Mierda, me enamoré de ti SUSURRO #3
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SUSURRO #3

Él era el único que sabía lo suficiente sobre mis noches raras, mis sueños pesados y esa sensación de despertarme más cansado de lo que me había acostado. Durante años se había ganado el derecho de preguntar sin que yo lo mandara al demonio.

—Algo así —respondí, porque explicar que mis sueños estaban llenos de Mika no era una conversación que quisiera tener en una banca escolar—. No vayamos a la siguiente clase. Necesito dormir o desaparecer.

Jeremy soltó una risa, aunque me observó con preocupación.

—La siguiente es Historia y tenemos que presentar avances del proyecto, así que desaparecer no es una opción. Pero podemos ir a la playa después de clases si quieres hablar.

Asentí, agradeciendo que no presionara.

—Me parece bien.

Busqué a Mika con la mirada antes de poder evitarlo. No estaba en el patio, ni cerca de la entrada, ni junto a Mónica. La ausencia me molestó más de lo que debía.

—¿Mika no ha llegado?

Jeremy notó demasiado rápido el cambio en mi voz.

—No. Mónica dijo que se sentía mal y que mandaría sus avances por correo. Parece que mañana viene.

Intenté actuar como si la información no me afectara.

Fracasé.

—Ah.

—¿No te dijo nada? Viven prácticamente al lado.

Me reí sin humor, mirando hacia el edificio.

—No somos tan cercanos como para contarnos secretos.

La frase sonó irónica incluso para mí.

Después de clases no fui a la playa con Jeremy.

Al menos no de inmediato. Primero caminé hacia la casa de Mika porque necesitaba saber si estaba bien, aunque intenté convencerme de que solo iba por responsabilidad, por Cale, por el proyecto o por cualquier excusa que no implicara aceptar que su silencio me había dejado intranquilo.

Cale abrió la puerta.

Al verme, una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Vaya. Jamás pensé que escucharía el nombre de mi hermana saliendo de tu boca sin que fuera seguido de un insulto.

—Las cosas cambian —respondí, intentando sonar casual—. A veces nos toleramos un poco. No demasiado, no exageremos, pero lo suficiente para no terminar en dirección cada vez que respiramos en el mismo lugar.

Cale se apoyó en el marco de la puerta, todavía con marcas visibles de los golpes, aunque mucho mejor que la noche anterior.

—¿Quieres saber por qué no fue a clases?

Sentí el estómago tensarse.

—Sí.

Cale me observó con demasiada atención.

—Fue al médico.

—¿Está enferma?

—No. Dijo que quería empezar a cuidarse porque está pensando en tener intimidad algún día.

El mundo se detuvo durante un segundo.

No de forma poética.

De forma humillante.

Porque mi mente regresó inmediatamente a la noche anterior, a la caja de condones, a Mika saliendo de mi habitación con el orgullo herido, y sentí que acababa de meterme en un terreno mucho más delicado de lo que había querido admitir.

—Carajo.

Cale dejó de sonreír.

—Noah.

La forma en que dijo mi nombre no fue amistosa.

Fue una advertencia.

—¿Hay algo entre tú y mi hermana?

Me pasé una mano por el rostro, sabiendo que cualquier respuesta rápida podía empeorarlo todo.

—No somos pareja. Ni siquiera sé si somos amigos todavía. Lo de nosotros es… complicado.

—Complicado no me sirve.

Lo miré.

Y entendí que Cale no estaba preguntando por curiosidad.

Estaba protegiéndola.

—No estoy jugando con ella —dije despacio—.

No sé qué estoy sintiendo y eso me está volviendo loco, pero no quiero hacerle daño.

Hace unas semanas éramos enemigos, o algo parecido, y ahora me atrae de una forma que no sé manejar.

Me habría gustado empezar por ser su amigo, Cale.

De verdad. No así, no de golpe, no con todo mezclado.

Cale guardó silencio durante unos segundos, evaluándome como si intentara decidir si podía creerme.

—Mi hermana no tuvo una infancia fácil, Noah. Nunca se sintió querida por mi madre y aprendió a defenderse atacando primero. Si te acercas solo porque te atrae y luego decides que no quieres nada más, la vas a romper de una manera que no te voy a perdonar.

Sus palabras me golpearon con más fuerza de la que esperaba.

Porque tenía razón.

Y porque yo ya estaba demasiado cerca de cometer una estupidez.

—Necesito hablar con ella —dije al fin—. De frente. Sin juegos. Si llega, dile que la espero a las seis en el parque de la esquina.

Cale asintió, aunque su mirada siguió siendo seria.

—Se lo diré. Y Noah… hazlo bien.

—Eso intento.

A las seis llegué al parque con la sensación de que estaba caminando hacia una conversación que podía arreglar algo o terminar de destruirlo.

Mika ya estaba allí, sentada en una banca, con el cabello suelto y un vestido que me obligó a respirar más despacio antes de acercarme.

Se veía hermosa, y odié que ese fuera mi primer pensamiento porque no había ido a verla para perderme en lo evidente, sino para hacer justamente lo contrario: poner orden antes de que el deseo, la culpa y la confusión convirtieran lo nuestro en otro desastre.

Ella levantó la vista cuando me escuchó llegar.

No sonrió.

Yo tampoco.

Me senté a su lado dejando una distancia prudente entre ambos, porque después de lo ocurrido en mi habitación la cercanía ya no era algo inocente.

—Tenemos que hablar —dije finalmente, mirando hacia el frente porque si la miraba demasiado podía olvidar el discurso entero.

Mika soltó una risa baja sin humor.

—Eso nunca suena bien.

—Lo sé.

Respiré hondo.

Esta vez no podía esconderme detrás del sarcasmo.

—Lo de ayer no fue un juego para mí, Mika.

Y precisamente por eso necesito que hablemos antes de que cualquiera de los dos termine lastimado.

Me atraes, eso ya no puedo fingir que no pasa, pero también sé que no hemos aprendido a ser amigos sin convertir todo en pelea.

No quiero saltarme partes importantes solo porque no sé controlar lo que siento cuando estás cerca.

Mika permaneció en silencio.

Yo seguí hablando porque, si me detenía, quizá perdería el valor.

—No quiero que pienses que busco algo contigo por venganza, por curiosidad o porque me dejé llevar.

Y tampoco quiero que creas que la caja de ayer significaba que yo esperaba algo de ti.

Mis padres son intensos, mi padre tiene una manera brutal de decir las cosas y yo manejé todo como un idiota, pero no era eso. No quería presionarte.

Mika bajó la mirada hacia sus manos.

Durante un momento solo se escuchó el viento moviendo las hojas del parque.

—Me fui porque me dio vergüenza —admitió, y su voz fue tan baja que tuve que quedarme quieto para no interrumpirla—.

No por ti exactamente. Por todo. Por estar en tu habitación, por querer besarte, por ver esa caja y pensar que quizá tú estabas acostumbrado a esas cosas mientras yo apenas estaba intentando entender qué quería. Me sentí tonta.

La miré entonces.

Y algo dentro de mí se aflojó.

—No eres tonta.

Ella soltó una risa pequeña.

—No digas cosas bonitas, Benedetti. Me asustas.

—Estoy intentando no arruinarlo todo. Dame crédito.

Mika levantó la vista y por fin me miró.

Había miedo en sus ojos, pero también algo más firme.

—No sé qué somos.

—Yo tampoco.

—No sé si puedo confiar en ti.

—Eso es justo.

—Y no sé si quiero que me gustes.

La sinceridad de esa frase me dejó sin aire durante un segundo.

Porque era exactamente lo mismo que me pasaba a mí.

—Yo tampoco sé si quiero que me gustes —admití—. Pero creo que ya llegamos tarde a esa parte.

Mika me observó durante unos segundos y, aunque no sonrió del todo, su expresión se suavizó lo suficiente para que pudiera respirar.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Miré hacia el parque, hacia los árboles moviéndose con el viento, hacia la tarde cayendo sobre nosotros como si no entendiera la importancia de aquella conversación.

—Vamos despacio —respondí—. Primero aprendemos a no destruirnos cada vez que estamos cerca. Después vemos qué pasa.

Mika asintió lentamente.

—¿Y si discutimos?

La miré de reojo.

—Vamos a discutir.

—¿Y si nos hacemos daño?

Esa pregunta ya no sonó como una broma.

Me quedé pensando en la cicatriz de mi brazo, en Cale, en su infancia, en la mía, en todos los años que habíamos pasado usando el enojo como idioma.

—Entonces paramos antes de cruzar otra línea —dije con cuidado—. Y esta vez hablamos, aunque nos cueste.

Mika respiró hondo, como si esa respuesta no resolviera todo, pero al menos ofreciera un lugar donde empezar.

—Punto y aparte —murmuró.

La miré.

—¿Qué?

—Nada. Solo… punto y aparte.

No entendí del todo lo que quiso decir, pero me gustó cómo sonó. Como si ninguno de los dos estuviera borrando lo anterior, pero ambos aceptáramos que tal vez era momento de escribir algo distinto.

Y por primera vez desde que Mika Rossi volvió a mi vida, el miedo no desapareció, pero dejó espacio para algo más.

Una posibilidad.