Mierda, me enamoré de ti RECUERDO ROJO
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RECUERDO ROJO

Noah

Si existe algo capaz de convencer a un adolescente de que finalmente tiene su vida bajo control, es entregarle las llaves de su primer automóvil.

No importa cuántas veces los adultos intenten explicarte que sigues siendo el mismo idiota de siempre, porque en el instante en que te sientas detrás del volante comienzas a creer que el mundo entero acaba de reconocer tu evidente grandeza.

Yo no fui la excepción.

Llevaba meses insistiendo para conseguir aquel coche.

Había utilizado todos los argumentos posibles, desde los más razonables hasta los más ridículos, y durante semanas soporté los interminables discursos de mi madre sobre responsabilidad, seguridad vial y adolescentes que sobreestimaban sus capacidades.

Mi padre, como ocurría en la mayoría de las ocasiones importantes, terminó interviniendo desde Italia y utilizó exactamente la misma estrategia que siempre funcionaba con ella: escucharla durante una hora completa y luego convencerla en cinco minutos.

No sé cómo lo hacía.

Nunca lo entendí.

Pero funcionaba.

Aquella mañana bajé las escaleras sintiéndome extrañamente satisfecho conmigo mismo.

Mi madre estaba en la cocina preparando café, algo que había hecho prácticamente cada mañana de mi vida, y el aroma inundaba la casa de una forma que siempre me resultó familiar.

Durante años pensé que los hogares olían a muebles, pintura o comida.

Con el tiempo descubrí que el mío olía a café recién hecho y a la paciencia infinita de Antonella Benedetti.

—Buenos días —saludé mientras abría el refrigerador.

Mi madre levantó la vista y sonrió.

—Buenos días, señor conductor profesional. Espero que recuerdes que tener un automóvil no te convierte mágicamente en un adulto.

Tomé una botella de agua y cerré la puerta.

—Qué forma tan cruel de destruir mis sueños tan temprano.

—Mis sueños también eran diferentes cuando tenía tu edad. Luego conocí las facturas.

Solté una risa mientras me sentaba frente a ella.

Aquello era normal entre nosotros. Mi madre tenía una habilidad especial para mezclar cariño, humor y amenazas en una misma conversación sin que pareciera extraño. A veces olvidaba que otras familias no funcionaban de esa manera.

—Mamá, solo voy a la preparatoria, no voy a cruzar el país.

—Eso mismo dijeron muchos jóvenes antes de tomar malas decisiones.

—¿Tienes un libro escondido con frases dramáticas para padres?

—Tal vez.

—Lo sospechaba.

Ella negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.

Sin embargo, después de unos segundos su expresión cambió ligeramente y reconocí esa mirada de inmediato. La había visto demasiadas veces durante mi vida. Era la mirada que aparecía cuando dejaba de bromear y comenzaba a hablar completamente en serio.

—Noah, recuerda lo que hablamos.

No hizo falta que explicara a qué se refería.

Lo sabía perfectamente.

Aquella había sido la condición principal para tener el automóvil.

No importaba lo que ocurriera.

No importaba si era algo pequeño o algo grave.

No debía mentir.

Jamás.

—Lo sé.

—No, Noah. Quiero que realmente lo entiendas.

Apoyó ambas manos sobre la taza de café mientras me observaba.

—Los errores tienen solución. Los accidentes tienen solución. Los problemas tienen solución. Las mentiras no. Así que, pase lo que pase, quiero que me lo digas.

Durante unos segundos me limité a mirarla.

Mi madre siempre había sido así.

Dulce cuando podía.

Firme cuando debía.

Y aunque muchas veces fingiera que sus discursos me aburrían, la realidad era que pocas personas lograban hacerme sentir tan culpable incluso antes de cometer una estupidez.

—Está bien, mamá. Te lo prometo.

Ella pareció relajarse un poco.

—Perfecto.

Me puse de pie, rodeé la mesa y le di un beso en la mejilla.

—Ahora sí voy a convertirme en un adulto responsable.

—Noah.

—¿Sí?

—No hagas tonterías.

—Intentaré decepcionarte lo menos posible.

Salí de la casa escuchando cómo resoplaba detrás de mí.

El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro apenas crucé la puerta principal. Frente a la casa descansaba mi automóvil, brillante bajo la luz del sol, y por un instante sentí esa satisfacción absurda que solo puede entender alguien que ha deseado algo durante demasiado tiempo.

Me gustaba.

Mucho.

Probablemente más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Entré, encendí el motor y permanecí unos segundos observando el tablero.

Resultaba extraño pensar que algo tan simple pudiera hacerme sentir tan feliz.

Durante toda mi vida había dependido de otras personas para moverme de un lugar a otro.

Ahora tenía cierta libertad. No era independencia total, pero para un chico de dieciséis años se sentía bastante cercana.

El trayecto comenzó mejor de lo que esperaba.

El tráfico todavía era ligero, la música sonaba a un volumen agradable y, por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que aquel día avanzaba exactamente como debía hacerlo.

Incluso llegué a pensar que la preparatoria podría ser diferente ese año, que tal vez tendría unos meses tranquilos antes de que apareciera cualquier desastre dispuesto a complicarme la existencia.

Mirando hacia atrás, debo admitir que fui ridículamente optimista.

Porque apenas unos minutos después, mientras avanzaba por una de las avenidas principales rumbo a la escuela, una motocicleta apareció delante de mí de manera tan repentina que apenas tuve tiempo para reaccionar.

Instintivamente pisé el freno.

Las llantas chirriaron.

El automóvil se sacudió.

Y mi corazón decidió intentar escapar de mi pecho.

Todo ocurrió en cuestión de segundos, pero durante aquel instante mi mente alcanzó a imaginar una cantidad impresionante de escenarios horribles.

Vi mi coche destrozado, vi la decepción de mi madre, escuché los sermones de mis hermanos y hasta imaginé a mi padre observándome desde Italia con esa expresión que utilizaba cuando alguien hacía algo extraordinariamente estúpido.

Por suerte nada de eso ocurrió.

Lo que sí ocurrió fue algo que logró enfurecerme todavía más.

El conductor de la motocicleta giró ligeramente la cabeza hacia mí, levantó una mano y me mostró el dedo medio antes de acelerar como si yo hubiera sido el culpable de todo.

Me quedé mirándolo sin poder creerlo.

Durante unos segundos incluso pensé que debía haber interpretado mal la situación, porque nadie podía ser tan descarado.

Luego recordé el gesto.

No.

Lo había visto perfectamente.

—Increíble.

Apreté el volante con fuerza mientras observaba cómo desaparecía entre los demás vehículos.

—Casi provoca un accidente y encima se molesta.

Continué conduciendo, pero el buen humor de la mañana ya había desaparecido. Cada vez que recordaba la escena sentía la misma irritación regresando poco a poco. Ni siquiera conocía a esa persona y ya había conseguido arruinarme el trayecto completo.

Cuando finalmente llegué a la preparatoria seguía pensando en ello.

Estacioné el automóvil y estaba preparándome para bajar cuando algo llamó mi atención.

Una motocicleta.

La misma motocicleta.

Reconocí el modelo inmediatamente.

También el color.

Y la sensación de fastidio regresó con toda su fuerza.

Permanecí dentro del coche durante unos segundos observándola.

Una parte de mí sabía que debía ignorarlo y entrar directamente a clases como cualquier persona normal.

La otra parte, que solía meterme en problemas con una frecuencia preocupante, quería descubrir quién era el imbécil responsable de haber estado a centímetros de convertir mi primer día en una tragedia.

Lamentablemente, la segunda parte de mi personalidad ganó la discusión.

Apagué el motor, salí del automóvil y me quedé observando la motocicleta desde cierta distancia.

No estaba planeando una confrontación ni nada parecido, pero tampoco iba a negar que sentía curiosidad.

Había algo profundamente irritante en no conocer el rostro de la persona que acababa de arruinarte una mañana perfecta.

Pasaron algunos segundos.

Luego apareció.

La figura caminó hacia la motocicleta con una tranquilidad que resultaba casi ofensiva.

Llevaba el casco puesto y avanzaba sin prisa, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

Durante un momento me limité a observarla mientras intentaba imaginar qué clase de persona conducía de aquella manera.

Entonces se quitó el casco.

Y todo pensamiento desapareció de golpe.

Porque no era un chico.

Era una chica.

Y algo dentro de mí tuvo la extraña sensación de que aquella mañana estaba a punto de complicarse mucho más de lo que imaginaba.

Durante unos segundos me quedé observándola sin moverme, como si mi cerebro necesitara tiempo adicional para procesar una información que, siendo completamente sincero, no esperaba recibir aquella mañana.

No era una cuestión de belleza ni nada parecido.

Era simple sorpresa.

Durante todo el trayecto había imaginado que el responsable de casi provocar el accidente sería algún idiota convencido de que las señales de tránsito existían únicamente como decoración urbana.

Había preparado mentalmente varios insultos bastante creativos y hasta una posible discusión si llegábamos a encontrarnos en el estacionamiento.

El problema era que ninguno de esos escenarios incluía a una chica.

Y mucho menos a una que parecía completamente indiferente al caos que había provocado.

La observé guardar el casco bajo el brazo con una tranquilidad irritante mientras revisaba algo en su teléfono. Ni siquiera levantó la vista. Ni siquiera parecía consciente de que alguien estaba contemplando seriamente la posibilidad de explicarle algunas normas básicas de conducción.

Quizás fue mejor así.

Porque cuanto más la observaba, más difícil me resultaba mantener el mismo nivel de enfado.

No desaparecía.

Seguía ahí.

Pero comenzaba a mezclarse con una curiosidad que no terminaba de entender.

Había algo familiar en ella.

Algo que mi memoria reconocía sin permitirme descubrir exactamente qué era.

Su forma de caminar.

La manera en que acomodaba el cabello detrás de la oreja.