Mierda, me enamoré de ti SUSURRO
17%

SUSURRO

Noah

Tal vez yo no era el mejor amigo del mundo, y probablemente Jeremy tendría una lista bastante larga de pruebas para respaldar esa teoría si alguien se la pidiera, pero había algo que sí sabía hacer cuando la situación lo exigía: decir las palabras correctas para que alguien siguiera adelante aunque yo mismo rara vez tuviera a alguien que hiciera lo mismo por mí.

Quizá por eso me molestaba tanto reconocerlo.

Porque a veces uno aprende a dar justo aquello que nunca recibió, y en mi caso esas palabras de aliento me habría gustado escucharlas alguna vez de mis hermanos mayores, aunque con el carácter de mierda que ambos cargaban, esperar ternura de Erick o Richard era tan realista como esperar que el océano se secara por educación.

Los toleraba porque eran mi familia, porque mi madre los amaba y porque, al final, uno no escoge la sangre que le toca; pero eso no significaba que no supiera perfectamente cuándo me miraban con esa mezcla de fastidio y envidia que siempre intentaban disfrazar de superioridad.

—No eres un idiota, después de todo me gustas.

Levanté la cabeza de golpe, desorientado, con el corazón latiéndome como si acabaran de atraparme haciendo algo indebido.

El salón estaba vacío. Las sillas seguían desordenadas, algunas mochilas habían dejado marcas sobre los pupitres y la luz de la mañana entraba por las ventanas con una tranquilidad ofensiva, como si nada acabara de pasar.

Miré hacia la puerta, después hacia el pasillo, y aunque no había nadie allí, reconocí la voz con una claridad que me resultó imposible ignorar.

Mika.

Durante varios segundos permanecí sentado, intentando decidir si realmente la había escuchado o si mi cerebro, en un acto de traición absoluta, había decidido fabricar su voz mientras dormía.

El problema era que el susurro seguía repitiéndose dentro de mi cabeza con demasiada precisión.

No eras un idiota. Después de todo me gustas .

La frase parecía sencilla, pero en mi mente se había convertido en una bomba lista para explotar con el menor movimiento.

No sabía si debía interpretarla como una broma, como una provocación, como una frase dicha a medias o como algo que yo definitivamente no estaba preparado para escuchar.

Porque Mika Rossi no podía gustar de mí.

No así.

No todavía.

Ni siquiera estaba seguro de que yo pudiera decir que ella me agradaba sin sentir que estaba traicionando una década entera de rivalidad.

Apenas estaba aprendiendo a dejar de odiarla, y ya eso era bastante complicado sin añadir la posibilidad absurda de que entre nosotros existiera algo más.

Mika era atractiva, claro que lo era, y fingir lo contrario habría sido una estupidez tan grande que ni siquiera yo podía defenderla.

Pero una cosa era notar que había cambiado y otra muy distinta era permitir que esa observación se convirtiera en algo capaz de alterar mi respiración cada vez que estaba cerca.

Pasé el resto del día evitándola con una habilidad que, honestamente, debería haber sido reconocida como deporte escolar.

Cambié de pasillo, salí por puertas distintas, fingí buscar cosas que no necesitaba y hasta rechacé una invitación de unos compañeros para participar en una actividad después de clases con tal de no quedarme más tiempo en la escuela.

El problema era que huir de Mika no hacía que dejara de pensar en ella; al contrario, cada intento de esquivarla la volvía más presente, como si mi mente disfrutara recordándome que estaba actuando como un cobarde.

Jeremy me encontró en uno de los pasillos justo cuando yo estaba calculando la ruta más segura para llegar al estacionamiento sin cruzarme con ella.

—Viejo, ¿qué pasa contigo? Saliste de clase como si el profesor hubiera anunciado una ejecución pública, y Mika anda preguntando por ti.

La sola mención de su nombre me hizo mirar hacia ambos lados con una falta de dignidad que no pasó desapercibida para mi mejor amigo.

—¿Ella sabe dónde estoy?

Jeremy me observó como si acabara de descubrir una versión completamente nueva de mí y no estuviera seguro de querer conocerla.

—No, creo que no. Pero ahora necesito saber por qué estás hablando como si te estuviera persiguiendo una mafia pelirroja.

Me pasé una mano por el cabello, intentando parecer tranquilo aunque por dentro llevaba horas sintiéndome como si alguien hubiera tomado mis pensamientos, los hubiera arrojado al aire y luego me hubiera pedido que los organizara por colores.

—Me quedé dormido en la primera clase y creo que ella me susurró algo al oído antes de irse.

La sonrisa de Jeremy apareció de inmediato, lenta, peligrosa y absolutamente insoportable.

—¿Qué te dijo?

Miré hacia el fondo del pasillo, donde varios estudiantes conversaban cerca de los casilleros. No vi a Mika, pero eso no me tranquilizó. Si algo había aprendido desde su regreso era que podía aparecer en el peor momento posible con una precisión casi artística.

—Creo que dijo que le gusto.

Jeremy dejó de sonreír.

Eso fue peor.

Porque cuando Jeremy dejaba de bromear, significaba que la situación realmente tenía peso.

—No, no, no puede ser —murmuró, acercándose un poco más como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien—. Noah, ustedes se odian.

—Eso pensaba yo.

—¿Y a ti te gusta ella?

La pregunta llegó demasiado rápido y me golpeó en un lugar incómodo.

Abrí la boca con la intención de responder sin pensar, de negar con la seguridad arrogante que normalmente me salía con facilidad, pero la imagen de Mika en mi habitación mental, de Mika en la cafetería, de Mika llorando en el campo después de hablar de la cicatriz de mi brazo, apareció antes de que pudiera mentir con elegancia.

—No lo sé —admití, y odié lo honesto que sonó—. Quiero decir, no. Claro que no. Es Mika. Apenas estamos aprendiendo a tolerarnos y todavía tengo demasiadas cosas en la cabeza como para empezar a imaginar algo así.

Jeremy no se burló, lo cual confirmó que yo debía de tener una cara espantosa.

—Amigo, te lo digo con cariño, pero tú le hablas como si coquetearas con ella desde hace días.

Lo miré, ofendido y confundido al mismo tiempo.

—¿Qué? ¿Desde cuándo?

—Desde que la llamas rojita con esa sonrisa de idiota, desde que la sigues cuando se va molesta, desde que la miras como si intentaras resolver un problema matemático que también te parece bonita, y desde que Sara empezó a actuar como si Mika le hubiera declarado la guerra sin hacer absolutamente nada.

Me quedé callado, no porque no tuviera argumentos, sino porque cada cosa que Jeremy decía comenzaba a encontrar un lugar incómodo dentro de mi cabeza.

Tal vez Sara no estaba exagerando tanto.

Tal vez yo sí había actuado distinto con Mika.

Tal vez la manera en que discutíamos ya no era únicamente costumbre, sino una forma torpe de acercarnos sin aceptar que queríamos hacerlo.

—Estoy confundido —dije finalmente, bajando la voz porque admitirlo frente a Jeremy era casi peor que admitirlo frente a mí mismo—. Y creo que lo mejor es irme antes de que todo esto se salga de control.

Jeremy apoyó una mano sobre mi hombro y esta vez no hizo ningún comentario idiota.

—Cuando necesites hablar, aquí estoy.

Asentí, agradeciendo en silencio que no intentara convertir mi desastre interno en una comedia.

Me despedí de él y salí de la escuela evitando a cualquier persona que pudiera retenerme.

Cuando llegué a casa y encontré la sala vacía, sentí algo parecido a alivio.

La casa sin nadie podía ser demasiado grande, demasiado silenciosa, pero en ese momento era exactamente lo que necesitaba.

Un lugar donde pensar sin que nadie me preguntara por qué estaba actuando como un fugitivo emocional.

No alcancé a disfrutarlo demasiado.

Alguien tocó la puerta.

Me quedé inmóvil unos segundos, como si la madera hubiera anunciado una sentencia.

Cuando abrí y la vi ahí, de pie frente a mí, con esa expresión entre molestia y determinación que ya empezaba a conocer demasiado bien, lo primero que pensé fue que Dios tenía un sentido del humor particularmente cruel conmigo.

—Mika —dije, y detesté que su nombre saliera con más nerviosismo del que pretendía.

—Noah —respondió ella, cruzándose de brazos.

La invité a pasar porque dejarla en la entrada habría sido peor, sobre todo si algún vecino decidía mirar y encontraba a Mika Rossi a punto de asesinarme con la mirada.

Cerré la puerta detrás de ella y me apoyé contra la pared del recibidor, intentando mantener una distancia razonable aunque el espacio de mi casa pareciera haberse vuelto más pequeño desde que ella entró.

—¿Puedo preguntar por qué estás aquí?

Mika me observó durante unos segundos, como si estuviera midiendo cuánto de mi tranquilidad era real y cuánto era puro teatro. La respuesta, para mi desgracia, era obvia.

—Quería saber por qué me has estado evitando todo el día. Pensé que ya nos llevábamos mejor, o al menos lo suficiente para que no huyeras como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Su manera de hablar tenía un tono juguetón, pero debajo había algo que me obligó a sostenerle la mirada.

No parecía furiosa. Parecía inquieta. Y eso me hizo sentir peor porque, si había algo que no quería, era darle la impresión de que había hecho algo malo cuando el problema era mi absoluta incapacidad para ordenar lo que me pasaba.

—Tengo la cabeza en otro lado —respondí, aunque la frase sonó pobre incluso para mí—. No fue mi intención hacerte sentir rara.

Mika inclinó ligeramente la cabeza y, por la forma en que sus labios intentaron no sonreír, supe que acababa de entender mucho más de lo que yo quería.

—Noah, sé lo que está pasando.

Mi cuerpo se tensó.

Ella dio un paso hacia mí, no demasiado cerca, pero lo suficiente para que el aire cambiara entre nosotros.