30 DIAS DE ABSTINENCIA #3
Caminamos hasta la cafetería. El aroma a café recién hecho y el chocolate caliente nos envolvió en cuanto cruzamos la puerta. Pedimos el pastel y dos cafés, y nos sentamos en un rincón, lejos del bullicio.
—Gracias por esto —dijo Leah mientras partía un trozo del pastel—. Es... inesperado y agradable.
Asentí. Sus ojos me observaban con esa mezcla de ternura y fuerza que empezaba a desarmarme. —Hay algo que quería contarte —dije, respirando hondo—. Sobre Mika.
Leah se puso seria, bajando la taza. —Te escucho.
Le conté todo. Cómo Mika y yo habíamos sido enemigos de toda la vida. Las peleas, las bromas pesadas, las veces que juramos no volver a hablarnos. Cómo, de pronto, todo cambió. La atracción que se volvió imposible de ignorar, el fuego que encendíamos al estar cerca.
—¿Y Sara? —preguntó Leah con suavidad.
—Sara y yo teníamos algo real. Pero cometí el error de dejarme llevar por lo que sentía con Mika. Terminé con Sara porque creí que podía ser algo más con Mika. Y entonces ella... me pidió ser amigos con derechos.
Leah se quedó en silencio unos segundos, como procesando todo. —Qué tontería —murmuró al final—. ¿Cómo se puede querer a alguien y aceptar verlo con otros? Es como clavarte una estaca en el corazón cada día.
La miré fijamente. —Eso mismo pienso ahora. Por eso decidí tomarme estos 30 días... para ordenar mi cabeza, mi vida.
Leah sonrió con dulzura, y ese gesto me dejó sin aire. —Noah, eso habla bien de ti. No todos tienen el valor de parar el caos y buscar claridad.
Brindamos con las tazas de café. —Por la claridad.
Y allí nos quedamos, entre mordiscos de pastel y conversaciones que sanaban. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo podía calmarse un poco.
El pastel de chocolate estaba casi acabado, pero cada vez que Leah tomaba un trozo, sus ojos se iluminaban como si descubriera un tesoro.
—¡No puedo creer lo delicioso que está esto! —dijo entre risas, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta—. Noah, te lo juro... me acabo de enamorar de este pastel. ¡Es lo mejor que he probado en mi vida!
La miré, apoyando el codo en la mesa y sosteniendo mi cabeza, simplemente disfrutando de verla tan feliz. —Te lo dije. Este pastel es casi mágico —respondí, contagiado de su alegría.
La ternura que manaba Leah llenaba el lugar. Era como si por unos minutos no existiera más que su risa y el dulce aroma del chocolate.
Cuando terminamos, salimos de la cafetería y la llevé a casa. Mientras conducía, me grababa cada calle, cada cruce. No quería perder detalle. Sabía que querría volver a buscarla, sin pretextos.
El silencio en el auto empezó a llenarse de una tensión dulce, de esas que hacen que uno desee que el camino no termine. Para romperlo, presioné el botón del radio.
Y entonces sonó la voz de Taylor Swift.
Leah exclamó, emocionada: —¡Me encanta esta canción!
Subió el volumen y empezó a cantarla como si no hubiera nadie más en el mundo. Su voz, dulce y desinhibida, llenó el auto.
No pude evitar unirme, primero tímido, luego riendo y cantando a todo pulmón con ella.
—¡No sabías que eras tan fan, Benedetti! —dijo entre carcajadas.
—¡Es que contigo todo suena mejor! —respondí, sin pensar demasiado.
Cantamos el resto del trayecto, y para cuando llegamos frente a su casa, las sonrisas nos dolían de tanto reír.
—Gracias por hoy, Noah. De verdad, gracias —dijo Leah, bajando del auto pero asomándose un instante más.
—Gracias a ti por acompañarme. Y por ese concierto privado de Taylor Swift —le guiñé un ojo.
La vi entrar a su casa y me quedé un momento en el auto, con el eco de su voz aún en mis oídos.
Creo que estos 30 días van a ser mucho más difíciles de lo que pensé.
El regreso a casa fue tranquilo, pero mi mente seguía girando como un carrusel. La voz de Leah cantando, su risa, su mirada... No podía quitarme esos momentos de la cabeza.
Entré, saludé a mamá, compartimos un par de palabras sobre el entrenamiento y el día. Luego me encerré en mi habitación, y ahí, en la soledad y el silencio, dejé que el cansancio me venciera.
Los días pasaron como un soplo. Los 30 días de abstinencia fueron un reto. No solo fue abstenerme de lo físico, fue también aprender a controlar ese torbellino de emociones y deseos que me nublaban.
Durante ese mes, Leah y yo tuvimos pequeñas citas: paseos después de clases, pláticas en la cafetería, caminatas tras el entrenamiento. Cada momento juntos era un ladrillo más en eso que estábamos construyendo sin ponerle aún nombre.
Y entonces llegó ese último día.
La vi al final de la práctica, recogiendo sus cosas. El sol doraba su cabello ondulado, y su sonrisa al verme me recordó por qué todo esto había valido la pena.
Me acerqué, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Leah... —comencé, respirando hondo—. Estos 30 días me hicieron darme cuenta de algo: que lo que siento por ti no es solo atracción o un capricho. Quiero algo real contigo. Quiero que seas mi novia.
Leah abrió los ojos sorprendida, y luego esa sonrisa suya, la que me desarma, iluminó su rostro.
—Sí, Noah. Sí quiero.
En ese instante, el mundo se detuvo. Ya no había dudas, ni abstinencias, ni miedos. Solo estábamos nosotros, y todo lo que podíamos empezar a construir juntos.