Capítulo 19 — Las puertas del recuerdo
E mma y Natalie llegaron finalmente a la ciudad.
Ya habían estado allí durante las anteriores inmersiones con Caleb, pero contemplarla de nuevo seguía resultando sobrecogedor.
Era una ciudad hermosa, casi perfecta, formada por enormes rascacielos de cristal cuyas fachadas reflejaban el cielo de color zafiro y la luz azulada del gigantesco sol que dominaba aquel mundo.
Las amplias avenidas se extendían entre los edificios formando líneas perfectamente rectas y, a lo lejos, en pleno centro de la ciudad, podían distinguir la gran pirámide dorada.
Su cúspide sobresalía muy por encima del resto de construcciones y parecía brillar con luz propia.
—Mira, ahí está la pirámide —dijo Natalie.
Ambas aceleraron el vuelo en aquella dirección, pero, al cruzar una de las enormes avenidas, sintieron algo extraño.
Su velocidad comenzó a disminuir sin que ninguna de las dos hiciera nada para frenarse.
Emma se inclinó hacia delante e intentó avanzar con más fuerza, pero apenas consiguió recorrer unos centímetros.
Frente a ellas no había nada: ni una pared, ni un cristal, ni ninguna estructura visible.
Sin embargo, cuanto más trataban de avanzar, mayor era la resistencia, como si un velo transparente e infinitamente flexible se hubiera extendido de un extremo a otro de la ciudad para impedirles el paso.
Emma alargó una mano. No llegó a tocar ninguna superficie, pero sintió una presión invisible contra la palma.
—Hay algo aquí.
Natalie avanzó hacia un lado intentando encontrar el final de aquella barrera. Emma hizo lo mismo en dirección contraria. Recorrieron decenas de metros, después cientos, pero el resultado fue siempre idéntico. El obstáculo continuaba extendiéndose ante ellas sin mostrar ninguna abertura.
—Deberíamos bajar —dijo Emma—. Quizá desde el suelo podamos encontrar alguna forma de pasar.
Las dos descendieron lentamente hasta posar los pies sobre el asfalto.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles, observando la avenida que tenían delante.
No había coches ni peatones. Tampoco se escuchaba el más mínimo ruido.
Aquella ciudad que en otras ocasiones había estado llena de vida parecía ahora completamente abandonada.
Emma dio un paso.
Nada ocurrió.
Dio otro y después un tercero. Natalie la siguió. La barrera había desaparecido.
—Qué raro —murmuró Natalie mientras continuaban caminando—. No terminaré nunca de entender este lugar. Nunca he entrado en esa pirámide, pero las veces que he estado aquí jamás he tenido problemas para acercarme volando.
Emma levantó la mirada hacia la construcción dorada que se alzaba al final de la avenida.
—Puede que este lugar sea diferente a las otras veces.
—¿Diferente en qué sentido?
—No lo sé. Desde que entramos, ONEIROS no se comporta como antes.
Natalie miró la luz verde de su pulsera antes de continuar avanzando.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Siguieron caminando hacia la pirámide. Al llegar a una de las avenidas principales, Emma giró la cabeza de forma instintiva.
Algo había llamado su atención en el edificio situado a su derecha, a escasos metros de ellas.
Durante apenas un instante había visto a una mujer atravesando las puertas de entrada.
Emma se detuvo en seco.
—Espera.
Natalie también se paró.
—¿Qué pasa?
Emma permaneció mirando fijamente el edificio.
—Me ha parecido ver a Jennifer entrando ahí.
Natalie frunció el ceño y observó la entrada.
—Yo no he visto a nadie.
—Era ella. Estoy segura.
—Emma...
—Vamos —exclamó antes de que Natalie pudiera decir nada más.
Emma echó a correr hacia el edificio y Natalie no tuvo más remedio que seguirla. Atravesaron las puertas esperando encontrar a Jennifer al otro lado, pero no había nadie.
El interior tampoco se parecía en absoluto a lo que habían imaginado al contemplar el edificio desde fuera.
Se encontraban en un amplio vestíbulo iluminado por una luz cálida cuya procedencia no lograban distinguir.
Una larga alfombra roja atravesaba el suelo desde la entrada hasta el extremo opuesto de la estancia.
A ambos lados había dos sillones perfectamente colocados, idénticos entre sí, acompañados por pequeñas mesas de madera.
No había recepción, ascensores ni escaleras.
Nada de aquello encajaba con el enorme rascacielos de cristal que acababan de ver desde la calle.
Al fondo comenzaba un largo pasillo.
Emma avanzó unos pasos y se detuvo frente a él.
Las paredes eran completamente blancas y, a ambos lados, se sucedían decenas de puertas también blancas, todas exactamente iguales.
Sobre cada una había una pequeña placa metálica con un número grabado.
Uno, dos, tres, cuatro... Los números continuaban hasta donde alcanzaba la vista.
El pasillo parecía mucho más largo de lo que permitían las dimensiones exteriores del edificio.
Natalie se colocó junto a Emma.
—Esto no estaba aquí antes, ¿verdad?
—No.
—¿Y estás segura de que has visto entrar a Jennifer?
Emma no apartó la mirada del pasillo.
—Completamente.
Comenzaron a avanzar despacio. Sus pasos resonaban sobre el suelo con un eco extraño que parecía prolongarse demasiado tiempo.
Emma observaba las puertas mientras caminaba, intentando encontrar alguna diferencia entre ellas, alguna señal que indicara por cuál había entrado Jennifer, pero todas eran idénticas.
Finalmente se detuvo frente a una.
No sabía por qué había elegido aquella.
Simplemente sintió que debía abrirla.
—Emma...
Pero ya había colocado la mano sobre el pomo.
Lo giró.
Al abrir la puerta, una intensa luz inundó el pasillo. Emma entrecerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, permaneció inmóvil.
Al otro lado no había una habitación.
Había una escuela.
Emma atravesó lentamente el umbral seguida por Natalie.
El olor a madera, papel y lápices de colores le resultó inmediatamente familiar.
Las paredes estaban decoradas con dibujos infantiles, letras del alfabeto y figuras de animales.
Había pequeñas mesas repartidas por el aula y estanterías llenas de juguetes, cuentos y cajas de colores.
Una profesora permanecía en el centro de la clase junto a varios niños que construían torres con piezas de madera.
Emma sintió un escalofrío.
Conocía aquel lugar.
No era una recreación aproximada. Era exactamente como lo recordaba.
Entonces miró hacia el fondo del aula.
En uno de los pequeños pupitres había dos niños sentados uno junto al otro. Pintaban sobre varias hojas de papel mientras hablaban entre ellos y reían ajenos a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Emma dejó de respirar durante un instante.
Los reconoció inmediatamente.
La niña tenía el pelo oscuro recogido en una coleta y sujetaba un lápiz de color negro entre los dedos. A su lado, un niño de la misma edad dibujaba concentrado mientras de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar lo que ella estaba haciendo.
Eran Caleb y ella.
Muchos años antes de la universidad. Antes de ONEIROS. Antes de que sus vidas se complicaran. Cuando simplemente eran dos niños que pasaban prácticamente cada minuto juntos.
Una sonrisa involuntaria apareció en el rostro de Emma.
—Mira, Natalie —susurró, señalando hacia el fondo—. Soy yo de pequeña... y Caleb está conmigo.
Las dos se acercaron al pequeño pupitre para observar mejor lo que estaban haciendo.
Al principio, Emma contempló los dibujos con curiosidad, esperando encontrarse con alguna de aquellas escenas infantiles que apenas recordaba: una casa, un árbol, quizá algún animal trazado con formas torpes y colores imposibles.
Sin embargo, en cuanto distinguió lo que aparecía sobre las hojas, su sonrisa desapareció.
Había dos personas dibujadas en el centro de la página.
Eran figuras sencillas, trazadas con líneas infantiles, pero lo que ocurría a su alrededor no tenía nada de inocente.
Una enorme criatura de color negro se abalanzaba sobre ellas y parecía estar devorándolas.
Tenía varias patas largas y deformes que nacían de un cuerpo desproporcionado, dos enormes ojos rojos y unas mandíbulas abiertas repletas de dientes afilados.
Alrededor de las dos figuras humanas, el papel estaba cubierto de manchas rojas.
Natalie observó el dibujo durante unos segundos antes de mirar a Emma con evidente desconcierto.
—¿Realmente de pequeña dibujabas cosas tan horribles?
Emma negó lentamente con la cabeza.
—Jamás he pintado algo así —respondió sin apartar la mirada del papel.
Se inclinó un poco más para observarlo. Había algo especialmente perturbador en aquellas figuras. Las dos personas parecían cogidas de la mano y, aunque apenas eran unos cuantos trazos, Emma tuvo la extraña sensación de que representaban a dos mujeres.
—No recuerdo todos los dibujos que hacía de pequeña, obviamente, pero estoy segura de que habrían llamado a mis padres si hubiera hecho algo parecido.
Es más, una vez llamaron a mi madre porque, con tan solo siete años, pinté una maceta con unas flores y la profesora se quedó asombrada de que ese dibujo lo hubiese hecho una niña tan pequeña.
Natalie volvió a mirar aquella criatura.
—Pues desde luego esto no parece una maceta con flores.
Emma se agachó junto a la niña. Tener frente a ella una versión de sí misma de apenas unos años resultaba extraño, pero también fascinante.
Durante unos instantes contempló su rostro, intentando recordar cómo pensaba a aquella edad, qué cosas le preocupaban o qué imaginaba cuando se sentaba junto a Caleb a dibujar.
—¿Qué estás dibujando, bonita? —preguntó con una sonrisa.
La pequeña Emma dejó de mover el lápiz.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, con la mirada clavada en el dibujo. Después levantó lentamente la cabeza.
La sonrisa de Emma desapareció.
Los ojos de la niña se clavaron directamente en los suyos.
—Sois vosotras dos —respondió.
Emma miró de nuevo el dibujo.
—¿Nosotras?
La niña sonrió.