Mierda, me enamoré de ti
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PRÓLOGO
Noah Benedetti
Dicen que el amor llega cuando menos lo esperas. Mierda. A mí no me llegó, me estrelló contra la pared como una ola en la orilla, sin tiempo de respirar, dejándome el sabor a sal y la sensación de que ya no era dueño de mis propios pies.
Así empezó todo. Con el olor a césped recién cortado de los campos de fútbol y el roce de su uniforme contra el mío en una jugada que fue mucho más que un balón.
Mika Rossi. Su nombre era una canción que no quería escuchar, pero que sonaba en mi cabeza a cada hora.
La chica con una sonrisa que prometía un incendio y unos ojos que guardaban las cenizas de un pasado que yo aún no entendía.
Yo, Noah Benedetti, el tipo que creía que la mejor armadura era un mal humor bien construido.
Nos odiábamos. O eso creíamos. Cada discusión era un pretexto para acercarnos, cada insulto una forma de decirnos el nombre en voz alta sin que nadie lo notara.
La rivalidad era la excusa perfecta para no admitir que sus miradas me descalzaban el alma, que la simple idea de que se riera con otro me ponía los nudillos blancos.
Entonces, en medio de ese caos que llamábamos amistad, sucedió. Un beso robado en un coche a oscuras, con la música de la radio a todo volumen para ahogar el sonido de nuestros corazones desbocados. El alcohol en su aliento, el temblor de sus labios... y la certeza absoluta de que estamos.
Porque el amor, el de verdad, no es una postal. Es una patada en los estómago. Es el miedo de entregarle a alguien el arma con la que puede destruirte. Y es la frase más estúpida y honesta que jamás he susurrado contra su piel, mientras el mundo se quemaba afuera:
"Mierda... me he enamorado de ti".
Esta no es una historia de amor. Es la crónica de cómo nos rendimos. De cómo nos rompimos para poder nacer de nuevo.