ENCUENTRO NEGRO #2
Subí al coche, cerré la puerta y arranqué con más brusquedad de la necesaria, diciéndome que había hecho lo correcto, que mantenerla lejos era lo más inteligente, que algunas personas regresaban únicamente para recordarte por qué era mejor dejarlas en el pasado.
Sin embargo, mientras conducía sin rumbo fijo en lugar de volver a casa, la disculpa de Mika seguía repitiéndose dentro de mi cabeza con una insistencia molesta.
Terminé desviándome hacia la playa.
No fue una decisión planeada, pero tampoco me sorprendió.
Siempre había tenido algo con el mar, quizá porque era uno de los pocos lugares donde podía escuchar mis propios pensamientos sin que nadie intentara ordenarlos por mí.
Dejé el coche cerca de la entrada, me quité los zapatos y caminé sobre la arena mientras el viento frío de la tarde me golpeaba el rostro con la delicadeza brutal de las cosas honestas.
El agua se movía frente a mí con una calma que no sentía.
Me senté mirando las olas, intentando convencerme de que Mika no importaba, de que su regreso no significaba nada, de que una disculpa no podía borrar años de rivalidad ni mucho menos cambiar la forma en que yo debía verla.
Pero cuanto más intentaba encerrarla en el papel de enemiga, más recordaba la manera en que había bajado la mirada cuando le hablé con dureza.
Y eso me enfurecía.
Porque odiarla era más fácil cuando ella también me odiaba.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. El cielo empezó a oscurecerse lentamente y el aire se volvió más frío, pero yo seguía sentado frente al mar, con los pantalones manchados de arena y la cabeza llena de una chica a la que supuestamente no quería volver a ver.
Cuando por fin regresé al estacionamiento, la luz del día ya se estaba apagando.
Entonces la vi.
Una silueta junto a mi coche.
Mi cuerpo se tensó antes de reconocerla, porque una parte de mí ya sabía quién era incluso antes de verla con claridad.
Mika estaba allí, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro más pálido de lo que recordaba haber visto esa mañana.
Esta vez no había desafío en su postura.
No había ironía. No había orgullo. Había algo distinto, algo que me hizo detenerme antes de lanzar el primer comentario hiriente.
Aun así, hablé desde la defensa de siempre.
—¿Qué rayos haces aquí? Te dije que no te acercaras a mí.
Ella dio un paso hacia mí, pero se detuvo de inmediato, como si temiera que yo volviera a marcharme.
—Noah, necesito tu ayuda.
La frase me golpeó de una manera extraña porque Mika Rossi jamás me había pedido ayuda. Jamás. Ni cuando éramos niños, ni cuando se metía en problemas, ni siquiera cuando claramente necesitaba que alguien interviniera. Mika prefería romperse antes que admitir que dependía de otra persona.
—Estás hablando con la persona equivocada.
—No lo hago.
—Mika, no sé qué crees que va a pasar aquí, pero si piensas que después de todos estos años voy a correr a resolverte la vida, estás más loca de lo que recordaba.
Sus ojos brillaron, no de rabia, sino de algo mucho más peligroso porque se parecía demasiado al miedo.
—No es por mí.
Esa simple frase me obligó a callar.
Mika tragó saliva y apretó las manos con fuerza, como si estuviera sosteniéndose a sí misma para no quebrarse delante de mí.
—Es Cale.
El nombre de su hermano cambió todo.
Cale no tenía culpa de nuestra historia.
Cale había sido mi amigo cuando éramos niños, incluso con la diferencia de edad y aunque su hermana y yo pareciéramos destinados a destruirnos mutuamente.
Habíamos jugado básquetbol, habíamos hablado de cosas que en aquel entonces nos parecían importantes y, a diferencia de Mika, él jamás había intentado convertirme en su enemigo.
—¿Qué pasó con Cale?
Mi voz salió más seria.
Mika respiró como si esa pregunta le hubiera dado permiso para seguir hablando.
—Esta mañana discutí con mi madre. Yo me fui porque se me hacía tarde para la escuela y estaba demasiado enfadada para seguir escuchándola, pero Cale se quedó en casa y la defendió de mí, o me defendió de ella, ya ni siquiera sé cómo explicarlo.
Cuando regresé lo encontré herido, Noah. Muy herido. Y no sé qué hacer.
Durante unos segundos no dije nada.
El viento movía su cabello alrededor de su rostro y, por primera vez desde que había vuelto, Mika no parecía peligrosa, ni arrogante, ni desafiante.
Parecía una chica asustada que había corrido hacia la única persona que podía relacionar con su hermano sin detenerse a pensar si esa persona la odiaba.
Y esa persona era yo.
Maldita sea.
Tomé aire despacio, intentando ordenar la rabia, la confusión y aquella sensación incómoda de responsabilidad que acababa de caerme encima sin pedir permiso.
—Bien —dije finalmente, acercándome al coche mientras sacaba las llaves—.
Tienes mi atención, Mika, pero vas a escucharme con cuidado porque si Cale está tan herido como dices, no vamos a perder tiempo peleando como idiotas.
Primero iremos a revisarlo, luego compraremos lo necesario para limpiar las heridas y, si veo algo que no puedo manejar, llamaremos a alguien que sí pueda hacerlo.
Mika asintió demasiado rápido.
—Gracias.
La miré de reojo mientras abría la puerta del coche.
—No me agradezcas todavía. No lo estoy haciendo por ti.
Ella no respondió, pero la forma en que bajó la mirada me dijo que lo había entendido.
El trayecto hasta la casa de Mika transcurrió en un silencio extraño, de esos que parecen llenos de palabras que nadie se atreve a pronunciar.
Yo conducía con la vista fija en el camino mientras intentaba ordenar todo lo que había ocurrido durante el día, pero cada vez que creía haber encontrado una explicación lógica para alguna cosa, aparecía otra capaz de complicarlo todo nuevamente.
De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor y veía la motocicleta siguiéndome.
Mika mantenía una distancia prudente mientras avanzábamos por las calles iluminadas por las luces anaranjadas del atardecer.
Había algo extraño en verla así. Durante toda mi infancia la asocié con ruido, discusiones, desafíos y una energía imposible de contener.
Sin embargo, aquella noche parecía diferente, como si todo ese carácter que recordaba estuviera intentando sostener algo que pesaba demasiado.
Cuando finalmente llegamos a su casa, aparqué frente a la entrada y bajé del coche sin perder tiempo.
Mika hizo lo mismo y avanzó delante de mí con pasos apresurados.
Apenas abrió la puerta comprendí que la situación era peor de lo que había imaginado, porque la casa estaba en silencio, pero no era un silencio normal ni tranquilo, sino uno de esos silencios que parecen quedarse atrapados después de un grito.
Mika no dijo nada.
Simplemente me condujo hasta las escaleras y comenzó a subirlas.
Yo la seguí, notando pequeños detalles que hicieron que el mal humor se me apagara poco a poco: una lámpara rota, un cuadro torcido, una silla caída en un rincón.
Nada por sí solo era suficiente para explicarlo todo, pero junto formaban una escena que no me gustó en absoluto.
Cuando llegamos a la habitación de Cale, Mika abrió la puerta.
Y durante unos segundos me quedé inmóvil.
No estaba preparado para verlo así.
Cale permanecía acostado sobre la cama con el rostro inflamado y varios golpes visibles repartidos por el cuerpo.
Su labio estaba roto, uno de sus ojos apenas podía abrirse y había sangre seca en varias partes de su ropa.
No parecía una escena de película, pero sí lo bastante real como para que algo pesado se me instalara en el pecho.
—Mierda…
La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.
Escuché a Mika inhalar con fuerza detrás de mí y no necesité girarme para saber que estaba asustada. Lo había estado desde el principio; ahora simplemente ya no podía ocultarlo.
Me acerqué a la cama mientras analizaba rápidamente la situación.
No era médico, ni pretendía serlo, pero sabía reconocer cuándo alguien necesitaba ayuda inmediata y cuándo podía aguantar con cuidados básicos.
Años de peleas, partidos y golpes absurdos me habían enseñado más de primeros auxilios de lo que cualquier adolescente debería saber.
—Cale —dije inclinándome hacia él—, amigo, necesito que me escuches.
No respondió, pero movió ligeramente la cabeza.
Eso fue suficiente para hacerme respirar con algo más de calma.
—Perfecto. Quédate tranquilo, voy a ayudarte, pero necesito que cooperes conmigo. Te va a doler cuando limpie algunas heridas, no te voy a mentir, pero si aguantas esto, mañana vas a estar un poco menos hecho mierda.
Mientras hablaba fui sacando las cosas de las bolsas que habíamos comprado.
Mika permanecía cerca de la puerta, incapaz de quedarse quieta, y cada pequeño movimiento suyo me recordaba que para ella esto no era una herida más ni una pelea cualquiera.
Era su hermano. Era Cale. Y por mucho que yo quisiera mantenerme frío, no podía ignorar eso.
—¿Va a estar bien? —preguntó con la voz más baja de lo habitual.
Levanté la vista hacia ella.
Mika seguía intentando parecer fuerte.
No lo estaba consiguiendo.
—Sí —respondí con firmeza, porque ella necesitaba una respuesta que no temblara—. Está muy golpeado, pero no parece haber nada que indique algo peor. De todas formas vamos a vigilarlo durante la noche.
Vi cómo cerraba los ojos unos segundos, como si acabara de soltar un peso que llevaba horas cargando.
Durante la siguiente hora me concentré en limpiar heridas, desinfectar golpes y revisar que no hubiera nada especialmente preocupante.
Cale apenas hablaba, aunque seguía obedeciendo cada indicación que le daba.
De vez en cuando abría los ojos para mirarme y asentía débilmente, y eso bastaba para saber que seguía conmigo.