Mierda, me enamoré de ti VACACIONES DE VERANO #3
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VACACIONES DE VERANO #3

Pero su mirada me lo decía todo:  Esto no se ha acabado .

El coach nos echó un último vistazo.

—Y ustedes dos —dijo señalando a Jeremy y a mí—, dejen de distraerse o el balón va directo a sus cabezas en la próxima práctica.

Jeremy y yo nos miramos, sabiendo que esto apenas era el principio.

El coach alzó el silbato una última vez.

—¡Se acabó por hoy! Quiero que el próximo entrenamiento me traigan concentración, no un circo. ¿Entendido?

La entrenadora de porristas también levantó la voz.

—¡Porristas, a los vestidores! Esto fue un desastre. Mañana quiero el doble de esfuerzo.

Los dos equipos empezaron a dispersarse, algunos murmurando, otros demasiado cansados para decir nada. Jeremy y yo nos fuimos al vestidor, dejando atrás el campo que todavía parecía vibrar por el drama del día.

Mientras nos cambiábamos, Jeremy rompió el silencio.

—Viejo... ¿cómo diablos vamos a sobrevivir con esas dos odiándose en cada esquina?

Me senté en la banca, frotándome la cara.

—No lo sé. Esto es un infierno. Sara no merece ese trato y Mika... Mika es una bomba que explota a la mínima.

Jeremy me lanzó una toalla en la cara.

—Y tú siempre en medio, Benedetti. ¿Vas a seguir metiéndote o vas a dejar que ellas arreglen sus problemas?

—No puedo no meterme, Jeremy. No hay ninguna.

Él suspiró, terminando de ponerse su camiseta.

—Lo que sea que hagas, hermano, no voy a dejar que termines fuera del equipo o suspendido otra vez. Así que si hay pelea... voy contigo.

Salimos del vestidor, el sol ya bajando un poco.

Y ahí estaba. Mika. Esperando con los brazos cruzados, el ceño fruncido, fuego en la mirada.

—Tenemos que hablar —soltó en cuanto me vio.

Jeremy se adelantó, poniéndose a mi lado.

—Lo que tengas que decirle, lo dices conmigo presente. Si crees que voy a dejar que lo saques del equipo o lo metas en otro lío, olvídalo.

Mika lo fulminó con la mirada.

—Esto es entre Noah y yo, Jeremy.

—Pues hoy va con dos por uno, Mika. No lo voy a dejar solo.

Me armé de valor.

—Dilo, Mika. ¿Qué quieres?

Ella apretó los puños.

—Lo que pasó hoy no se va a quedar así. No tienes derecho a meterte en mis asuntos. No eres mi dueño, ni mi juez.

—¡Y tú no tienes derecho a hacerle la vida imposible a Sara!

—¿Y qué? ¿Ahora eres su protector oficial? ¿Su caballero andante?

La tensión era tal que sentí que un chispazo podía prender fuego al aire.

Jeremy puso una mano en mi hombro.

—Cálmense, los dos. Si los ven así, estamos fritos.

Pero ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder.

La discusión con Mika estaba a un paso de explotar cuando, de pronto, escuchamos risas que venían del lado de los vestidores.

—¡Te juro que si hubieras visto la cara del entrenador cuando casi se cae el megáfono...! —decía Sara entre carcajadas.

—¡Y cuando se le voló el silbato! —añadió Mónica, riendo tanto que casi se doblaba.

Las dos venían saliendo, la complicidad de mejores amigas en cada gesto, hasta que se toparon con nosotros: Jeremy firme a mi lado, Mika a punto de prender fuego al mundo, y yo, atrapado en medio de esa tormenta.

Sara frenó en seco, su sonrisa desvaneciéndose al instante. Evaluó la escena en un segundo.

—¿Otra vez peleando, Mika? —dijo con calma, pero con ese filo que solo alguien como Sara podía tener—.

Por favor, ya estás demasiado grandecita para seguir haciendo berrinches como una niña chiquita.

Esto es ridículo. ¿Qué ganas? ¿Crees que vas a intimidarme?

¿O es que todavía no superas que no todo gire a tu alrededor?

El silencio fue brutal. Mika se quedó helada.

Sus ojos, tan llenos de fuego hacía un segundo, se abrieron sorprendidos.

Buscó palabras, buscó una réplica... pero no salió nada.

Cerró el puño, apretó los labios, y con el ceño fruncido bajó la mirada.

Sin decir una palabra, se dio la vuelta y se fue, la rabia y la humillación mezclándose en su andar.

Sara respiró hondo, recuperando su calma.

—Ya basta de dramas por hoy. Vámonos, Mónica.

Mónica, todavía sorprendida, asintió y ambas se alejaron, dejando tras de sí el eco de la verdad dicha sin miedo.

Jeremy se volvió hacia mí, incrédulo.

—Viejo... ¿tú viste eso? ¿Sara? ¿Así de tranquila, de firme, de... ¿Reina?

Yo me pasé la mano por el cabello, todavía en shock.

—Lo vi, hermano. Lo vi. No sé qué fue más impresionante: cómo la calló o cómo no perdió la calma ni un segundo.

Jeremy se rio por lo bajo.

—Noah Benedetti, te lo digo en serio. Esa mujer vale oro.

Lo pensé un par de segundos, y sin pensarlo demasiado, salí tras ella. Jeremy solo me miró y sonrió como diciendo:  Ahí vas otra vez, loco .

Alcancé a Sara en el pasillo, mientras Mónica se adelantaba dejándonos solos.

—Sara... espera.

Ella se giró, tranquila, como si nada hubiera pasado.

—¿Qué pasa, Noah?

—Lo de hace un rato... ¿cómo hiciste eso? ¿Cómo tuviste ese valor para plantarte así frente a Mika?

Sara me miró de frente, sin esquivar ni un segundo mi mirada.

—Porque Mika no es la única que carga con sus problemas existenciales, Noah. Ella no es la única cuyos padres se divorciaron.

Mi ceño se frunció, sorprendido.

—¿Tus papás...?

—Sí —dijo ella, con ese tono maduro que la hacía parecer mayor de lo que era—. Mis papás también se están divorciando. Y aunque yo no sea la causa de su separación, no por eso voy descargando mi ira con el mundo.

Yo me quedé helado. No lo sabía. No tenía ni idea.

—Sara... Yo... lo siento, no tenía idea.

—No tienes por qué sentir nada, Noah —dijo, con esa paz que tanto la caracterizaba—.

Ya no somos pareja. No tengo por qué contarte lo que pasa en mi vida.

Somos amigos, ¿recuerdas? Si algún día quiero compartir algo bueno o feliz, lo haré.

Pero no quiero ser una carga, ni quiero arrastrarte a mis problemas.

Me quedé mudo. Ni yo mismo sabía qué responder. Sara sonrió un poco, dándome una palmada ligera en el brazo.

—Por eso soy la capitana de las porristas, Noah. Porque sé cuándo tomar el control y cuándo soltarlo.

Y se alejó, dejándome ahí, más admirado que nunca.

Jeremy apareció a mi lado, sin que me diera cuenta.

—¿Y bien? ¿La reina habló?

Yo solo asentí.

—La reina habló... y me dejó sin palabras.

Estaba a punto de subir a mi habitación cuando el teléfono fijo sonó. Ese sonido casi olvidado, porque siempre usaba el celular, me hizo detenerme en seco.

—¡Noah! —gritó mi mamá desde la cocina—. Es tu papá, desde Italia.

Tomé el teléfono y antes de poder decir nada, la voz firme de mi padre llenó el oído.

—Figlio mío, ¿cómo estás?

—Bien, papá. Recién llego del entrenamiento. ¿Todo bien por allá?

—Noah, tengo algo que me gustaría que intentes resolver. Es... un proyectito pequeño, algo que solo un Benedetti listo podría manejar.

Me apoyé contra la pared, intrigado.

—¿De qué se trata?

—Tenemos una ecuación cibernética que mezcla datos de informática con estadística. Las cifras de ventas de una de nuestras divisiones no cuadran. Sospechamos de un error en el sistema o algo peor: un intento de fraude.

Sentí el pulso acelerarse. El desafío, la oportunidad, la confianza de mi padre.

—¿Quieres que lo resuelva yo?

—Si lo logras, no solo habrá un dinerito extra como recompensa —dijo con ese tono entre serio y orgulloso—, sino que además... quiero que vengas conmigo a Italia en las vacaciones de verano. Conocerás la empresa por dentro, verás lo que hacemos, y disfrutarás del país.

Me quedé unos segundos en silencio, asimilando lo que acababa de oír. Italia. Con mi padre. Como un igual.

—¿En serio, papá?

—En serio, Noah. Pero este es un reto. No es un juego. Sé que puedes. Te enviaré los datos en unos minutos.

—Lo intentaré, lo prometo.

—Eso es lo que quiero oír. Te mando un abrazo, figlio. Saluda a tu madre.

La llamada terminó. Me quedé ahí, con el teléfono en la mano, la cabeza llena de números, retos y la imagen de Italia esperándome al final del camino.

Subí a mi cuarto, encendí la laptop y esperé el correo que estaba por cambiar mis planes de verano.

Encendí mi laptop, el brillo de la pantalla iluminando mi habitación casi a oscuras. El sonido del correo entrante hizo que el corazón se me acelerara: Asunto: Datos del caso — División Italia.

Lo abrí al instante. Ahí estaba: un archivo cifrado, gráficas, tablas, registros de ventas y un mensaje breve de mi padre: " Todo está aquí, hijo. Si resuelves esto, sabré que ya eres parte del negocio en serio. Confío en ti. Papá ."

Respiré hondo. Abrí los archivos y comencé a revisarlos.

Las cifras no cuadraban: ventas reportadas que no coincidían con los depósitos reales, porcentajes fuera de rango en ciertos productos, y un patrón extraño en los horarios de las transacciones.

Esto huele a alguien manipulando los datos... , pensé.

Abrí mi programa de análisis estadístico, armé un mapa de las irregularidades y, con los conocimientos que había absorbido ayudando a mi padre la semana anterior, tracé un algoritmo sencillo para rastrear las inconsistencias.

Me sumergí en el trabajo. El tiempo se volvió un borrón de códigos, fórmulas y cifras. Entre gráficos y líneas de comandos, mi cabeza empezó a ordenar el caos.

Y entonces lo vi. Un patrón. Las irregularidades siempre aparecían los viernes entre las 17:00 y las 20:00 horas, cuando el encargado de la división salía y dejaba a un solo operador frente al sistema.

Sonreí de lado.

—Te tengo, cabrón... —susurré.

Armé el informe, marqué las transacciones clave, y redacté un correo para mi padre explicando lo que había descubierto: el fraude encubierto entre cifras manipuladas y ventas fantasmas.

Cuando envié el archivo, me recosté en la silla, agotado pero satisfecho. El reloj marcaba las 4:23 a.m. El cansancio me vencía, pero la sensación de haber logrado algo real, algo grande, me mantenía despierto.

El celular vibró: un mensaje de mi padre.

" Lo vi. Excelente trabajo. Estoy orgulloso. Prepárate: Italia nos espera."

Cerré los ojos y sonreí. Ese viaje no era solo un premio; era el comienzo de algo mucho más grande.

Trabajo y vida adolescente