Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 23 — La quinta variable
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Capítulo 23 — La quinta variable

E mma permaneció inmóvil en mitad del salón mientras todo a su alrededor comenzaba a desmoronarse.

Natalie cerró los ojos e intentó modificar el entorno. Pensó en el laboratorio, en la cafetería de la universidad, incluso en la zona negra. Cualquier lugar serviría con tal de sacarlos de aquella casa.

No ocurrió nada.

—Vamos... —murmuró, apretando los ojos con más fuerza.

Las criaturas continuaban golpeando las ventanas.

Los cristales terminaron cediendo y estallaron hacia el interior, esparciendo fragmentos por el suelo.

Solo los tablones que habían clavado sobre los marcos impedían que aquellas cosas entrasen.

Garras, dedos y extremidades deformes aparecían entre los huecos intentando arrancarlos.

—¡Caleb! —gritó Ava—. ¡Haz algo! ¡Tienes que ayudarnos!

Caleb no respondió.

Continuaba abrazado a su padre, a su madre y a Jennifer, como si todo cuanto sucedía a pocos metros de él perteneciese a otro mundo.

—¡Caleb! —volvió a gritar Ava.

Nada.

Theo, Han y Sophie sujetaban los tablones con todas sus fuerzas mientras las criaturas golpeaban desde el exterior. Con cada impacto, los clavos se desplazaban unos milímetros y la madera crujía amenazando con partirse.

Emma miró a su alrededor.

Tenía que haber una salida.

Siempre la había.

Desde la primera vez que habían entrado en ONEIROS habían aprendido que aquel mundo tenía reglas. Reglas extrañas, absurdas en ocasiones, pero reglas al fin y al cabo. Si conseguían comprenderlas, podían utilizarlas.

Su mirada recorrió el salón hasta detenerse en una de las paredes.

Había un cuadro.

El marco dorado llamó inmediatamente su atención.

Tenía exactamente el mismo tono que la enorme pirámide que se alzaba sobre la ciudad.

En el lienzo aparecía un lago tranquilo rodeado de árboles y, en el centro, una pequeña barca azul atravesada por una franja blanca.

Un hombre permanecía sentado en ella sosteniendo una caña de pescar.

Emma dejó de escuchar durante un instante los golpes contra las ventanas.

La barca.

El lago.

El señor Whitaker.

Entonces recordó sus palabras.

«Aquí dentro, quien cree de verdad es quien tiene el control».

Emma se quedó mirando el cuadro mientras repetía mentalmente aquella frase.

Quien cree de verdad.

Hasta ese momento había interpretado aquellas palabras como otra de las advertencias extrañas de aquel hombre. Pero ahora tenían un significado diferente.

Miró a Natalie. Seguía intentando cambiar el entorno sin conseguirlo.

Después miró a Caleb.

Él había construido todo aquello sin proponérselo.

La ciudad, la casa, sus padres, Jennifer...

Había transformado ONEIROS hasta un nivel que ninguno de ellos había conseguido alcanzar jamás.

Y lo había hecho sin máquinas diferentes, sin modificar el programa y sin poseer ningún conocimiento especial sobre el funcionamiento del sistema.

Entonces recordó a Ava.

La prueba de larga duración.

Habían necesitado que Theo entrase para estabilizarla porque Ava había comenzado a perder la capacidad de distinguir el sueño de la realidad. Durante aquellas horas, cuanto más aceptaba aquel mundo como verdadero, más difícil resultaba sacarla de él.

Emma abrió ligeramente los ojos.

No era el tiempo.

Tampoco era únicamente la estabilidad neuronal.

Había algo más.

Algo que no habían tenido en cuenta porque no podía medirse con ninguno de sus sensores.

Recordó las conversaciones con Caleb. Los cálculos. Las cuatro variables que habían identificado y aquella quinta que aparecía una y otra vez en sus modelos sin que fueran capaces de determinar qué representaba.

Emma volvió a mirar el cuadro.

Quien cree de verdad es quien tiene el control.

—Este sitio no es real... —murmuró.

Natalie la miró.

Emma apenas reparó en ella. Seguía ordenando las piezas en su cabeza.

—No importa lo que queramos hacer aquí. Importa cuánto creemos que podemos hacerlo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Natalie.

Emma señaló a Caleb.

—Míralo. Nosotros entramos sabiendo en todo momento que esto es un sueño.

Incluso cuando creamos algo, una parte de nuestra mente sabe que no debería existir.

Pensamos en un objeto y esperamos que aparezca, pero seguimos sujetos a las reglas que conocemos porque, en el fondo, esperamos que esas reglas sigan funcionando.

Miró hacia las ventanas.

—Caleb no.

Natalie frunció el ceño.

—Cuando entró aquí ya no quería un sueño. Quería recuperar su vida. Quería que su padre estuviera vivo, que Jennifer siguiera con él, que todo lo que había perdido volviera a existir. Y no se limitó a imaginarlo. Necesitaba creer que era real.

Otro golpe hizo estremecerse la casa.

Emma ni siquiera se movió.

—Por eso este mundo responde a él de una forma diferente. No porque conozca mejor ONEIROS que nosotros ni porque sepa controlarlo. Su mente no acepta los límites que nosotros damos por hechos.

Natalie comenzó a comprender.

—La quinta variable...

Emma la miró.

De pronto, todo encajaba.

Las anomalías que nunca habían sabido explicar. La capacidad de Caleb para alterar el entorno. La estabilidad imposible de su pulsera después de tantas horas. La fuerza con la que aquel mundo se resistía ahora a dejarlo marchar.

—Ya lo tengo.

—¿El qué?

Emma miró de nuevo el cuadro y después a Caleb.

—La quinta variable. Ya sé cuál es.

Natalie esperó su respuesta.

—Es la convicción.

—¿La convicción?

—Sí. No basta con imaginar algo ni con desear que ocurra. Tienes que estar completamente convencido de que puede ocurrir. Sin dudas. Sin esa parte de tu mente diciéndote que es imposible.

Emma señaló hacia el exterior, hacia aquel mundo que Caleb había construido.

—Eso es lo que llevábamos intentando medir todo este tiempo sin saber qué estábamos buscando. La quinta variable no está en el sistema. Está en nosotros. Cuanto más convencida está una mente de que algo es real o posible aquí dentro, mayor es su capacidad para imponerlo sobre ONEIROS.

Natalie miró lentamente a Caleb.

Emma hizo lo mismo.

—Y por eso no podemos cambiar este lugar. No estamos luchando contra algo más poderoso que nosotros. Estamos intentando imponer nuestra voluntad sobre la de alguien que cree en este mundo mucho más de lo que nosotros creemos en el nuestro.

—Sí. Aquí dentro, quien cree de verdad es quien tiene el control —respondió Emma—.

No tienes que ser más fuerte mentalmente que los demás.

Solo tienes que estar convencido de que puedes hacerlo.

Siempre ha sido eso. El verdadero límite somos nosotros mismos.

Si dejamos de creer que existe, aquí dentro deja de existir.

Natalie la observó durante unos segundos.

Emma cerró los ojos.

No intentó imaginar cómo quería que fuese aquel mundo. Esta vez hizo algo diferente. Se obligó a eliminar cualquier duda de su mente. No pensó que quizá pudiera cambiarlo. No deseó que ocurriera.

Se convenció de que podía hacerlo.

Los golpes cesaron.

El silencio fue tan repentino que todos se quedaron inmóviles.

Han, que continuaba junto a una de las ventanas, se acercó lentamente a los tablones y miró a través de uno de los huecos.

—Chicos...

Las criaturas habían dejado de atacar.

Una de ellas comenzó a deshacerse. Primero desaparecieron sus extremidades, después parte del torso y finalmente la cabeza. Su cuerpo se fragmentó en miles de pequeñas partículas oscuras que se elevaron en el aire y fueron arrastradas por el viento como cenizas.

Después ocurrió lo mismo con otra.

Y con otra.

En cuestión de segundos, el fenómeno se extendió por toda la horda.

Las criaturas se descomponían una tras otra, convertidas en nubes de partículas que ascendían hacia el cielo.

Las figuras humanas que las acompañaban comenzaron a desaparecer de la misma forma hasta que el enorme ejército que había rodeado la casa quedó reducido a una nube oscura dispersándose sobre el valle.

Entonces la propia casa comenzó a cambiar.

El techo crujió sobre sus cabezas.

Theo levantó la mirada.

—¿Qué está pasando?

Una parte del techo se desprendió, pero en lugar de caer sobre ellos se fragmentó en cientos de pedazos que ascendieron lentamente hacia el cielo. El resto lo siguió. Las vigas, las tejas y la madera se descompusieron hasta desaparecer por completo.

Después fueron las paredes.

Se agrietaron desde arriba y comenzaron a deshacerse mientras sus restos flotaban en el aire. En pocos segundos, la casa había desaparecido a su alrededor, dejando únicamente el suelo sobre el que permanecían y algunos muebles aislados.

Todo el valle quedó expuesto ante ellos.

La urbanización, la ciudad y la enorme pirámide dorada aparecieron bajo aquel cielo rojo.

Emma abrió los ojos.

El mundo respondió.

El rojo oscuro comenzó a retirarse del cielo como si una fuerza invisible estuviera borrándolo. Poco a poco recuperó su color original y el enorme sol abandonó aquel tono sanguinolento para volver a emitir su intenso resplandor azulado.

Entonces la tierra tembló.

Una grieta gigantesca apareció en mitad del valle y avanzó a una velocidad vertiginosa.

El suelo se abrió a su paso, atravesando caminos, jardines y calles.

Las casas de la urbanización se inclinaron y cayeron dentro de la enorme abertura.

Más allá, los edificios de la ciudad comenzaron a derrumbarse mientras la grieta continuaba devorándolo todo.

La pirámide fue lo último.

Su superficie dorada comenzó a deformarse.

Los enormes bloques perdieron su forma y se fundieron lentamente unos con otros hasta que toda la estructura pareció convertirse en metal líquido.

La punta se hundió, las paredes se derritieron y, en cuestión de segundos, la gigantesca pirámide desapareció formando un inmenso lago dorado que reflejaba la luz azulada del cielo.

Natalie contemplaba la escena sin poder apartar la mirada.

—Está funcionando, Emma.

Emma observó el mundo deshaciéndose ante ella.

Ahora sabía que podía cambiarlo.

Pero eso no resolvía el verdadero problema.

Natalie pareció llegar a la misma conclusión.