Mierda, me enamoré de ti DECISIÓN
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DECISIÓN

Noah

La noche aún era joven, pero mi cabeza ya había vivido un siglo. El aire del coche era pesado, cargado con la electricidad de la llamada que acababa de recibir. La llamada de Mika seguía resonando en mis oídos, una vibración en mis oídos que no se apagaba.

" Noah... ¿puedo verte? "

Su voz había sonado distinta. Más vulnerable.

Más real. Despojada de la armadura de sarcasmo y desafío que usualmente llevaba puesta.

Y, aunque todo dentro de mí gritaba que era una mala idea, que estaba caminando hacia un precipicio, no pude decir que no.

La palabra "no" se murió en mi garganta, ahogada por el deseo.

Así que ahí estaba yo, esperando en el coche frente a su casa, las manos sudando sobre el volante, el motor en punto muerto como mis pensamientos.

Ella salió. El cabello suelto, algo desordenado por el viento de la noche, con esa mirada que siempre mezcla desafío y miedo, un mapa de sus contradicciones.

Se subió sin decir una palabra, y el coche se inclinó ligeramente con su peso, un cambio físico que reflejaba el que se estaba produciendo en mi mundo.

El camino fue un silencio que hablaba más que mil gritos. El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto era la única banda sonora de un diálogo no dicho.

—Gracias por venir —dijo al fin, su voz rompiendo el silencio como una piedra tirada a un estanque quieto.

—¿Qué pasa, Mika?

Me miró de reojo, su perfil iluminado por las luces de la calle que pasaban como rayos fantasmales.

—Necesitaba que me escucharas. Sin testigos. Sin interrupciones.

Y entonces lo supe: lo que estaba por decir podía cambiarlo todo. Sentí un nudo de aprensión en mi estómago.

La miré. Sus ojos brillaban bajo las luces tenues del auto, profundos y oscuros. Y entonces lo dijo.

—Noah... claro que me encanta estar contigo. Me gusta cuando discutimos, cuando me miras como si me odiaras pero sé que no puedes dejar de mirarme. —Rio suavemente, nerviosa, un sonido que me desarmó—. Quiero algo contigo... pero no eso que estás pensando.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Cómo que no eso?

—No quiero una relación. No quiero que seamos novios, ni pareja, ni nada que se le parezca. Quiero... quiero que seamos amigos con derechos.

Sentí que el mundo se detenía. El motor, el aire, mi propio corazón.

—¿Qué?

—Es lo mejor —siguió, como si se estuviera convenciendo a sí misma, su voz un poco más rápida—. No puedo confiar en algo serio. Los hombres... los hombres traicionan, Noah. Lo vi en casa. Lo vi en mi padre. No quiero repetir la historia.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras como quien intenta reconstruir un espejo rojo, intentando encajar los fragmentos afilados de su lógica.

Amigos con derechos . Eso quería. Eso venía a decirme.

Y entonces la bomba cayó. Yo, que había terminado con Sara. Yo, que había imaginado un "nosotros" con Mika. Y ahora ella me ofrecía solo lo que estaba huyendo de ser. Una jaula dorada de deseo sin compromiso.

—Mika... yo... —Traté de hablar, pero el nudo en la garganta no me dejaba, sentí sus palabras como una bofetada.

Ella me miró, y vi cómo sus ojos se humedecían, brillando con una luz que me hizo daño.

—Noah... —susurró, bajando la mirada, dejando que las lágrimas rodaran lentamente por sus mejillas—. Es que yo... yo solo quería que entendieras. No quiero perderte. No después de todo lo que pasó.

Y ahí estaba. Su llanto. Su vulnerabilidad. Su manera de intentar tenerme justo donde ella quería, atándome con la cuerda de su dolor.

Y yo... yo no sabía si estaba más enojado con ella, con el mundo o conmigo mismo.

La vi llorar. La vi temblar un poco mientras esperaba que dijera algo. Que la salvara. Pero no podía. Porque ¿Cómo salvar algo que ni siquiera sabía si quería salvar?

—Mika... —empecé, y mi voz sonó más rota de lo que quise—. ¿Sabes lo que me estás pidiendo?

Ella levantó la vista, los ojos grandes, brillantes, queriendo que su dolor me amarrara las manos, las decisiones, el corazón.

—Solo quiero... que estés conmigo. Sin complicaciones. Sin que me prometas cosas que luego no puedas cumplir.

Sentí el peso de todo de golpe, el peso de su historia, de su miedo, de mi propia estupidez.

—¿Sabes que terminé con Sara por ti? —Mi voz salió más dura de lo que esperaba, un filo de resentimiento—. Pensé... pensé que esto era algo real. Algo que podía ser diferente.

Mika se mordió el labio, las lágrimas corriendo más rápido ahora, como pequeños ríos de dolor.

—No quería eso, Noah. Yo no quería que hicieras eso por mí. No quiero que me odies.

—No te odio —dije, y era verdad—. Lo que no entiendo es por qué me buscas si no quieres lo mismo.

Ella negó, el cabello cayendo sobre su rostro como un velo.

—Porque eres el único que me hace sentir viva. El único que no me deja ser invisible.

El auto se llenó de un silencio espeso, como si el aire mismo nos pesara, denso con todo lo que no se decía. Y entonces lo supe: tenía que decidir. ¿Me lanzaba al vacío de ser lo que ella quería? ¿O me respetaba lo suficiente como para decir que no era lo que yo merecía?

El aire dentro del auto era fuego. El calor de nuestros cuerpos, la tensión eléctrica, el olor de su perfume...

todo se mezclaba en una atmósfera irrespirable.

Mika estaba sobre mí, sus manos temblaban entre mi cuello y mi pecho, su tacto una quemadura que me anhelaba más.

Mis dedos acariciaban su cintura, subiendo, bajando, queriendo más, queriendo todo, perdiéndome en la curva de su cadera.

Estábamos perdidos. El mundo afuera ya no existía. Solo el interior de este coche, este momento, este deseo.

Hasta que un golpe seco en la ventana nos devolvió a la realidad como una cubetada de agua helada. El sonido fue un shock, una explosión en el silencio cargado.

—¿Qué carajos...?! —dije, mientras Mika se apartaba de mí de golpe, los dos jadeando, el cabello revuelto, las ropas apenas compuestas, el corazón martilleándome en el pecho con la fuerza de un animal atrapado.

Cale de la Era. Con los brazos cruzados, mirándonos como quien mira un crimen en proceso, su rostro una máscara de desaprobación gélida.

—¿Todo bien, hermanita? —dijo, sin levantar la voz pero dejando claro que lo había visto todo. Cada segundo.

Mika resopló, tratando de componerse, el pánico y la rabia luchando en su rostro.

—¡Cale, por favor! Solo... Solo estamos platicando. ¿Puedes dejarnos?

Cale sonrió de lado, porque era imposible engañarlo. Sus ojos bajaron discretos, notando mi maldita evidencia de lo que estábamos a punto de hacer, y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una dureza de acero.

—Mira, Mika —dijo, sereno, pero con esa autoridad que no admitía réplica—. Mientras yo esté aquí, no va a haber acción, ¿me oyes? Así que ya para adentro. Y tú, Noah... Pues derechito a tu casa, compadre.

Mika masculló entre dientes, rabiosa, y salió del auto dando un portazo que casi me rompe el oído. La escuché maldecir bajito mientras se dirigía a la puerta, su espalda rígida de furia.

Cale sonrió, se asomó por la ventana y me miró fijo, sus ojos oscuros y serios.

—Noah... sí le rompes el corazón a mi hermana, esto no se va a quedar así. Lo haces bien... o no lo haces.

Me quedé sin palabras, pero al final le solté en tono de broma, aunque con verdad detrás:

—Pues si tu hermana quisiera algo serio conmigo, no habría riesgo de romperle el corazón. Pero bueno... amigos con derechos, ¿Qué más da?

Cale negó con la cabeza, como diciendo "este par es un desastre", y se metió a la casa, dejándome solo con el motor zumbando y el sabor a lo que pudo haber y no fue.

El regreso a casa

Antes de cruzar al patio, tuve que quedarme un momento. Respirar. Calmarme. Porque no podía aparecer así frente al mundo, como si no hubiera estado a punto de perderme en ella. El aire de la noche era frío en mis pulmones, un intento fallido de apagar el fuego que me consumía por dentro.

Entré, subí directo y me metí bajo el agua fría de la regadera, dejando que el ardor bajara, dejando que el recuerdo de sus labios, de sus manos, de su cuerpo... me quemara por dentro una vez más, un fantasma de agua y vapor.

La charla con Jeremy

Ya en mi cuarto, el celular vibró sobre la mesa de noche. Jeremy de la época.

Jeremy: Viejo, ¿todo bien? ¿Qué pasó en la escuela hoy? ¿Estás bien?

Sonreí, aliviado de leerlo, un ancla en medio de mi tormenta.

Yo: Estoy bien. Más o menos. Todo un caos.

Jeremy: Cuéntame. O salgo y nos vemos en el parque un rato.

Yo: no, gracias. Mejor charlamos aquí.

Y así nos quedamos escribiéndonos, contándonos todo, riéndonos de lo que podíamos reírnos.

Jeremy, con sus comentarios locos, intentando levantarme el ánimo.

Yo, aliviado de tenerlo. Porque en medio de tanto desastre, de tanto deseo desbordado, de tantas decisiones raras...

él era el único que me recordaba quién era yo.

Después de despedirme de Jeremy y apagar el celular, pensé que por fin tendría una noche tranquila. Me recosté, cerré los ojos... Y cuando creí que al fin todo se iba a calmar, escuché la puerta abrirse, despacio, casi sin ruido.

Y supe que era ella.

Mika. Ahí, de pie en la oscuridad, con esa silueta que ya podía reconocer con solo un vistazo, una silueta que era a la vez peligro y refugio.

—Mika... —susurré, sorprendido, el corazón latiéndome deprisa.

—No podía quedarme así —dijo, acercándose, su voz apenas un suspiro en la oscuridad—. No después de lo de esta noche.

Se subió a la cama, quedando sobre mí, sus rodillas a cada lado de mis caderas, su rostro a centímetros del mío. El calor de su cuerpo me envolvía, una ola de deseo que me ahogaba.

Y entonces la imagen me golpeó. El sueño.

Ese maldito sueño que me había perseguido noches atrás.

Ella, en ropa interior negra, bajando lenta, dejándome sin aire, sin defensa, sin razón.

La fantasía se materializaba frente a mí, y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, una respuesta instintiva y poderosa.

—Mika... si te quedas... —mi voz temblaba entre el deseo y el aviso—. No hay vuelta atrás. No voy a detenerme.