Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 18 — El laberinto imposible
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Capítulo 18 — El laberinto imposible

A va y Theo llegaron hasta el acceso principal del puente y se detuvieron durante unos instantes para contemplarlo.

Desde cerca resultaba todavía más impresionante que desde la distancia.

El suelo estaba cubierto por infinidad de pequeñas figuras geométricas grabadas en el metal, unas apenas visibles y otras ligeramente más marcadas, formando patrones aparentemente aleatorios.

Las enormes columnas que sostenían la estructura ascendían hacia el techo describiendo curvas y ángulos imposibles, como si desafiaran todas las leyes de la física.

Era difícil creer que semejante construcción pudiera mantenerse en pie.

Todo estaba fabricado con un metal plateado perfectamente pulido que reflejaba tenuemente sus siluetas a cada paso.

Sobre sus cabezas, el techo giraba lentamente formando una inmensa espiral que parecía no tener fin.

El movimiento era tan sutil que apenas se percibía, pero bastaba con permanecer quieto unos segundos para que el cerebro comenzara a engañarse, transmitiendo la extraña sensación de que era el puente el que se desplazaba mientras ellos permanecían inmóviles.

Tras observar el lugar durante unos minutos decidieron avanzar.

Nada más cruzar la entrada, un enorme muro apareció frente a ellos obligándolos a detenerse.

A simple vista parecía un callejón sin salida, pero al acercarse descubrieron una estrecha abertura en uno de los laterales.

Desde la distancia aquella entrada resultaba completamente invisible, ocultada por la propia perspectiva del puente.

La atravesaron y continuaron caminando hasta encontrar otro muro, y después otro más.

Cada vez ocurría lo mismo: solo al acercarse descubrían pequeños pasillos que, desde unos metros atrás, parecían no existir.

Poco a poco comprendieron que el puente no era realmente un puente.

Era un inmenso laberinto.

Theo se giró para comprobar el camino por el que habían llegado.

La entrada había desaparecido.

Solo veía más muros plateados extendiéndose en todas direcciones.

—Juraría que hemos venido por ahí... —murmuró.

Ava también miró hacia atrás.

No había ninguna salida.

Era como si el propio laberinto hubiera cambiado de forma después de que entraran.

Continuaron avanzando con cautela. En algunos tramos las paredes se estrechaban tanto que apenas podían caminar uno al lado del otro.

Unos metros después el pasillo volvía a ensancharse hasta convertirse en una enorme galería.

La distribución carecía de cualquier lógica aparente y daba la impresión de haber sido diseñada únicamente para desorientar a cualquiera que intentara atravesarla.

Después de varios minutos caminando, Ava comenzó a fruncir el ceño.

Se detuvo.

Miró fijamente una de las figuras grabadas en el suelo.

Esperó unos segundos sin apartar la vista.

Entonces comprendió qué era lo que llevaba un rato incomodándola.

Las paredes se estaban moviendo.

Era un desplazamiento casi imperceptible, tan lento que resultaba imposible apreciarlo si no se tomaba una referencia fija. Los enormes paneles metálicos se deslizaban silenciosamente unos sobre otros, modificando poco a poco la forma del laberinto.

Ava sintió un escalofrío.

—Tengo la sensación de que no nos estamos moviendo.

Theo la miró extrañado.

—¿Qué quieres decir? Llevamos un buen rato andando.

—Precisamente por eso. Caminamos... pero es como si estuviéramos sobre una cinta de correr. Tus piernas avanzan, pero en realidad permaneces en el mismo sitio.

Theo observó el pasillo que tenían delante.

Todo parecía exactamente igual que hacía unos minutos.

Ava volvió a bajar la vista hacia el suelo.

Las figuras geométricas seguían apareciendo por todas partes.

Algunas eran ligeramente más claras que el metal que las rodeaba y se camuflaban casi a la perfección.

Otras, en cambio, eran un poco más oscuras, lo suficiente para distinguirlas si uno prestaba atención.

Se agachó para observarlas mejor.

Había grupos formados por ocho pequeñas figuras.

Siempre ocho.

Y cada grupo era diferente.

Pasó los dedos sobre una de ellas.

—No sé qué quieren decir estas figuras del suelo...

Theo también empezó a fijarse en ellas.

Había decenas repartidas por todo el puente.

—Están por todas partes. Supongo que serán elementos decorativos. No parece que sigan ningún patrón.

Ava negó lentamente con la cabeza sin dejar de observarlas.

—No... demasiado trabajo para ser solo decoración. Están colocadas con una precisión increíble.

Levantó la vista hacia el siguiente grupo grabado unos metros más adelante.

Después hacia otro.

Y otro más.

Cuanto más los observaba...

Más tenía la sensación de que aquellas figuras estaban intentando decirle algo.

Theo observó la brújula integrada en el mango de su bastón. La aguja no permanecía fija ni un solo instante. Primero señalaba al norte, unos segundos después giraba bruscamente hacia el sur, luego al este y, antes de que pudiera seguirla con la vista, volvía a cambiar de dirección.

Frunció el ceño.

—Esto no tiene ningún sentido. Es como si estuviéramos dando vueltas continuamente... pero yo no noto que nos movamos.

A medida que avanzaban, el pasillo comenzó a estrecharse. Ava levantó la vista y sintió un escalofrío.

Las paredes no estaban quietas.

Se desplazaban muy lentamente hacia ellos.

Era un movimiento tan sutil que habría pasado desapercibido para cualquiera, pero después de haberse fijado en los cambios del laberinto ya era imposible ignorarlo.

—¿No lo notas? —preguntó Ava sin apartar la vista de las paredes.

—¿El qué?

—Se están acercando.

Theo se detuvo y observó ambos lados del pasillo. Al principio no percibió nada, pero, tras unos segundos, comprendió que Ava tenía razón. Las dos paredes avanzaban lentamente reduciendo el espacio entre ellas.

Sin perder tiempo, levantó el bastón hasta colocarlo en posición horizontal a la altura de sus hombros.

Cerró los ojos un instante.

En su mente imaginó que el metal comenzaba a crecer, haciéndose cada vez más largo, más grueso y completamente irrompible.

El efecto fue inmediato.

El bastón empezó a estirarse lentamente hasta que ambos extremos tocaron las paredes del pasillo.

El movimiento cesó.

Las enormes placas metálicas dejaron de desplazarse, incapaces de seguir cerrándose.

—Ha funcionado... —murmuró Theo.

Ava dio unos pasos hacia delante.

Casi al instante, las paredes comenzaron a moverse otra vez.

Theo retiró el bastón y este recuperó su tamaño normal en cuestión de segundos.

—Cada vez que avanzamos... todo cambia.

Ava negó lentamente con la cabeza.

—No es exactamente cuando avanzamos.

Señaló el suelo.

—Es cada vez que pasamos por encima de uno de esos grupos de símbolos.

Theo volvió a mirar las extrañas figuras grabadas en las baldosas.

Seguían pareciéndole simples adornos.

Ava, en cambio, cada vez estaba más convencida de que ocultaban algo.

Continuó caminando unos metros mientras observaba el suelo con atención. De repente se detuvo en seco.

—Espera...

Retrocedió varios pasos hasta una de las baldosas y se agachó.

Theo la observó sin comprender mientras ella recorría con los dedos las pequeñas figuras geométricas grabadas en el metal.

—¿Qué ocurre?

Ava no respondió.

Sus ojos iban saltando de un grupo al siguiente.

Había reparado en un detalle que hasta ese momento le había pasado completamente desapercibido.

Siempre estaban agrupadas de ocho en ocho.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—No puede ser...

Theo frunció el ceño.

—¿Qué has visto?

Ava levantó lentamente la cabeza.

En sus ojos había aparecido ese brillo que Theo conocía tan bien.

Era la expresión que tenía cada vez que encontraba la solución a un problema.

—No son simples figuras.

Hizo una breve pausa.

—Son bits.

—¿Bits?

—Es el lenguaje más básico de cualquier ordenador. Solo existen dos estados posibles: cero y uno. Todo lo que hace un ordenador, absolutamente todo, acaba reducido a esa combinación.

Theo volvió a mirar el suelo.

Seguía sin ver más que pequeñas formas geométricas.

—No entiendo nada.

Ava señaló uno de los grupos.

—Míralo bien. Todos tienen exactamente ocho símbolos. Ocho bits forman un byte. Si cada figura representa un cero o un uno...

No terminó la frase.

Su mente ya estaba trabajando.

Comenzó a recorrer mentalmente la secuencia mientras murmuraba números casi sin darse cuenta.

—Uno... cero... uno... uno... cero...

De pronto recordó el pequeño ordenador enrollable que llevaba sujeto al cinturón.

Lo sacó de su funda, desplegó la fina pantalla flexible y comenzó a introducir distintas combinaciones con rapidez.

Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de sus dedos recorriendo la superficie táctil.

Theo aguardó en silencio.

Entonces Ava sonrió.

—Ya lo tengo.

—¿Qué pone?

Ella levantó la vista hacia el siguiente grupo de símbolos grabado unos metros más adelante.

—No son letras.

Theo permaneció completamente inmóvil.

—Son caracteres.

Su mirada volvió a recorrer el suelo del puente.

Por primera vez, aquellas figuras dejaron de parecer simples adornos.

Alguien...

Había escrito el camino.

Ava se desplazó hasta el siguiente grupo de figuras grabadas en el suelo. Volvió a desplegar el ordenador enrollable, introdujo la nueva secuencia de unos y ceros y esperó unos segundos mientras el programa realizaba la conversión.

De pronto, sus ojos se abrieron de par en par.

—No está escribiendo palabras... Está dibujando direcciones.

Theo se acercó.

—¿Direcciones?

Ava asintió mientras señalaba la baldosa sobre la que se encontraban.

—Cada grupo de ocho figuras representa un carácter, pero Caleb no los ha utilizado para formar texto. Ha escogido los caracteres de las flechas. Esta baldosa nos indica cuál debe ser el siguiente paso. Cuando lleguemos a la siguiente, tendremos que volver a traducir el siguiente grupo.

Theo levantó la vista hacia el laberinto. A su alrededor, las enormes paredes metálicas continuaban deslizándose lentamente, cambiando la forma de los pasillos sin hacer el menor ruido.

—Así que el camino nunca está delante de nosotros...