Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 19 — Las puertas del recuerdo #3
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Capítulo 19 — Las puertas del recuerdo #3

Emma también se paró y la miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque me fijaba en cómo os mirabais. Se notaba a la legua.

Natalie permaneció unos segundos en silencio, procesando aquellas palabras.

—¿De verdad crees que yo le gustaba?

—Totalmente.

Natalie volvió a caminar.

—Pues nunca dijo nada.

—Tú tampoco.

—Tenía miedo de que me rechazara —admitió finalmente Natalie—. Cada vez que pensaba en decirle algo encontraba una excusa para no hacerlo. Y cuando por fin estaba decidida a dar el paso... apareció la Barbie.

Emma no pudo evitar sonreír.

—Jennifer.

—La Barbie.

—Vale, la Barbie.

Por primera vez desde que habían entrado en aquel edificio, Natalie dejó escapar una pequeña sonrisa.

Emma caminó unos pasos más antes de mirarla.

—Pues si salimos de aquí, deberíais hablar.

Natalie arqueó una ceja.

—¿En serio estamos atrapadas en un pasillo infinito, alguien o algo nos está amenazando y tú estás intentando emparejarme con Caleb?

—Una cosa no quita la otra.

Natalie negó con la cabeza.

—Eres increíble.

—Solo digo que hacéis muy buena pareja.

La sonrisa de Natalie desapareció poco a poco cuando volvió a mirar hacia delante.

El pasillo continuaba extendiéndose ante ellas.

Y las puertas parecían no terminar nunca.

Continuaron caminando por el interminable pasillo.

Después de lo que habían visto, ninguna de las dos parecía demasiado dispuesta a comprobar qué escondía la siguiente puerta, pero Emma empezaba a convencerse de que aquel lugar intentaba mostrarles algo.

Algunas escenas eran recuerdos reales; otras, fantasías o deseos que jamás habían sucedido.

Sin embargo, todas parecían pertenecer de algún modo a Caleb.

Tras avanzar unos metros, Emma se detuvo frente a otra puerta.

—Voy a abrir esta.

Natalie la miró con resignación.

—Espero que esta vez nos ahorremos los traumas infantiles y las fantasías sexuales.

Emma giró el pomo.

Nada más cruzar el umbral, el olor característico del desinfectante le permitió reconocer el lugar antes incluso de comprender lo que estaba viendo.

Era la habitación de un hospital.

La luz blanca del techo iluminaba una estancia pequeña y silenciosa. Junto a una de las paredes había varios equipos médicos y un soporte metálico del que colgaba una bolsa de suero. El sonido monótono de un monitor rompía el silencio a intervalos regulares.

En la cama estaba Peter.

Emma sintió un nudo en el estómago.

El padre de Caleb estaba extremadamente delgado.

Su rostro había perdido casi todo el color y apenas quedaba rastro del hombre fuerte que ella había conocido durante tantos años.

Los efectos de la quimioterapia eran evidentes: su cuerpo parecía consumido por la enfermedad y cada movimiento requería un esfuerzo enorme.

Peter giró lentamente la cabeza.

Cuando vio a Emma, una débil sonrisa apareció en su rostro. Con dificultad, sacó una mano de debajo de las sábanas y la extendió hacia ella, invitándola a acercarse.

Emma no dudó.

Cruzó la habitación hasta situarse junto a la cama y tomó su mano entre las suyas.

Durante unos segundos no pudo decir nada.

Había pasado gran parte de su vida junto a aquel hombre.

Desde que ella y Caleb se conocieron siendo apenas unos niños, Peter siempre había formado parte de sus recuerdos.

Había estado presente en cumpleaños, celebraciones, tardes interminables en casa de Caleb y muchos otros momentos que ahora parecían pertenecer a otra vida.

Para Emma nunca había sido simplemente el padre de su mejor amigo.

Lo había querido como a un segundo padre.

Peter apretó débilmente su mano.

—Hola, cariño. ¿Qué haces aquí?

Emma tuvo que hacer un esfuerzo para responder.

—Hemos venido a buscar a Caleb.

La sonrisa de Peter desapareció lentamente.

—Está atrapado aquí dentro.

Emma miró a Natalie antes de volver a fijarse en él.

—¿Sabes dónde está?

Peter negó despacio con la cabeza.

—He intentado que entienda que tiene que dejarme ir, pero hay algo dentro de él que no se lo permite. Se aferra a mí, a los recuerdos, a todo aquello que ha perdido... porque piensa que si lo deja desaparecer volverá a quedarse solo.

Emma sintió cómo se le humedecían los ojos.

—Entonces ayúdame. Dime qué tengo que hacer.

Peter la observó con una profunda tristeza.

—Está roto por dentro, Emma. Y tú eres la única que puede ayudarlo a recomponerse.

Una lágrima comenzó a deslizarse por la mejilla de Emma.

—Yo tengo la culpa de que esté en esta situación. Fui yo quien lo trajo a ONEIROS. Si nunca le hubiera enseñado este lugar...

Peter negó lentamente.

—No, mi niña. Tú no tienes la culpa de nada de esto.

Emma bajó la mirada.

—Si no lo hubiera traído, ahora no estaría atrapado aquí.

—Y si tú no hubieras estado a su lado todos estos años, quizá Caleb se habría perdido mucho antes.

Emma volvió a mirarlo.

—Siempre has sido como una hija para mí —continuó Peter—. Y siempre has estado a su lado. Cuando éramos incapaces de llegar hasta él, tú lo conseguías. Cuando no quería hablar con nadie, hablaba contigo. No puedes culparte por haber intentado ayudarlo.

Emma apretó con más fuerza su mano.

—No sé cómo sacarlo de aquí.

—Lo encontrarás.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Peter sonrió débilmente.

—Porque lo conoces mejor que nadie. Caleb te necesita más que nunca y estoy seguro de que encontrarás la solución.

Emma ya no pudo contenerse. Se inclinó sobre la cama y abrazó con cuidado aquel cuerpo frágil. Durante unos segundos cerró los ojos y permitió que el recuerdo la envolviera. Peter levantó lentamente un brazo y lo apoyó sobre su espalda.

Entonces su cuerpo se tensó.

—Emma...

Había algo diferente en su voz.

Emma se separó y lo miró.

Peter ya no sonreía. Miraba hacia algún punto situado detrás de ella, como si pudiera ver algo que Emma y Natalie todavía no eran capaces de percibir.

—Tenéis que iros.

Emma frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Ella os ha encontrado.

Natalie dio un paso hacia la cama.

—¿Quién?

Peter volvió a mirar a Emma.

—No quiere que encuentres a Caleb.

El corazón de Emma comenzó a latir con más fuerza.

—¿Quién nos ha encontrado? ¿Quién es ella?

Peter no respondió.

—Peter, por favor. Todos nos dicen lo mismo. ¿Quién es ella?

Los párpados de Peter comenzaron a cerrarse.

—Estoy muy cansado... —susurró.

—Peter.

La mano que sujetaba la de Emma perdió lentamente la fuerza hasta terminar completamente relajada entre sus dedos.

—Peter...

Emma permaneció inmóvil unos segundos antes de soltarlo con cuidado y dejar su mano sobre la cama. Se limpió la lágrima de la mejilla y respiró profundamente.

Natalie se acercó a ella.

—¿Estás bien?

Emma asintió, aunque ambas sabían que no era cierto.

Natalie miró hacia la puerta.

—¿Qué querrán decir todos con que «ella» nos encontrará?

Emma contempló por última vez a Peter.

—No lo sé, pero me temo que tarde o temprano vamos a averiguarlo.

Salieron de la habitación y cerraron la puerta tras ellas.

Emma apenas había dado dos pasos cuando se quedó inmóvil.

Natalie estuvo a punto de chocar contra ella.

—¿Qué pasa?

Emma no respondió.

A unos cincuenta metros, en mitad del pasillo, había alguien.

Jennifer.

Permanecía completamente quieta entre las dos filas de puertas blancas, observándolas desde la distancia. No parecía sorprendida de encontrarlas allí. Al contrario.

Sonreía.

—Creo que ya sabemos quién es «ella» —dijo Natalie.

Sin esperar respuesta, comenzó a caminar hacia Jennifer.

Emma también dio un paso, pero algo llamó su atención.

Entrecerró los ojos.

La sonrisa de Jennifer no había cambiado. Permanecía allí, inmóvil, con los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.

Emma sintió un escalofrío.

Agarró a Natalie del brazo y la detuvo.

—Espera.

Natalie se giró hacia ella.

—¿Qué pasa?

Emma no apartó los ojos de Jennifer.

—Mira sus manos.

Las manos de Jennifer ya no eran humanas.

La piel se había vuelto completamente negra y sus dedos, mucho más largos de lo normal, terminaban en enormes garras afiladas y huesudas.

Emma levantó lentamente la mirada hacia su rostro y sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo.

Había algo aterrador en sus ojos. Jennifer continuaba sonriendo, pero aquella sonrisa ya no parecía pertenecer a una persona.

—Natalie... —susurró Emma mientras retrocedía un paso.

Jennifer comenzó a cambiar delante de ellas.

Su cuerpo se arqueó violentamente y empezó a crecer.

Los brazos se alargaron hasta adquirir unas proporciones imposibles y, bajo la ropa, los huesos parecieron desplazarse buscando una nueva posición.

De su espalda comenzaron a surgir varias extremidades largas y delgadas que se desplegaron lentamente hacia los lados, articulándose en ángulos antinaturales.

Cada una terminaba en unas extremidades afiladas que golpeaban las paredes y el suelo mientras la transformación continuaba.

Emma observó horrorizada cómo el rostro de Jennifer comenzaba a deformarse.

Su mandíbula se extendió hacia delante hasta alcanzar un tamaño desproporcionado, dejando al descubierto varias hileras de enormes dientes afilados.

La nariz se hundió progresivamente en el rostro hasta desaparecer casi por completo, dejando únicamente dos orificios alargados.

Sus ojos adquirieron un intenso color rojo sangre mientras las pupilas se contraían hasta convertirse en dos pequeños puntos amarillos.

El cuerpo de la mujer que habían conocido desapareció por completo.

Su torso se transformó en una masa deforme de color negro, atravesada por profundos surcos que parecían contraerse con cada respiración. Las extremidades surgidas de su espalda se apoyaron contra las paredes, elevando ligeramente a la criatura sobre el suelo.

Entonces abrió la boca.

De su garganta surgió un sonido grave y profundo, parecido al gruñido de una fiera encerrada en una caja metálica. El ruido reverberó por el pasillo y pareció llegar desde todas partes al mismo tiempo.

Emma recordó inmediatamente el dibujo.

Las múltiples patas. El cuerpo negro. Los ojos rojos.

—Es la criatura que estábamos dibujando —dijo.