Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 23 — La quinta variable #2
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Capítulo 23 — La quinta variable #2

—¿Cómo vamos a salir de aquí si el subconsciente de Caleb sigue sin querer marcharse?

Emma miró hacia él.

Caleb seguía junto a su familia y Jennifer, contemplando horrorizado cómo desaparecía el mundo que había creado.

Emma comprendió entonces lo que tenía que hacer.

Y no le gustó.

—Haciendo que deje de querer estar aquí.

Natalie la miró sin comprender.

—¿Cómo?

Emma mantuvo la mirada fija en Caleb.

—Este lugar lo retiene porque le está dando todo lo que perdió. Entonces tendremos que conseguir que deje de ser el lugar en el que quiere quedarse.

Cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, alguien había aparecido junto a Jennifer.

Caleb se quedó inmóvil.

Reconoció inmediatamente al chico.

Era él.

El hombre con el que Jennifer le había engañado.

—No... —murmuró Caleb.

Jennifer se separó lentamente de él y caminó hacia el recién llegado. Caleb negó con la cabeza mientras ella se acercaba al chico, le rodeaba el cuello con los brazos y comenzaba a besarlo delante de él.

—Jennifer...

Caleb dio un paso hacia ellos.

Entonces escuchó un grito.

Se volvió.

Su madre había caído de rodillas.

—¡Mamá!

Corrió hacia ella.

Su rostro comenzó a llenarse de arrugas. Su cabello perdió el color hasta volverse completamente blanco, sus manos se deformaron y su cuerpo envejeció a una velocidad imposible mientras gritaba aterrorizada por lo que le estaba sucediendo.

Caleb la sujetó por los brazos.

—¡No! ¡Para! ¡Por favor!

Miró desesperado a su alrededor.

—¿Por qué está pasando esto?

Emma sintió un nudo en el estómago, pero no podía detenerse.

Todavía faltaba lo más difícil.

El paisaje volvió a cambiar.

A pocos metros de ellos apareció una habitación.

Cuatro paredes blancas surgieron de la nada. Después el suelo, una ventana, varias máquinas y finalmente una cama de hospital.

Caleb se quedó paralizado.

Peter ya no estaba junto a él.

Estaba tumbado en aquella cama.

Su aspecto había cambiado por completo. Su rostro estaba pálido y demacrado, las mejillas hundidas y su cuerpo apenas formaba un pequeño relieve bajo las sábanas. Un tubo recorría uno de sus brazos y varias máquinas rodeaban la cama.

La enfermedad había vuelto.

Caleb dejó escapar un sollozo.

—Papá...

Se acercó lentamente.

Peter abrió los ojos.

—Caleb...

Su voz apenas fue un susurro.

Caleb se sentó junto a la cama y agarró su mano.

—Estoy aquí, papá.

Peter hizo un esfuerzo por mirarlo.

—Tienes que dejarme marchar.

Caleb negó inmediatamente con la cabeza.

—No.

—Por favor...

Peter cerró los ojos durante unos segundos y respiró con dificultad.

—Me duele mucho.

—No, papá. No me pidas eso.

—Tienes que dejarme ir.

Caleb apretó su mano mientras las lágrimas comenzaban a recorrerle las mejillas.

Aquel lugar que le había devuelto todo cuanto había perdido se estaba convirtiendo ante sus ojos en aquello de lo que llevaba tanto tiempo intentando escapar.

Jennifer.

Su madre.

Su padre.

El dolor.

La pérdida.

—No... —repitió mientras negaba con la cabeza—. Por favor. No quiero ver esto.

Miró a su alrededor desesperado.

—¡No quiero estar aquí!

Emma se acercó.

Se arrodilló junto a él y le puso una mano sobre el hombro.

—Caleb, tenemos que salir de aquí. Este lugar no es bueno para ti.

Caleb levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué está pasando esto, Emma? Yo no quiero esto.

Su voz se quebró.

Emma lo abrazó.

Caleb se derrumbó contra ella y escondió el rostro en su hombro.

Durante unos segundos, Emma permaneció en silencio, sujetándolo con fuerza.

—Tenemos que despertar —le susurró—. Es la única forma de escapar de esta pesadilla.

Caleb la abrazó todavía con más fuerza.

Después cerró los ojos.

Emma levantó la mirada hacia los demás y les hizo un pequeño gesto con la cabeza.

Todos comprendieron.

Natalie fue la primera en acercarse. Después Ava, Theo, Sophie y Han. Rodearon a Emma y Caleb formando un círculo y se agarraron unos a otros.

Uno a uno fueron cerrando los ojos.

Esta vez Caleb no pensó en la casa de la colina.

No pensó en Jennifer.

No pensó en su madre.

No pensó en recuperar a su padre.

Solo pensó en una cosa.

Despertar.

◆◆◆

Emma volvió a abrir los ojos.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, aturdida, intentando comprender dónde estaba.

La luz blanca sobre su cabeza la obligó a entrecerrar los ojos.

Poco a poco comenzó a reconocer los sonidos que la rodeaban: el zumbido constante de los ordenadores, los ventiladores de los equipos, los leves pitidos de los monitores y el funcionamiento de los cascos y sensores.

Contuvo la respiración.

Estaba en el laboratorio.

Giró lentamente la cabeza.

A ambos lados estaban los demás, tumbados sobre las camillas.

Emma se incorporó de golpe, se quitó el casco y dejó los pies sobre el suelo. Antes incluso de levantarse, bajó la mirada hacia su muñeca.

Nada.

No había pulsera.

Se miró la otra mano y después buscó junto a la camilla.

Tampoco estaba la mochila.

Emma dejó escapar lentamente el aire que llevaba conteniendo.

Esta vez sí.

Habían despertado.

Los demás comenzaron a incorporarse uno tras otro. Algunos lo hicieron desorientados, otros permanecieron varios segundos mirando alrededor como si todavía necesitasen convencerse de que aquel laboratorio era real.

Emma se levantó y caminó directamente hacia Caleb.

Él ya estaba despierto.

Permanecía tumbado, mirando fijamente el techo, con los ojos llenos de lágrimas. Emma se acercó hasta quedar a su lado.

—Mírame, Caleb.

Él giró lentamente la cabeza.

—Ya ha pasado todo —dijo Emma—. Estamos fuera.

Caleb tragó saliva.

Emma le puso una mano sobre el brazo.

—Y no voy a dejarte solo.

Caleb se incorporó y permaneció unos segundos en silencio.

—Gracias —dijo finalmente—. Por todo. Sé lo que habéis arriesgado por mí.

Emma negó suavemente con la cabeza.

—Ya hablaremos de eso. Ahora lo importante es que estás aquí.

Al otro lado del laboratorio, Han se levantó de la camilla de un salto y comenzó a dar gracias en coreano mientras se quitaba los sensores del cuerpo. Sophie apenas tuvo tiempo de ponerse en pie antes de que él se abalanzara sobre ella y la abrazara.

Natalie, en cambio, seguía sentada en su camilla.

Se miraba las muñecas una y otra vez.

—No están —murmuró.

Ava la observó.

—¿Las pulseras?

Natalie asintió.

—Sé que no están. Pero necesitaba comprobarlo.

—Creo que todos necesitamos comprobar algo.

Ava se volvió hacia Theo.

—Haz un spagat.

Theo la miró sin comprender.

—¿Qué?

—Un spagat. Ahora.

—¿Para qué?

—Quiero asegurarme de que estamos despiertos.

Theo la miró con resignación.

—¿Y no se te ocurre otra manera?

—No.

Los demás comenzaron a sonreír.

Theo suspiró, separó las piernas e intentó bajar.

Apenas había descendido unos treinta centímetros cuando su expresión cambió.

—¡Joder!

Se incorporó inmediatamente y se llevó una mano a la entrepierna.

—Sí. Estamos despiertos.

Ava comenzó a reírse.