ENCUENTRO ROSA #2
Sentí el impacto de la frase en todo el cuerpo.
No voy a mentir, porque sería ridículo hacerlo incluso dentro de mi propia cabeza.
Quise decir que sí. Quise apagar todo lo demás, bajar del coche, seguirla, besarla hasta olvidar el rostro de Sara en la playa y fingir que el deseo podía resolver lo que la culpa estaba complicando. Pero justo por eso no podía hacerlo.
Porque si subía, una parte de mí sabía que no sería desde la claridad, sino desde el impulso.
Y Mika merecía más que mi impulso.
—No —dije al fin, obligándome a mirarla de frente—. No es momento.
Ella giró hacia mí con una mezcla de sorpresa y orgullo herido.
—¿Por qué?
Respiré hondo, sintiendo cómo cada palabra me costaba más de lo normal.
—Porque acabo de cerrar algo con Sara, y ni siquiera lo cerré bien. Porque lo de hoy fue un desastre. Porque si subo contigo ahora, Mika, no sé si lo haría porque estoy seguro de lo que quiero o porque llevo días intentando no perder la cabeza cada vez que te tengo cerca.
Sus ojos se endurecieron.
—Está clarísimo que me deseas.
—Sí —admití, sin apartar la mirada—. Ese no es el problema.
La respuesta la dejó callada.
Y a mí también me dejó temblando por dentro.
—El problema es que no quiero empezar algo contigo de una forma que después nos haga odiarnos más —continué—.
No quiero que mañana pienses que solo fui detrás de ti porque estaba caliente, ni quiero mirarme al espejo sabiendo que hice lo mismo que critico en otros.
No soy ese tipo de persona, Mika. O al menos estoy intentando no serlo.
Ella bajó la mirada, apretando los dedos sobre la tela de su falda.
—Vete a la mierda, Noah.
No sonó igual que otras veces.
No fue un insulto para iniciar una pelea.
Fue una forma de no mostrar que le había dolido.
—Ya estoy bastante cerca de ahí, rojita.
Mika abrió la puerta y bajó del coche sin mirarme.
La vi entrar a su casa con el orgullo sosteniéndola mejor que cualquier abrazo, y cuando la puerta se cerró, me quedé unos segundos con el motor apagado y las manos sobre el volante, intentando convencerme de que había hecho lo correcto aunque todo dentro de mí se sintiera como una derrota.
El camino de regreso a casa fue un borrón de luces y pensamientos cruzados.
No podía quitarme de la cabeza a Sara alejándose por la arena, ni la voz de Mika invitándome a subir, ni mi propia confesión frente al mar.
Cuando llegué, la luz cálida de la cocina estaba encendida y el olor a café me recibió como si mi madre supiera, incluso antes de verme, que algo dentro de mí venía hecho pedazos.
Mi madre Antonella estaba sentada en la mesa con una taza entre las manos.
—Llegas tarde, Noah.
Me dejé caer en la silla frente a ella y apoyé los codos sobre la mesa, demasiado cansado para inventar una excusa convincente.
—Se me complicó el día.
Mi madre me observó con esa calma suya que no necesitaba levantar la voz para hacerme hablar. Era injusto, la verdad. Otros padres interrogaban. La mía solo te miraba hasta que uno mismo se rendía.
—¿Problemas en la escuela?
Solté una risa sin humor.
—En la escuela, en la playa, en mi cabeza… elige una categoría.
Ella no sonrió, pero sus ojos se suavizaron.
—Cuéntame.
Y le conté. No con orden, porque mi vida no estaba teniendo orden últimamente, pero le conté lo suficiente.
Sara. Mika. La pelea. El auto. La invitación.
Mi negativa. La culpa. Mi madre escuchó sin interrumpir, tomando pequeños sorbos de café mientras yo dejaba sobre la mesa una versión torpe de todo lo que no sabía manejar.
Cuando terminé, el silencio de la cocina se sintió menos amenazante que el de la playa.
—Noah —dijo al fin—, antes de empezar algo con una persona tienes que cerrar bien lo que tienes con otra, no solo con palabras, sino con respeto.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Terminé con Sara.
—Terminar no siempre significa cerrar.
Esa frase me molestó porque entendí demasiado rápido lo que quería decir.
—No quiero hacerle daño.
—Ya se lo hiciste.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo como se dicen las verdades que duelen porque necesitan ser escuchadas.
—Lo sé.
Mi madre alargó una mano sobre la mesa y cubrió la mía con la suya.
—Entonces haz lo que puedas para no aumentar ese daño. Y con Mika… piensa bien si lo que sientes nace de algo real o de la intensidad del momento. A veces el deseo grita tan fuerte que uno cree que es amor, pero el amor no solo pide. También cuida.
Me quedé callado.
Porque no había forma elegante de esquivar eso.
—¿Y cómo se supone que sepa la diferencia?
Mi madre sonrió apenas, con una tristeza dulce que parecía venir de años antes de mí.
—Observa qué parte de ti aparece cuando estás con ella. Si solo aparece el impulso, espera. Si también aparece el deseo de protegerla, respetarla y verla tranquila aunque eso signifique detenerte, entonces quizá hay algo que vale la pena entender.
Esa noche subí a mi habitación con la cabeza más pesada, pero menos desordenada.
Me acosté mirando el techo, donde todavía brillaban las figuras fosforescentes de mariposas y flores que mi madre me había regalado cuando era niño.
De pequeño me tranquilizaban. Ahora parecían recordarme una versión de mí que todavía no sabía lo complicado que podía volverse querer a alguien sin saber hacerlo bien.
Al día siguiente desperté con una claridad incómoda.
No feliz.
No tranquilo.
Pero sí más decidido.
Desayuné poco, besé a mi madre en la mejilla y salí hacia la preparatoria. En el camino vi a Mika subiendo al coche de Cale, actuando como si la noche anterior no hubiera existido, y aunque una parte de mí quiso detenerme, otra entendió que lo primero no era correr detrás de ella.
Primero tenía que hablar con Sara.
La encontré en el patio, sola, con esa postura demasiado recta que usan las personas cuando intentan no derrumbarse en público. Me acerqué despacio, sabiendo que no tenía derecho a pedirle calma ni comprensión.
—Sara, tenemos que hablar.
Ella asintió sin mirarme demasiado y caminamos hacia un rincón bajo la sombra de un árbol. Durante unos segundos ninguno dijo nada, y ese silencio me permitió entender cuánto daño había provocado mi indecisión.
—Lo manejé mal —dije al fin—. Todo. Lo de nosotros, lo de Mika, mis silencios, mis formas de evitar lo que estaba pasando. No quiero justificarme porque no hay una forma bonita de decirlo. Te lastimé, y lo siento.
Sara tragó saliva. Las lágrimas aparecieron sin hacer ruido, y eso fue peor que cualquier grito.
—¿La quieres?
La pregunta me dejó quieto.
Podría haber mentido para hacerle menos daño, pero la mentira solo habría servido para alargar algo que ya estaba roto.
—No lo sé —respondí con honestidad—. Pero sé que ya no puedo estar contigo de la forma que mereces.
Sara cerró los ojos un segundo y cuando los abrió parecía más cansada que furiosa.
—Entonces vete, Noah.
Quise decir algo más, pero no encontré nada que no sonara egoísta. Mónica apareció unos pasos más allá, preocupada al ver el rostro de Sara, y ella se alejó con ella antes de que yo pudiera terminar de pedir perdón por todas las partes que todavía no sabía nombrar.
Jeremy llegó después, notó mi cara y dejó de sonreír.
—¿Qué pasó?
Miré hacia donde Sara acababa de irse.
—Hice lo que debía, pero eso no significa que se sienta bien.
El día avanzó con una normalidad falsa. Entré a clases, respondí cuando me preguntaron algo y fingí que podía concentrarme, aunque cada vez que Mika cruzaba el pasillo y no me miraba sentía una punzada de algo que no quería llamar dolor.
En el comedor, la encontré sentada en una mesa rodeada de chicos que reían demasiado fuerte.
Mika también reía, y aunque probablemente lo hacía para demostrarme que no le importaba, el resultado fue mucho más efectivo de lo que yo quería admitir.
Jeremy se sentó frente a mí y siguió mi mirada.
—No caigas.
—No estoy cayendo.
—Viejo, tienes la cara de alguien a punto de cometer una estupidez.
Intenté mirar mi comida.
No funcionó.
Porque uno de esos idiotas se sentó demasiado cerca de Mika, luego dijo algo que la hizo tensarse apenas, y después su mano subió hacia su pierna con una confianza que no tenía derecho a existir.
No sé si Mika alcanzó a apartarlo o si el gesto duró menos de lo que mi rabia creyó ver.
Solo sé que la silla cayó hacia atrás cuando me levanté y que, antes de que alguien pudiera detenerme, yo ya estaba cruzando el comedor.
—¡No vuelvas a tocarla!
El golpe salió de mí antes que cualquier pensamiento.
Mi puño impactó contra la mandíbula del tipo y el comedor entero se convirtió en un murmullo horrorizado.
Durante un segundo solo escuché mi respiración, demasiado fuerte, demasiado caliente, demasiado ajena.
El chico sangraba, sus amigos se levantaban y Mika gritó mi nombre con una mezcla de sorpresa y furia que no logró atravesar la rabia hasta que Sara apareció frente a mí.
Sara.
De todas las personas.
Sus manos se apoyaron contra mi pecho y su voz, firme y rota al mismo tiempo, me obligó a mirarla.
—Noah, basta. Mírame.
Y la miré.
La vi a ella, vi al chico sangrando, vi a Mika pálida, vi el comedor observándome como si yo fuera exactamente el imbécil impulsivo que tantas veces había fingido tener bajo control.
Sara respiró hondo.
—¿Vale la pena esto?
No.
La respuesta llegó dentro de mí con una claridad humillante.
Pero ya era tarde.
Sara me sacó del comedor antes de que el prefecto llegara, aunque el escándalo ya nos había condenado. En el patio, el aire frío me golpeó la cara y recién entonces entendí la magnitud de lo que había hecho.
—¿Qué carajos te pasa, Noah? —preguntó Sara, con una decepción que me hizo bajar la mirada.
—No lo sé —admití, porque cualquier otra respuesta habría sido mentira—. Lo vi tocarla y no pensé.
—Ese es el problema. Que no piensas.
Antes de que pudiera responder, Mika apareció casi corriendo, furiosa, con los ojos encendidos y el pecho subiendo y bajando como si hubiera estado conteniéndose desde el comedor.