RECUERDO ROJO #2
Incluso la expresión confiada con la que observaba todo a su alrededor.
Era una sensación extraña.
Como intentar recordar una canción que conoces perfectamente pero cuyo nombre se niega a aparecer en tu cabeza.
Estaba tan concentrado intentando resolver aquel rompecabezas que no escuché acercarse a Jeremy.
—Si sigues mirando así vas a terminar perforándole la espalda.
Su voz me hizo girar la cabeza inmediatamente.
Jeremy sonreía como siempre, con esa expresión que aparecía cada vez que encontraba una oportunidad para burlarse de alguien.
En este caso, de mí.
—No estaba mirando nada.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo soy el rey de Inglaterra.
Suspiré.
Llevábamos años siendo amigos y aquello tenía ventajas evidentes. También significaba que Jeremy podía detectar una mentira incluso antes de que terminara de formularla.
—Casi provoca un accidente hace unos minutos.
La sonrisa desapareció parcialmente.
—¿Ella?
—Ella.
Jeremy volvió a mirar hacia la motociclista.
—No parece peligrosa.
—Los tiburones tampoco parecen peligrosos cuando están lejos.
—Esa comparación fue sorprendentemente específica.
—Casi destruye mi coche nuevo.
—Ah.
Ahora parecía entender mi problema.
O al menos una parte de él.
—Entonces tienes razón para estar molesto.
—Gracias.
—Aunque sigue siendo bonita.
Lo miré.
Él se encogió de hombros.
—¿Qué? Una cosa no cancela la otra.
—Eres imposible.
—Y tú exageras demasiado.
Comenzamos a caminar hacia el edificio principal mientras continuábamos discutiendo.
A nuestro alrededor el estacionamiento se llenaba lentamente de estudiantes que llegaban para el primer día de clases.
Algunos saludaban a sus amigos después de semanas sin verse.
Otros parecían tan emocionados de regresar como alguien que camina voluntariamente hacia una ejecución pública.
Personalmente me encontraba en algún punto intermedio.
La preparatoria nunca me había desagradado.
De hecho, la mayoría de los años me había ido bastante bien.
Las calificaciones llegaban con facilidad, los deportes tampoco representaban un problema y, aunque existían personas que parecían tener una necesidad enfermiza de competir conmigo en absolutamente todo, generalmente lograba salir adelante sin demasiadas complicaciones.
Por supuesto, aquello no significaba que mi vida escolar hubiera sido tranquila.
Ni mucho menos.
Mientras avanzábamos por el pasillo principal me encontré pensando en mis hermanos. Eric siempre decía que yo tenía una habilidad sobrenatural para atraer problemas, algo que me parecía tremendamente injusto considerando que la mitad de esos problemas llegaban por iniciativa ajena.
La otra mitad sí eran culpa mía.
Pero ese no era el punto.
Eric tenía cinco años más que yo y llevaba tanto tiempo actuando como un segundo padre que a veces olvidaba que seguía siendo mi hermano.
Richard era diferente. Más relajado. Más paciente.
Aunque ambos compartían una característica bastante molesta: disfrutaban recordándome cada una de mis metidas de pata.
Especialmente cuando podían hacerlo delante de otras personas.
Pensar en ellos me hizo recordar que probablemente recibiría varias llamadas durante la semana preguntando cómo iba mi primer día de clases.
La idea me provocó una sonrisa.
Por mucho que discutiera con ellos, seguían siendo mi familia.
Y la familia Benedetti tenía una costumbre curiosa de permanecer unida incluso cuando parecía que todos estaban intentando matarse entre sí.
—¿En qué piensas ahora?
Jeremy volvió a interrumpir mis pensamientos.
—En nada importante.
—Mentira.
—¿Por qué siempre asumes que miento?
—Porque te conozco desde que teníamos diez años.
—Buen argumento.
—Lo sé.
Llegamos al salón poco antes de que sonara el timbre y ocupamos nuestros lugares habituales.
Yo me senté junto a la ventana mientras Jeremy tomaba el asiento detrás de mí.
Durante unos minutos todo pareció completamente normal.
Los estudiantes hablaban, algunos profesores cruzaban los pasillos y el ambiente típico del primer día de clases comenzaba a instalarse lentamente.
Entonces el profesor entró.
Y detrás de él apareció una figura que provocó una reacción inmediata dentro de mi cabeza.
Primero fue una sensación de sorpresa.
Luego una de reconocimiento.
Y finalmente una certeza tan repentina que me dejó completamente inmóvil.
Porque aquella chica no era una desconocida.
No era una estudiante nueva cualquiera.
No era simplemente la motociclista que casi había destruido mi automóvil.
No.
Era alguien a quien conocía perfectamente.
Alguien que llevaba años sin ver.
Alguien que, honestamente, jamás esperé volver a encontrar.
Y mientras el profesor caminaba hacia el escritorio dispuesto a presentar a la nueva alumna, sentí cómo una enorme cantidad de recuerdos comenzaba a despertar dentro de mi cabeza.
Recuerdos llenos de discusiones.
De competencias absurdas.
De problemas.
Y, sobre todo, de un color que durante años había aprendido a relacionar con una sola persona.
El rojo.
Porque si aquella chica era quien yo creía que era, entonces el último año de tranquilidad de mi vida acababa de llegar a su fin.
El profesor continuó hablando durante varios minutos más, explicando las normas del curso, los trabajos que realizaríamos durante el semestre y una cantidad absurda de información que normalmente habría escuchado sin demasiados problemas.
El inconveniente era que mi atención se encontraba secuestrada por una única persona y, por mucho que intentara convencerme de que debía concentrarme en algo más productivo, mi cerebro parecía empeñado en viajar constantemente hacia el mismo lugar.
Mika Rossi.
Después de tantos años.
Después de todo lo que había ocurrido entre nosotros.
Después de haber desaparecido de la ciudad sin siquiera despedirse.
Seguía sin entender qué demonios estaba haciendo allí.
Mientras el profesor escribía algo en el pizarrón, mis ojos regresaron involuntariamente hacia donde ella estaba sentada.
Lo peor era que ya no veía a la niña pelirroja que se pasaba media infancia discutiendo conmigo.
Los años habían hecho su trabajo y era imposible no notarlo.
Sin embargo, por debajo de todos esos cambios seguía reconociendo a la misma persona que había sido capaz de convertir cualquier competencia escolar en una guerra personal.
Y eso era precisamente lo que me preocupaba.
Porque los recuerdos no llegaban de forma ordenada.
Llegaban todos al mismo tiempo.
Recordé el recital de piano.
Recordé las discusiones.
Recordé las visitas constantes a la dirección de la escuela.
Recordé las veces que nuestros padres terminaban sentados frente a algún profesor mientras nosotros permanecíamos al otro lado del escritorio fingiendo que no habíamos hecho nada.
Y también recordé algo que nunca me gustó admitir.
Por mucho que nos peleáramos, Mika siempre conseguía desafiarme de una manera que nadie más lograba.
Con el resto de las personas las cosas eran simples.
Si alguien intentaba competir conmigo, trabajaba más duro.
Si alguien intentaba provocarme, respondía.
Si alguien quería demostrar que era mejor, yo demostraba lo contrario.
Pero con Mika nada era sencillo.
Porque ella no solo competía.
Ella encontraba la manera de meterse dentro de mi cabeza.
Y ahora estaba sentada a pocos metros de distancia como si los últimos años jamás hubieran ocurrido.
—Señor Benedetti.
La voz del profesor atravesó mis pensamientos como una piedra lanzada contra una ventana.
Levanté la cabeza inmediatamente.
Toda la clase me observaba.
Perfecto.
Exactamente lo que necesitaba.
El primer día.
La primera clase.
Y ya estaba haciendo el ridículo.
—¿Sí, profesor?
Intenté sonar seguro.
No creo haberlo conseguido.
—Tal vez quiera compartir con el resto del grupo aquello que le parece tan interesante.
Algunas risas comenzaron a escucharse alrededor del salón.