PUNTO Y APARTE #2
A las cuatro, o casi a las cuatro porque Cale tardó más de lo previsto en sentirse con fuerzas para manejar, me dejó frente a la cafetería.
No vi a nadie del grupo afuera y revisé la hora con una molestia que probablemente era injusta, porque yo tampoco había llegado temprano.
Aun así, entrar sola y elegir una mesa cerca de la ventana me hizo sentir otra vez como una intrusa, como si todos los lugares tuvieran dueño antes de que yo llegara.
Pedí café y me senté mirando hacia la calle.
El vidrio reflejaba parte de mi rostro, y por un segundo me vi más cansada de lo que quería admitir.
Me acomodé el cabello, intenté enderezar la espalda y fingí que estar sola no me importaba.
Era una habilidad vieja. Fingir. Sonreír cuando debía.
Atacar antes de que alguien notara dónde dolía.
Las risas llegaron antes que ellos.
Noah entró con Jeremy, Mónica y una chica rubia que caminaba demasiado cerca de él.
Sara. La reconocí por la forma en que lo miraba, no como amiga, no del todo, sino como alguien que creía tener cierta autoridad sobre su espacio.
Aquello me molestó sin razón válida y, como no me gustó descubrirlo, decidí convertirlo en enojo.
—Llegan tarde —dije cuando se acercaron a la mesa, intentando que sonara como una broma, aunque mi voz salió más filosa de lo necesario—. Solo tengo hasta las siete para estar aquí y no pienso perder media tarde viendo cómo todos llegan cuando se les da la gana.
Noah dejó su mochila sobre una silla y me miró con esa calma que tanto me desesperaba.
—Tranquila, rojita. Fueron quince minutos, no una década. Además, antes de repartir tareas necesitamos decidir el tema del proyecto.
Me incliné ligeramente hacia adelante, agradecida de tener algo concreto por lo cual discutir, porque discutir con Noah era mucho más sencillo que preguntarme por qué me incomodaba verlo con Sara.
—Eso es justamente lo peor, Benedetti. Si no tenemos tema, tampoco tenemos encargado de reunir información, ni estructura, ni presentación, ni nada que parezca mínimamente organizado.
Jeremy levantó las manos con una sonrisa diplomática, como si se hubiera autonombrado mediador de una guerra que todavía no entendía.
—Propongo que la suerte decida antes de que ustedes dos conviertan un trabajo escolar en un juicio internacional. Mónica puede hacer papelitos con los temas y otro papel para definir quién será el responsable de reunir la información.
Mónica asintió de inmediato y sacó una hoja de su cuaderno con una disposición que me hizo pensar que probablemente estaba acostumbrada a poner orden en el caos de Jeremy.
—El que saque el papel de líder se encarga de reunir lo de todos y de armar la presentación final. Así nadie se queja de favoritismos.
Sara, que seguía pegada a Noah como si la silla no fuera suficiente territorio, sonrió y apoyó los codos sobre la mesa.
—No es mala idea. ¿Tú qué piensas, Noah?
Noah la miró y asintió con naturalidad.
—Estoy de acuerdo, Sara.
El problema no fue la respuesta. Fue la forma en que ella sonrió después, como si su opinión hubiera sido la única que importaba. Sentí el enojo subirme por la garganta antes de poder detenerlo.
—Qué bonito. Todos opinaron y mi opinión no importa, ¿o también tengo que sacar un papelito para tener derecho a hablar?
Noah volvió a mirarme, y en lugar de molestarse como esperaba, sonrió de una manera que me hizo querer lanzarle el café encima.
—No te enojes, rojita. Estamos haciendo lo que podemos. No todos somos brillantes como tú.
El comentario me golpeó en un lugar extraño.
Cualquier otra persona quizá lo habría tomado como un halago, pero para mí la palabra brillante siempre venía cargada de exigencia, de cansancio, de una niña tocando piano con las manos tensas mientras buscaba entre el público una mirada que la hiciera sentir suficiente.
—No uses eso conmigo —dije más bajo, y odié que mi voz no saliera tan firme como quería.
Por suerte nadie pareció entender del todo el cambio, porque Jeremy empezó a bromear sobre las bebidas y Mónica se levantó para pedir algo. Noah, en cambio, se quedó mirándome un segundo más, como si hubiera notado una grieta que no debía ver.
—¿Quieres otro café? —preguntó después, bajando un poco la voz—. O un té, no sé. Tienes cara de estar a punto de declarar la guerra por la cafeína.
Lo miré, confundida por la suavidad repentina de su tono, y entonces Sara se movió junto a él. Ese pequeño gesto bastó para recordarme que no estaba sola con Noah y que no tenía por qué sentirme extraña porque él me ofreciera algo de beber.
—Tu novia te está mirando.
Noah parpadeó y luego soltó una risa con un descaro que me pareció absolutamente insoportable.
—Sara no es mi novia. Es una amiga con la que tengo encuentros muy amistosos.
La manera en que lo dijo, con esa sonrisa pícara y satisfecha, me hizo apretar la taza entre las manos. No tenía derecho a molestarme. Noah podía besar a quien quisiera, salir con quien quisiera y arruinar su reputación con quien quisiera. A mí no me importaba. No debía importarme.
—Qué elegante —murmuré.
Sara pareció escucharme, porque dirigió su atención hacia mí con una sonrisa que no llegó a tocarle los ojos.
—¿Conoces mucho a Noah?
Sentí la pregunta como una advertencia cubierta de azúcar.
Me recosté en la silla y sostuve su mirada.
—Lo conozco desde niños, pero no somos cercanos. Es amigo de mi hermano y la mayor parte del tiempo me desagrada, así que si te preocupa que quiera quitártelo, puedes respirar tranquila. Noah Benedetti no es mi tipo.
El pequeño movimiento de Noah al escucharme fue casi imperceptible, pero lo vi. Enderezó la espalda apenas, como si la frase le hubiera llegado más rápido de lo que esperaba. Y eso, por alguna razón, me hizo sentir que había ganado algo.
—Auch, Mika —dijo, llevándose una mano al pecho con teatralidad—. Eso dolió más que las tijeras.
La broma cayó mal.
No por los demás.
Por mí.
Todo el aire pareció irse de la cafetería durante un segundo. Volví a sentir el metal en la mano, la sangre en su brazo, los gritos, la cara de mi padre cuando llegó a la escuela y entendió que su hija no solo tenía mal carácter, sino algo dentro que necesitaba ayuda urgente.
Me puse de pie antes de pensar.
Si me quedaba, iba a decir algo peor. Si hablaba, iba a romper algo que apenas estaba intentando reconstruir dentro de mí.
—Vete a la mierda, Noah.
Esta vez no sonó como broma.
Tomé mi mochila y salí de la cafetería sin mirar atrás.
Afuera el aire estaba más frío y caminé varias calles sin detenerme, intentando controlar la respiración como me había enseñado mi psicóloga.
Inhalar. Sostener. Soltar. No huir de la emoción, pero tampoco dejar que tomara el volante.
Ojalá fuera tan fácil como sonaba cuando lo decía sentada en un consultorio.
No estaba enojada con Noah.
No realmente.
Estaba enojada conmigo.
Con la niña que fui.
Con la herida que dejé.
Con la parte de mí que todavía reaccionaba como si atacar fuera la única forma de sobrevivir.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
No tuve que girarme para saber quién era.
—¿Vas a seguirme toda la calle o vas a preguntar por qué me fui? —dije deteniéndome de golpe.
Noah casi tuvo que frenar para no alcanzarme. Cuando volteé, fingió mirar el escaparate de una tienda como si hubiera encontrado algo fascinante en una vitrina llena de objetos que claramente no le interesaban. La imagen habría sido ridícula si yo no siguiera intentando no llorar.
—La verdad no me interesa demasiado por qué te fuiste —respondió, aunque su tono lo traicionaba porque nadie sigue a otra persona varias calles si no le importa en absoluto—.
Tu hermano me pidió que no te dejara volver sola a casa, así que puedes odiarme durante el camino, pero vas a tener que aguantar mi presencia.
Solté una risa breve, más cansada que divertida.
—Ahora sigues órdenes de Cale.
Noah caminó hasta quedar a mi lado, manteniendo una distancia prudente que agradecí más de lo que pensé.
—No sigo órdenes. Simplemente sé comportarme como un caballero cuando la situación lo exige, aunque entiendo que eso arruine la imagen terrible que tienes de mí.
Lo miré de reojo.
—Tu imagen terrible se sostiene bastante bien, no te preocupes.
Él sonrió, y el silencio que siguió no se sintió como una amenaza.
Caminamos juntos sin decir demasiado, y esa ausencia de palabras fue extrañamente cómoda.
Noah no intentó llenar el espacio con bromas ni exigirme una explicación.
Solo caminó a mi lado, y en ese gesto había una forma de cuidado que no sabía cómo recibir.
Cuando llegamos a mi casa, me detuve frente a la puerta y busqué alguna frase que no sonara demasiado vulnerable. No encontré ninguna.
—Gracias por acompañarme.
Noah inclinó apenas la cabeza, con esa media sonrisa suya que parecía hecha para irritar y tranquilizar al mismo tiempo.
—No te acostumbres, rojita.
Lo vi alejarse y noté su espalda ancha, sus hombros más firmes, la forma en que los años habían cambiado al niño escandaloso que recordaba. Entré a casa antes de quedarme mirándolo demasiado y fui directo a mi habitación, donde me dejé caer sobre la cama con la mirada fija en el techo.
Tal vez hacerme amiga de Noah no era una idea tan absurda.
Tal vez había una forma de dejar el pasado en algún lugar donde ya no pudiera mordernos cada vez que intentáramos hablar.
Con el paso de las semanas, empecé a integrarme poco a poco en su grupo.
Jeremy era un idiota, pero un idiota amable.
Mónica me cayó mejor de lo que esperaba.
Sara, en cambio, seguía mirándome como si yo fuera una amenaza caminando en tacones, aunque jamás entendí por qué le preocupaba tanto si ella misma decía no ser novia de Noah.
En realidad, tal vez sí lo entendía, pero admitirlo habría significado aceptar que Noah y yo discutíamos con una intensidad que a veces parecía otra cosa.