Mierda, me enamoré de ti RECUERDO ROJO #3
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RECUERDO ROJO #3

Sentí cómo el calor subía lentamente por mi cuello.

No porque estuviera avergonzado.

Bueno... sí estaba avergonzado.

Pero sobre todo porque sabía exactamente cuál había sido la causa de aquella distracción.

Y esa causa seguía sentada tranquilamente al otro lado del aula.

—Lo siento —respondí mientras me acomodaba en el asiento—. No volverá a ocurrir.

El profesor me sostuvo la mirada durante unos segundos antes de asentir y continuar con la explicación.

Las risas desaparecieron poco a poco.

Casi todas.

Porque entonces escuché una.

Una sola.

Breve.

Suave.

Pero perfectamente reconocible.

No necesité girarme para saber quién había sido.

Porque había escuchado esa risa demasiadas veces durante mi infancia.

Apreté ligeramente la mandíbula.

No era una reacción racional.

Ni madura.

Ni particularmente inteligente.

Pero tampoco podía evitarla.

Porque aquella risa tenía el extraño poder de transportarme diez años al pasado.

Y el pasado, cuando se trataba de Mika Rossi, jamás venía acompañado de buenos recuerdos.

Intenté concentrarme nuevamente en la clase, aunque la tarea resultó prácticamente imposible. Cada pocos minutos mi atención regresaba hacia ella como si existiera algún tipo de fuerza invisible empeñada en recordarme que seguía allí.

Entonces ocurrió algo todavía peor.

Mika levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

Y por un instante ninguno de los dos apartó la mirada.

No fue un momento romántico.

Ni agradable.

Ni siquiera amistoso.

Fue exactamente lo contrario.

Porque en aquella mirada existía una especie de reconocimiento silencioso que me hizo sentir como si hubiéramos regresado a la primaria.

Ella parecía estar pensando lo mismo que yo.

"Así que tú también sigues aquí."

Y la pequeña sonrisa que apareció en la comisura de sus labios confirmó inmediatamente mis sospechas.

No era una sonrisa amable.

No era una sonrisa de reencuentro.

Era una sonrisa de desafío.

La misma sonrisa que aparecía cada vez que estaba preparando algún comentario capaz de arruinarme el día.

Y lo más irritante de todo era que seguía funcionando.

Porque una parte de mí sintió la necesidad absurda de demostrarle que no me afectaba en absoluto.

Lo cual, naturalmente, significaba que me afectaba muchísimo.

El timbre finalmente sonó anunciando el final de la clase.

El ruido llenó el salón de inmediato. Las conversaciones comenzaron a surgir por todas partes mientras los estudiantes guardaban cuadernos, mochilas y apuntes con la velocidad característica de cualquier persona desesperada por escapar de una clase.

Yo permanecí sentado unos segundos más.

No porque estuviera organizando mis cosas.

Sino porque necesitaba ordenar mis pensamientos.

Y eso estaba resultando bastante más difícil de lo esperado.

—La conoces.

La voz de Jeremy apareció detrás de mí acompañada por un tono de satisfacción que me hizo sospechar que llevaba observando toda la situación desde hacía bastante tiempo.

Cerré los ojos durante un instante.

Sabía que aquella pregunta llegaría.

Y también sabía que no desaparecería hasta obtener una respuesta.

—Sí.

Jeremy rodeó mi pupitre y se apoyó sobre él.

—Eso ya lo imaginé. Lo que quiero saber es por qué la mirabas como si acabaran de anunciar el regreso de tu peor pesadilla.

Solté una risa sin humor.

La descripción era bastante precisa.

Mientras guardaba mis cosas dentro de la mochila, mi mirada volvió a desviarse hacia Mika. Ella conversaba con algunas compañeras que acababa de conocer y parecía completamente tranquila, como si su sola presencia no hubiera provocado una tormenta dentro de mi cabeza.

Durante unos segundos me limité a observarla.

Y cuanto más la observaba, más evidente se volvía algo que no había querido admitir.

La había recordado muchas veces durante aquellos años.

No de una manera especial.

No porque la extrañara.

Sino porque algunas personas dejan una marca tan profunda en tu infancia que terminan formando parte de los recuerdos más importantes, incluso cuando no quieres reconocerlo.

—Se llama Mika Rossi —dije finalmente mientras cerraba la mochila—. Y si existe una persona capaz de convertir un día normal en un desastre absoluto, es ella.

Jeremy arqueó una ceja.

—Eso suena personal.

—Porque lo es.

—¿Exnovia?

La carcajada que escapó de mi boca fue tan fuerte que varias personas giraron la cabeza para mirarme.

—No.

—Entonces explícamelo.

Me puse de pie lentamente.

Sabía que la historia era demasiado larga para resumirla en una sola frase.

Sabía que Jeremy iba a insistir.

Y sabía que, tarde o temprano, terminaría contándole todo.

Pero mientras observaba a Mika prepararse para salir del salón, una idea se abrió paso entre todos mis pensamientos.

Una idea simple.

Una idea incómoda.

Una idea que no me gustó en absoluto.

Porque después de años imaginando cómo sería volver a verla, había descubierto que el verdadero problema no era que Mika hubiera regresado.

El verdadero problema era que seguía teniendo exactamente el mismo efecto sobre mí.

Y algo me decía que aquello no iba a terminar bien para ninguno de los dos.