Mierda, me enamoré de ti VACACIONES DE VERANO #2
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VACACIONES DE VERANO #2

—¿Algún día? Sara, ¿por qué no ahora? Hoy. Ya me depositaron mi primer cheque. Mi padre lo ordenó: " Aún no lanzamos la app, pero mi hijo vendió la mejor idea. Que le paguen ". Así que... ¿quieres cenar conmigo esta noche? Un lugar lujoso. Lo que mereces.

Sara soltó una risa sincera, encantada, un sonido que me llenó de calor.

—Benedetti, siempre sabes cómo sorprenderme. Claro que quiero.

Y en ese momento, por un instante, me sentí el chico más afortunado del mundo.

El restaurante era uno de esos que siempre veía desde el coche, pensando que algún día entraría, algún día podría invitar a alguien de verdad. Y ese día había llegado. La luz de las velas bailaba en las mesas de mantel blanco, el murmullo de las conversaciones era una melodía elegante.

Sara y yo nos sentamos junto al ventanal, con vista a la ciudad iluminada, un mar de luces a nuestros pies.

Ella estaba preciosa: sencilla, elegante, como siempre.

La cena transcurrió entre risas, recuerdos de la escuela, bromas sobre mi futura fama de "hacker bueno" con la app.

Pedimos lo mejor: pasta, carne, un postre que parecía obra de arte.

Sara se notaba feliz, y eso me bastaba para sentir que esa noche valía cada segundo.

Cuando la llevé a su casa, el silencio en el auto no era incómodo. Era de esos silencios que te llenan de paz, cómodos y compartidos.

Al detenerme frente a su casa, ella se inclinó un poco.

—Gracias, Noah. Esto fue... Perfecto.

—Gracias a ti, Sara. Por todo.

Ella sonrió, esa sonrisa que nunca dejaba de parecerme genuina.

—Nos vemos mañana, ¿vale?

—Claro. Descansa.

Y la vi entrar, desaparecer tras la puerta.

Me quedé en el auto, las manos en el volante, mirando la nada.

Y entonces, todo me golpeó como un tren en marcha.

Qué idiota fui. Dejé ir a una chica como Sara, real, constante, buena conmigo.

Y todo por la atracción, por ese fuego de un momento con Mika.

Por un calor que no era amor, que no era conexión real.

Mika solo quería algo pasajero, una noche que borrara sus fantasmas.

Y yo me creí capaz de sostener eso. Qué error.

Sara merecía más. Y yo... yo me había engañado pensando que lo que sentía por Mika era lo que debía sentir.

Encendí el coche y volví a casa, con la cabeza y el corazón pesados, pero más consciente que nunca.

Escuela y pruebas de futbol americano

El lunes llegó con el sol dándome de lleno en la cara, como si me dijera: levántate, Benedetti, hoy es el día.

Llegué al campo de fútbol americano. La cancha olía a pasto recién cortado, a tierra húmeda.

El aire fresco, los cascos alineados, los chicos ya calentando.

El entrenador, ese hombre de mirada firme y brazos como troncos, me vio acercarme.

—Bueno, bueno, miren quién sí vino. Noah Benedetti. Pensé que era un chiste del destino.

—No, entrenador. Estoy aquí para quedarme.

Los otros chicos me miraban. Algunos con respeto, otros con esa mezcla de ¿qué hace el rebelde aquí?

Empezaron las pruebas. Pases, carreras, jugadas.

Al principio, confieso, me sentí raro, fuera de lugar.

Pero pronto, algo dentro de mí despertó.

Cada pase que lanzaba, preciso. Cada movimiento, instintivo.

Leía a los otros como si pudiera anticipar qué harían.

El balón salía de mis manos como una extensión de mí mismo.

Las voces del equipo empezaron a cambiar. De murmullos a exclamaciones.

—¿Vieron ese pase?! —¡No jodas, Benedetti es un crack! —¡Ese chico tiene que ser nuestro quarterback!

El entrenador silbó, deteniendo el ejercicio. Se me acercó, entre incrédulo y entusiasmado.

—Benedetti... ¿de dónde demonios has salido? Tienes visión, reflejos... El brazo... ¡el cerebro para el juego! Pareces nacido para esto.

Me limité a sonreír, sudando, pero feliz.

—Quizás solo necesitaba el lugar correcto para ser yo, coach.

El hombre se rio.

—A partir de hoy, quiero que vengas a cada entrenamiento. Vas a ser parte del equipo, muchacho. Vas a ser nuestro maldito as.

Me quedé ahí un rato, con el casco en la mano, mirando el cielo abierto. Sentía que pertenecía. Que no estaba huyendo, ni reaccionando, sino eligiendo dónde quería estar.

Al terminar las pruebas, Jeremy se acercó sudando, pero con esa sonrisa enorme que solo él tenía.

—¡Viejo, qué locura lo que hiciste! —me dijo dándome un golpe amistoso en el hombro—. ¿En qué momento eras tan bueno y yo no me enteré?

Reí, todavía jadeando.

—Ni yo sabía, hermano. Supongo que tenía que probarme para descubrirlo.

Jeremy se cruzó de brazos, satisfecho.

—Va a ser un honor que seas nuestro quarterback. Ya me lo imagino: Benedetti lanzando, yo recibiendo. Las porristas aplaudiendo. Las gradas gritando. Esto va a estar brutal.

—¿Así que quieres ser receptor? —le pregunté, alzando una ceja.

—Obvio. Soy rápido, tengo manos seguras y... Bueno, el look de estrella ya lo traigo de nacimiento.

Ambos nos reímos, caminando hacia el coach que nos llamaba con el silbato.

El entrenador nos reunió a todos, su voz retumbando fuerte.

—Escuchen bien, chicos. Hemos visto lo que traen. Aquí no hay hijos de papi, no hay favoritos: hay talento y esfuerzo. —Benedetti —dijo mirándome directo—, bienvenido al equipo. A partir de hoy eres nuestro quarterback. Tu visión y tu brazo son lo que necesitamos para que este equipo despierte.

Sentí que el mundo se detenía un segundo. Asentí, serio, pero por dentro me hervía la emoción.

—Jeremy —continuó el coach—, tú tienes velocidad y buenos reflejos. Vas como receptor abierto. Quiero que trabajen juntos, que se entiendan en el campo como si leyeran la mente uno del otro.

Jeremy soltó un silbido admirado.

—Esto es oro puro, viejo —me dijo en voz baja—.

El entrenador siguió distribuyendo roles y terminó con una frase que me quedó grabada:

—Aquí no hay lugar para divas ni para conflictos personales. En este campo somos una familia. Y el que rompa esa regla, se va.

Nos miramos todos, sabiendo que había un nuevo capítulo que escribir.

Jeremy me dio un codazo, sonriendo.

—Prepárate, crack. Esto apenas comienza.

El primer entrenamiento oficial empezó con todo. El coach no perdió tiempo:

—¡A calentar! ¡A formarse! ¡Esto no es una tarde de picnic!

Jeremy y yo nos miramos, emocionados, listos para demostrar que lo que hicimos en las pruebas no fue casualidad.

Y entonces... el destino decidió poner a prueba nuestra concentración.

La entrenadora de porristas —una mujer de voz fuerte y actitud de " aquí mando yo "— sacó a su escuadrón al mismo campo. Las chicas empezaron a calentar: saltos, giros, movimientos sincronizados, faldas al viento, piernas marcadas por el ejercicio.

Jeremy soltó un silbido apenas disimulado.

—Viejo... nos van a matar —me dijo en un susurro—. ¿Cómo se supone que me concentre si tengo a medio paraíso frente a mí?

Yo intentaba enfocar la vista en el balón, pero cada tanto los ojos se me iban. Y claro, ahí estaba Sara, liderando la rutina, con esa fuerza y elegancia que siempre tenía. Y entre el grupo, Mika, como si el universo se burlara de mi autocontrol.

Concéntrate, Benedetti , me repetía. Pero los pases no salían tan perfectos como en las pruebas.

El coach lo notó. Silbó fuerte, acercándose con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa, Benedetti?! ¡¿Eso es un pase de quarterback o un regalo para el equipo contrario?!

—Disculpe, entrenador. No volverá a pasar —respondí, tragando saliva.

Jeremy se rio por lo bajo.

—Sí, claro. Hasta que Sara vuelva a saltar así de alto.

—Cállate, idiota —le dije entre dientes, aunque no podía evitar reír también.

El entrenamiento siguió, con el coach gritando, nosotros sudando, y las porristas girando, saltando, sonriendo... como si el universo se divirtiera viendo cómo tratábamos de ser profesionales.

Al final de la sesión, estábamos agotados, pero vivos. Jeremy me dio un manotazo en la espalda.

—Viejo, si podemos entrenar con estas vistas y no fallar... ¡podemos con todo!

Jeremy y yo nos dejamos caer en la banca después del entrenamiento, ambos sudando, agotados y medio muertos de risa.

Me reí, limpiándome la frente.

—No es tan fácil, Jeremy. Mira, intento concentrarme, y de repente Sara hace un salto y... ¡Boom! se me olvida todo.

—Y yo que pensaba que el balón era lo único que querías agarrar, Benedetti —soltó con picardía, dándome un codazo.

Porristas y otros problemas

En ese momento, nuestras miradas se desviaron al grupo de porristas. Sara al frente, liderando como la capitana nata que era. A su lado, Mónica, la subcapitana, moviendo al equipo con precisión. Y un poco más atrás... Mika. Mika con su mirada desafiante, su energía explosiva, su tensión al máximo.

Y entonces, como si fuera escrito por el destino, el drama estalló.

—¡Deja de creerte la reina, Sara! ¡No eres perfecta! —escuchamos gritar a Mika, la voz rebotando en el campo.

—¡Pues compórtate como parte del equipo y deja de arruinar las rutinas! —respondió Sara, firme, sin perder la compostura.

La tensión era tan fuerte que las demás porristas pararon en seco.

Jeremy me miró.

—Noah... No lo hagas...

Pero ya estaba en pie, caminando decidido hacia el centro del campo.

—¡Mika, basta! —dije, alzando la voz—. ¡Déjala en paz! Sara no tiene la culpa de tus dramas.

Mika giró, furiosa.

—¡¿Y tú qué?! ¡¿Vienes a salvarla como su perrito faldero?!

—¡No! Vengo a decirte que ya basta, Mika. Esto no es un ring de box.

Y ahí fue cuando el coach y la entrenadora llegaron, ambos con cara de  esto no lo tolero ni un segundo más .

—¿Qué demonios pasa aquí?! —rugió el coach.

—¡Mi equipo es para entrenar, no para que hagan un show de reality! —gritó la entrenadora de porristas.

Mónica intentaba calmar a las chicas, pero el fuego ya estaba encendido.

—Lo siento, coach, entrenadora —dije, respirando hondo—. Fue mi culpa por meterme.

La entrenadora nos miró a todas.

—Quiero una disculpa ahora mismo. Aquí somos un equipo, no enemigos.

Sara, digna, dio un paso al frente.

—Disculpen, no volverá a pasar.

Mika cruzó los brazos, el orgullo a tope.

—Sí... Disculpen.