Capítulo 17 — La señora Collins #2
La señora Collins los observó con una sonrisa tan dulce como inquietante.
Durante un segundo pareció que iba a despedirse con normalidad, pero, de repente, su expresión se deformó por completo.
Los ojos se abrieron de forma antinatural, la sonrisa se estiró hasta resultar grotesca y, con una voz ronca cargada de una rabia inexplicable, gritó:
—¡Comeros las putas galletas, coño!
Sophie dio un bote y agarró instintivamente la mano de Han. El cambio había sido tan brusco que ninguno de los dos supo cómo reaccionar durante unos segundos.
Han fue el primero en recuperar la compostura.
—¡Eh! No le consiento que nos hable de esa manera. Nos vamos de aquí.
Margaret no respondió. La expresión de locura desapareció tan rápido como había llegado. Dio media vuelta con absoluta tranquilidad y regresó caminando hacia la cocina, como si nada hubiera ocurrido.
Sophie y Han no esperaron ni un segundo más.
Salieron de la salita de estar casi a la carrera y llegaron al pequeño recibidor.
Han agarró el pomo de la puerta principal y tiró con fuerza.
No se movió. Lo intentó otra vez, giró el pestillo, empujó con el hombro y volvió a tirar.
Nada. La puerta permanecía completamente bloqueada.
—¿Qué demonios...?
Han comenzó a mover el tirador con fuerza mientras Sophie también empujaba desde un lado, pero era inútil. Entonces escucharon un crujido.
Creeec...
La vieja madera del suelo acababa de sonar justo detrás de ellos.
Los dos se quedaron inmóviles y, muy despacio, se dieron la vuelta.
La señora Collins estaba allí.
No habían oído sus pasos. Permanecía de pie en mitad del recibidor, completamente inmóvil, observándolos en silencio. Su sonrisa había desaparecido. Sophie bajó la mirada y sintió que el corazón se le aceleraba. En la mano derecha sujetaba un gran cuchillo de cocina.
Antes de que pudieran reaccionar, Margaret lanzó un grito desgarrador y se abalanzó sobre ellos con una velocidad imposible para una mujer de su edad.
El cuchillo descendió directamente hacia Han.
Instintivamente levantó ambas manos para protegerse y la hoja atravesó la palma de su mano izquierda, abriendo un profundo corte.
—¡Aaah!
Han soltó un grito de dolor mientras la sangre comenzaba a brotar inmediatamente entre sus dedos.
Retrocedió un paso y, sin pensarlo, lanzó una fuerte patada al pecho de la anciana.
El impacto la hizo salir despedida varios metros hasta la salita de estar, donde cayó entre los sofás derribando la pequeña mesa de centro.
La bandeja de porcelana salió despedida contra el suelo y las tazas estallaron en decenas de fragmentos.
Han apretó la mano herida intentando contener la hemorragia. La sangre resbalaba por su muñeca y goteaba sobre el suelo de madera.
—¡Joder...! ¡Cómo duele! ¡Puta vieja!
Sin perder más tiempo, abrió el pequeño estuche metálico que llevaba sujeto al cinturón. Sacó una herramienta de precisión y comenzó a manipular la cerradura. Sus manos temblaban por el dolor, pero, tras unos segundos de forcejeo, se escuchó un clic metálico.
—¡Ya está!
Giró el pomo y abrió la puerta de golpe.
Los dos salieron rápidamente al porche, pero apenas dieron un paso se quedaron completamente inmóviles.
La calle había cambiado.
Cientos de vecinos ocupaban toda la calzada. Hombres, mujeres, ancianos y niños permanecían inmóviles, mirando fijamente hacia la casa. Nadie hablaba. Nadie se movía. Ni siquiera parpadeaban. El silencio era mucho más aterrador que cualquier grito.
Han tragó saliva.
—Por aquí no podemos pasar.
Sophie asintió lentamente. No tenían elección. Volvieron a entrar en la vivienda y cerraron la puerta tras ellos. Al mirar hacia la salita de estar, la señora Collins había desaparecido. Solo quedaban los restos de las tazas rotas y la bandeja volcada sobre la alfombra.
—¿Dónde está...? —susurró Sophie.
No hubo respuesta.
Entonces bajó la vista hacia la mano de Han. La sangre seguía empapando el vendaje improvisado que él había hecho presionando con la manga de la sudadera.
—Déjame verla.
Han retiró lentamente la presión. Sophie examinó la herida con rapidez.
—Es un corte bastante profundo, pero parece que no ha afectado a ningún tendón. Has tenido suerte. Aun así, tengo que cerrarlo.
Abrió el botiquín que llevaba consigo y sacó el material con la tranquilidad de quien estaba acostumbrada a hacerlo.
Aplicó primero un espray anestésico local, limpió cuidadosamente la herida con suero estéril y comenzó a colocar varios puntos de sutura con movimientos rápidos y precisos.
Han apretó los dientes, pero apenas sintió dolor.
Cuando terminó, Sophie comprobó que la hemorragia se había detenido, aplicó un antiséptico y cubrió la mano con un vendaje compresivo.
—Ya está. Procura no forzarla hasta que podamos salir de aquí.
Han respiró aliviado mientras flexionaba ligeramente los dedos.
De pronto vieron a la señora Collins al final del pasillo. Permanecía inmóvil en el umbral de la cocina, sujetando un hacha con ambas manos. La anciana levantó lentamente la cabeza y, al cruzar su mirada con la de ellos, una sonrisa enfermiza volvió a dibujarse en su rostro.
—¡Corre! —gritó Han.
Los dos echaron a correr escaleras arriba mientras, tras ellos, el sonido de los rápidos pasos de Margaret resonaba por toda la casa.
Al llegar al rellano encontraron un largo pasillo con varias puertas a ambos lados.
Sin detenerse a pensar, entraron en la primera habitación que encontraron y cerraron la puerta de un portazo.
Era un dormitorio amplio, con una enorme cama de matrimonio en el centro, un armario empotrado al fondo y una pesada cómoda de madera junto a la puerta.
—¡Ayúdame!
Entre los dos empujaron la cómoda hasta colocarla bloqueando la entrada. Apenas terminaron de moverla cuando un tremendo golpe hizo temblar toda la habitación.
¡BAM!
El impacto hizo vibrar la puerta y desplazó unos centímetros la cómoda.
Llegó un segundo golpe, todavía más fuerte.
Las bisagras comenzaron a crujir y, al tercero, la afilada hoja del hacha atravesó la madera de lado a lado, dejando un enorme agujero por el que entró la luz del pasillo.
Margaret no dejaba de golpear. Una y otra vez.
Cada hachazo arrancaba grandes astillas de la puerta, como si aquella anciana poseyera una fuerza imposible para alguien de su edad.
—¡Joder! Esa vieja está completamente loca.
Sophie recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en la ventana.
—¡Por la ventana, corre!
Los dos cruzaron la habitación a toda velocidad. Han agarró el marco e intentó abrirla. No se movió. Tiró con más fuerza. Nada.
—¿Qué mierda le pasa a este sitio? ¡No se abre nada! —exclamó Sophie, cada vez más asustada.
Otro hachazo retumbó a sus espaldas. La puerta comenzaba a ceder.
Sin pensarlo dos veces, Han agarró una silla de madera que había junto a la cama y la lanzó con todas sus fuerzas contra el cristal.
¡Crash!
La ventana estalló en mil pedazos y una bocanada de aire frío entró en la habitación.
Cuando Sophie estaba a punto de salir, vio que Han abría su pequeño maletín metálico y sacaba un diminuto soplete.
—¿Qué haces?
Han sonrió.
—Te vas a enterar.
Accionó el encendido y acercó la llama a la colcha de la cama.
El tejido prendió casi al instante. En cuestión de segundos el fuego comenzó a extenderse por el colchón, las cortinas y los muebles cercanos, llenando la habitación de humo.
Un nuevo hachazo hizo que parte de la puerta saltara hecha pedazos.
—¡Ahora!
Han guardó el soplete, salió por la ventana que daba al jardín trasero y saltó al suelo. Sophie lo siguió un instante después. Ambos rodaron sobre el césped seco antes de incorporarse.
Desde allí contemplaron cómo las llamas escapaban por la ventana rota y comenzaban a devorar la planta superior. El fuego ascendía rápidamente por la fachada mientras una espesa columna de humo negro se elevaba hacia el cielo gris de aquel extraño mundo.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles observando cómo la casa de Margaret Collins desaparecía entre las llamas.
—Tenemos que avisar a los demás para que no se fíen de nadie. Este lugar no nos quiere y va a hacer todo lo posible por acabar con nosotros —dijo Sophie mientras comenzaban a alejarse sin volver la vista atrás.
Aquel encuentro les había dejado algo muy claro.
El mundo de Caleb ya había detectado su presencia.
Y el incidente con la señora Collins no había sido más que el principio.