Capítulo 22 — El prisionero
T odavía no estaban seguros de que el Caleb al que habían visto a través de la ventana fuese el real. Emma se acercó a la puerta y, antes de llamar, miró a los demás.
—Dejadme hablar a mí. Vosotros estad atentos por si veis algo en su comportamiento que os haga sospechar.
Todos asintieron.
Emma golpeó la puerta con los nudillos.
A los pocos segundos, esta se abrió lentamente hasta dejar visible a Caleb.
—Emma... —dijo sorprendido.
—Hola, Caleb.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
La sorpresa desapareció de su rostro casi de inmediato. Su tono cambió y se volvió mucho más serio, incluso molesto.
—Os dejé una nota para que no entraseis a buscarme. Aquí dentro soy feliz. Es donde quiero estar.
—Sabes perfectamente que quedarte sería un suicidio y no puedo permitirlo —respondió Emma mientras le agarraba las manos.
Fue entonces cuando se fijó en algo que hasta ese momento había pasado por alto. En la muñeca izquierda de Caleb estaba la misma pulsera que todos ellos llevaban desde que habían entrado en ONEIROS.
Emma bajó la mirada hacia ella.
La luz era verde.
No un verde tenue o apagado, sino intenso, limpio, prácticamente idéntico al que mostraban las pulseras cuando acababan de entrar.
Emma frunció el ceño. Caleb llevaba allí mucho más tiempo que cualquiera de ellos y, sin embargo, su pulsera no mostraba el menor signo de deterioro.
Entonces comprendió algo todavía más importante: aquella era la prueba que habían estado buscando.
El mundo podía imitar a Caleb, crear copias de sus padres, de Jennifer o de cualquier otra persona que formase parte de sus recuerdos, pero aquella pulsera no pertenecía al mundo. Había entrado con él.
Era Caleb.
—Caleb, por favor... Este sitio no es real.
Caleb retiró bruscamente las manos.
—Os dejé bien claro que no quería que entraseis.
—¿Y qué esperabas que hiciéramos? —preguntó Emma—. ¿Dejarte aquí sabiendo lo que podía pasarte?
—Era mi decisión.
—Lo era hasta que entramos nosotros.
Caleb la miró fijamente.
Emma dio un paso hacia él.
—Míranos. Todos hemos venido a buscarte. Hemos arriesgado nuestras vidas para llegar hasta aquí y ahora también estamos atrapados en este lugar. ¿Vas a permitir que todos terminemos consumiéndonos aquí dentro solo porque tú no quieres marcharte?
Caleb apretó los puños.
Durante unos segundos no respondió.
Después soltó lentamente el aire y bajó la mirada.
Tras él estaba la vida que había deseado recuperar durante tanto tiempo. Su padre seguía allí, observándolo desde el interior de la casa. Su madre estaba junto a él. Jennifer permanecía unos pasos más atrás.
Todo aquello parecía real.
Demasiado real.
Caleb se giró hacia ellos.
Su padre le dedicó una sonrisa.
Por un instante, Caleb volvió a ser aquel chico al que la vida le había arrebatado demasiadas cosas en muy poco tiempo.
Allí tenía todo lo que la realidad le había arrebatado.
Podía quedarse. Podía despertarse cada mañana y volver a escuchar la voz de su padre.
Podía sentarse con él, hablar durante horas y fingir que la enfermedad jamás había existido.
Podía recuperar a Jennifer. Podía recuperar la vida que había perdido.
Solo tenía que quedarse.
Pero el precio ya no era únicamente su propia vida.
Caleb cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, se giró hacia Emma.
Había tristeza en su rostro, pero también determinación.
—Está bien —dijo finalmente—. Volveré con vosotros.
De pronto, un pitido agudo rompió el silencio.
Todos se volvieron hacia Ava.
La luz central de su pulsera acababa de cambiar. El verde había desaparecido por completo y ahora brillaba con un amarillo intenso y uniforme.
Ava levantó la muñeca y la observó con preocupación.
Emma supo inmediatamente lo que significaba. Ya habían pasado demasiado tiempo allí dentro y el margen que tenían para sacar a Caleb comenzaba a agotarse.
Sin pensarlo dos veces, lo agarró de la mano.
—Tenemos que salir ya. Se nos acaba el tiempo.
Caleb asintió, aunque antes de moverse dirigió una última mirada hacia el interior de la casa. Sus padres y Jennifer seguían allí, observándolo en silencio.
Emma tiró suavemente de su mano.
—Vamos.
Caleb apartó la mirada y caminó junto a ella.
Los demás se habían quedado a unos metros de distancia, esperando el resultado de la conversación. Cuando Emma y Caleb llegaron hasta ellos, no hizo falta explicar nada. La expresión de Caleb y la forma en que Emma lo llevaba de la mano fueron suficientes.
—Nos vamos —dijo Emma.
Formaron un círculo y se agarraron de las manos.
Caleb miró uno por uno a quienes habían arriesgado sus vidas para ir a buscarlo. Ava, Theo, Natalie, Sophie, Han y, finalmente, Emma.
—Ya sabéis lo que tenemos que hacer —les recordó ella—. Cerrad los ojos y pensad únicamente en despertar. No penséis en este lugar, ni en lo que hemos visto, ni en lo que ha ocurrido. Solo en despertar.
Todos asintieron.
Caleb volvió la cabeza.
A lo lejos, sobre la colina, se alzaba la casa.
Durante unos segundos se quedó mirándola. Desde aquella distancia apenas podía distinguir las figuras de sus padres y de Jennifer frente a la puerta, pero sabía que estaban allí.
Emma apretó ligeramente su mano.
Caleb cerró los ojos.
Los demás hicieron lo mismo.
Emma intentó apartar cualquier pensamiento de su mente. Se concentró en el laboratorio, en las camillas, en el casco que cubría su cabeza, en la sensación que tendría al abrir los ojos y volver a encontrarse bajo las luces blancas del piso menos uno.
Despierta.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Emma abrió lentamente los ojos.
Seguían allí.
El valle continuaba extendiéndose ante ellos. La casa permanecía sobre la colina y, a lo lejos, la enorme pirámide dorada seguía elevándose sobre la ciudad.
Theo fue el siguiente en abrir los ojos.
Después Ava, Natalie, Sophie y Han.
Nadie había despertado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Theo extrañado.
Emma miró inmediatamente a Caleb.
—Caleb, tienes que pensar en despertar. No basta con decir que quieres hacerlo. Tienes que desear salir de aquí de verdad.
—¡Es lo que he hecho! —respondió—. Os lo juro. He pensado en despertar.
—Entonces, ¿por qué no funciona? —replicó Han.
—No lo sé.
Caleb miró a su alrededor como si esperase encontrar una respuesta en aquel paisaje.
—No lo sé —repitió.
Entonces la luz comenzó a cambiar.
Al principio fue algo casi imperceptible. Las sombras se hicieron más largas y el resplandor que bañaba el valle perdió parte de su intensidad.
Natalie levantó la cabeza.
—Chicos...
Todos miraron hacia el cielo.
El enorme sol azulado que hasta ese momento había iluminado aquel mundo estaba cambiando. Su intenso color azul comenzó a apagarse lentamente, sustituido por un tono rojizo que se extendió desde sus bordes hacia el centro.
En apenas unos segundos se había convertido en un enorme disco rojo oscuro.
El cielo reaccionó con él.
Los tonos claros desaparecieron y una oscuridad antinatural comenzó a extenderse por el horizonte, tiñendo las nubes de rojo y negro. Las montañas, los árboles y la propia ciudad adquirieron un aspecto amenazador bajo aquella nueva luz.
Caleb contempló el cielo con los ojos muy abiertos.
—Yo no estoy haciendo esto...
Un sonido atronador recorrió el valle.
BUUUUUUUM.
Era grave y profundo, semejante al sonido de un gigantesco cuerno de guerra. Pareció surgir de todas partes al mismo tiempo. Atravesó las montañas, hizo vibrar el aire y terminó convirtiéndose en un eco interminable que se perdió en la distancia.
Ava dio un salto.
—¿Qué mierdas ha sido eso?
Nadie respondió.
Emma miró a Caleb.
Por primera vez desde que lo habían encontrado, vio verdadero miedo en su rostro.
—Caleb... Si no eres tú, ¿quién está haciendo esto?
—No lo sé.
Miró el cielo, después la pirámide y finalmente la casa de la colina.
—Os juro que no sé qué está pasando.
Natalie permaneció en silencio.
Algo no encajaba.
Bajó la vista hacia su reloj biométrico y desplegó la pantalla donde aparecían las constantes de todos. Pasó rápidamente de un registro a otro hasta llegar al de Caleb.
Se detuvo.
—Esperad.
Emma se acercó.
—¿Qué pasa?
Natalie observó los datos durante unos segundos. La actividad neuronal de Caleb no se parecía a la de ninguno de ellos. Había picos constantes, patrones superpuestos y una intensidad que no correspondía con alguien que estuviera simplemente soñando.
—Creo que sé lo que está ocurriendo.
Todos la miraron.
Natalie levantó la vista hacia Caleb.
—Tú quieres despertar. Conscientemente quieres hacerlo. Pero tu subconsciente no.
Caleb frunció el ceño.
—¿Cómo es posible?
—Porque llevas demasiado tiempo aquí. Y porque este lugar no es un sueño normal. ONEIROS ha estado respondiendo a tus recuerdos y a tus emociones. Creo que tu necesidad de permanecer aquí ha terminado creando algo que ya no controlas de forma consciente.
Emma miró hacia la ciudad.
De repente, muchas de las cosas que habían ocurrido desde que entraron comenzaron a cobrar sentido.
—Tiene razón —dijo—. Desde que llegamos, este lugar ha intentado impedir por todos los medios que te encontráramos.
La pasarela que nos devolvía siempre al mismo punto, las personas de la ciudad, la señora Collins, el laberinto, las puertas, la criatura...
Todo nos alejaba de ti. Incluso ha intentado matarnos.
Caleb negó lentamente con la cabeza.
—Yo jamás os haría daño. Preferiría morir antes que ver que os pasa algo.
—Lo sé —respondió Emma—. Y te creo.
Se acercó un poco más a él.
—Pero no eres tú quien está intentando hacernos daño. Al menos, no la parte de ti que puede decidirlo. Tu necesidad de recuperar todo lo que habías perdido creó este mundo. Tus padres, Jennifer, esta ciudad... todo. Y ahora ese mundo está luchando para evitar que lo abandones.
Caleb volvió la mirada hacia la casa.
Por primera vez ya no la contempló con nostalgia, sino con miedo. Entonces llegó otro sonido. Esta vez no procedía del cielo. Era lejano, profundo y constante.
Tum. Tum. Tum. Tum.
Sophie giró la cabeza.
—¿Escucháis eso?
Todos guardaron silencio.
Tum. Tum. Tum. Tum.