Mierda, me enamoré de ti DECISIÓN #2
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DECISIÓN #2

Ella sonrió, esa sonrisa peligrosa, la que siempre me derribaba.

—¿Y quién quiere que te detengas? —susurró, acercando sus labios a mi oído, besándolo suave, bajando por mi mandíbula, mi cuello, dejándome sin aliento—. Aquí tienes todo lo necesario para una noche que no olvidemos.

Sus labios siguieron bajando, lentos, dejando un camino de fuego. Sobre mi pecho, mi abdomen. Y yo, perdido, sin más pensamiento que ella, que ese instante, que esa noche. La luna entraba por la ventana, iluminando apenas la habitación, y yo supe que nada volvería a ser igual.

Sus labios seguían su camino sobre mi piel, y cada beso, cada caricia me incendiaba por dentro.

Mika, con ese aire entre inocente y salvaje, me estaba desarmando sin decir una palabra.

Sentía cómo sus dedos recorrían mi abdomen, su boca rozaba mi piel y dejaba un rastro que ardía, una línea de fuego purificador.

Cada roce suyo era como una chispa más al fuego que me consumía.

La miré. La luz tenue de la luna la bañaba, y su rostro se veía como nunca: hermosa, deseada, peligrosa. Y no pude más.

La interrumpí, la tomé de los brazos y la atraje hacia mí con fuerza.

Ahora ella estaba debajo. Mis labios buscaron los suyos, y la besé con toda la intensidad que había estado guardando.

Besos que tronaban en el silencio de la noche, besos que hablaban de lo que no me atrevía a decir.

Mis labios se deslizaron por su cuello, sus clavículas, su piel cálida que me volvía loco.

Mis manos encontraron el borde de su blusa y, con movimientos lentos, se la quité.

Cuando vi sus pechos, contuve el aliento. La luna dibujaba sus formas, perfectas en la penumbra.

—Dios... Mika... —susurré, la voz cargada de deseo—. Me encantas así. Me enloquece verte así.

Ella me miró, los labios entreabiertos, la respiración agitada.

Y eso solo hizo que la quisiera más. Mis manos se deslizaron por sus caderas, explorando, sintiendo.

Con cuidado, fui quitándole el pantalón.

Y ahí estaba. Ropa interior negra, tal como en mi sueño, el que tantas veces había querido olvidar y que ahora cobraba vida frente a mis ojos.

La deseaba como nunca había deseado a nadie. Y no había vuelta atrás.

Su cuerpo estaba bajo el mío, y el tiempo pareció detenerse.

Mika respiraba agitada, su piel ardía al contacto de mis manos.

Cada beso que le daba en el cuello, en los hombros, en el borde de sus pechos, arrancaba un suspiro que me volvía loco.

Mis labios se deslizaron por su piel, mis dedos trazaban caminos sobre sus caderas.

La miré a los ojos, esos ojos que en ese momento no mostraban temor ni duda, solo deseo, solo entrega.

Ella misma deslizó su mano al cajón de mi buró y sacó lo que sabía que estaba ahí.

—Para que no digas que no estaba preparada —dijo, con una media sonrisa cargada de picardía.

Tomé el preservativo, y el temblor de mis manos no era de nervios... era de las ganas contenidas, del fuego que por fin encontraba su salida. La protegí como debía ser. No había vuelta atrás.

La sentí bajo mí, sus piernas enredándose en mi cuerpo, acercándome más.

Nuestros cuerpos se buscaron, se encontraron, se unieron.

Y el mundo desapareció. Cada movimiento era como un eco de todo lo que habíamos callado durante años: el odio disfrazado de deseo, la rivalidad que escondía atracción, el " no te soporto " que en realidad decía " te quiero cerca ".

Mika gemía mi nombre al oído. Yo la besaba como si pudiera quedarme ahí para siempre.

Nuestros cuerpos se movían al mismo ritmo, en la misma danza frenética que no quería detenerse.

El clímax llegó como una ola que lo arrasó todo. Fue fuego, fue alivio, fue explosión. Nos quedamos sin aliento, abrazados, temblando, con el sudor mezclándose, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía llenar toda la habitación.

Ella me miró, acariciando mi mejilla.

—Ahora sí... No hay vuelta atrás.

Y yo, por primera vez, no quise volver atrás.

El placer no se detuvo. Mika y yo nos perdimos el uno en el otro, como si el mundo fuera solo esa cama, ese cuarto, esa noche.

Cada caricia mía la hacía temblar; cada beso, cada movimiento arrancaba de sus labios un suspiro, un gemido que me volvía loco.

Sus uñas se clavaban levemente en mi espalda, sus piernas me apretaban contra ella, buscando más, queriendo más.

Y yo... yo quería que se sintiera completa, que su cuerpo se rindiera al placer que estaba buscando desde que me besó por primera vez esa noche.

Mis manos, mi boca, mi cuerpo... todo era para ella en ese momento.

Sentí cómo su respiración se volvía errática, cómo su cuerpo empezaba a temblar bajo el mío. Y supe que estaba cerca. Muy cerca.

—Noah... —susurró, apenas audible, mientras el clímax la recorría entera, mientras el placer la hacía estremecerse en mis brazos.

Yo la seguí. El final llegó para los dos al mismo tiempo, una explosión compartida que nos dejó jadeando, sudando, abrazados, como si el aire ya no fuera suficiente para ninguno.

Y luego, el silencio. Ese silencio lleno de todo lo que no dijimos, de todo lo que sentimos. Nos miramos. Ella sonrió, y yo no pude evitar reír suavemente.

—Mika... eres un desastre.

—Y tú... —dijo, burlona— eres peor por seguirme el juego.

Nos abrazamos, besándonos con ternura, con amor, con esa mezcla de dulzura y locura que solo se da después de una noche así. Y, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

El mediodía y la realidad

Desperté con un sobresalto al escuchar la puerta principal. Un maldito ruido que me devolvió al mundo real.

—¡Mierda! —murmuré, mirando el reloj. Mediodía. Los autos en la entrada. Mis padres habían vuelto.

Me vestí a toda velocidad, tratando de arreglar el desastre, mientras Mika, tranquila como siempre, se ponía la ropa con esa calma que a mí me desesperaba.

—Mika, por favor... ¡apúrate!

Ella solo me guiñó un ojo.

—Relájate, Benedetti.

Bajé corriendo las escaleras, el corazón en la garganta.

—¡Mamá! ¿Cómo estás? ¿Segura que no deberías seguir en el hospital? ¿No necesitas volver?

Mi mamá me miró, divertida por el nerviosismo que apenas intentaba disimular.

—Estoy bien, Noah, gracias... ¿por qué tanto alboroto?

Y entonces, la escena que temía. Mika bajó las escaleras, tan tranquila como si saliera de su casa.

—Buenos días. Perdón por la interrupción, ya me retiro. Que tengan lindo día.

Yo me quedé helado, rojo como nunca. ¡Mika, qué haces! Mi papá solo alzó las cejas, mirándome con esa expresión de " hijo, hijo...", y soltó un leve suspiro, casi divertido. Mika se despidió con una sonrisa pícara, mientras yo quería que la tierra me tragara.

Mi madre se apoyó en el marco de la puerta, con esa dulzura que siempre le había visto. Mi padre cruzó los brazos, serio pero con una paz que nunca antes había notado.

—Hijo... —empezó mamá, con una sonrisa tierna—. Estás hecho un lío, ¿verdad?

Yo asentí, sin poder ocultar la vergüenza por la escena de hace un rato. Pero más allá de eso, sentía un nudo en el pecho.

Mi padre se acercó y puso una mano firme en mi hombro.

—Noah. ¿Te gustaría venir a comer con nosotros? Quiero que hablemos... como familia.

Acepté, porque en el fondo lo necesitaba.

En la cafetería familiar

Sentados a la mesa, el aroma del café y la comida llenaba el ambiente, un olor a normalidad que se sentía extraño. Mi padre empezó a hablar, sin rodeos.

—Sé que creíste que no estaba para ti. Que el trabajo, los viajes, el tiempo lejos... que todo eso significaba que no eras importante para mí. Pero hijo, todo lo que hice fue por amor a tu madre... y por ti.

Me quedé en silencio.

Mamá tomó mi mano.

—Noah... tus hermanos nacieron para él. Pero tú... tú naciste para mí. Por eso luché tanto por darte todo.

Las palabras me golpearon. No de dolor, sino de verdad. Todo lo que pensé de mi padre... todo estaba equivocado.

—Papá... lo siento —dije al fin, la voz quebrada—. Me equivoqué. Pensé cosas horribles.

Él sonrió y negó con la cabeza.

—No importa lo que pensaste, hijo. Importa lo que haces ahora.

Nos quedamos hablando, compartiendo. Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí parte de algo real, algo sólido.

El regreso a casa y la propuesta

Al llegar a casa, mi padre se detuvo antes de entrar a su estudio.

—Noah.

—¿Sí?

—Ahora que estarás una semana fuera de la escuela... ¿qué planeas hacer?

Me encogí de hombros.

—No lo sé, papá.

Él sonrió, con ese brillo que vi por primera vez como hijo y no como juez.

—¿Qué tal si vienes a ayudarme en el trabajo? Quiero que conozcas lo que hago. La empresa invierte en ideas, en proyectos pequeños que podrían cambiar el mundo. Podría ser el momento para que veas de lo que soy capaz... y de lo que tú también podrías ser.

Me quedé helado. Por primera vez... él no solo me hablaba como padre. Me invitaba a su mundo.

Y supe que esa semana podía cambiarlo todo.

Nos sentamos en el estudio de mi padre. Todo era distinto a lo que imaginaba: no había lujos innecesarios, solo pantallas, planos, gráficos, papeles con anotaciones. Un lugar de trabajo real.

Papá abrió su laptop y me señaló un gráfico en la pantalla: un esquema de servidores, líneas de conexión, puntos marcados en rojo.

—Noah, mira. Esto es en lo que estamos trabajando ahora. Es un proyecto de ciberseguridad. Una app que, si logramos terminarla y lanzarla bien, protegerá los servidores de empresas pequeñas contra ataques de hackers.

Me incliné, interesado.

—¿Cómo funciona?

—Buena pregunta —dijo, animado al ver mi interés—.

Básicamente, la aplicación monitorea las actividades sospechosas en los servidores en tiempo real.

Si detecta algo que no cuadra: un acceso extraño, un cambio en los archivos, un tráfico raro de datos...

bloquea el proceso y manda una alerta inmediata.

—¿Y qué pasa si el hacker ya entró?

Mi padre sonrió, como si esperara esa pregunta.