Mierda, me enamoré de ti ENCUENTRO NEGRO
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ENCUENTRO NEGRO

NOAH

Había algo profundamente irritante en la forma en que todo el mundo parecía interesado en Mika Rossi, como si su regreso a la preparatoria fuera un acontecimiento histórico y no la aparición de una amenaza personal que venía montada en motocicleta, con el cabello cafe, una disculpa inesperada y la capacidad absurda de alterar mi paciencia en menos de cinco minutos.

Jeremy, por supuesto, era el más insoportable de todos.

Caminaba a mi lado con esa expresión de curiosidad que solo ponía cuando encontraba algo con lo que podía molestarme durante semanas, y yo sabía, incluso antes de que abriera la boca, que no iba a dejar el tema en paz porque mi mejor amigo tenía muchas virtudes, pero respetar mi tranquilidad jamás había sido una de ellas.

—No vi tanta gente preguntando por alguien desde que llegó el nuevo entrenador de fútbol —comentó Jeremy mientras avanzábamos por el pasillo, mirando hacia atrás como si esperara encontrar a Mika caminando detrás de nosotros—.

En serio, Noah, ¿quién es? Porque claramente todos quieren saber de dónde salió y tú pareces querer lanzarte por una ventana desde que la viste entrar al salón.

Apreté la correa de mi mochila y seguí caminando, intentando ignorar la incomodidad que me provocaba escuchar su nombre después de tantos años sin tener que pronunciarlo en voz alta.

—Es alguien que no debería estar aquí.

Jeremy soltó una risa baja, de esas que anunciaban una burla antes de que terminara de formarse.

—Eso suena dramático incluso para ti.

—No estoy siendo dramático, Jeremy. Estoy siendo prudente, que es muy distinto, aunque entiendo que para ti ambos conceptos sean igual de desconocidos.

Él sonrió con más ganas y aquello me confirmó que acababa de darle exactamente lo que quería.

—Entonces la conoces.

No respondí de inmediato porque Mika seguía ocupando demasiado espacio en mi cabeza, y eso me molestaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Recordaba a la niña de primaria que podía convertir cualquier actividad escolar en una guerra, pero la chica que había visto esa mañana ya no encajaba del todo con aquella imagen, y esa diferencia me resultaba incómoda, como si mi memoria hubiera conservado una versión antigua de ella mientras el mundo seguía avanzando sin pedirme permiso.

—La conozco —admití finalmente—, pero no como estás imaginando.

Jeremy arqueó las cejas con una expresión demasiado interesada.

—¿Tiene novio?

Me detuve a mitad del pasillo y lo miré con incredulidad.

—¿De todo lo que pude haber dicho, eso fue lo primero que se te ocurrió preguntar?

—Es una pregunta válida.

—No, es una señal de que tu cerebro necesita mantenimiento urgente.

Jeremy se encogió de hombros, nada ofendido, porque si algo tenía era una confianza ridícula en sus propias tonterías.

—Solo digo que no parece alguien con novio. Aunque, siendo sincero, tampoco sé cómo se ve alguien con novio.

Solté el aire con paciencia forzada y miré hacia el final del pasillo, donde algunos estudiantes seguían hablando de ella como si acabara de aparecer una celebridad.

Esa atención, esa facilidad con la que lograba que todos la miraran, era precisamente lo que me había desesperado desde niño, porque Mika no necesitaba esforzarse demasiado para ocupar un lugar que yo siempre había defendido con uñas, dientes y una cantidad preocupante de peleas escolares.

—Créeme, amigo, Mika Rossi no es alguien con quien quieras meterte.

Jeremy inclinó la cabeza, divertido.

—Vaya. El respetado chico brillante, el gran Noah Benedetti, el dueño absoluto de la seguridad escolar y del ego más saludable de toda la costa este, por fin encontró a alguien que no es de su agrado.

—No digas eso como si fuera raro.

—Es raro. Normalmente la gente no te cae mal, simplemente compite contigo y luego tú decides destruirla académica, deportiva o emocionalmente.

Lo miré de reojo.

—Qué imagen tan bonita tienes de mí.

—Bastante precisa, si me preguntas.

Seguimos caminando hacia la salida mientras el ruido de los estudiantes comenzaba a disminuir poco a poco.

Las clases habían terminado y el edificio parecía vaciarse con esa prisa desesperada que todos teníamos cuando la última campana sonaba.

Yo solo quería llegar al estacionamiento, subirme a mi coche y alejarme de aquel día antes de que encontrara otra forma de empeorar, pero Jeremy seguía esperando una explicación y yo sabía que no iba a conformarse con medias respuestas.

—Mika y yo estudiamos juntos en la primaria —dije después de unos segundos, sin mirarlo directamente—.

Nunca fuimos amigos, nunca fuimos cercanos y definitivamente nunca fuimos nada que puedas usar para hacer uno de tus comentarios idiotas.

Éramos niños, sí, pero nos llevábamos como si la escuela hubiera decidido encerrarnos en el mismo lugar únicamente para probar cuánto podía soportar un grupo de profesores antes de renunciar.

Jeremy dejó de sonreír un poco.

—¿Tan mal?

Pensé en la cicatriz de mi brazo izquierdo, en las tijeras, en la sangre, en los gritos, en los adultos intentando decidir cuál de los dos era el verdadero problema, y sentí esa antigua molestia despertar con la misma facilidad con la que siempre lo hacía cuando se trataba de ella.

—Peor.

Jeremy me observó con más seriedad, pero no insistió, y eso me permitió respirar con algo parecido a tranquilidad durante los últimos metros hasta el estacionamiento. Sin embargo, como si el día estuviera empeñado en demostrarme que mi paz era una ilusión barata, la vi antes de llegar a mi coche.

Mika estaba cerca de su motocicleta, con el casco bajo el brazo y la mirada fija en algún punto del suelo, como si estuviera reuniendo valor para hacer algo que no quería hacer.

Durante un instante pensé que quizá no me había visto, pero entonces levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron con una precisión tan molesta que sentí cómo toda mi paciencia volvía a ponerse en guardia.

—No —murmuré.

Jeremy siguió la dirección de mi mirada y, en lugar de actuar como un amigo decente, sonrió como si acabaran de regalarle entretenimiento gratuito.

—Creo que viene hacia acá.

—Tengo ojos.

—Y una cara de sufrimiento bastante interesante.

—Jeremy, si aprecias tu vida, cállate.

Él levantó ambas manos en señal de rendición, aunque la sonrisa seguía ahí, traicionándolo por completo.

—Está bien, Romeo traumado. Voy por mi coche antes de que me incluyas en una pelea que claramente lleva años esperando una segunda temporada.

Quise insultarlo, pero Mika ya estaba demasiado cerca y no pensaba darle el gusto de verme perder la compostura delante de ella.

Me quedé quieto, con la mochila colgando de un hombro y el orgullo levantado como escudo, mientras ella se detenía frente a mí con una expresión que no reconocí de inmediato.

No venía a pelear.

Eso fue lo primero que me descolocó.

Mika Rossi, la misma niña que en mi memoria siempre tenía una respuesta afilada lista para lanzarme, estaba de pie frente a mí con una incomodidad demasiado humana en el rostro, y esa simple diferencia logró desarmarme más que cualquier provocación.

—Noah, ¿verdad?

La forma en que dijo mi nombre me hizo fruncir el ceño, porque sonó demasiado tranquila para alguien que había pasado buena parte de su infancia gritándolo con rabia.

—No finjas que no sabes quién soy.

Ella bajó la mirada un segundo, y yo odié notar que parecía cansada.

—No estaba fingiendo. Solo no sabía cómo empezar.

Eso me dejó sin respuesta inmediata, lo cual era una situación ofensiva porque Mika Rossi no tenía derecho a regresar después de años y quitarme incluso la capacidad de responder con sarcasmo.

—Puedes empezar por no acercarte a mí.

La frase salió más dura de lo que había planeado, pero no la retiré porque una parte de mí necesitaba mantener distancia, necesitaba recordarle que su regreso no significaba que yo estuviera dispuesto a abrirle una puerta que llevaba años cerrada.

Mika respiró hondo y apretó el casco contra su costado.

—Quería pedirte perdón por lo de esta mañana. Salí de casa enfadada, no estaba pensando con claridad y conduje como una idiota, así que… lo siento.

Me quedé mirándola, no porque no hubiera escuchado, sino porque la disculpa no encajaba con la versión de Mika que yo conservaba.

Durante años había imaginado muchas posibilidades si algún día volvía a verla; había imaginado discusiones, insultos, una pelea verbal tan espectacular que probablemente terminaríamos en dirección antes del almuerzo.

Lo que jamás imaginé fue que se disculpara conmigo en el estacionamiento de la preparatoria, con el cabello rojo cayéndole sobre los hombros y una expresión que no parecía tener nada de burla.

—Vaya —dije al fin, porque mi cerebro, brillante para tantas cosas, decidió abandonarme justo en ese momento—. No esperaba eso.

Sus labios se curvaron apenas, pero no llegó a sonreír del todo.

—Lo imaginé.

Esa respuesta me molestó porque sonaba demasiado honesta, y la honestidad, viniendo de ella, era un terreno que no sabía pisar.

—Bueno, no importa —respondí mientras apartaba la mirada hacia mi coche—. Solo no vuelvas a cruzarte en mi camino, no me hables como si fuéramos conocidos y, por el bien de ambos, hagamos como si esta conversación jamás hubiera ocurrido.

Vi cómo su expresión cambiaba apenas, como si mis palabras hubieran tocado un lugar que no esperaba, y por un segundo sentí una incomodidad absurda, una especie de sabor amargo que no tenía sentido porque yo no le debía delicadeza, no después de todo lo que habíamos sido de niños.

—De acuerdo —respondió ella, más bajo.

Y eso fue peor.

Habría preferido que me insultara.

Habría preferido que me dijera idiota, arrogante, insoportable o cualquier cosa que encajara con la Mika que recordaba, porque entonces habría sabido qué hacer. Pero esa aceptación silenciosa me dejó sin lugar donde poner la rabia.

Me fui antes de arrepentirme.