Capítulo 20 — La pirámide #3
—Es increíble —dijo mientras contemplaba el lugar desde aquella nueva perspectiva.
Ava cruzó después, seguida por Sophie y Han. Theo fue el último.
—No mires abajo —le dijo Emma.
Theo se detuvo con un pie sobre cada superficie.
—¿Cuál de los dos «abajos»?
Emma sonrió.
—Buena pregunta.
Theo terminó de cruzar y la gravedad cambió para él.
Durante unos segundos permanecieron juntos contemplando aquella inmensidad. Desde allí podían distinguir todavía más escaleras. Algunas recorrían superficies que antes habían confundido con paredes. Otras parecían suspendidas en mitad del vacío sin estar sujetas a absolutamente nada.
Ava dejó escapar lentamente el aire.
—Creo que ya sé cuál es el problema.
—¿Cuál? —preguntó Sophie.
Ava señaló las escaleras.
—Que seguimos buscando el camino correcto.
—¿Y?
—¿Y si no existe?
Emma contempló aquel laberinto imposible.
—Entonces tendremos que crearlo.
Emma cerró los ojos durante un instante y pensó en un recorrido que solo condujera hacia la parte alta de la pirámide. No imaginó una escalera concreta ni un camino determinado; únicamente se concentró en el destino, en seguir ascendiendo. Cuando volvió a abrir los ojos, comenzó a caminar.
A medida que avanzaban, las escaleras parecían reorganizarse continuamente a su alrededor.
Algunas se desplazaban lentamente hasta conectar con otras, mientras varios tramos cambiaban de orientación o aparecían donde segundos antes solo había vacío.
Era como si aquella inmensa estructura estuviese respondiendo a lo que Emma esperaba encontrar.
—Seguidme —dijo Emma, empezando a comprender cómo funcionaba aquel sitio.
Los demás fueron tras ella sin separarse. De pronto, un pitido agudo rompió el silencio de la gigantesca sala.
Emma se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Qué ha sido eso?
Ava miró su muñeca.
La luz de su pulsera había cambiado. El verde intenso que había mostrado desde que entraron en ONEIROS había comenzado a perder fuerza, adquiriendo una tonalidad mucho más clara que empezaba a acercarse al amarillo.
Ava se quedó petrificada al verlo.
—¿Ya ha pasado tanto tiempo? —preguntó.
Natalie se acercó y observó la pulsera.
—Todavía hay tiempo de sobra. Solo ha variado un poco el color.
—Sí, pero ya empieza a haber avisos y tenemos que darnos prisa —dijo Emma.
No podían permitirse detenerse. Emma reanudó la marcha y los demás continuaron siguiéndola.
A cada nuevo tramo, su percepción de la sala cambiaba por completo.
Había momentos en los que parecían caminar por las paredes; otros, avanzaban completamente invertidos, con la inmensidad de la sala extendiéndose sobre sus cabezas, y poco después regresaban a una posición que sus cerebros reconocían como normal.
Cada transición provocaba durante unos segundos una desagradable sensación de vértigo, pero poco a poco comenzaron a acostumbrarse a que allí conceptos como arriba y abajo carecieran de un significado permanente.
Emma se detuvo de repente.
—Mirad allí.
Todos siguieron la dirección que señalaba.
A cierta distancia, entre aquel entramado imposible de escaleras, distinguieron una puerta de color verde.
Emma la reconoció inmediatamente.
Era idéntica a la de la casa del acantilado.
—¡Corred! ¡Ya estamos cerca! —gritó Emma.
Aceleraron el paso. Subieron varios peldaños y cruzaron hacia otro tramo de escaleras, pero, en mitad de la carrera, Sophie apoyó mal uno de los pies y tropezó por el lateral.
—¡Sophie! —gritó Han.
Han reaccionó a tiempo y consiguió agarrarla con fuerza de una mano.
Sophie lanzó un grito.
Desde su perspectiva, había quedado suspendida sobre un vacío interminable.
Sus piernas colgaban bajo ella y, a cientos de metros de distancia, apenas conseguía distinguir algunas de las escaleras que atravesaban la sala.
Sin embargo, para Han la escena era completamente diferente.
Permanecía de pie sobre los escalones, boca abajo respecto a la orientación que tenía Sophie, sujetándola con el brazo extendido hacia arriba como si intentara impedir que un globo escapara de su mano.
—¡Ayudadme! ¡No me dejes caer! —gritó Sophie, aterrorizada mientras miraba el vacío bajo sus pies.
—¡No voy a soltarte! —respondió Han, apretando todavía más su mano.
Theo corrió hacia ellos y agarró a Sophie por el brazo.
—¡Tira!
Entre los dos hicieron fuerza hasta conseguir acercarla al borde de la escalera. En cuanto Sophie volvió a entrar en contacto con los peldaños, la gravedad pareció decidir de nuevo cuál era su lugar.
Su cuerpo cayó de golpe sobre Han y ambos terminaron contra las escaleras.
Durante unos segundos permanecieron allí, intentando comprender qué acababa de ocurrir.
Después del susto, continuaron avanzando hasta quedar muy cerca de la puerta. Sin embargo, cuando por fin llegaron hasta ella, descubrieron que la tenían justo encima de sus cabezas, situada en una superficie perpendicular a la escalera sobre la que se encontraban.
Emma levantó la mirada y respiró profundamente. Después de todo lo que habían aprendido en aquella sala, ya sabía lo que tenía que hacer.
Apoyó un pie en la pared y, a continuación, el otro.
En cuanto desplazó el peso de su cuerpo, la gravedad volvió a cambiar.
Durante un instante sintió aquella conocida sensación de vértigo y todo el espacio pareció girar a su alrededor.
Un segundo después estaba de pie frente a la puerta.
Desde su nueva perspectiva, eran los demás quienes parecían estar pisando una pared vertical.
—Vamos —dijo Emma.
Uno tras otro repitieron el mismo movimiento hasta quedar todos frente a la puerta.
Emma se acercó. Aquella puerta verde era exactamente igual a la que habían visto en la casa del acantilado. Durante unos segundos permaneció inmóvil frente a ella, consciente de que quizá Caleb estuviera al otro lado.
Apoyó la mano sobre el pomo y lo giró lentamente.
Un intenso fogonazo de luz apareció al abrir la puerta, obligándolos a cerrar los ojos. Emma levantó una mano para protegerse mientras cruzaba el umbral. Los demás la siguieron.
Cuando volvió a abrir los ojos, reconoció inmediatamente el lugar.
Estaban en la colina.
Emma recorrió el paisaje con la mirada hasta que lo vio.
Caleb estaba allí.
Flotaba en el aire a varios metros del suelo, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, completamente inmóvil. Parecía formar parte de aquel mundo, suspendido sobre la colina como si la gravedad hubiese dejado de tener efecto sobre él.
Emma sintió que se le encogía el pecho.
—Caleb... estamos aquí.
Caleb abrió los ojos.
Al verlos, bajó lentamente los brazos y comenzó a descender hasta que sus pies tocaron el suelo. Durante unos segundos se limitó a observarlos, sorprendido.
—¿Qué hacéis aquí? Os dejé una nota para que no entraseis. Aquí soy feliz.
Emma avanzó hacia él. Después de todo lo que habían tenido que atravesar para encontrarlo, escuchar aquellas palabras hizo que las lágrimas comenzaran a deslizarse por sus mejillas.
—No podía dejar que arruinases tu vida por mi culpa —dijo Emma llorando.
Caleb se acercó y la abrazó.
Emma apoyó la cabeza contra él mientras Caleb le acariciaba suavemente el pelo.
—Tú no tienes la culpa de nada —le dijo.
Se separó ligeramente de ella y la miró a los ojos. Después levantó una mano y le limpió las lágrimas de la mejilla.
Emma respiró profundamente intentando contener el llanto.
—Necesito que vuelvas con nosotros. No podemos seguir aquí dentro mucho más tiempo.
Caleb agachó la cabeza.
Durante unos segundos permaneció en silencio, pensativo.
—Está bien. Iré con vosotros.
Emma lo miró sorprendida.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, esta vez de alegría, y se lanzó a abrazarlo con fuerza.
Lo habían conseguido.
Habían encontrado a Caleb y este había accedido a volver con ellos sin apenas pensarlo.
Por un momento, después de todo lo que habían pasado desde que entraron en ONEIROS, parecía que las cosas empezaban a ir bien.