Mierda, me enamoré de ti PUNTO Y APARTE
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PUNTO Y APARTE

MIKA

Pensé que mi vida no podía empeorar más de lo que ya lo había hecho cuando mi padre decidió rehacer la suya con otra mujer y formar una nueva familia lejos de todo lo que yo conocía.

Tal vez habría podido aceptar esa noticia con más dignidad si mi hermano no estuviera viviendo bajo el mismo techo que mi madre, cargando con una violencia que nadie nombraba en voz alta y fingiendo que podía soportarla porque siempre había sido demasiado bueno para marcharse sin mirar atrás.

Por eso regresé. No porque extrañara la ciudad, ni la escuela, ni la calle donde vivía el chico al que le había dejado una cicatriz en el brazo cuando éramos niños.

Regresé porque Cale seguía allí, porque antes de irse a la universidad necesitaba saber que alguien lo veía, que alguien podía entrar a esa casa y recordarle que no estaba completamente solo.

Volver a la ciudad también significaba volver a ciertos recuerdos que yo había intentado dejar encerrados en Denver.

Noah Benedetti era uno de ellos. Durante años me repetí que lo nuestro había sido una rivalidad infantil, una serie de peleas absurdas entre dos niños demasiado orgullosos para pedir perdón, pero la verdad era mucho más incómoda que eso.

Yo le hice daño. No solo con palabras, no solo con competencias estúpidas o bromas crueles, sino de una manera real, física, irreversible.

Todavía recordaba el día en que las tijeras terminaron en su brazo y la sangre apareció como una prueba horrible de que mi rabia podía cruzar límites que yo ni siquiera entendía.

Lloré tanto aquella noche que mi padre decidió llevarme a terapia, no porque creyera que yo fuera mala, sino porque le aterraba que terminara pareciéndome a mi madre.

Mi madre no siempre había sido así, o al menos eso decía mi padre cuando intentaba explicar lo inexplicable sin culparme directamente.

Decía que antes era distinta, que antes reía más, que antes no necesitaba convertir cada discusión en una guerra, pero después de mi nacimiento todo cambió y, aunque él jamás me dijo que fuera mi culpa, yo crecí con la sensación de que mi existencia había roto algo dentro de ella.

Tal vez por eso me aferré tanto a destacar en todo lo que hacía.

Piano, violín, pintura, calificaciones, presentaciones escolares.

Si alguien me decía que era un prodigio, yo intentaba serlo todavía más, porque durante unos segundos podía imaginar que tal vez, si era perfecta, alguien se quedaría mirándome con orgullo en lugar de cansancio.

Noah era distinto. Noah no necesitaba esforzarse para tener lo que yo quería.

Tenía una madre que lo miraba como si fuera el centro de su universo y un padre ausente que, aun desde lejos, seguía siendo una figura enorme en su vida.

Tenía hermanos, tenía una casa que parecía respirar familia y tenía esa forma insoportable de entrar a cualquier lugar convencido de que todos debían verlo.

Al principio quise ser su amiga, aunque ahora me dé vergüenza admitirlo.

Lo vi en una fiesta de cumpleaños y pensé que, si lograba estar a su altura, quizá podría acercarme sin sentirme menos.

Pero Noah no entendía las cosas así. Para él todo era una competencia, y cuando descubrí que podía competir, cuando descubrí que podía ganarle, algo se torció entre nosotros hasta convertirse en una guerra diaria.

Al día siguiente de haberlo visto ayudar a Cale, entré a la escuela con una sensación extraña en el pecho.

No era gratitud únicamente. Tampoco era culpa, aunque la culpa siempre estaba allí, como una sombra pegada a mis talones.

Era algo más difícil de nombrar, una incomodidad suave que aparecía cada vez que recordaba a Noah inclinado sobre mi hermano, limpiándole las heridas con una concentración que no esperaba de él.

Había pasado años pensando en Noah como un niño mimado, arrogante y desesperante, pero verlo actuar con tanta seriedad me obligaba a aceptar que tal vez los dos habíamos cambiado más de lo que nuestras viejas versiones estaban dispuestas a reconocer.

Ese día me tocó compartir varias clases con él.

Química, Historia y Matemáticas parecieron organizarse en mi contra porque en todas terminaba viendo su perfil desde algún punto del salón.

Noah intentaba fingir que mi presencia le molestaba únicamente por costumbre, pero había algo en su forma de mirarme que ya no se sentía igual que cuando éramos niños.

Antes sus ojos buscaban pelea. Ahora parecían intentar descifrarme, como si yo fuera un problema nuevo escrito con una letra que ya no entendía.

Cuando terminó la clase de Historia recordé que el profesor nos había asignado un proyecto en grupo y que, para mi desgracia, Noah formaba parte de él junto con sus amigos.

Me acerqué a su pupitre mientras él guardaba sus cosas con demasiada calma, como si no hubiera notado que llevaba varios segundos esperando a que levantara la mirada.

Esa actitud me molestó más de lo necesario porque Noah siempre había sabido cómo hacerme reaccionar incluso sin decir nada.

—Noah, el profesor de Historia dejó un proyecto en grupo y necesitamos decidir dónde vamos a hacerlo —dije intentando sonar práctica, aunque por dentro me irritaba tener que hablarle como si no hubiera pasado nada entre nosotros—.

Prefiero tenerlo claro antes de que todos desaparezcan y luego nadie sepa qué le toca.

Noah siguió guardando un cuaderno dentro de su mochila antes de mirarme apenas de reojo. Ese gesto habría sido insignificante con cualquier otra persona, pero viniendo de él tuvo la fuerza exacta para hacerme apretar los dedos contra la correa de mi mochila.

—Podemos vernos en la cafetería que está cerca de la biblioteca —respondió finalmente, con esa voz tranquila que parecía diseñada para provocarme—.

A las cuatro estaría bien. Tengo que pasar primero por Sara para pedir permiso en su casa, Jeremy vendrá con Mónica y supongo que el resto llegará si recuerda que existe el proyecto.

Lo miré durante unos segundos, intentando decidir si lo había hecho a propósito o si simplemente tenía esa capacidad natural de darme más información de la que yo había pedido.

—Me importa un bledo a quién vas a recoger, Benedetti. Solo pregunté dónde íbamos a hacer el proyecto, no necesitaba el itinerario romántico de tu tarde.

La comisura de sus labios se levantó apenas y, aunque quise odiar esa sonrisa, lo cierto es que me molestó porque seguía teniendo el mismo efecto de antes: me hacía querer responderle más fuerte, acercarme más, ganar aunque nadie estuviera contando puntos.

—Tranquila, rojita. Solo será una hora después de clases. No tienes que actuar como si te hubiera invitado a una tragedia griega.

Sentí cómo la palabra rojita me encendía la paciencia desde algún lugar antiguo de mi memoria. Antes me la decía para molestarme por las veces que terminábamos con sangre en la ropa después de pelear. Ahora sonaba distinto, menos cruel, más cercano, y eso era precisamente lo que lo hacía peligroso.

—Vete a la mierda, Noah.

Él sonrió con más descaro, como si mi insulto confirmara algo que ya sabía.

—Nos vemos a las cuatro.

Me alejé antes de darle otra respuesta, aunque mientras caminaba por el pasillo me odié un poco por haber caído tan rápido en el mismo juego de siempre.

Había prometido controlarme. Había trabajado años en terapia para no dejar que el enojo me manejara como un perro con correa.

Sin embargo, bastaban dos minutos cerca de Noah Benedetti para que mi paciencia se volviera una criatura salvaje intentando romper la jaula.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar a Cale.

La casa estaba demasiado tranquila y esa tranquilidad, lejos de aliviarme, me puso alerta.

Desde que había vuelto aprendí que el silencio podía significar descanso, pero también podía significar que algo estaba demasiado tenso para hacer ruido.

—Cale, ya llegué —llamé mientras dejaba mi mochila sobre una silla—. ¿Dónde estás?

Su voz llegó desde la cocina y apenas la escuché sentí que el aire entraba un poco mejor en mis pulmones.

—En la cocina. Preparé algo de comer, por si tienes hambre.

Caminé hasta encontrarlo de pie frente a la estufa, moviéndose con más lentitud de la habitual, pero al menos despierto y lo bastante entero para intentar cuidarme como si él no hubiera sido quien necesitó ayuda la noche anterior.

Esa era una de las cosas que más me rompía de mi hermano.

Incluso herido, incluso cansado, incluso sosteniéndose con pedazos, seguía pensando primero en mí.

—Gracias, moría de hambre —dije acercándome a él, aunque en realidad lo que quería era abrazarlo y comprobar con mis propias manos que seguía ahí—. A las cuatro tengo que ir a la cafetería cerca de la biblioteca para hacer un proyecto. ¿Puedes dejarme ahí?

Cale me observó un momento, y noté en su mirada una preocupación que intentaba ocultar para no agregar más peso sobre mis hombros.

—Claro, pero vuelve antes de las ocho. Mamá está de buen humor y lo mejor será no darle motivos para cambiarlo.

Intenté reírme, porque él lo había dicho con tono ligero, casi como una broma doméstica, pero los dos sabíamos que no lo era. En nuestra casa el humor de mi madre era una condición climática. Si amanecía despejado, caminábamos con cuidado para no provocar tormentas.

—Claro, mi general.

Cale sonrió apenas y esa pequeña sonrisa me sostuvo más de lo que debería.

Él era la única persona en esa casa que me hacía sentir querida de una forma simple, sin exigirme perfección, sin mirarme como si mi existencia hubiera causado una fractura irreparable.

Por eso me asustaba tanto verlo desgastarse intentando convivir con una madre que podía ser dulce un día y destruirte al siguiente.