Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 20 — La pirámide #2
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Capítulo 20 — La pirámide #2

Uno tras otro, los símbolos se iluminaron con una intensa luz blanca mientras varias líneas aparecían sobre la superficie dorada. Primero una vertical. Después otra paralela. Finalmente, una tercera línea surgió sobre ambas formando un enorme rectángulo.

Theo miró a los demás.

—Era una broma.

El suelo comenzó a vibrar bajo sus pies.

Emma retrocedió.

La gigantesca sección de la pared delimitada por aquellas líneas empezó a hundirse lentamente hacia el interior de la pirámide. El sonido de la piedra retumbó por toda la avenida mientras una oscuridad absoluta aparecía al otro lado.

Nadie dijo nada durante varios segundos.

Han terminó mirando a Theo.

—Cuando salgamos de aquí, recuérdame que te lleve conmigo cada vez que no encuentre una puerta.

Theo contempló la enorme abertura que acababa de aparecer frente a ellos.

—No pienso volver a decir nada en voz alta mientras estemos aquí dentro.

—No han sido las palabras. Has esperado que funcionaran, aunque solo fuera durante un segundo, y por eso la puerta ha aparecido —dijo Emma.

Emma dio un paso hacia la entrada.

Desde el interior no llegaba ningún sonido. Ninguna luz. Nada que permitiera saber qué los esperaba al otro lado.

Pero por primera vez desde que habían entrado en aquel mundo, estaba convencida de que Caleb se encontraba cerca.

Muy cerca.

Delante de ellos se extendía un pasillo completamente oscuro.

La escasa luz que llegaba desde la entrada apenas conseguía penetrar unos metros antes de ser devorada por la oscuridad.

Uno a uno fueron pasando al interior, avanzando con cautela mientras intentaban distinguir qué tenían delante.

Emma se quitó la mochila, metió la mano en su interior y pensó en varias linternas.

Fue sacándolas una tras otra y repartiéndolas entre los demás.

Al encenderlas, los haces de luz atravesaron la oscuridad y revelaron que las paredes eran iguales a las del exterior de la pirámide: completamente doradas y cubiertas por los mismos grabados que parecían cambiar y moverse dependiendo del ángulo desde el que los iluminaran.

Siguieron caminando durante un rato. Primero avanzaron de frente, después giraron a la derecha, más adelante a la izquierda y finalmente continuaron otra vez en línea recta.

El pasillo parecía no conducir a ninguna parte.

No había puertas, habitaciones ni bifurcaciones, únicamente aquella sucesión de pasillos dorados que los obligaba a cambiar de dirección sin que pudieran saber cuánto se habían adentrado en la pirámide.

—Este sitio me da claustrofobia —dijo Theo, comenzando a tener la sensación de que las paredes se estrechaban cada vez más.

Al principio pensó que se trataba únicamente de una impresión provocada por aquel pasillo interminable, pero unos metros después tuvo que inclinar ligeramente la cabeza para no golpearse contra el techo.

—¿El techo estaba tan bajo antes? —preguntó.

Los demás levantaron sus linternas.

—No —respondió Ava.

A medida que avanzaban, el espacio se reducía progresivamente.

Theo, por ser uno de los más altos, fue el primero en tener que caminar encorvado, pero poco después los demás también comenzaron a agachar la cabeza.

El techo descendía lentamente mientras las paredes se aproximaban entre sí, obligándolos a caminar cada vez más juntos.

De pronto, Emma distinguió algo al fondo.

—Esperad.

Todos se detuvieron.

Emma entrecerró los ojos. A varios metros de distancia se veía un pequeño punto de luz.

—Hay una salida.

Continuaron hacia ella. Cuanto más se acercaban, más estrecho y bajo se volvía el pasillo.

Primero tuvieron que avanzar completamente encorvados.

Después comenzaron a caminar agachados y, finalmente, el techo descendió tanto que no les quedó más remedio que ponerse de rodillas.

La abertura iluminada estaba cada vez más cerca, pero llegar hasta ella resultaba más incómodo con cada metro que recorrían.

Emma avanzó apoyando una mano en el suelo mientras sujetaba la linterna con la otra. El espacio se había reducido tanto que apenas podía levantar la cabeza sin rozar el techo.

—Ya casi está —dijo al ver la salida a pocos metros.

Continuaron avanzando de rodillas hasta que ni siquiera así pudieron seguir.

Tuvieron que inclinarse todavía más y recorrer los últimos metros prácticamente a rastras.

Emma fue la primera en alcanzar la abertura.

Apoyó las manos al otro lado y salió reptando, apartándose rápidamente para dejar espacio a los demás.

Uno tras otro fueron haciendo lo mismo.

Cuando finalmente todos consiguieron salir, se incorporaron lentamente.

Y se encontraron en una sala gigantesca.

—Menudo sitio —dijo Emma.

Natalie entró detrás de ella y levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué es este sitio?

Los demás fueron entrando uno tras otro hasta quedar agrupados junto a la abertura.

Ante ellos se extendía una sala de proporciones descomunales.

Era imposible calcular sus dimensiones. Las paredes se perdían en la distancia y, por más que levantaban la mirada, ninguno conseguía distinguir el techo.

La oscuridad terminaba devorándolo mucho antes.

—Esto no puede caber dentro de la pirámide —dijo Ava.

—Después de todo lo que hemos visto, ¿eso es lo que te sorprende? —preguntó Theo.

—No me sorprende, pero todavía no me acostumbro a este sitio.

Emma dio unos pasos hacia delante. Fue entonces cuando comenzó a distinguir las escaleras.

Había cientos de ellas.

Algunas nacían directamente del suelo y ascendían hasta perderse en la oscuridad.

Otras recorrían las paredes en horizontal antes de girar en ángulos imposibles.

Varias descendían desde algún punto que no alcanzaban a ver y terminaban bruscamente en mitad del vacío.

Había escaleras invertidas, otras que se cruzaban entre sí y algunas que parecían conectar el suelo con las paredes y las paredes con un techo que ni siquiera podían ver.

Sophie señaló hacia arriba.

—Mirad eso.

Todos siguieron la dirección de su dedo.

A decenas de metros sobre ellos había una escalera completamente invertida.

—¿Cómo narices se supone que alguien puede caminar por ahí? —preguntó Han.

—No puede —respondió Theo.

Emma lo miró.

—Estamos dentro de ONEIROS. Creo que hace bastante tiempo que deberíamos haber dejado de utilizar la palabra «imposible».

Theo observó nuevamente aquella estructura.

—Vale. Reformulo la pregunta. ¿Cómo se supone que nosotros vamos a caminar por ahí?

Natalie avanzó hasta el comienzo de la primera escalera. Subió dos peldaños y se detuvo.

—Antes de hacer nada, deberíamos decidir hacia dónde vamos.

—Buena idea —respondió Sophie—. ¿Arriba, abajo, por la pared o por el techo?

—Arriba parece lo más lógico —dijo Emma.

Ava soltó una pequeña carcajada.

—¿Arriba dónde?

Emma se volvió hacia ella.

—Arriba.

—Sí, eso ya lo he entendido. —Ava señaló las escaleras—. Lo que estoy preguntando es cuál de todos esos sitios consideramos arriba.

Emma volvió a mirar la sala.

—Vale... tienes razón.

Han se acercó a una de las paredes y apoyó una mano sobre ella.

—Quizá no tengamos que elegir.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Theo.

—Que seguimos pensando como si estuviéramos despiertos. Suelo, paredes, techo... Aquí esas cosas no tienen por qué significar nada.

Natalie bajó de la escalera.

—Tampoco sabemos qué ocurrirá si nos separamos.

—Entonces no nos separamos —dijo Emma inmediatamente.

Theo señaló una de las escaleras que ascendía frente a ellos.

—Pues esa parece tan buena como cualquier otra.

—Estupendo criterio científico —dijo Ava.

—Gracias.

Comenzaron a avanzar. Emma iba delante, seguida por Natalie, Ava, Sophie, Han y Theo. La escalera ascendía durante varios metros antes de girar bruscamente hacia la izquierda y continuar pegada a una de las paredes.

Emma se detuvo.

—Aquí se acaba.

Natalie se acercó.

—No. Continúa por la pared.

—Ya veo que continúa por la pared.

—Entonces sigue.

Emma la miró como si acabara de decir una estupidez.

—Natalie, hay una diferencia bastante importante entre subir unas escaleras y caminar por una pared.

—Han acaba de decirlo. Quizá la diferencia solo exista porque esperamos que exista.

Theo miró hacia abajo.

—Y quizá Emma dé un paso, se caiga desde veinte metros y descubramos que la gravedad sigue funcionando perfectamente.

—Gracias, Theo —dijo Emma—. Me ayudas muchísimo.

Emma observó el siguiente peldaño. Estaba colocado en perpendicular respecto a ella. Para continuar tendría que apoyar el pie prácticamente contra la pared.

Respiró profundamente.

—Aquí dentro quien cree de verdad es quien tiene el control —murmuró.

Natalie la miró.

Emma levantó una pierna y apoyó el pie sobre el siguiente escalón.

Durante un instante no ocurrió nada.

Después llevó el peso de su cuerpo hacia delante.

El mundo giró.

Emma soltó un grito y abrió los brazos instintivamente, pero no cayó. De pronto se encontraba de pie sobre la pared.

—¡Joder!

Desde su perspectiva, los demás estaban pegados a una pared vertical a varios metros de distancia.

—¿Emma? —gritó Theo.

Ella miró hacia sus pies y después hacia ellos.

—Estoy bien.

Ava abrió mucho los ojos.

—¿Qué ves?

Emma tardó unos segundos en responder.

—A vosotros.

—Eso ya lo suponíamos.

—No. No lo entendéis. —Emma señaló hacia ellos—. Para mí sois vosotros los que estáis en la pared.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Natalie levantó la mirada hacia las cientos de escaleras que recorrían aquella sala imposible.

—La gravedad no tiene una dirección.

Ava comprendió inmediatamente lo que quería decir.

—Cada escalera establece su propio suelo.

Han sonrió.

—Esto empieza a ponerse interesante.

Theo negó lentamente con la cabeza.

—Me preocupa muchísimo que hayas dicho eso.

Emma los observó desde la pared.

—Vamos. No es para tanto.

—Lo dices porque ya estás ahí —respondió Sophie.

Natalie fue la siguiente. Apoyó el pie, desplazó el cuerpo y experimentó la misma sensación de vértigo cuando toda la sala pareció girar alrededor de ella. Un instante después estaba junto a Emma.