Mierda, me enamoré de ti ENCUENTRO ROSA
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ENCUENTRO ROSA

Noah

Durante varios días intenté convencerme de que aquello que había empezado a formarse entre Mika y yo podía mantenerse bajo control si ambos actuábamos con suficiente madurez, lo cual era una idea bastante estúpida considerando que ninguno de los dos había sido especialmente bueno controlando nada cuando se trataba del otro.

Después de la conversación en el parque, después de aceptar que lo mejor era ir despacio y no destruirnos antes de entendernos, creí que el mundo nos daría un margen razonable para acomodar las cosas, pero la vida tenía la desagradable costumbre de esperar a que uno empezara a respirar para volver a meterle la cabeza bajo el agua.

La tarde estaba fría cuando terminé encontrándome con Mika cerca de la playa, y aunque no recuerdo con exactitud en qué momento dejamos de hablar del proyecto para hablar de nosotros, sí recuerdo que el mar estaba inquieto, que el viento le movía el cabello alrededor del rostro y que sus ojos parecían más claros cada vez que el sol comenzaba a caer.

Me había pasado días mirándola en los pasillos sin querer admitir que la buscaba, días fingiendo que sus discusiones conmigo no me dejaban una especie de calor incómodo en el pecho, días escuchando a Jeremy insinuar cosas que yo negaba con demasiada fuerza para que sonaran creíbles.

Así que cuando la conversación nos arrastró hasta ese lugar donde ya no quedaban bromas ni defensas, las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

—Me gustas, Mika —dije, con la voz más baja de lo que esperaba, como si confesar algo así en voz alta pudiera romper el equilibrio frágil que habíamos construido—.

No sé desde cuándo, no sé exactamente qué hacer con eso y, siendo sincero, una parte de mí sigue pensando que esto es una pésima idea, pero me gustas.

La brisa marina se llevó mi confesión hacia el océano y durante unos segundos no hubo nada más que el sonido del agua golpeando la orilla.

Mika no respondió de inmediato, pero tampoco se apartó.

Se quedó a mi lado, sentada sobre la arena, con las manos cerca de las mías y la mirada fija en el horizonte, como si necesitara mirar algo inmenso para no perderse dentro de lo que acababa de escuchar.

Yo esperaba una burla, un insulto, una de esas respuestas suyas que convertían cualquier momento vulnerable en una pelea para que ninguno de los dos tuviera que admitir demasiado.

Pero ella permaneció callada, y ese silencio no se sintió como rechazo, sino como una pausa necesaria para no arruinarlo todo con miedo.

Estábamos demasiado tranquilos para ser nosotros.

Quizá por eso no duró.

—¡Noah!

La voz de Sara rompió la tarde con tanta fuerza que mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Me giré de golpe y la vi al borde de la arena, con los ojos encendidos y las manos cerradas a los costados, mirándonos como si acabara de encontrar la prueba exacta de todo lo que llevaba días temiendo.

No necesité que dijera nada más para entender lo que estaba pensando.

En su rostro estaban el dolor, la rabia y esa humillación que se siente cuando alguien confirma una sospecha que uno deseaba que fuera mentira.

Me levanté despacio, intentando mantener la calma aunque por dentro todo comenzó a desordenarse.

—Sara, espera. No es lo que estás pensando.

La frase sonó débil incluso para mí, porque el problema era que ni siquiera yo sabía exactamente qué estaba pasando.

Había terminado con ella, sí, pero aquello no significaba que todo quedara limpio de inmediato ni que el daño desapareciera porque yo hubiera decidido actuar correctamente demasiado tarde.

Sara soltó una risa amarga que me golpeó más que un grito.

—¿No es lo que pienso? Entonces explícame qué es, Noah, porque desde aquí se ve bastante claro. Desapareces, me dices que todo es complicado, terminas conmigo como si yo fuera un estorbo y ahora te encuentro aquí con ella.

Mika se puso de pie a mi lado, y aunque noté la tensión en su cuerpo, también noté que estaba intentando contenerse. Eso me preocupó más que verla furiosa, porque Mika conteniéndose era como ver una tormenta intentando caber dentro de una botella.

—Sara, bájale —dijo Mika, con la voz firme pero no todavía agresiva—. Puedes estar molesta con él, pero no vengas a hablar como si yo hubiera planeado algo para hacerte daño.

Sara giró hacia ella con una expresión que endureció el aire.

—¿Y tú quién eres para hablarme? ¿La nueva víctima de Noah? ¿O la roba novios que decidió aparecer justo cuando le convenía?

Di un paso entre ambas antes de que Mika pudiera responder como yo sabía que quería hacerlo.

—No la llames así.

Sara me miró entonces, y esa mirada fue peor que su rabia porque no había únicamente enojo en ella, sino una decepción tan limpia que me dejó sin respiración.

—Claro. Ahora la defiendes.

Mika soltó una risa sin humor.

—No necesito que me defienda, pero tampoco voy a quedarme callada si me insultas.

—Pues deberías —respondió Sara, avanzando un paso—. Porque tú no sabes nada de nosotros.

—Sé suficiente para notar cuando alguien se aferra a algo que ya se estaba rompiendo.

Aquello fue demasiado.

Lo supe antes de que Sara se moviera. Lo vi en la forma en que su rostro cambió, en cómo el dolor se convirtió en una furia más fácil de sostener, en cómo dio un paso brusco hacia Mika con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.

Intenté meterme entre ellas, pero Sara la empujó primero y Mika, que podía tener muchos defectos pero jamás permitir que alguien la tocara sin responder, devolvió el empujón con la misma fuerza.

El sonido del mar quedó enterrado bajo los gritos.

Todo ocurrió demasiado rápido, aunque mi mente lo registró con una claridad horrible.

Sara jaló del brazo de Mika, Mika intentó apartarla, ambas tropezaron sobre la arena y yo me lancé entre ellas con el corazón golpeándome de una manera salvaje.

No quería lastimar a ninguna, no quería tocar más fuerte de lo necesario, no quería convertirme en otro hombre usando fuerza donde había demasiado dolor; pero si no las separaba, aquello iba a terminar peor.

—¡Basta! —grité, sujetando a Sara de los brazos mientras Mika retrocedía unos pasos con la respiración agitada y un arañazo rojo marcándole la mejilla—. ¡Las dos, basta ya!

Sara intentó zafarse, pero la solté apenas dejó de empujar hacia Mika.

Tenía las mejillas mojadas, el cabello revuelto y esa dignidad hecha pedazos que me hizo sentir miserable, porque yo no había querido hacerle daño, pero el daño estaba ahí, parado frente a mí, respirando con dificultad y mirándome como si ya no reconociera a la persona que tenía enfrente.

—No mereces ni que me enoje contigo —dijo, con la voz temblándole de una forma que no tenía nada de debilidad—. Ni a mí, ni a ella, ni a nadie.

Mika se limpió la mejilla con el dorso de la mano, todavía furiosa, pero no dijo nada, pareció entender que responder solo iba a hundirnos más.

Sara me miró una última vez.

—Eres peor de lo que pensaba.

Y se fue.

Se fue dejando detrás un silencio tan pesado que incluso el mar pareció sonar más lejos.

Yo me quedé quieto, con las manos todavía tensas y la culpa subiéndome por la garganta como si quisiera ahogarme.

Mika estaba a pocos pasos, respirando con dificultad, con el cabello pegado al rostro y los ojos brillantes de rabia contenida.

Quise preguntarle si estaba bien, pero la pregunta se sintió demasiado pequeña para todo lo que acababa de pasar.

—Bueno —dijo ella al fin, intentando levantar la barbilla aunque la voz le salió menos firme de lo que pretendía—, al menos ya sé que peleo mejor que ella.

La miré.

No debería haberme causado gracia. No en ese momento. No después de ver a Sara marcharse como si le hubiera arrancado algo que no tenía forma de devolverle. Pero la frase era tan Mika, tan absurda y tan desesperadamente suya, que una risa breve se me escapó antes de poder detenerla.

—Eso no fue una pelea. Eso fue un espectáculo lamentable de dos personas perdiendo la poca dignidad que les quedaba.

Mika me lanzó una mirada ofendida, aunque la comisura de sus labios tembló.

—¿Lamentable? ¿Viste cómo le respondí?

—Vi arena, gritos y mucho cabello volando. Si eso era una estrategia, necesito que jamás me entrenes para una pelea.

Su risa llegó rota, mezclada con cansancio, y por un segundo ambos nos permitimos respirar dentro del desastre. No porque estuviera bien, porque nada estaba bien, sino porque a veces uno se ríe justo donde debería llorar para no caer completamente.

—Vamos, rojita —dije, pasando una mano por mi cabello mientras miraba hacia el estacionamiento—. Te llevo a casa. Esto ya fue demasiado por hoy.

Ella no respondió enseguida, pero terminó asintiendo.

Caminamos hacia el coche sin hablar, y ese silencio fue distinto al que habíamos compartido antes de que Sara apareciera.

Ya no era una pausa segura. Era un territorio lleno de cosas que ambos queríamos decir y que ninguno sabía cómo ordenar.

En el auto, mientras conducía por las calles iluminadas por las luces amarillas, la presencia de Mika a mi lado parecía ocupar más espacio del que debía.

Olía a mar, a viento y a algo dulce que mi cabeza reconocía incluso cuando intentaba concentrarme en el camino.

Cuando llegamos frente a su casa, apagué el motor porque sabía que no podía simplemente dejarla bajar como si nada hubiera pasado. Mika permaneció mirando hacia la ventana, con las manos sobre las piernas, y durante unos segundos pensé que iba a decirme que todo aquello había sido un error.

Pero dijo otra cosa.

—No hay nadie en casa. Ni mi hermano ni mi mamá.

La miré.

Ella seguía sin girarse hacia mí, pero su voz había bajado, y esa suavidad volvió la atmósfera del auto demasiado estrecha.

—Si quieres… podemos subir.