PUNTO Y APARTE #3
La clase de educación física siempre fue la peor parte del día para mí.
No porque no pudiera moverme, sino porque mi cuerpo parecía traicionarme con demasiada facilidad.
La respiración se me iba antes de tiempo, el pecho se me cerraba y aun así me obligaba a seguir porque Noah estaba cerca y competir con él era una costumbre vieja que mi orgullo no sabía abandonar.
—Hola, rojita —dijo un día apareciendo a mi lado cuando yo intentaba recuperar el aire sin parecer al borde de la muerte—. ¿Qué tal la clase? Te ves un poco cansada.
Me sobresalté más de lo necesario, no porque realmente me hubiera asustado, sino porque había estado observándolo sin darme cuenta y necesitaba esconderlo de alguna forma.
—Mierda, Noah, no aparezcas así. Es malo para el corazón.
Su carcajada se escuchó hasta el otro lado del campo.
—No puedo creerlo. Tienes corazón.
Sentí varias miradas sobre nosotros y quise golpearlo, aunque solo fuera para que bajara la voz.
—Cállate, idiota. Todo el mundo te escucha. ¿No eras inteligente?
Noah se acercó un poco, todavía sonriendo, pero esta vez su expresión cambió apenas, como si detrás de la burla hubiera algo más tranquilo.
—Lo soy, pero no siempre lo aparento. Además, creo que ya me cansé de intentar ser el número uno en todo. Desde que regresaste, competir perdió un poco de sentido.
Lo miré sin saber qué hacer con esa frase.
Noah Benedetti, el chico que siempre necesitaba ganar, acababa de decirlo como si no fuera importante.
—¿Estás enfermo?
—Probablemente.
—Eso explica muchas cosas.
Su sonrisa creció, pero no respondió de inmediato. Se quedó mirándome con una atención que me hizo sentir demasiado vista.
—Nos llevamos mejor que antes, ¿no crees?
La pregunta me tomó desprevenida. No porque fuera difícil de responder, sino porque responderla en voz alta significaba admitir algo que llevaba días notando.
—Claro que no —dije, porque mi orgullo seguía teniendo reflejos rápidos—. Aún te odio, solo puedo soportar tu presencia durante periodos más largos sin imaginar tu muerte.
Noah soltó una risa baja.
—Eso, viniendo de ti, suena casi romántico.
Puse los ojos en blanco, pero el comentario se quedó rondando en un lugar incómodo de mi pecho. Aproveché el silencio para decir lo que realmente llevaba días queriendo decirle.
—Noah, hablando en serio, Sara me mira como si quisiera arrancarme el cabello cada vez que discutimos. Podrías hablar con ella, por favor. No quiero perder el control ni terminar en una discusión que no necesito, no ahora que sigo en terapia y estoy intentando manejar mejor todo esto.
Él dejó de sonreír.
Su expresión cambió de inmediato, y por un segundo temí haber dicho demasiado.
—¿Vas al psicólogo?
La pregunta no sonó burlona, pero sí sorprendida, como si hubiera abierto una puerta que él no esperaba encontrar.
—Desde lo que pasó contigo —respondí, obligándome a sostenerle la mirada aunque me costara—. Mi padre me llevó después del accidente. Pensó que necesitaba ayuda, y tenía razón.
Noah se quedó callado.
Por una vez, no tuvo una respuesta lista.
Y esa ausencia de sarcasmo me dolió más que cualquier burla.
—No tienes que decir nada —continué antes de que el silencio se volviera insoportable—. No es algo malo. Fue un accidente grave, Noah, y aunque éramos niños, yo sé lo que hice. Lo siento. De verdad lo siento.
Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
No fue un llanto dramático ni escandaloso, solo una rendición pequeña que me obligó a bajar la mirada porque no quería que él me viera así.
Había pensado muchas veces en pedirle perdón de verdad, sin sarcasmo, sin rabia, sin esconderme detrás de insultos, pero jamás imaginé que hacerlo frente a él me dejaría tan expuesta.
Noah no habló de inmediato.
Cuando finalmente lo hizo, su voz salió más baja de lo habitual.
—De niño sentía celos de ti.
Levanté la mirada, confundida.
Él observaba el campo como si hablar mirando directamente fuera demasiado difícil.
—Tus padres estaban en todas tus presentaciones.
Piano, violín, arte, lo que fuera. Siempre había alguien sentado ahí para verte, y yo odiaba eso porque mi mamá estaba, claro, pero mi papá casi nunca podía ir.
Yo quería esa atención y tú la tenías. Supongo que en algún punto empecé a comportarme como un imbécil porque no sabía qué hacer con esa envidia.
Me quedé completamente quieta.
Nunca lo había pensado así.
Siempre creí que Noah me odiaba porque yo lo opacaba, porque lo desafiaba, porque no soportaba que alguien le quitara el lugar que creía suyo. Tal vez era cierto. Pero también había algo más debajo. Algo que ninguno de los dos había sabido nombrar cuando éramos niños.
—Yo te tenía celos a ti —admití con la voz todavía quebrada—. Tus padres te querían de una forma tan evidente que dolía mirar. Yo podía ganar premios, tocar instrumentos, sacar buenas notas y aun así sentir que nada alcanzaba. Tú tenías lo que yo quería sin tener que pedirlo.
Noah me miró entonces, y por primera vez en mucho tiempo no vi al niño que me gritaba en los pasillos ni al chico arrogante que todos admiraban.
Vi a alguien que también había sido niño, que también se había sentido insuficiente, que también había convertido el dolor en competencia porque era más fácil pelear que admitir que algo faltaba.
—Tal vez ninguno de los dos sabía odiar bien —dijo al fin, con una media sonrisa triste—. Solo éramos niños intentando que alguien nos mirara.
Respiré hondo, limpiándome las mejillas con torpeza.
—Eso no borra lo que hice.
—No —aceptó él sin suavizarlo, y agradecí que no intentara mentirme—.
Pero ya no somos esos niños, rojita. No estoy diciendo que olvidemos todo ni que mañana vayamos a ser mejores amigos, porque honestamente dejar de discutir contigo sería una pérdida para la humanidad, pero podemos intentar vivir en el presente y no seguir usando el pasado como arma cada vez que no sabemos qué decir.
Aquellas palabras me sostuvieron de una manera inesperada.
Noah Benedetti, el mismo chico que yo había considerado mi enemigo durante años, acababa de darme algo parecido a un permiso para respirar.
—Eres sorprendentemente bueno diciendo cosas decentes cuando quieres.
Él sonrió, recuperando un poco de su arrogancia habitual.
—Lo sé. Intento no hacerlo demasiado para no arruinar mi reputación.
Solté una risa entre lágrimas y, por primera vez desde que regresé a la ciudad, sentí que tal vez podía existir un lugar para mí que no estuviera construido únicamente sobre culpa, miedo o defensa.
No sabía si Noah y yo podíamos ser amigos.
No sabía si la historia entre nosotros permitía algo tan sencillo.
Pero mientras estábamos ahí, bajo el ruido lejano de la clase de educación física y con el pasado finalmente dicho en voz alta, pensé que quizá un punto y aparte no significaba borrar lo anterior.
Quizá solo significaba tener el valor de escribir algo diferente después.