Capítulo 21 — El despertar #3
—Chicos, es inútil que nos peleemos entre nosotros. —Esperó hasta que todos la miraron—. Creo que Natalie tiene razón. La única opción que nos queda es intentar resetear esto. Todos asumimos ese riesgo cuando decidimos entrar aquí.
Theo respiró profundamente.
—Hagámoslo.
Los demás se miraron en silencio. La decisión no era sencilla. Sabían que morir dentro de ONEIROS no significaba morir realmente, pero también sabían que aquel mundo había dejado de respetar algunas de las reglas que creían conocer.
Uno tras otro fueron asintiendo.
Ava rompió el silencio.
—¿Cómo lo hacemos?
Natalie tardó unos segundos en responder.
—Lo mejor es que sea rápido.
Emma metió la mano en la mochila y sacó la pistola plateada con la culata negra que había creado anteriormente.
La sostuvo durante unos segundos, sintiendo el frío del metal contra la palma de la mano.
Aunque sabía que nada de aquello era real y que ya habían muerto otras veces dentro de ONEIROS, una cosa era morir intentando escapar de algún peligro y otra muy distinta apretar el gatillo contra sus amigos.
Agarró el arma con firmeza y miró a los demás.
—Lo siento, chicos.
Ava abrió mucho los ojos al comprender lo que Emma pretendía hacer.
—Otra vez no —dijo, recordando la ocasión en que Theo le había disparado.
Natalie dio un paso al frente.
—Hazlo —dijo con firmeza.
Emma la miró.
Durante un instante dudó, pero sabía que no podían echarse atrás. Levantó el arma y apuntó directamente a la cabeza de Natalie.
Disparó.
El estruendo retumbó por todo el laboratorio.
El cuerpo de Natalie comenzó a desplomarse, pero antes de llegar al suelo desapareció.
Emma apretó los dientes.
Giró el arma hacia Sophie.
Otro disparo.
Sophie desapareció de la misma forma antes de que su cuerpo llegara a tocar el suelo.
Uno a uno, Emma fue disparando a los demás. Cada detonación resonaba en el laboratorio y, tras ella, uno de sus amigos desaparecía. Ava, Han y, finalmente, Theo.
Después del último disparo, el silencio se apoderó del laboratorio.
Emma estaba sola.
Miró a su alrededor. Las camillas, los ordenadores y todo aquel falso laboratorio permanecían exactamente igual, pero ya no quedaba nadie junto a ella.
Bajó la mirada hacia la pistola.
Respiró profundamente.
Levantó el arma, apoyó el cañón contra su sien y cerró los ojos.
Apretó el gatillo.
Todo se volvió oscuridad.
Emma abrió los ojos.
Estaba en la zona negra.
El frío la envolvió inmediatamente, penetrando a través de su ropa y recorriéndole todo el cuerpo. Miró a su alrededor y sintió alivio al comprobar que los demás estaban allí.
Había funcionado.
—Joder, me ha dolido un montón —dijo Ava mientras se tocaba la cabeza.
Natalie se acercó a ella.
—Recuerda que no es la primera vez que mueres por un disparo. Tu cerebro va aprendiendo y, cada vez que te disparan, interpreta la sensación con más realismo.
Ava hizo una mueca.
—Pues espero que no haya una tercera.
Todos sentían aquel frío que los acompañaba cada vez que aparecían en la zona negra. Permanecieron juntos esperando mientras los minutos transcurrían lentamente. Poco a poco, la sensación comenzó a desaparecer.
Emma miró a los demás.
—Recordad pensar en el mundo que conocemos de Caleb.
Pero antes de que terminara de hablar, algo apareció en mitad de la oscuridad.
La enorme pared blanca surgió frente a ellos.
Y en el centro, las dos hojas de aquella gigantesca puerta blanca.
Todos se quedaron mirándola mientras terminaba de materializarse de la nada.
—¿Será igual que la otra vez? —preguntó Han.
—No lo sé, pero, por si acaso, recordad que no venimos a sacar a Caleb de aquí.
Se acercaron a la puerta.
Theo agarró uno de los pomos mientras Emma sujetaba el otro. Durante un instante se miraron.
—Ahora —dijo Emma.
Los dos tiraron al mismo tiempo.
Las enormes puertas se abrieron y una intensa luz penetró en la zona negra.
Cuando consiguieron distinguir lo que había al otro lado, comprobaron que ante ellos se encontraba nuevamente aquel mundo que ya habían visto varias veces.
Cruzaron el umbral.
Emma miró a su alrededor.
Esta vez ni siquiera habían tenido que atravesar el gigantesco muro dorado. Habían aparecido directamente en el valle. A lo lejos se alzaba la ciudad, dominada por la enorme pirámide dorada. Más cerca se encontraba la zona residencial y, sobre la colina, la casa con la puerta verde.
—Vamos —dijo Emma.
Los seis se dirigieron hacia allí.
En cuanto se posaron cerca de la casa, un pitido rompió el silencio.
Todos miraron inmediatamente hacia Sophie.
La luz de su pulsera acababa de cambiar. El verde intenso había comenzado a adquirir una tonalidad amarillenta.
Nadie necesitó explicar lo que significaba.
Tenían que darse prisa.
Emma se acercó a una de las ventanas de la casa y miró hacia el interior.
Caleb estaba allí.
Se encontraba sentado alrededor de la mesa junto a Peter, su madre y Jennifer.
Emma permaneció observándolo desde el exterior.
Todavía no sabía si aquel era realmente Caleb o si se trataba de otra manifestación creada por su subconsciente para engañarlos.
Pero ya no podían permitirse perder más tiempo.
El tiempo dentro de ONEIROS comenzaba a agotarse.