Mierda, me enamoré de ti ENCUENTRO NEGRO #4
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ENCUENTRO NEGRO #4

Mi madre me observó durante un largo segundo, y aunque pude ver la preocupación endureciéndole los ojos, también noté que agradecía la verdad.

No me hizo demasiadas preguntas en ese momento, quizás porque entendió que yo tampoco tenía todas las respuestas, o quizás porque me conocía lo suficiente para saber cuándo algo me había dejado más afectado de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Ve a cambiarte —dijo finalmente, con la voz más baja—. Después hablamos.

Asentí y subí a mi habitación sin discutir.

Me quité la camisa manchada y la dejé sobre una silla antes de entrar al baño para lavarme las manos, aunque ya no había sangre en ellas.

Aun así, seguí frotándolas bajo el agua más tiempo del necesario, como si pudiera quitarme también la imagen de Cale golpeado, la voz temblorosa de Mika en la playa y esa sonrisa pequeña que no debería haberme importado.

Cuando finalmente me acosté, pensé que el cansancio iba a ganarme rápido.

No ocurrió.

Me quedé mirando el techo durante demasiado tiempo, escuchando el silencio de mi habitación mientras mi mente volvía una y otra vez al mismo lugar. Mika sentada junto a la cama de su hermano. Mika pidiéndome ayuda. Mika intentando no romperse. Mika sonriendo apenas cuando le dije que volvería.

Me odié un poco por recordarla con tanto detalle.

Porque durante años había sido fácil reducirla a una enemiga, a una niña que me sacaba de quicio, a la cicatriz de mi brazo y a todos los problemas que habíamos provocado juntos.

Era cómodo odiarla cuando ella se quedaba quieta en el pasado.

Lo difícil era verla en el presente, con miedo en los ojos y el orgullo hecho pedazos, y seguir fingiendo que nada había cambiado.

Esa noche tuve un sueño con ella.

No fue un sueño inocente ni uno de esos recuerdos extraños que la mente inventa para acomodar lo que no entiende.

Fue algo más confuso, más cálido, más peligroso.

Mika estaba cerca de mí, demasiado cerca, con esa mirada que durante el día había intentado sostenerse sin romperse y que en el sueño parecía buscar algo que yo no estaba preparado para darle.

No recuerdo cada detalle, o quizás prefiero no recordarlo con demasiada claridad, pero sí recuerdo la sensación de sus dedos rozando mi piel, el sonido de mi propia respiración volviéndose irregular y esa certeza absurda de que la chica a la que llevaba años llamando enemiga podía acercarse a mí y hacer que todo mi cuerpo olvidara las razones por las que debía alejarla.

Desperté sobresaltado cuando la alarma del celular comenzó a sonar.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo, intentando convencerme de que aquello no significaba nada.

Era normal. Tenía dieciséis años. Había pasado un día extraño.

Había visto a Mika de cerca por primera vez en años.

La había visto asustada, vulnerable, distinta.

Mi cabeza simplemente había mezclado demasiadas cosas mientras dormía.

Esa era la explicación lógica.

La única explicación que estaba dispuesto a aceptar.

Me levanté con más brusquedad de la necesaria y fui directo al baño, dejando que el agua fría terminara de arrancarme el sueño y cualquier pensamiento que pudiera convertirse en un problema.

Para cuando salí ya iba tarde, así que me vestí rápido, bajé a desayunar apenas algo ligero y me despedí de mi madre con la esperanza de que no notara que mi cabeza estaba en otra parte.

Subí al coche y tomé rumbo a la escuela intentando pensar en cualquier cosa que no fuera Mika Rossi.

Naturalmente, fracasé.

Porque apenas avancé unas calles, una figura conocida llamó mi atención desde la acera.

Mika caminaba sola.

No llevaba la motocicleta.

Y por alguna razón que no quise analizar demasiado, reduje la velocidad.

—Mika —la llamé desde la ventana cuando estuve lo bastante cerca—. Sube, te llevo.

Ella se detuvo y me miró como si acabara de decir la estupidez más grande de la mañana.

—No, gracias. Recuerda que ayer me dijiste que no te hablara.

Tuve que fingir que aquella respuesta no me causaba ninguna gracia.

—También te dije que no te acercaras a mí y aun así apareciste junto a mi coche en la playa, así que creo que nuestras reglas ya nacieron bastante dañadas.

Mika cruzó los brazos, observándome con esa expresión desafiante que parecía devolverle algo de vida al rostro.

—No necesito que me lleves.

—Vas a llegar tarde y yo también, así que sube antes de que tenga que admitir que estoy haciendo una buena acción.

Durante un momento pensé que iba a negarse solo por orgullo, y probablemente lo habría hecho si la escuela no estuviera tan lejos. Finalmente rodeó el coche, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto con una naturalidad que me puso demasiado consciente de su presencia.

—Solo porque no tengo mi moto —dijo mientras cerraba la puerta—. Y porque camino demasiado lento para llegar a tiempo.

—Qué manera tan elegante de decir gracias.

—No era un gracias.

—Lo imaginé.

Mika se inclinó hacia el tablero antes de que pudiera detenerla.

—Yo escojo la música.

La miré de reojo.

—¿Perdón?

—Me estás llevando, así que necesito soportar el viaje de alguna forma.

—Estás dentro de mi coche, Rossi. Deberías mostrar algo de respeto.

—Estoy mostrando mucho respeto al no bajarme.

Solté una risa a pesar de mí mismo, y eso fue un error porque ella sonrió apenas, una mueca pequeña que transformó su rostro de una manera demasiado peligrosa para mi tranquilidad.

Me obligué a mirar hacia el camino mientras arrancaba, intentando no notar la falda que llevaba, ni sus piernas, ni el brillo rojo en sus labios, ni esa cercanía absurda que convertía el interior del coche en un lugar demasiado pequeño.

—Te recuerdo que sigo sin querer que me hables —dije, más para protegerme a mí que para advertirle a ella.

Mika cambió la música y se acomodó en el asiento con una calma que me resultó ofensiva.

—Claro, Benedetti. Lo que tú digas.

Llegamos a la escuela tarde, aunque no tanto como para ganarnos un sermón serio.

Aparqué con rapidez y ambos bajamos al mismo tiempo.

Yo intentaba mantener la compostura, pero Mika caminaba a mi lado con una tranquilidad insoportable, como si no acabara de pasar la mañana en mi coche después de haber invadido mis sueños de una manera que prefería no volver a recordar.

—No me hables en la escuela —le dije mientras caminábamos hacia la entrada.

Ella giró apenas el rostro hacia mí.

—Sí, sí, lo que tú digas, perdedor.

Me detuve en seco.

Mika siguió avanzando dos pasos antes de girarse con una expresión demasiado satisfecha.

—Retráctate —dije, señalándola con el dedo—. Puedes decir muchas cosas de mí, Rossi, pero perdedor no está en la lista.

Ella abrió la boca para responder, pero su mirada se desvió hacia la derecha y entonces noté que un profesor nos estaba observando desde la entrada.

Mika sonrió como si acabara de ganar una pequeña batalla sin necesidad de pelearla y siguió caminando hacia el edificio, dejándome con la respuesta atorada en la boca.

La vi alejarse.

Y aunque debería haberme limitado a entrar a clases, terminé diciendo lo primero que mi orgullo y mi estupidez encontraron para no dejarla ir con la última palabra.

—Esa falda se te ve bien, rojita.

Mika no se detuvo, pero vi la forma en que sus hombros se tensaron apenas antes de seguir caminando.

Y esa mínima reacción bastó para que una sonrisa se me escapara.

Ese día comprendí algo que probablemente debí notar antes.

Todo había cambiado.

Mika había cambiado.

Yo también.

Y aun así seguíamos siendo igual de peligrosos cuando estábamos cerca.