecer resolviendo el fraude.
Pero el cansancio valió la pena. Mi viejo estaba orgulloso.
Italia me esperaba. Y eso... eso tenía que contárselo a alguien.
Y aunque, por un momento, pensé en Sara, recordé sus palabras: "No tienes que preocuparte por lo que pasa en mi vida.
Ya no somos pareja." Ella había trazado su línea, y yo iba a respetarla.
Así que marqué a quienes sí podía compartirles esa victoria: Jeremy y Mónica.
Jeremy contestó al segundo timbre.
—¡Bro, apenas iba a llamarte! ¿Qué pasó? ¿Otra pelea? ¿Un plan para conquistar el mundo?
Me reí.
—Nada de eso, viejo. ¿Tienes un momento? Quiero contarles algo.
Mónica, en altavoz, ya estaba metida en la llamada.
—¿Qué hiciste ahora, Benedetti? ¿Ganaste un premio al drama escolar del año?
—Oye, Mónica —dije en tono juguetón—, que hoy vengo en plan serio.
Les conté todo: el correo de Italia, los datos, la noche entera revisando cifras, el fraude que había descubierto, y cómo mi padre ya me había prometido el viaje a Italia este verano.
Jeremy soltó un silbido largo.
—¡No manches, Noah! Eso es enorme. ¿Italia? ¿Vacaciones allá? ¿Y encima resolviendo un caso de fraude?
Mónica se notaba sorprendida, aunque no perdió su estilo directo.
—Mira nada más, el chico rebelde de las peleas resulta ser un genio de los números. Me alegra por ti, Noah. De verdad.
Jeremy añadió, entre broma y admiración:
—Tío, ¿puedes ser más perfecto? Atleta, hacker, guapo. Ya deja algo para los demás.
Me reí, dejando que ese orgullo sano me inundara.
—Gracias, chicos. Necesitaba compartirlo. Ustedes son mi equipo.
Mónica sonrió, se notaba hasta en el tono.
—Y lo seremos. Aunque claro, cuando estés en Italia mándanos fotos... y algún recuerdito.
Jeremy remató:
—Y que no se te olvide el helado italiano, por favor.
—Trato hecho —respondí, sabiendo que en ellos tenía un respaldo real.
La carcajada de Jeremy todavía resonaba en el altavoz cuando se me encendió el foco.
—¡Oigan! Esperen.
Mónica y Jeremy se quedaron callados.
—¿Qué pasa ahora, Noah? —preguntó Mónica, curiosa.
—¡Ya lo tengo! ¿Qué tal si...? ¿Qué tal si se vienen conmigo a Italia estas vacaciones?
Jeremy soltó un:
—¡¿Qué?! ¡Tío, no juegues con eso!
—No, en serio. ¿Qué mejor que unas vacaciones de amigos allá? Buena comida, cultura, helado... y bueno, así no me aguanto solo a mis hermanos.
Mónica se rio, encantada.
—Me apunto. Pero eso no depende de ti, Benedetti.
—Denme un minuto. Voy a llamar a mi papá.
Colgué con ellos y marqué al viejo sin pensarlo dos veces. Contestó rápido, como si hubiera estado esperando mi llamada.
—Noah, ¿qué pasa?
—Papá, estuve pensando... ¿Crees que pueda llevar conmigo a dos amigos? Son como mis hermanos, han estado conmigo en las buenas y en las malas. Sería increíble compartir esto con ellos.
Un silencio breve. Luego su voz, cálida.
—Figlio, claro que sí. Me alegra que pienses así. Trae a tus amigos. Será bueno que vean lo que hacemos, y que disfruten contigo.
—Gracias, papá. ¡Gracias!
—Y así aprovechas para presentárselos a tus hermanos. Seguro Eric y Richard querrán conocerlos.
Sonreí como tonto.
—Les voy a avisar. Va a ser épico.
Colgué y volví a llamar a Jeremy y Mónica.
—¿Y bien? —dijo Jeremy, ansioso.
—¡Empaquen maletas! ¡Nos vamos a Italia!
El griterío al otro lado de la línea lo decía todo.
Los días previos al viaje pasaron como un relámpago. Entre maletas, papeles listos y un sinfín de mensajes con Jeremy y Mónica planeando qué visitaríamos primero, llegó el gran momento.
Aeropuerto e Italia
El avión tocó tierra en Italia bajo un sol dorado y un cielo que parecía pintado. El aire olía distinto: a historia, a tradición... y a nuevos retos.
En el aeropuerto, un auto de la compañía nos esperaba.
Al llegar a la enorme casa de la familia Benedetti, apenas bajé y ahí estaban ellos: Eric y Richard.
Eric, impecable como siempre, el traje hecho a la medida, la sonrisa de quien sabe que tiene el control.
Richard, menos formal, pero con ese aire competitivo que siempre lo rodeaba.
—¡El niño prodigio llegó! —dijo Richard, cruzándose de brazos.
Eric se adelantó y me palmeó el hombro.
—Al fin te dignas a conocer la tierra que lleva nuestro apellido.
—Y no vengo solo —respondí, señalando a Jeremy y Mónica, que miraban todo entre asombrados y cohibidos.
—Ah... Los amigos del rebelde. Bienvenidos. —Eric les dedicó una sonrisa diplomática, de esas que no sabes si son sinceras o protocolo.
Jeremy murmuró un " gracias " y Mónica, fiel a su estilo, respondió con un " placer ".
Mi papá apareció detrás de ellos, salvando el momento.
—¡Basta de formalidades! Todos están aquí para aprender, sí... pero también para disfrutar.
Al día siguiente, nada de dormir hasta tarde. El primer día de oficina nos esperaba. El edificio de la compañía era un monstruo de vidrio y acero, con el logo de Benedetti Corp. brillando al sol. Mi papá nos llevó a una sala de juntas donde se reunían los altos directivos.
—Hoy, antes de que conozcan Italia como turistas, quiero que conozcan el mundo al que pertenecen —dijo, mirando directo a Eric, Richard y a mí.
Nos presentó a los socios clave, nos mostró gráficas de crecimiento, nos habló de proyectos en curso, y claro... mencionó mi logro con la app. Vi cómo Richard me lanzaba miradas de "¿en serio tú hiciste eso?". Eric, por su parte, asintió con respeto.
Después de horas de explicaciones, estrategias y planes, mi padre cerró la reunión:
—Bien, mañana vuelven, pero por hoy... Italia es de ustedes.
Al salir, Jeremy soltó un silbido.
—Hermano... esto es otro nivel.
Mónica, emocionada:
—Y lo mejor es que ahora empieza lo bueno.
Sonreí, sintiendo que esta vez, todo estaba en su lugar.
La tarde era perfecta: Roma nos abrazaba con su caos encantador.
Jeremy no dejaba de asombrarse con cada ruina, Mónica tomaba fotos como si quisiera llevárselo todo en la memoria de su teléfono.
Yo intentaba concentrarme en el Coliseo frente a mí, en el aroma a pizza que flotaba en el aire...
pero el bip de mi celular me devolvió de golpe a otra realidad.
Mensaje internacional. Número conocido. Mika: Lo siento. No debí hacer lo que hice. Perdona.
Me quedé helado. El mensaje, tan simple, tan inesperado, me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Mónica lo notó enseguida.
—¿Qué pasa, Noah? ¿Quién te escribió?
Jeremy bromeó:
—¿Qué? ¿Mika? No me digas que hasta aquí te viene a buscar el drama.
—Sí. —Les mostré el mensaje.
Jeremy se llevó la mano a la frente.
—Tío... Estamos en Italia. No dejes que arruine esto.
Mónica, más seria, agregó:
—Tienes que decidir si quieres seguir cargando eso, o soltarlo. Esto es un nuevo capítulo, Noah.
Guardé el celular. No iba a dejar que un mensaje apagara lo que estaba viviendo.
Después fuimos a la Fontana di Trevi. Eric nos llevaba de guía improvisado, señalando edificios, contando historias de la familia. Por momentos, parecía un hermano mayor de verdad.
—¿Sabían que aquí papá le pidió matrimonio a mamá? —comentó Eric, sonriendo como si de repente el pasado le pareciera bonito.
Richard, desde atrás:
—Y que casi pierde el anillo en la fuente, el idiota.
Todos reímos. El hielo entre nosotros empezaba a romperse. Gelato en mano, caminando por las callecitas estrechas.
Jeremy: —Esto es vida. Si no vuelvo, díganle a mi madre que la quiero.
Mónica: —No seas exagerado. Pero sí, esto es lo más cerca del paraíso.
Eric me miró y dijo algo que nadie esperaba:
—Papá siempre dijo que eras el más listo de los tres. Me alegra que lo estés demostrando.
Richard asintió, aunque su tono seguía cargado de competencia.
—No la riegas, Benedetti. Ya hiciste mucho.
Sonreí. Me sentía parte de algo. Sí, Mika había escrito. Pero aquí estaba el presente.
La noche cayó sobre Roma como un manto de luces doradas y murmullos antiguos.
Papá había reservado en un restaurante con terraza frente al río Tíber.
El lugar olía a albahaca, ajo y buenos recuerdos.
La mesa larga nos esperaba: mi padre, Eric, Richard, Jeremy, Mónica... Ey, yo. Era raro. Raro y bonito.
El camarero nos sirvió vino ( para los adultos ) y limonada fresca para nosotros. El primer brindis lo hizo mi padre.
—Por la familia. Y porque los verdaderos amigos son la familia que uno elige.
Chocamos los vasos. Mónica me miró sonriendo. Jeremy levantó el suyo.
—Por el mejor verano de nuestras vidas.
Eric bromeó:
—Y porque Richard no pelee con Noah en el camino.
Richard se rio.
—Hoy lo dejo en paz... estamos de vacaciones.