Capítulo 23 — La quinta variable #3
—Confirmado.
Las carcajadas se extendieron por el laboratorio. Después de todo lo que habían vivido, volver a comprobar la escasa flexibilidad de Theo resultó extrañamente reconfortante.
Ava se acercó entonces al ordenador principal.
Su sonrisa desapareció.
Se sentó frente al teclado y comenzó a introducir varios comandos. Una a una, las distintas partes del sistema fueron desconectándose. Las pantallas se apagaron y el zumbido de algunos de los equipos desapareció.
—¿Qué haces? —preguntó Han.
—Asegurarme de que nadie pueda utilizarlo.
Cuando terminó, se levantó.
Nadie discutió su decisión.
Recogieron sus cosas y caminaron hacia la salida. Sin embargo, al llegar a la puerta, todos se detuvieron.
Durante unos segundos permanecieron en el umbral contemplando el laboratorio.
Aquel lugar ya no parecía el mismo.
Habían construido algo extraordinario. Una tecnología capaz de conectar varias mentes dentro de un mismo sueño, crear mundos imposibles y convertir pensamientos en experiencias que podían sentirse tan reales como la propia realidad.
Pero también habían descubierto lo peligroso que podía llegar a ser.
ONEIROS no era únicamente una máquina para compartir sueños.
Habían aprendido que una mente podía quedar atrapada no porque el sistema fallara, sino porque una parte de ella se negara a abandonarlo.
Y, por encima de todas las reglas que habían establecido, acababan de descubrir una última variable capaz de imponerse a las demás.
La convicción.
Una variable que ningún sensor podía medir y que ningún algoritmo podía controlar por completo.
Emma contempló las camillas vacías.
Durante todo aquel tiempo habían intentado responder a una pregunta: ¿qué ocurría si alguien no quería despertar?
Ahora conocían la respuesta.
Y ninguno de ellos quería volver a comprobarla.
Ava apagó el último equipo.
El laboratorio quedó a oscuras.
Theo fue el último en salir y cerró la puerta con llave.
Emma esperó a que todos estuvieran en el pasillo.
—Esta noche, todos dormís en nuestro apartamento. Y no aceptaré un no por respuesta.
Nadie protestó.
Después de lo que acababan de vivir, ninguno parecía demasiado interesado en pasar aquella noche solo.
Salieron del edificio.
Era tarde y la oscuridad cubría ya el campus, aunque todavía se veían algunos estudiantes caminando entre los edificios. Varias ventanas permanecían iluminadas y, a lo lejos, un pequeño grupo cruzaba uno de los caminos hablando y riendo.
Emma se quedó observándolos durante unos segundos.
Aquella normalidad le pareció maravillosa.
Cuando subieron a los coches y abandonaron el campus, había tráfico en las carreteras. Semáforos, faros, personas caminando por las aceras, escaparates iluminados...
Todo estaba donde debía estar.
Al llegar al apartamento ninguno tenía sueño, a pesar del agotamiento.
Se acomodaron como pudieron en el salón y pasaron largo rato hablando sobre todo lo que habían vivido. Ahora, desde la seguridad del mundo real, algunas situaciones que horas antes les habían provocado verdadero terror empezaban a resultar incluso absurdas.
Han seguía obsesionado con la señora Collins.
—No podéis imaginaros la cara que tenía cuando vino hacia mí con el cuchillo.
Sophie comenzó a reírse.
—Yo sí puedo. Estaba allí.
—¡Y luego le diste una patada!
—¿Qué querías que hiciera?
Han gesticuló exageradamente.
—Salió disparada como una pelota.
Todos comenzaron a reír.
Caleb los observaba divertido.
—¿La señora Collins?
Han lo miró.
—Sí. Una anciana encantadora que intentó matarnos con un hacha.
Caleb abrió los ojos sorprendido.
—Margaret Collins es mi casera. Es una mujer muy amable.
Han se quedó mirándolo.
—Pues menos mal que es amable. Casi me cago encima.
Las risas inundaron el apartamento.
Durante unos minutos no hubo ONEIROS, ni criaturas, ni pirámides, ni mundos imposibles. Solo siete amigos riéndose juntos en un salón.
Finalmente, el cansancio terminó imponiéndose.
Uno tras otro fueron buscando un lugar donde dormir.
Cuando Emma entró en su habitación se detuvo.
Sobre uno de los muebles estaba la mochila que el agente Mike le había regalado.
La observó durante unos segundos.
Sabía que estaban despiertos.
Había visto desaparecer las pulseras. Había comprobado que ninguno conservaba los objetos con los que había entrado. Habían salido del laboratorio, recorrido las calles y regresado al apartamento.
Pero aun así...
Emma cogió la mochila.
Abrió la cremallera y miró en su interior.
Estaba vacía.
Sonrió ligeramente.
Entonces recordó la pistola plateada con la culata negra.
Cerró los ojos y pensó en ella.
Introdujo lentamente la mano en la mochila.
Sus dedos recorrieron el fondo.
Nada.
Emma dejó escapar una pequeña risa de alivio.
Sacó la mano, dejó la mochila donde estaba y se sentó en el borde de la cama.
Esta vez no había ninguna duda.
Habían despertado.
Habían sobrevivido a ONEIROS.
Y lo habían conseguido porque, cuando todas las reglas que creían conocer dejaron de servirles, Emma había descubierto la más importante de todas.
La quinta variable.