Capítulo 19 — Las puertas del recuerdo #2
—Sí. Y eso es lo que os va a pasar si no salís de aquí.
A Emma le dio un vuelco el estómago.
Aquella era ella misma de pequeña. Reconocía perfectamente su rostro, su pelo, incluso la ropa que llevaba.
Sin embargo, aquella expresión no pertenecía a la niña que recordaba.
La sonrisa era demasiado amplia y sus ojos habían perdido por completo cualquier rastro de inocencia.
Durante un instante tuvo la sensación de estar contemplando algo que simplemente utilizaba su aspecto.
Emma se incorporó rápidamente.
Entonces se dio cuenta de que el aula se había quedado completamente en silencio.
Ya no se escuchaban las piezas de madera chocando entre sí. Nadie hablaba. Nadie reía.
Se giró.
La profesora y todos los niños habían dejado lo que estaban haciendo. Permanecían completamente inmóviles, distribuidos por el aula exactamente en las mismas posiciones que unos segundos antes, pero ahora todos tenían la cabeza girada hacia ellas.
Las observaban.
Ninguno parpadeaba.
Natalie retrocedió un paso.
—Este lugar me está dando muy mal rollo. Será mejor que nos vayamos de aquí.
Emma no necesitó que se lo repitiera. Ambas caminaron rápidamente hacia la puerta. Mientras se alejaban, Emma tuvo que contener el impulso de mirar hacia atrás. Podía sentir aquellas miradas siguiéndolas hasta que atravesaron el umbral y regresaron al pasillo.
Natalie cerró la puerta de golpe.
—No volvamos a abrir esa.
—No pensaba hacerlo.
Se dirigieron hacia el vestíbulo, pero apenas habían avanzado unos metros cuando Emma se detuvo.
—Natalie...
La puerta de entrada había desaparecido.
Las dos echaron a correr hacia el lugar por el que habían accedido al edificio. La gran puerta de cristal que comunicaba con la avenida ya no estaba. En su lugar solo había una pared blanca, lisa y completamente uniforme, idéntica al resto.
Natalie pasó las manos por ella buscando alguna abertura.
—Tiene que estar aquí.
Emma hizo lo mismo. Ni siquiera podían distinguir dónde había estado la puerta.
—Ha desaparecido.
—Ya veo que ha desaparecido —respondió Natalie, cada vez más nerviosa—. La cuestión es cómo demonios salimos ahora.
Emma se apartó unos pasos y miró hacia el largo pasillo repleto de puertas.
—Tenemos que seguir adelante.
Natalie siguió su mirada.
—¿Y si no hay ninguna salida?
—Entonces tendremos que encontrarla.
Comenzaron a caminar.
Durante varios minutos no ocurrió absolutamente nada. El pasillo permanecía inalterable: paredes blancas, suelo liso y puertas idénticas a ambos lados, cada una con un número sobre el marco. Caminaron durante tanto tiempo que Emma terminó mirando hacia atrás.
Se detuvo.
—No puede ser.
Natalie se giró.
El vestíbulo había desaparecido.
Detrás de ellas únicamente se extendía otro pasillo interminable, exactamente igual al que tenían delante. Puertas blancas a la izquierda. Puertas blancas a la derecha. Y un pasillo que se perdía en la distancia hasta que la perspectiva hacía imposible distinguir dónde terminaba.
—Esto no tiene ningún sentido —dijo Natalie—. Llevamos caminando en línea recta. El vestíbulo debería seguir detrás de nosotras.
Emma observó las puertas.
—Creo que aquí dentro el espacio no funciona como en el resto de ONEIROS.
—Estupendo. Otro sitio donde las reglas no sirven para nada.
Continuaron avanzando hasta que Emma se detuvo frente a otra puerta.
Natalie la miró.
—Después de lo que acaba de pasar, dime que no estás pensando en abrirla.
—Si el pasillo no tiene salida, quizá alguna de estas puertas sí.
—O quizá detrás haya otra versión tuya de siete años diciéndonos cómo vamos a morir.
Emma agarró el pomo.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Abrió la puerta y cruzó el umbral.
Esta vez reconoció el lugar inmediatamente.
Era el dormitorio de Caleb.
No el de la casa blanca junto al acantilado, sino su verdadero dormitorio, el de muchos años atrás. Emma reconoció los muebles, los pósteres de las paredes, los libros apilados sobre el escritorio y la ventana por la que tantas veces había visto entrar la luz mientras pasaban las tardes juntos.
Pero había algo que no encajaba.
Sobre la cama estaban Caleb y ella.
Eran más mayores que en el recuerdo anterior. Tendrían unos doce o trece años. Estaban abrazados, besándose y acariciándose con la torpeza propia de dos adolescentes que apenas comenzaban a descubrir aquellas sensaciones.
Emma se quedó paralizada.
—Esto nunca ocurrió.
Natalie miró alternativamente a los dos adolescentes y a Emma.
—¿Estás segura?
Emma le lanzó una mirada.
—Natalie.
—Vale. Pregunta estúpida.
Emma volvió a observar la escena.
—Este lugar debe de estar mezclando los recuerdos con fantasías... o con pensamientos de Caleb. Yo nunca he vivido esto.
Aquella posibilidad resultaba todavía más inquietante. Si algunas puertas contenían recuerdos reales y otras mostraban cosas que Caleb había imaginado, entonces no tenían ninguna forma de saber qué encontrarían detrás de la siguiente.
De pronto, los dos adolescentes dejaron de besarse.
Caleb levantó la cabeza.
La joven Emma hizo lo mismo.
Ambos se quedaron mirando fijamente a las dos mujeres que acababan de entrar en la habitación.
Emma sintió cómo se le erizaba la piel.
Otra vez.
Exactamente igual que en el aula.
El Caleb adolescente sonrió lentamente.
—No deberíais estar aquí.
Emma retrocedió hacia la puerta.
—¿Quién no quiere que estemos aquí?
La sonrisa del muchacho se ensanchó.
—Ella os va a encontrar.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Caleb no respondió.
Simplemente continuó sonriendo.
Natalie agarró a Emma del brazo.
—Vámonos.
Las dos atravesaron rápidamente la puerta y regresaron al pasillo. Emma la cerró tras ellas y permaneció unos segundos con la mano sobre el pomo.
—¿Quién demonios es «ella»? —preguntó Natalie.
Emma observó la interminable sucesión de puertas blancas que se extendía ante ellas.
—No lo sé.
Continuaron caminando.
—Tengo curiosidad por saber qué pasa si eres tú quien abre una puerta —dijo Emma.
Natalie contempló durante unos segundos la interminable sucesión de puertas blancas.
—Después de lo que hemos visto hasta ahora, no sé si yo tengo tanta curiosidad.
—Quizá cambie lo que hay detrás dependiendo de quién la abra.
Natalie terminó asintiendo. Se acercó a una de las puertas y apoyó la mano sobre el pomo.
—Bueno, veamos qué tiene preparado este sitio para mí.
Giró el pomo y abrió.
Las dos cruzaron el umbral y, de inmediato, reconocieron dónde se encontraban.
Estaban en la universidad, concretamente en los vestuarios.
Varias filas de taquillas se extendían a ambos lados y el suelo de baldosas estaba húmedo.
El sonido constante del agua llegaba desde la zona de las duchas y una fina capa de vapor flotaba en el ambiente.
Entonces escucharon unos gemidos procedentes del fondo.
Natalie se detuvo.
—No me gusta nada por dónde va esto.
Emma no respondió. Las dos avanzaron lentamente hacia las duchas.
Al principio apenas podían distinguir lo que había delante de ellas.
El vapor producido por el agua caliente formaba una espesa neblina que ocultaba parcialmente el fondo de la estancia, pero, conforme se acercaron, dos siluetas comenzaron a definirse entre la bruma.
Natalie se quedó clavada en el sitio.
Bajo una de las duchas estaban Caleb y ella.
Parecían algo más jóvenes que en la actualidad. Los dos estaban desnudos bajo el agua, abrazados en la intimidad de aquel encuentro mientras Caleb permanecía detrás de ella, sujetándola y besándola.
Natalie abrió mucho los ojos y sus mejillas adquirieron inmediatamente un intenso tono rojizo.
—Esto no ha pasado nunca —dijo, visiblemente avergonzada.
Emma la miró de reojo.
—Ya me imaginaba.
—Pues no pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Te conozco, Emma.
En cuanto escucharon sus voces, la escena se detuvo.
La otra Natalie se separó lentamente de Caleb y giró la cabeza.
La verdadera Natalie dejó de sonreír.
Aquello volvía a repetirse.
Su otra versión salió de la ducha y comenzó a caminar hacia ellas. No parecía sentir ninguna vergüenza ni preocupación. Se limitaba a observarlas con aquella misma expresión perturbadora que ya habían visto en los niños del aula y en el Caleb adolescente.
Se detuvo a pocos pasos de ellas.
—Ella está cerca —dijo con una sonrisa—. Y va a acabar con vosotras.
Emma dio un paso hacia ella.
—¿Quién es ella?
La joven Natalie ladeó ligeramente la cabeza.
—Ella.
—¿Quién? —insistió Emma—. ¿De quién estás hablando?
La sonrisa de la muchacha se hizo todavía más inquietante.
—Ella —repitió.
Natalie agarró a Emma del brazo.
—No vamos a sacar nada de aquí. Vámonos.
Regresaron rápidamente al pasillo y cerraron la puerta. Durante los primeros metros, Natalie permaneció completamente callada, caminando con la mirada al frente.
Emma terminó rompiendo el silencio.
—¿Estás bien?
—Yo nunca he estado con Caleb —respondió Natalie—. ¿Por qué tendría un recuerdo así?
—Porque no es un recuerdo.
Natalie la miró.
—Entonces, ¿qué es?
Emma continuó caminando mientras pensaba en todo lo que habían visto hasta aquel momento.
—Creo que este lugar no distingue entre recuerdos y cosas que Caleb ha imaginado a lo largo de su vida. La escuela sí era real. Yo recuerdo perfectamente aquel sitio. Pero lo que estábamos dibujando no ocurrió. Lo de su habitación tampoco. Y esto...
—Definitivamente tampoco.
—Exacto. Quizá detrás de estas puertas haya recuerdos reales mezclados con fantasías, deseos, miedos... cualquier cosa que haya quedado almacenada en su mente.
Natalie guardó silencio unos segundos.
—Pero ¿conmigo?
Emma la miró y sonrió ligeramente.
—Sé que eres muy reservada y nunca he querido meterme en esos temas contigo, pero antes de que Caleb empezara a salir con Jennifer vosotros dos os llevabais muy bien.
Natalie apartó la mirada.
—Nos seguimos llevando bien.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Natalie no respondió.
—Sé que te gustaba Caleb —continuó Emma—. Y, aunque él nunca me dijo nada, también estoy bastante segura de que tú le gustabas.
Natalie se detuvo.
—¿Cómo puedes estar tan segura?