Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 20 — La pirámide
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Capítulo 20 — La pirámide

E mma y Natalie avanzaron por la gran avenida en dirección a la pirámide mientras hablaban de todo lo que acababan de vivir.

A ambos lados, los enormes edificios de cristal se alzaban en completo silencio, con sus fachadas imposibles reflejando aquella extraña luz azulada que bañaba la ciudad.

No habían vuelto a ver a nadie desde que abandonaron el edificio de las puertas.

Las ventanas permanecían cerradas, las calles desiertas y ni siquiera se escuchaba el sonido del viento.

Era como si toda la ciudad hubiese quedado en suspenso, observándolas mientras se dirigían hacia el gigantesco monumento que dominaba el horizonte.

—Cuando encontremos a Caleb, ¿crees que querrá despertar con nosotros? Porque no parece que nos lo esté poniendo fácil precisamente —preguntó Natalie.

Emma tardó unos segundos en responder. No podía dejar de pensar en todo lo ocurrido desde que habían entrado en aquel mundo.

En las criaturas, en los recuerdos convertidos en trampas y, sobre todo, en la advertencia de Peter.

Si realmente todo aquello procedía de la mente de Caleb, le costaba aceptar que fuese él quien estuviera intentando matarlos.

—No lo sé. Mi corazón me dice que sí. No veo a Caleb capaz de encerrarnos aquí hasta que muramos. Pero, como tú misma dijiste, parece que este sitio tiene vida propia y no quiere que lo despertemos.

Natalie levantó la mirada hacia la pirámide.

Cuanto más se acercaban, más difícil resultaba calcular sus dimensiones.

Desde lejos ya parecía gigantesca, pero ahora comenzaban a comprender que la distancia las había engañado.

Aquello no era un simple monumento en el centro de la ciudad.

Era una construcción descomunal que empequeñecía todo cuanto la rodeaba.

—Quizá ni siquiera sea Caleb quien intenta detenernos —dijo Natalie—. Puede que su subconsciente haya creado algún tipo de mecanismo de defensa. Si una parte de él quiere permanecer aquí, ONEIROS podría estar interpretándonos como una amenaza.

—Entonces tendremos que convencer a esa parte de que no queremos hacerle daño.

—Espero que sea tan fácil.

—Después de todo lo que hemos pasado, dudo mucho que vaya a serlo.

Continuaron caminando durante varios minutos hasta alcanzar finalmente la base de la pirámide.

Allí tuvieron que echar la cabeza hacia atrás para intentar ver la cima, pero la perspectiva era tan abrumadora que parecía perderse contra el cielo azulado.

Los enormes bloques que formaban su superficie eran completamente dorados, aunque no parecían hechos de oro.

No había juntas visibles entre ellos ni irregularidades en la construcción.

Toda la estructura daba la impresión de haber sido tallada a partir de una única pieza gigantesca.

Emma se acercó lentamente. Sobre la superficie había cientos de inscripciones formadas por símbolos que no reconocía.

Algunos recordaban vagamente a jeroglíficos, otros parecían figuras geométricas y muchos no se asemejaban a ningún tipo de escritura que hubiera visto antes.

Sin embargo, lo verdaderamente extraño era que no permanecían quietos.

Al moverse de un lado a otro, las inscripciones parecían transformarse.

Un símbolo se convertía en otro dependiendo del ángulo desde el que lo observaban, como si estuviesen contemplando un holograma incrustado en la propia superficie.

—Natalie... mira esto.

Natalie se acercó.

—Muévete hacia la derecha.

Natalie lo hizo lentamente.

—Están cambiando.

—Exacto.

Natalie pasó varias veces frente a la pared observando los símbolos.

—No creo que cambien realmente. Parece algún tipo de efecto de perspectiva.

—¿Aquí dentro todavía sigues buscando explicaciones lógicas?

Natalie esbozó una pequeña sonrisa.

—Es una mala costumbre.

Emma extendió la mano y apoyó la palma sobre uno de los bloques.

La retiró inmediatamente.

—Joder.

—¿Qué pasa?

Emma volvió a tocarlo, esta vez con más cuidado. Un frío intenso atravesó la palma de su mano.

—Está helado.

Natalie apoyó también la suya.

—Es como tocar un bloque de hielo.

—Pero aquí no hace frío.

Ambas permanecieron unos segundos observando aquella superficie dorada. La pirámide parecía absorber el calor de sus manos. Natalie terminó apartándose.

—No me gusta.

—A estas alturas, si encontrásemos algo que te gustase empezaría a preocuparme.

Rodearon parte de la estructura buscando algún acceso, pero no encontraron nada. No había puertas, escaleras, pasadizos ni una sola abertura visible. Únicamente aquella interminable superficie cubierta de símbolos cambiantes.

Entonces escucharon pasos acercándose por la avenida.

Emma se giró rápidamente.

—¡Emma!

Theo y Ava corrían hacia ellas. Emma apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Theo llegara hasta ella y la abrazara con fuerza.

—¿Cómo estás? —preguntó mientras se separaba lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Estoy bien —respondió Emma, intentando tranquilizarlo—. De verdad.

Theo mantuvo las manos sobre sus brazos durante unos segundos, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí.

—Pensé que os habría pasado algo.

—Algo nos ha pasado —respondió Natalie—. Pero estamos enteras.

—Nosotros también hemos tenido nuestros problemas —dijo Ava.

—Luego me lo contáis.

Otra voz resonó al fondo de la avenida.

—¡Eh!

Todos se giraron. Sophie y Han venían corriendo hacia ellos.

Natalie dejó escapar un suspiro de alivio al comprobar que estaban los seis.

Sophie y Han llegaron finalmente junto al grupo, todavía respirando con dificultad.

—Gracias por avisarnos, Sophie. Por lo que veo, todos hemos pasado por un mal trago.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Emma.

—Sí, salvo por el corte de la mano —respondió Han.

Emma frunció el ceño.

—¿Qué corte?

—Este.

Han levantó la mano para enseñársela.

Se quedó mirándola.

—Pero ¿qué…?

Sophie abrió mucho los ojos.

El vendaje había desaparecido.

Han giró la mano varias veces, primero mostrando la palma y después el dorso. No había sangre. No había cicatriz. Ni siquiera quedaba la más mínima marca sobre su piel.

—No puede ser —murmuró Sophie.

—¿Qué pasa? —preguntó Ava.

Sophie agarró la mano de Han y la examinó de cerca.

—Tenía un corte muy profundo. Se lo he vendado yo misma.

—Pues ya no está —dijo Theo.

—Eso ya lo veo —respondió Han antes de soltar una maldición en coreano.

Sophie continuó examinándole la mano.

—No tiene sentido. La herida estaba abierta. Sangraba muchísimo.

Natalie observó la mano durante unos segundos.

—Aquí dentro tampoco debería tenerla.

Sophie levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Que la herida nunca ha existido fuera de ONEIROS. Si este mundo puede crearla, también puede eliminarla. Para nosotros han pasado unos minutos desde que ocurrió, pero aquí dentro eso no significa absolutamente nada.

Han abrió y cerró varias veces los dedos.

—Pues podría haber decidido hacerlo antes de que me cortaran.

—Creo que precisamente esa era la intención —respondió Emma—. Este lugar intenta confundirnos, asustarnos, separarnos... cualquier cosa con tal de que desistamos de encontrar a Caleb.

Durante unos instantes nadie dijo nada.

Los seis terminaron mirando hacia la pirámide.

Ahora que estaban juntos frente a ella, su tamaño resultaba todavía más intimidante. La superficie dorada se extendía hacia ambos lados hasta ocupar prácticamente todo su campo de visión, mientras los símbolos continuaban cambiando sutilmente cada vez que alguno de ellos se movía.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Theo.

Emma volvió a mirar hacia arriba.

—Entrar.

—Gran plan —respondió Ava—. Solo tiene un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

Ava señaló la enorme pared dorada.

—Que no hay puerta.

Emma se acercó nuevamente a la superficie.

—Tiene que haber alguna forma de entrar.

Esta pirámide está justo en el centro de este mundo.

La hemos visto desde prácticamente cualquier lugar de la ciudad y todo parece construido alrededor de ella.

Además, cada vez que hemos intentado acercarnos a Caleb hemos terminado viniendo en esta dirección.

No creo que sea casualidad. Presiento que todas las respuestas sobre dónde está Caleb confluyen aquí.

—Eso no explica cómo entramos —dijo Han.

—Ya lo sé.

Los seis comenzaron a buscar algún acceso.

Se separaron varios metros y recorrieron la base de la pirámide examinando cada bloque, cada inscripción y cualquier irregularidad que pudiera esconder una puerta.

Ava incluso pasó las manos por algunas de las líneas entre los símbolos intentando encontrar algún mecanismo oculto, mientras Theo golpeaba suavemente distintas zonas con el bastón para comprobar si alguna sonaba hueca.

Nada.

Después de varios minutos volvieron a reunirse.

—No hay ninguna entrada por ningún lado —dijo Theo.

Emma contempló la enorme pared dorada frente a ellos.

—Tiene que haberla.

—Puede que no —respondió Natalie.

Todos la miraron.

—¿Cómo que puede que no? —preguntó Sophie.

Natalie señaló la pirámide.

—Seguimos pensando como si esto fuese un edificio real. Una construcción necesita una entrada porque alguien tiene que poder entrar y salir. Pero esto no es una construcción. Estamos dentro de un sueño. Puede que la pirámide ni siquiera tenga interior hasta que nosotros intentemos acceder a él.

Ava asintió lentamente.

—Como todo lo demás. Las cosas existen porque esperamos que existan.

—Exacto.

Han cruzó los brazos.

—Entonces ¿qué hacemos? ¿Pensamos muy fuerte en una puerta?

—No sería la cosa más absurda que hemos hecho desde que entramos aquí —respondió Theo.

Emma volvió a apoyar la mano sobre la superficie helada.

—A lo mejor tenemos que decir algo... o pensar en algo.

Theo la miró con una sonrisa burlona.

—Sí, claro. Ábrete, Sésamo.

Un profundo estruendo surgió del interior de la pirámide.

La sonrisa desapareció del rostro de Theo.

Todos se quedaron completamente inmóviles.

—No me jodas... —murmuró Ava.

Las inscripciones situadas frente a ellos comenzaron a brillar.