SUSURRO #2
—Y no, no me gustas de manera romántica, idiota. Lo que dije en el salón fue porque últimamente has dejado de comportarte como un completo imbécil conmigo. Era una observación. No una declaración dramática.
Durante un instante sentí alivio.
Después sentí algo parecido a decepción.
Y luego me molesté por sentir cualquiera de las dos cosas.
—Estaba medio dormido —dije, intentando recuperar algo de dignidad—. Tu susurro me sacó de onda.
—Eso fue evidente. Casi saltas del escritorio.
—No salté.
—Noah, parecías un gato asustado.
—Qué imagen tan respetuosa tienes de mí.
Mika sonrió y esa sonrisa, tan pequeña como peligrosa, terminó de arruinar el poco control que me quedaba. Había algo en la forma en que se relajaba conmigo cuando dejábamos de atacarnos con verdadera rabia que me resultaba demasiado fácil de mirar. Demasiado cómodo. Demasiado peligroso.
—Bueno —dijo ella, alejándose un poco como si la conversación ya estuviera resuelta—, no todos pueden sacar de equilibrio los pensamientos de otra persona con un simple susurro.
La miré con una ceja levantada, intentando decidir si acababa de provocarme a propósito.
—Rojita, ¿eso fue un coqueteo?
Mika se encogió de hombros con una inocencia tan falsa que habría ofendido a cualquier persona con sentido común.
—No sé. Tal vez. El problema es que idiotas como tú no captan la diferencia entre una broma y un coqueteo.
Ahí fue donde debí dejarla ganar.
Debí reírme, decirle que estaba loca, abrir la puerta y fingir que nada había cambiado.
Pero Noah Benedetti rara vez hacía lo más prudente.
Me acerqué antes de pensarlo demasiado y ella dejó de sonreír apenas notó que la distancia entre nosotros comenzaba a desaparecer.
No la toqué de inmediato. No quería asustarla ni empujar algo que ninguno de los dos entendía todavía.
Solo me quedé frente a ella, lo bastante cerca para notar cómo su respiración se volvía irregular y cómo sus ojos buscaban los míos con una mezcla de desafío y advertencia.
—¿Y qué pasa si yo no estoy bromeando? —pregunté en voz baja.
Mika no respondió al instante. Su mirada bajó apenas hacia mi boca y volvió a subir tan rápido que casi pude convencerme de que lo había imaginado.
Pero no lo había imaginado. El silencio entre nosotros se tensó de una manera completamente nueva, una que ya no se parecía a nuestras discusiones de infancia ni a nuestras provocaciones de pasillo.
—Noah…
Mi nombre en su voz sonó distinto.
No como una queja.
No como un insulto.
Como una pausa.
Como una advertencia.
Como una puerta que aún podía cerrarse si alguno de los dos tenía suficiente sentido común.
Yo no lo tuve.
Ella tampoco.
Mika levantó una mano y sus dedos rozaron mi antebrazo con una delicadeza que me dejó sin aire durante un segundo. No fue un gesto grande ni decidido, pero bastó para terminar de romper la última línea de defensa que yo estaba intentando sostener.
—Si seguimos así —dije, obligándome a hablar aunque cada palabra parecía más difícil que la anterior—, no sé si vamos a poder fingir que no pasó nada.
Mika me sostuvo la mirada. Sus mejillas estaban encendidas, pero no retrocedió.
—Entonces no finjas.
La besé.
No fue un beso tranquilo, ni uno de esos momentos perfectos donde todo se acomoda de forma elegante.
Fue torpe al principio, cargado de años de rabia mal guardada, de culpa, de curiosidad, de todo aquello que nunca habíamos sabido decir sin convertirlo en pelea.
Mika respondió con la misma intensidad con la que discutía, y eso tuvo demasiado sentido.
Porque así era ella. Porque así éramos nosotros.
Si íbamos a cruzar una línea, parecía inevitable hacerlo como hacíamos todo: sin medir bien la caída.
Mis manos se quedaron en su cintura y las suyas en mis hombros, como si ambos necesitáramos asegurarnos de que el otro seguía ahí.
El beso cambió poco a poco, dejó de ser una explosión y se convirtió en algo más peligroso precisamente porque empezó a sentirse menos accidental.
Mika soltó una respiración temblorosa contra mis labios y yo entendí, con una claridad que me asustó, que si no nos deteníamos pronto, ninguno de los dos iba a saber cómo regresar al punto anterior.
La tomé en brazos solo para apartarla del pasillo y ella rodeó mi cuello mientras yo subía las escaleras con la torpeza desesperada de alguien que no estaba pensando con la cabeza.
Llegamos a mi habitación entre besos y respiraciones cortadas, y cuando la dejé sobre la cama hubo un segundo en que ambos nos miramos sin movernos, como si recién entonces entendiéramos dónde estábamos y lo que podía pasar si seguíamos empujando esa puerta.
Yo quería besarla otra vez.
Quería hacerlo tanto que me dio rabia.
Pero también vi su rostro, vi la duda mezclada con deseo, vi que aquello era demasiado nuevo para los dos, demasiado rápido, demasiado cargado de historia vieja y heridas recientes.
Mika no era una conquista, no era una pelea que debía ganar ni una forma de demostrarme algo a mí mismo.
Era Mika. La chica que había vuelto a mi vida hecha un desastre y me había encontrado igual de desordenado por dentro.
—Podemos parar —dije con la voz baja, separándome apenas para que pudiera respirar sin sentirme encima—. No tienes que demostrar nada.
Mika me miró como si esa frase la hubiera desarmado más que el beso.
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió abajo y varias voces llenaron la casa.
Me aparté de golpe.
No de ella como si hubiera hecho algo malo, sino de la situación completa, porque escuchar la voz de mi madre en la entrada fue suficiente para recordarme que el mundo real seguía existiendo y que yo estaba a punto de morir de vergüenza en mi propia habitación.
—Mis padres volvieron —murmuré, intentando arreglarme la ropa y recuperar una dignidad que ya se había lanzado por la ventana—. Y creo que también Richard.
Mika se incorporó con el cabello ligeramente desordenado y una expresión que habría sido adorable si yo no estuviera entrando en pánico.
—¿Richard?
—Mi hermano. El del carácter insoportable. Bueno, uno de ellos.
Bajé las escaleras casi corriendo, dejando a Mika en mi habitación porque mi cerebro decidió que esa era una solución razonable durante aproximadamente tres segundos.
En la entrada estaban mi madre, mi padre y Richard con maletas, y la forma en que los tres me miraron bastó para confirmar que mi aspecto no ayudaba en absoluto a mi versión de los hechos.
—Mika está arriba —dije demasiado rápido—. Vino por unos problemas del proyecto.
Mi madre me observó con esa calma peligrosa que solo las madres tienen cuando ya saben la verdad antes de que uno termine de mentir.
Mi padre miró hacia las escaleras, luego hacia mí, y no dijo nada. Eso fue peor.
Richard, por supuesto, sonrió como si acabara de recibir un regalo.
—Qué proyecto tan intenso.
—Cállate.
Mi padre caminó hacia el baño de invitados, abrió un cajón y volvió con una caja de condones que me entregó sin cambiar la expresión.
La vergüenza me subió hasta la cara con tanta fuerza que habría preferido que la tierra me tragara.
—Papá.
—Responsabilidad, Noah.
—No estábamos…
—Responsabilidad —repitió, esta vez con esa voz de padre italiano que no dejaba espacio para negociación.
Tomé la caja porque discutir habría empeorado todo y subí las escaleras con la sensación de que mi alma acababa de abandonar mi cuerpo. Cuando entré a mi habitación, Mika estaba de pie junto a la cama, intentando arreglarse el cabello. Sus ojos bajaron a mi mano y se abrieron apenas al ver la caja.
—¿Eso son condones?
Cerré los ojos un segundo.
—Mis padres tienen un sentido del humor terrible.
Mika me miró, y por primera vez desde que entró en mi casa no encontré diversión en su rostro. Había algo más. Algo que se cerraba.
—Claro.
—Mika, no es lo que parece.
—Noah, no necesito una explicación.
Pero sí la necesitaba.
Lo vi en la forma en que se apartó de mí, en la rapidez con la que tomó su mochila, en esa manera suya de levantar el orgullo como escudo cuando algo la golpeaba donde no quería admitirlo.
Yo podía ser idiota, pero no tanto como para no entender que aquella caja había arruinado algo que ya venía temblando.
—Rojita…
—No me llames así ahora.
No levantó la voz, y eso fue peor.
Salió de mi habitación antes de que pudiera detenerla. Bajó las escaleras, saludó a mis padres con una educación tan perfecta que me confirmó que estaba furiosa, y se marchó sin mirar atrás.
Me quedé arriba durante varios minutos, con la caja todavía en la mano y una confusión enorme apretándome el pecho.
No sabía si Mika se había molestado porque pensó que yo esperaba algo de ella, porque sabía que yo había estado con Sara, porque mis padres habían convertido un momento vulnerable en una escena incómoda o porque, tal vez, ella también había sentido que aquello significaba más de lo que cualquiera de los dos estaba listo para admitir.
Esa noche dormí mal.
No por el deseo, aunque también estaba ahí, dando vueltas como una corriente caliente bajo la piel, sino por la culpa.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba el beso, la forma en que Mika me había tocado el brazo, la manera en que su expresión cambió al ver la caja y la voz de Cale advirtiéndome, aunque todavía no me hubiera dicho nada, que su hermana no era alguien con quien se pudiera jugar.
A la mañana siguiente desperté tarde, cansado y con la cabeza hecha un desastre.
Mi madre tenía desayuno preparado, pero apenas pude tomar algo antes de salir corriendo hacia la escuela.
Llegué con el tiempo justo y encontré a Jeremy sentado en una banca, esperando la primera clase con una tranquilidad que me pareció ofensiva considerando que yo sentía que la vida acababa de golpearme con una silla.
—Se me dan fatal las mañanas cuando no puedo dormir bien —dije dejándome caer a su lado.
Jeremy me miró con atención.
—¿Pesadillas otra vez?