Mierda, me enamoré de ti VACACIONES DE VERANO
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VACACIONES DE VERANO

Noah

Volver a la escuela después de la suspensión era como entrar a un campo minado.

El aire en los pasillos se sentía denso, cargado con el peso de los rumores.

Todos me miraban. Unos por morbo, con ojos curiosos que se clavaban en mi piel; otros por respeto, un leve asentimiento de cabeza; otros porque seguro apostaban cuándo sería mi próxima bronca.

El zumbido de los murmullos me seguía como una sombra.

Y como si el destino quisiera verme arder... Lo vi. Al idiota de la foto. El mismo que se había atrevido a besar a Mika. Estaba reclinado contra los casilleros, con esa sonrisa arrogante de quien se cree el dueño del mundo.

La sangre me subió como un golpe seco en el pecho, caliente y rápida.

—¡Tú! —escupí, cerrando los puños antes de que la razón pudiera decir algo, los nudillos blancos por la presión.

Él sonrió de lado, ese tipo de sonrisa perezosa que pide un puñetazo, un desafío directo.

—¿Qué pasa, campeón? ¿Celoso?

Y no lo pensé más. La razón se apagó y la rabia tomó el control. El primer golpe fue mío. Un crujido seco. Y el segundo. Y el tercero. Cada uno una liberación de la tensión que me había estado carcomiendo por dentro.

No sé cuánto duró. Sé que volaron libros, mochilas, gritos. El caos se apoderó del pasillo. Y en medio de todo, Mika apareció. Su figura era un relámpago en medio de la tormenta.

—¡Noah! ¡Estás loco! ¿Qué demonios haces?

—¡¿YO?! —rugí, con la respiración desbocada, el sabor a metal en la boca— ¿Y tú?! ¿Qué demonios haces besando a otro? ¡¿Qué fue lo que significó lo que tuvimos?!

Ella intentó responder, pero no quise escuchar. No quería sus excusas, su lógica retorcida.

Entonces, oí el ruido que más temía: la voz del prefecto, cortante y autoritaria.

—¡Benedetti! ¡Alto ahí!

Ni de broma otra suspensión .

Corrí. Corrí como nunca. Mis zapatos golpeaban el suelo con un ritmo desesperado, el aire quemando mis pulmones.

Y entonces, como si los astros conspiraran a mi favor, la vi: Sara. Estaba junto a su casillero, con unos libros en la mano, una imagen de calma en medio de mi caos.

Me acerqué jadeando, sudado, agitado.

—Sara... necesito un favor.

—Noah... ¿qué pasó ahora? —me preguntó, sus ojos azules escaneando mi rostro descompuesto.

—Van a venir a buscarme. Quiero que digas que estuve contigo. Que estuvimos en la biblioteca. Que íbamos camino a tus prácticas de porristas porque yo... porque me interesa meterme al equipo de fútbol americano.

Sara parpadeó, procesando todo. Y entonces sonrió. Una sonrisa lenta, astuta, que me recordó por qué siempre había sido mi cómplice.

—Perfecta cuartada, Benedetti. ¿Qué harías sin mí?

—Me encerrarían de por vida —reí, intentando recuperar el aliento, el pecho aún dolorido por el esfuerzo.

Ella se cruzó de brazos, con esa actitud de capitana que la definía.

—Muy bien. Cuando pregunten, yo diré que estábamos en la biblioteca, como siempre antes de mis prácticas.

—Gracias, Sara. En serio.

—Tú... prométeme algo —dijo, más seria—. La próxima vez, piensa antes de dejarte llevar.

Asentí.

—Lo intentaré.

Pero dentro de mí, el fuego seguía ardiendo. No por la pelea. Por Mika. Por todo lo que no entendía, por todo lo que dolía.

No pasaron ni dos minutos cuando el prefecto apareció con otros dos tipos detrás, como si vinieran a cazar a un criminal peligroso. Los ojos clavados en mí.

—Benedetti. Sabemos que hubo un altercado. Alguien dijo que tú...

Sara dio un paso al frente, tan segura como siempre, su presencia una barrera entre ellos y yo.

—Disculpe, profesor. Noah estaba conmigo.

El prefecto arqueó una ceja.

—¿Contigo?

—Sí —afirmó, firme—. Estuvimos en la biblioteca revisando apuntes. Él quiere prepararse para las pruebas del equipo de fútbol americano y.… bueno, yo iba camino a mis prácticas de porristas, así que le ofrecí acompañarlo a hablar con el entrenador.

El prefecto la miró, luego a mí, luego otra vez a ella. Ese momento en que evaluaba si creernos o no, su mirada pesada como un juicio.

Finalmente, asintió, aunque aún dudoso.

—Bien. Pero los tengo en la mira. No quiero líos, Benedetti.

—No los habrá, se lo prometo —respondí, tratando de parecer el chico modelo que evidentemente no era.

Cuando se fueron, solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Un suspiro largo y tembloroso.

—Sara, eres un ángel.

Ella sonrió, satisfecha.

—Vamos, ángel caído. A mis prácticas.

La acompañé a la cancha, viéndola integrarse a su equipo con esa energía de siempre, una líder innata.

Mientras ella corría con las demás, yo me acerqué al entrenador de fútbol americano.

El tipo, con brazos como troncos, gorra bien calada y un silbato colgando del cuello, me miró de arriba abajo, su mirada evaluadora.

—Benedetti. ¿Quieres algo?

Tragué saliva, algo incómodo bajo su escrutinio.

—Sí, entrenador. Quisiera saber cuándo serán las próximas pruebas para integrarse al equipo.

El hombre frunció el ceño, sorprendido.

—¿Noah Benedetti... quiere unirse al equipo? ¿El mismo que lleva años rechazando cualquier club o actividad después de clase?

—El mismo. Pero dispuesto a cambiar.

El coach soltó una carcajada profunda, un sonido que salía desde el diafragma.

—Mira nada más. El mundo debe estar al revés. Las pruebas son el lunes después de clases. Quiero verte aquí. Y más vale que vengas en serio, Benedetti. No quiero graciosos en mi equipo.

Asentí, decidido.

—Vendré. Lo prometo.

Apenas me giré después de hablar con el coach, vi a Jeremy corriendo como si lo persiguiera un perro bravo, su mochila rebotando en su espalda.

—¡Viejo! ¡Noah! —gritó, jadeando mientras se detenía a mi lado—. ¡¿Cómo demonios hiciste para zafarte de otra suspensión?! ¡Yo vi la pelea! Pensé que estabas frito.

Me encogí de hombros, con media sonrisa.

—Sara. Me salvó el pellejo.

Jeremy abrió los ojos como platos.

—¡Qué ángel, carajo! Pero... espera... ¿qué haces aquí? ¿Qué hacías con el entrenador?

—El lunes voy a las pruebas. Quiero entrar al equipo.

Jeremy se quedó pasmado, su boca ligeramente abierta.

—¿Qué? ¡No jodas! ¿Tú? ¿El antisocial de los clubes?

Asentí.

—Así es.

Y entonces su cara se iluminó con una sonrisa enorme.

—¡Vamos a ser compañeros, cabrón! ¡Yo también voy a entrar!

Sonó el timbre, un sonido agudo que cortó nuestra conversación.

—Vamos, que nos van a cerrar el aula —le dije, y entramos a clase entre risas y empujones, el peso de la mañana momentáneamente olvidado.

Durante las clases, podía sentir la mirada de Mika clavada en mí. Como un aguja caliente en la nuca. Un recordatorio constante de que la tormenta no había pasado.  No te me escapas, Benedetti , parecían decir sus ojos.

En el almuerzo, traté de desaparecer, mezclándome con la multitud. Pero ella me encontró. Siempre me encontraba.

Me arrinconó en los casilleros, el rostro rojo de furia, su cuerpo tan cerca que podía sentir el calor que desprendía.

—¿Cuál es tu maldito problema? —soltó entre dientes—. ¿Por qué armaste esa escena? Quedamos como amigos con derechos, ¿o no? Así que no tienes nada que reclamarme.

La rabia me subió como lava, quemando y destructiva.

—¡A la mierda los amigos con derechos, Mika! —espeté, mi voz baja pero cargada de veneno—. ¿Tú crees que voy a quedarme viendo cómo te tiras a otros y luego vienes conmigo? ¿Qué soy para ti? ¿Un juguete? No soy así. Nunca lo fui. Con mis exnovias siempre fui fiel. Y no pienso caer en esto.

Ella me miró con odio, sus ojos oscuros como pozos sin fondo.

—¡Pues no te metas en mi vida!

Volvió la enemistad. Volvieron los gritos, las miradas de todo el mundo, los profesores hartos separándonos en proyectos, en trabajos, en todo. El aire entre nosotros se volvió otra vez un campo de batalla.

Terminé el día muerto. El alma pesada, el cuerpo agotado. Me fui a mi cafetería favorita, ese pequeño rincón de paz, y pedí ese pastel de chocolate que era mi refugio, mi salvación. El dulce sabor me calmaba, era una ancla en medio del caos.

Y entonces llegó Sara. Como si el universo supiera que la necesitaba. Se sentó a mi lado, con esa sonrisa que siempre lograba calmarme, una luz suave en mi oscuridad.

—¿Pastel de chocolate para el chico que casi incendia la escuela?

—El mismo.

Nos reímos y empezamos a hablar. Le conté de las pruebas del lunes, de cómo me estaba mentalizando para el equipo. Ella me habló de sus metas, de cómo estaba a punto de ser la nueva capitana de las porristas.

—Te lo mereces, Sara —le dije, sincero.

—Gracias, Noah. Y tú... tú también vas a lograr lo que te propongas. Solo tienes que decidir lo que quieres.

Hablamos de todo, de las vacaciones que se acercaban, de los planes, de la vida. Por un rato, el mundo se sintió en paz.

Tomé un respiro mientras el último pedazo de pastel se deshacía en mi boca, una explosión de cacao y azúcar. Me sentía más ligero, y no solo por el azúcar.

—Sara —dije, mirándola de frente—, necesito contarte algo.

Ella alzó las cejas, curiosa.

—A ver, ¿ahora qué lío traes?

Sonreí, negando.

—Nada de lío. Algo bueno, por fin.

Le hablé de la app. De esa semana trabajando codo a codo con mi padre. De cómo habíamos dejado de ser dos extraños que compartían un apellido y, por primera vez, nos habíamos convertido en un equipo.

—Fue como si... como si todo lo que siempre quise de él estuviera pasando. Hablamos, nos entendimos, me escuchó, Sara. Lo que más deseaba desde niño: ser parte de su mundo, de su respeto. Y lo conseguí.

Ella me escuchaba en silencio, con esa atención que solo ella sabía dar, sus ojos azules fijos en los míos.

—Noah... —dijo al fin, y sus ojos brillaban con un orgullo genuino—. ¡Eso es increíble! Sabes cuánto lo deseabas. Estoy muy orgullosa de ti.

—Gracias, Sara. De verdad.

—Sí, esa app... ¡Guau! Cuando seas famoso y millonario con ella, acuérdate de mí. Al menos invítame a cenar algún día.

La miré, juguetón, y saqué mi celular mostrando la notificación del banco.