Capítulo 22 — El prisionero #2
El sonido aumentaba lentamente de intensidad.
No era un único golpe.
Eran miles.
Miles de impactos perfectamente sincronizados que hacían vibrar el suelo bajo sus pies.
Ava miró hacia la ciudad.
—Decidme que eso no es lo que creo que es...
El estruendo se hizo cada vez más fuerte.
TUM. TUM. TUM. TUM.
Pequeñas piedras comenzaron a temblar sobre el camino. Las ramas de los árboles se estremecieron. Incluso la superficie del lago, a lo lejos, pareció vibrar con cada impacto.
Sophie entrecerró los ojos intentando distinguir algo en la distancia.
Entonces su expresión cambió.
—Mirad.
Todos siguieron la dirección de su mirada.
En el horizonte, bajo la luz roja del cielo, algo avanzaba hacia ellos.
Emma abrió la mochila, metió la mano y pensó en unos prismáticos. Al sacarla, los tenía entre los dedos. Se los llevó rápidamente a los ojos y enfocó hacia la ciudad.
Lo que vio hizo que se quedara inmóvil.
Miles de personas avanzaban hacia ellos formando un ejército dividido en columnas perfectamente alineadas.
Hombres, mujeres e incluso niños caminaban al mismo ritmo, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada fija al frente.
Ninguno hablaba. Ninguno parecía cansarse.
Sus pasos golpeaban el suelo al unísono, provocando aquel estruendo que hacía vibrar todo el valle.
Pero no estaban solos.
Entre las columnas humanas avanzaban cientos de criaturas imposibles, seres que parecían haber sido construidos a partir de los rincones más oscuros de una pesadilla.
Algunas caminaban encorvadas sobre cuatro extremidades desproporcionadamente largas, con los brazos tan extensos que sus dedos arañaban el suelo a cada paso.
Otras se desplazaban erguidas sobre dos piernas, pero sus cuerpos eran demasiado altos y delgados, con torsos estrechos y articulaciones que se doblaban en direcciones que ningún hueso humano debería permitir.
Emma movió lentamente los prismáticos.
Distinguió una criatura enorme que sobresalía varios metros por encima de las demás.
Su cuerpo parecía una masa de carne grisácea sostenida por seis patas gruesas y deformes.
No tenía una cabeza reconocible; en su lugar, la parte superior del torso se abría formando una cavidad vertical repleta de dientes que se contraía y expandía mientras avanzaba.
Cerca de ella corrían seres mucho más pequeños, casi humanos, excepto por sus brazos excesivamente largos y sus rostros completamente lisos, sin ojos, nariz ni boca.
Más atrás vio algo todavía peor.
Una figura avanzaba a cuatro patas entre las columnas.
Tenía el tamaño de un caballo, pero su cuerpo era vagamente humano.
La espalda estaba arqueada de forma imposible y de ella sobresalían varias extremidades delgadas que se agitaban en el aire como patas de araña.
Su cabeza colgaba hacia un lado, unida al cuerpo por un cuello demasiado largo, y una enorme mandíbula ocupaba casi todo su rostro.
Emma bajó lentamente los prismáticos.
—¿Qué narices es eso? —preguntó Han.
—Joder... Vienen a por nosotros —dijo Ava.
Emma miró la casa.
—¡Corramos! ¡A la casa!
Todos echaron a correr. Subieron la pendiente tan rápido como pudieron y entraron precipitadamente en el interior. En ese momento sonó otro pitido.
Sophie levantó la muñeca.
Su pulsera acababa de cambiar a amarillo.
—No... —murmuró.
Se les estaba agotando el tiempo y todavía no tenían ni idea de cómo escapar de allí.
Theo fue el último en cruzar la puerta. Nada más entrar, se volvió, colocó el bastón telescópico verticalmente frente a ella y se concentró.
—Vamos...
El bastón comenzó a crecer. Primero alcanzó el techo y, cuando ya no tuvo espacio para seguir expandiéndose, continuó ejerciendo presión hasta hundirse en la madera del suelo y atravesar parcialmente el techo. Theo comprobó que había quedado firmemente encajado, bloqueando la puerta principal.
—No tenemos mucho tiempo hasta que lleguen —dijo mientras se apartaba—. Tenemos que bloquear las ventanas con cualquier cosa que tengamos a mano.
Emma abrió la mochila.
Pensó en tablones de madera, clavos y martillos.
Metió la mano y comenzó a sacar varias cajas de clavos. Después extrajo varios martillos y los dejó en el suelo.
—Cogedlos.
Volvió a introducir el brazo y pensó en madera. Sacó un primer listón, después otro y otro más. Parecía imposible que todos aquellos objetos cupieran dentro de la mochila, pero las reglas físicas del mundo real no tenían ninguna importancia allí.
Los demás comenzaron a trabajar inmediatamente. Colocaron los listones atravesando las ventanas y los clavaron contra los marcos. Los golpes de los martillos resonaron por toda la casa mientras Emma seguía sacando madera sin detenerse.
Entonces se escucharon pasos en la escalera.
Caleb levantó la cabeza.
Peter estaba bajando.
Lo hacía lentamente, peldaño a peldaño, observando únicamente a su hijo.
Caleb se quedó inmóvil.
—¿Por qué quieres irte, hijo? —preguntó Peter cuando llegó al último escalón—. ¿Es que no estás bien aquí conmigo, con tu madre y con Jennifer?
Caleb lo miró sin saber qué responder. Durante unos segundos pareció olvidarse de todo lo que estaba ocurriendo fuera.
Se acercó a él y lo abrazó con fuerza.
—No quiero irme, papá —dijo con la voz quebrada—. Lo siento.
Peter le devolvió el abrazo.
Jennifer y su madre aparecieron también y se acercaron hasta ellos. Los tres rodearon a Caleb, que cerró los ojos mientras se aferraba a su padre.
Entonces el cuerno volvió a sonar.
Esta vez fue mucho más fuerte.
El bramido atravesó las paredes y sacudió la casa entera. Los cristales vibraron, varios objetos cayeron de los muebles y todos se taparon instintivamente los oídos.
Cuando el sonido desapareció, durante un instante reinó un silencio absoluto.
Han se acercó lentamente a una de las ventanas y miró por uno de los huecos que habían quedado entre los listones.
Se quedó paralizado.
La casa estaba rodeada.
Decenas de aquellas criaturas se agolpaban alrededor del edificio.
Algunas permanecían inmóviles, observando las ventanas; otras caminaban de un lado a otro emitiendo gruñidos y chillidos que se mezclaban entre sí.
Entre ellas, las figuras humanas continuaban llegando desde la pendiente hasta formar una masa cada vez más numerosa.
Una de las criaturas se acercó a la ventana.
Han retrocedió instintivamente.
Un rostro deformado apareció entre dos listones. La piel estaba pegada al cráneo y carecía de ojos. Olfateó el aire varias veces antes de abrir una boca demasiado grande para su cabeza, dejando al descubierto varias hileras irregulares de pequeños dientes negros.
Han se apartó.
—Están por todas partes.
¡BUM!
Un golpe brutal sacudió la puerta principal.
Todos se giraron.
El bastón de Theo vibró, pero aguantó.
—Ya están aquí —dijo Ava mientras se alejaba de la entrada.
¡BUM!
El segundo impacto fue mucho más violento.
La puerta se hundió varios centímetros hacia dentro antes de regresar a su posición. El suelo tembló bajo sus pies y Ava perdió el equilibrio. Cayó de culo mientras pequeños fragmentos de madera se desprendían del marco.
Theo miró su bastón.
Seguía resistiendo, aunque se había curvado ligeramente por la presión.
—No va a aguantar mucho.
Al otro lado comenzaron a escucharse gruñidos, golpes y algo parecido al arañazo de decenas de uñas recorriendo la madera.
Entonces sonó otro pitido.
Ava bajó inmediatamente la mirada hacia su muñeca.
La luz amarilla de su pulsera parpadeó una vez.
Después cambió.
Naranja.
Un naranja intenso que iluminó parte de su mano.
Ava levantó la mirada hacia los demás.
Nadie necesitó preguntar qué significaba.
Ya quedaba muy poco tiempo antes de que ONEIROS comenzara a atraparlos para siempre.