Mierda, me enamoré de ti DECISIÓN #3
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DECISIÓN #3

—Ahí entra la parte innovadora: la app no solo bloquea, sino que crea un "servidor fantasma". El hacker cree que está dentro y empieza a moverse, pero en realidad está atrapado en un entorno falso. Así podemos rastrear de dónde viene y cómo actúa, sin que dañe el sistema real.

Me quedé boquiabierto.

—Eso es brillante.

Papá rio suavemente.

—Bueno, no es solo mío. Es el trabajo de un equipo entero. Pero la idea es proteger la información. Las pequeñas empresas no tienen los recursos de los gigantes, y por eso son el blanco perfecto para los ataques.

Miré la pantalla, fascinado.

—¿Y yo podría ayudar? No sé... pensar en otras funciones. No soy experto, pero esto... esto me gusta.

—Claro que podrías, hijo —dijo, y sus ojos brillaron de orgullo—. Eso es la idea. Que veas lo que hacemos, que veas de lo que eres capaz.

—Me encantaría —respondí, y lo dije en serio. Por primera vez, sentí que esto... esto era algo que quería. Algo que podría ser mío algún día.

Papá me pasó un cuaderno.

—Anota lo que se te ocurra. Toda idea empieza en un garabato.

Y ahí estábamos. Dos Benedetti. Por fin, hablando el mismo idioma.

La semana de suspensión no fue un castigo. Fue el mejor regalo que había tenido en mucho tiempo. Papá y yo trabajábamos codo a codo en el proyecto. Horas frente a la laptop, garabateando ideas, haciendo pruebas, corrigiendo códigos.

Y entonces, un día, me vino la idea.

—Papá, ¿y si la app... no se muestra cómo ciberseguridad? —dije de pronto, casi sin pensar, mientras garabateaba en mi libreta—. O sea, que el usuario no sepa que es eso. Que sea como un fantasma en el sistema. Así el hacker no detecta ninguna defensa y no puede evadirla.

Papá me miró, asombrado.

—Eso es brillante, Noah. Es complicado... pero brillante.

Nos pusimos manos a la obra. El problema fue el interfaz: el código se atoraba, la visualización no respondía, había un maldito error que no lográbamos cazar. Pasaban las horas y yo no podía despegarme de la pantalla.

Y entonces sonó mi teléfono. Mika. Contesté, sin apartar la vista del monitor.

—¿Noah? —dijo, con esa voz suya que me ponía nervioso—. ¿No estás aburrido? ¿Quieres que nos veamos un rato?

Por un segundo, la tentación estuvo ahí. Pero miré el código. Miré a mi papá, concentrado, trabajando conmigo.

—Mika... me encantaría, de verdad. Pero estoy ayudando a mi papá con el proyecto. Estamos atorados con el interfaz. Es una idea nueva que se me ocurrió y ahora tengo que resolver el maldito error...

—Oh... bueno —dijo, un poco sorprendida—. Entonces haz lo que sea que estés haciendo. Si quieres que nos veamos, avísame. Estoy libre.

Libre. La palabra se me quedó grabada. ¿Libre? ¿No lo estaba antes? ¿Libre de qué... ¿o de quién? Los celos me pincharon el pecho, un aguijón agudo. Pero sacudí la cabeza. Noah, no. Esto es lo que querías. Esto es lo que importa.

Apagué el teléfono, respiré hondo y me concentré en el código. Pasaron las horas, y al fin... lo encontré.

—¡Papá! —exclamé—. ¡Aquí está! Era una línea basura que duplicaba la señal del servidor fantasma. La borré y... ¡Mira!

La app corrió limpia. El fantasma funcionaba. El sistema estaba protegido.

Papá me miró con un orgullo que no había visto antes.

—Hijo... lo lograste. Estás listo para esto. Estás listo para el mundo real.

Y en ese momento supe que sí. Que lo estaba.

El código estaba limpio. La app funcionaba como debía. Era perfecta. Papá miró la pantalla, luego me miró a mí, y sin pensarlo, tomó su teléfono. Marcó directo a Italia, a la oficina central.

—¡Stefano! Prepara a todo el equipo. Vuelvo esta semana y quiero que la presentación esté lista. La app de ciberseguridad para pequeñas empresas está terminada. ¡Está lista para salir al mercado!

Hizo una pausa, mirándome con una mezcla de orgullo y decisión.

—Y que quede claro algo, Stefano. El dueño de este proyecto, el creador de la idea, es mi hijo: Noah Benedetti. Todas las ganancias, todas, serán a nombre de él. Él es quien lo logró. ¿Entendido?

La voz al otro lado del teléfono apenas alcanzó a balbucear un "sí, señor" antes de que papá colgara. Se giró hacia mí, sin borrar la sonrisa.

—Noah, lo lograste. Tú tomaste una idea, la hiciste real y la resolviste. Esto es tuyo, hijo.

Me quedé sin palabras. Era demasiado.

—Papá... ¿en serio?

—Claro que sí. Soy el presidente de mi compañía, ¿no? Yo decido quién merece el crédito. Y tú lo mereces.

Miró el reloj. El sol ya asomaba por la ventana.

—Anda, ve a arreglarte. Hoy abriremos una cuenta bancaria a tu nombre. Quiero que cada centavo que produzca esta app vaya directo a ti. Esto es solo el principio.

Me quedé unos segundos procesando. El Noah que era hace una semana no habría creído esto posible. Pero aquí estaba. Aquí estaba mi oportunidad.

—Gracias, papá —dije, y esta vez fue con todo mi corazón.

Él puso la mano en mi hombro.

—Gracias a ti, hijo. Lo que construimos juntos es solo el comienzo.

El banco fue rápido. Los papeles en regla, la cuenta a mi nombre, todo hecho con la formalidad y el orgullo que solo un padre como el mío podía mostrar. Mamá nos acompañó, radiante. Cuando salimos, papá nos llevó a comer para celebrarlo.

—A este niño rebelde y peleonero —dijo mamá, levantando su copa— que hoy nos dio una gran lección.

Papá me miró y asintió.

—Un tal Noah Benedetti. El inicio de algo grande.

Reímos, comimos, y por un momento me sentí completo. Una familia.

De vuelta en casa: el golpe

Al llegar a casa, no di más. Subí a mi cuarto, me dejé caer en la cama. Una semana sin dormir pasa factura. Pero antes de cerrar los ojos, tomé el celular. Y ahí estaba.

Un mensaje de Mika. No... no era un mensaje. Era una foto.

Mika. Besando a otro tipo .

Me quedé helado. La sangre se me heló en las venas. Las palabras "amigos con derechos" me golpearon como un ladrillo en la cara. ¿Eso era lo que realmente quería? ¿Eso éramos? La rabia subió como fuego. El sueño se esfumó.

Sin pensar, tomé las llaves, bajé, subí al coche y arranqué. El mar. Mi único refugio.

El mar y lo inesperado

Me senté en la arena, con las manos en el cabello, la mirada perdida en el vaivén de las olas. El viento, el sonido del agua... todo me envolvía. Mucho menos la maldita imagen en mi cabeza.

Y entonces la vi. Sara. Sentada a pocos metros, en silencio. Me conocía demasiado bien. Sabía dónde encontrarme.

No dijimos nada. Solo escuchamos el mar.

Hasta que ella, con esa voz suya tan directa, rompió el hielo.

—¿Qué pasa, Noah?

El mar seguía allí, eterno, calmo, como si nada de lo que pasaba en mi cabeza importara. Sara se sentó a mi lado, cerca, como siempre lo hacía cuando sabía que no quería estar solo.

—¿Qué sucede, Noah? —repitió, mirándome con esos ojos azules que nunca me juzgaron.

Me reí, sin humor.

—¿Qué no pasa, Sara?

Ella no insistió. Me dejó espacio. Y entonces las palabras salieron.

—Me siento un idiota. Pensé que Mika... que después de todo lo que pasó... que podía haber algo. Y mírala. Está con otro. Como si lo nuestro no hubiera significado nada. Como si yo no significara nada.

Sara bajó la mirada, tomó un puñado de arena y lo dejó caer entre sus dedos.

—¿De verdad esperabas algo diferente, Noah? Tú sabías lo que era. Lo que ella quiso que fuera.

Asentí.

—Sí... pero no pude evitarlo. Pensé... no sé qué pensé.

Sara me miró, esa mirada que parecía llegar hasta dentro de mí.

—Noah, tú siempre das más de lo que dices. Eso es lo que te mete en problemas. Y por eso me gustas como amigo. Porque contigo, cuando hablas, hablas de verdad.

Suspiré, apoyándome en las manos, mirando el horizonte.

—No quiero seguir enredado en esto. Quiero... quiero enfocarme en lo que vale la pena. En lo que estoy construyendo.

Sara sonrió, suave.

—Entonces hazlo. Mika es parte del caos. Tú ya sabes dónde quieres estar.

Nos quedamos un rato más en silencio, hasta que el sol empezó a esconderse.

—Gracias, Sara. —le dije, y lo dije de corazón.

—Siempre, Noah.

Me levanté, le ofrecí la mano y la ayudé a ponerse de pie.

Caminamos juntos hacia el coche, sin prisas, como dos viejos cómplices que entendían demasiado bien el idioma del otro.

Mientras manejaba de vuelta a casa, supe que el cierre de este capítulo no estaba en Mika, ni siquiera en Sara.

Estaba en mí. Estaba en elegir qué camino quería tomar.